Capítulo 7
D iane lee por segunda vez el resumen final sobre el estudio económico que ha hecho el equipo financiero a un cliente que intentan captar.
No es experta en esa área, pero la entiende bastante bien y, además, si Grayson Murphy —jefe analista del departamento— es quien lo ha hecho, ella no tiene ninguna duda de que los números son óptimos.
Lo que la mantiene con la mandíbula apretada y una tensión insoportable en la nuca es el análisis que ha preparado Cassidy Collins en apenas cuatro horas.
Raya en una perfección odiosa, con datos estudiados con precisión, gráficas que muestran el crecimiento según la estrategia que se aplique, tres ejemplos de estas que ha considerado más eficientes y cómo vender una propuesta sostenible para que el contrato se cierre sin vacilaciones.
—Es brillante, ¿no lo crees?
La Cobra levanta la mirada y estudia el rostro de Clara Fitzgerald. La mujer está sentada frente a ella en una pose cómoda mientras la observa con un leve estiramiento de labios que le huele a burla, y esa imagen transporta a Diane a un pasado que a veces parece de otra vida.
—Brillante es una palabra muy compleja —deja caer la carpeta sobre la madera con un golpe seco.
Mueve la cabeza hacia atrás y luego intenta hacer un círculo. En momentos como estos, ese peso que lleva allí desde no sabe cuánto tiempo se convierte en un muro de hormigón armado que le cuesta sostener.
—Deberías tomarte unas vacaciones.
—Y tú deberías no meterte en mis asuntos —Diane se levanta y camina hacia la nevera que está al lado de la estantería donde tiene todos esos libros que una vez estudió durante largas noches en vela.
Cuando tira de la puerta, suspira con hartazgo; en su opinión, el agua con gas solo le va bien a la ginebra y el pensamiento le produce la sensación de una navaja abriéndole la piel.
Coge una botella, la abre y la sirve en un vaso corto.
Toma un sorbo y lo saborea como si estuviera en su club favorito, sentada en una esquina donde nadie la molestaba y desde donde ella lo podía ver todo.
Cuando se gira para volver a su silla, Clara la está examinando, pero no le dice lo que está pensando y el ojo izquierdo de Diane sufre un leve espasmo.
La directora de marketing sabe qué puede decir en según qué ocasión, y este no es el momento ideal para mencionar algo que nada tiene que ver con lo profesional.
—En fin —Clara se levanta y se pasa los dedos por el cabello rubio recién cortado—, en algún momento tendrás que hablar con el equipo, hacer oficial la aprobación del periodo de prueba que le impusiste a la chica.
Han pasado dos semanas y estarás de acuerdo conmigo en que cada una de tus peticiones, por más absurdas que hayan sido algunas de ellas, las ha cumplido sin cometer errores.
Diane chasquea la lengua y por un momento parece humana, un instante en el que muestra que ese muro que ha construido a su alrededor tiene algunas grietas por las que la becaria ha sabido entrar.
—Todavía le quedan dos semanas, así que ya veremos si sigue siendo tan brillante como dices.
—Joder, Diane. —Clara hace un gesto que le tuerce los labios—. No sé qué te pasa con Cassidy, pero parece que te has propuesto hacerle la vida imposible y…
Clara se detiene de golpe, sus cejas se arrugan y el silencio que cae entre ellas convierte el despacho en una cámara de gas. Diane puede escuchar cómo el cerebro de la mujer frente ella se mueve a toda velocidad mientras ata cabos.
—Cuando nos conocimos…
—Cierra la puerta al salir, Clara —el siseo de la Cobra interrumpiéndola impacta en el pecho de la directora de marketing—. Y te aconsejo que te dediques a lo tuyo. En mi departamento mando yo, pongo las condiciones y no permito que nadie las cuestione.
Diane desvía la mirada en un gesto al que cualquier persona que apenas la conoce pensaría que se trata de esa actitud que tanto la caracteriza cuando termina una conversación y no le interesa seguir prestando atención, pero Clara sabe muy bien que ese leve movimiento de hombros y cómo se ha llevado la mano a la pulsera que nunca se quita le gritan que ha intentado disimular lo que sus ojos no pueden ocultar.
El sonido de la puerta del despacho cerrándose hace que Diane alce por fin los ojos y pegue su espalda al respaldo de su silla.
Está incómoda y esa sensación no le gusta, sobre todo porque lleva años controlando cada aspecto de su vida para evitar sentir lo que ahora mismo hace que la piel le arda.
El problema es que no sabe exactamente qué es lo que lo está causando —o no quiere asumirlo del todo—, pero necesita hacer algo al respecto porque si no acabará perdiendo la cabeza.
Se quita el reloj de pulsera, se levanta y camina hacia la ventana.
Inspira el aire cargado de su despacho y clava los ojos en la calle que hoy le regala un panorama distinto.
La mañana ha entrado fría, a pesar de que siguen en octubre la gente viste ropa más abrigada.
Al inicio de la calle hay una mujer mayor que le recoloca el cuello de la chaqueta a una adolescente para luego pasar ambas manos por la tela quitando lo que Diane imagina que pueden ser polvo o quizá pelos de algún animal.
La visión la empuja con mucha fuerza a tres décadas atrás y esta vez la tensión se instala en su espalda baja como un latigazo doloroso.
—¿Cómo se te ocurre ensuciarlo, Diane? —su madre intentaba sin éxito eliminar la mancha de helado de vainilla de la manga del abrigo—. Tenemos que devolverlo mañana a primera hora y con esto nos descontarán una buena parte del dinero.
Su padre la observaba con los ojos oscuros y ese gesto de dientes apretados que luego ella heredó con exactitud. A su lado sus hermanos vestidos de forma impoluta aguardaban sumisos —como era habitual en ellos— a que su madre acabara.
—¿Si no podemos permitirnos estos trajes, por qué simplemente no nos quedamos en casa? —Diane siempre se preguntaba lo mismo, no comprendía por qué su familia parecía vivir por encima de sus posibilidades.
Los pasos de su padre resonaron a su costado hasta que Diane olió el perfume intenso y desagradable que usaba para este tipo de eventos.
—Una buena familia siempre hace lo necesario para mantenerse en pie y a la altura de su entorno —le cogió la mandíbula con dos dedos y la obligó a levantar los ojos—. Y para eso, hay que hacer lo que haga falta. Nunca lo olvides.
Diane parpadea cuando el claxon de un taxi rompe con el recuerdo indeseado que se ha reproducido en su mente.
Se gira y coge el reloj, pero decide que en vez de sentarse nuevamente, irá hacia el departamento de finanzas porque su terquedad no va a desaparecer porque una chica haga buenas propuestas.
Quiere que Grayson le confirme que esos números son factibles y no producto de la imaginación de una becaria demasiado optimista.
Camina por el pasillo de la planta tres con el semblante imperturbable mientras un regocijo morboso la hace sonreír por dentro porque se da cuenta de cómo los murmullos a su paso cesan y la gente intenta pasar desapercibida para que ella no pose su mirada sobre ellos.
Cuando gira en la esquina para tomar el ascensor, por poco sus pies se detienen en seco y, si no es porque ella los obliga a continuar, está segura de que hubiera trastabillado.
Samuel Barnes está allí, con un hombro recostado en la pared y la sonrisa de un niño pequeño cuando le entregan un regalo.
Frente a él, Cassidy gesticula al parecer ajena a todo lo que pasa a su alrededor con los ojos fijos en el hombre.
Diane no puede describir exactamente lo que siente porque una pelota ardiendo se instala detrás de su esternón mientras mil agujas se le clavan a la vez en la nuca, pero todo empeora cuando el verde bosque la atrapa.
Cassidy ha girado el cuello porque de repente algo en el aire ha cambiado.
Una electricidad estática, un olor, una ola de calor que se le ha metido en los pies y ha subido hasta su cabeza, cortándole por completo la respiración.
Apenas es un segundo, pero las dos mujeres se conectan como lo harían dos almas que en una vida pasada fueron una sola y ahora vuelven a encontrarse.
—Diane —saluda Samuel con desconcierto ante la actitud de ambas.
—Samuel —el tono seco no lo impresiona, el hombre la conoce desde hace años, aunque nunca hayan intercambiado más que un puñado de palabras.
Cassidy se muerde el labio inferior de manera inconsciente, Diane Carter le sigue pareciendo una jefa tan inaccesible como tirana, pero no puede evitar seguir pensando que esos trajes le quedan perfectos.
A pesar de que lleva dos semanas trabajando más horas de las estipuladas, llevándose los análisis a casa y haciendo entregas muy pulidas, la mujer jamás ha pronunciado las palabras «gracias» ni «lo has hecho bien».
La respuesta que ha estado obteniendo Cassidy es la de un silencio odioso, una especie de ley de hielo que solo le aplica a ella y hasta ahora no ha recibido nada que le diga que va por buen camino.
Clara, sin embargo, ha tenido la deferencia de corregirla cuando ha visto algo que se puede mejorar y le ha dejado claro que el trabajo que ha estado haciendo es excepcional.
No se queja y, aunque una palmada en la espalda de esa manera siempre reconforta, no puede evitar desear escucharlas de la boca de Diane.
—Te acompaño —la voz de Samuel surge entre ellos—. Quiero preguntarte algo.
Diane estira el brazo y pulsa el botón del ascensor una vez con una suavidad que desde luego se ha obligado a ejercer.
—Le diré a Tatiana que revise mi agenda y te haga saber…
—No es necesaria una reunión —el socio la interrumpe como un pequeño recordatorio de que está por encima de ella y Diane levanta la barbilla para no girarse y mandarlo a la mierda—. Te aseguro que solo necesito unos minutos.
Las puertas del aparato se abren y Samuel se despide de Cassidy con un cálido «nos vemos luego» que no hace otra cosa que confirmarle a Diane que el puto viejo se tira a la becaria.
—¿Qué tal lo está haciendo Cassidy? —pregunta cuando ambos están dentro del ascensor.
La respuesta tarda en llegar porque a Diane le cuesta decidir qué decir, sobre todo porque no recuerda la última vez que algún socio se interesó de esa manera por una simple trabajadora en prácticas.
El dolor de espalda se intensifica y ella, que no quiere entrar en disputas que seguramente no ganará, opta por usar su mejor frase política para estos casos.
—Aún es muy pronto para saberlo.
Samuel la mira, siempre ha sabido que esta mujer fue una de las personas que ayudó a levantar la empresa en sus momentos más complicados, pero también que nadie es imprescindible, por lo que no comprende cómo sigue trabajando para Whitestone con esa actitud déspota y arrogante por muy buena que sea en lo suyo.
—Lleva casi tres semanas con nosotros —Samuel junta las manos delante de su cuerpo—. Tengo la certeza de que una persona como tú ya tiene al menos una idea hecha.
—No baso mis valoraciones en ideas —la última palabra la dice con un tono grave y más pausado—, sobre alguien a quien todavía le queda tiempo para demostrar si es o no capaz, Samuel.
El ascensor se abre y Diane no espera para salir hacia el pasillo, aunque no puede avanzar porque la voz del socio la detiene.
—Solo esperaba la cortesía de adelantarme la información —Samuel comprueba la hora en su reloj de pulsera—. Soy su mentor, y sé de primera mano que es excelente, solo necesita una buena guía para explotar sus capacidades. Espero no haberme equivocado en elegirte.
Es Samuel quien ahora sigue caminando y deja a Diane casi con la boca abierta.
¿Barnes la eligió para guiar a Cassidy Collins?
Se había esperado cualquier cosa menos eso porque ella lleva años dejando muy claro el trabajo que hace y ser una especie de niñera de una joven amante no está entre sus funciones.
Aprieta ambos puños porque entiende entonces que deshacerse de la becaria no es tan fácil como pedirle a Recursos Humanos que rescinda su contrato.
—Joder —suelta antes de volver a pulsar el botón del ascensor porque como entre en ese estado al departamento de finanzas, la siguiente cabeza en caer será la suya.