No estaba en mis planes Capítulo 6
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Capítulo 6

—Cassidy, no te vayas todavía, quédate en tu puesto hasta el final de la jornada —escucha la voz de Clara a su lado mientras ella intenta entender lo que acaba de ocurrir—. Haré que alguien se ponga en contacto contigo esta noche o mañana temprano.

La becaria asiente sin saber muy bien cómo interpretar lo que le dice la directora de marketing, pero le hace caso y decide ir al baño para refrescarse la cara.

Jason sale de la sala y la mira con los ojos muy abiertos, como si acabara de presenciar un crimen grotesco y no tuviera fuerzas para hablar.

Cassidy solo puede afirmar que el tipo es un completo inútil, se supone que es su responsable directo y como poco debería guiarla si su desquiciada jefa decide tomar el radical veredicto de despedirla.

—Habéis acabado pronto, ¿qué te parece si vamos a…? —Tanya se detiene porque cuando gira el cuello ve a su compañera tan pálida que piensa que se va a desmayar—. Oye, Cassidy, ¿estás bien?

La chica ha vuelto del lavabo y permanece con la mirada fija en un punto invisible, aún sorprendida de la reacción de Diane.

Vio en su mirada algo que no se parecía a la ira por una empleada que la corrige, sino algo que está segura que se acerca mucho a una clase de admiración que peleaba por ocultar.

Entonces, de repente, los ojos azules se convirtieron en dos agujeros profundos y esos labios carnosos se fruncieron con furia.

—Diane Carter me ha despedido —logra verbalizar la becaria, y Tanya suelta un bufido rabioso y gutural.

—Hija de puta —brama la chica, aunque lo hace por debajo; ella no puede jugarse su puesto de trabajo, y si la Cobra la oyera, acabaría, como mínimo, tras las rejas—. ¿Qué ha ocurrido ahí dentro? Aunque esa mujer no necesita demasiados alicientes para echar a los empleados a la calle.

Cassidy niega con la cabeza y ahora el enfado empieza a arañarle el pecho.

No es justo —como muchas de las cosas que ha tenido que vivir— porque a ella se le contrató para hacer un trabajo y su doble titulación no es solo un papel colgado en la pared, son años de estudiar, presentar exámenes y entender que una propuesta con una promesa de retorno de inversión alta es tan endeble como un castillo de naipes.

No duda del conocimiento que pueda tener Diane, asume que si está en ese cargo es porque su experiencia la respalda, pero le parece una jugada tan arriesgada que no pudo quedarse callada.

Si Cassidy fuera la jefa y una becaria hiciera tal apunte, su respuesta, desde luego, no sería echarla a la calle.

—Es una auténtica zorra —escupe Cassidy sintiendo cómo el estómago se le revuelve—. Solo he hecho una observación sobre unos datos que se supone que Jason debía estudiar y no le ha gustado que rebatiera su respuesta.

Tanya levanta las cejas y suelta un silbido por lo bajo.

—Chica, has entrado con fuerza. —Le pone una mano en el hombro—. Siento que haya ocurrido, tienes mucho potencial y estoy segura de que cualquier otro jefe sabrá valorarte.

Cassidy le dice que Clara le pidió que no se fuera de inmediato y Tanya aprovecha para pasarle el contacto de un antiguo compañero que ahora trabaja en una empresa más pequeña en Santa Mónica para que le envíe su currículum por si están buscando becarios.

Las horas pasan y conforme se acerca el momento de volver a casa, va aumentando su rabia.

Es algo que tiene arremolinado en el pecho y que le aprieta el cuello con una fuerza invisible.

Diane Carter es una de las mujeres más miserables con la que se ha topado en toda su vida —y Cassidy se ha topado con gente muy desagradable en veintiocho años— y si cree que puede tratarla con la punta del pie como está acostumbrada, se equivoca.

Una idea empieza a formarse en su cabeza, no tiene claro si es de esas buenas que a menudo le hacen resolver algunos problemas o, como diría Payton, una catastrófica que solo empeora las cosas, pero en situaciones como esa, Cassidy entra en bucle y por mucho que lo intente, es imposible apartarse de lo que piensa.

—Fue un placer conocerte, Cassidy. —El abrazo que le da Tanya no la sorprende porque su compañera desde el primer momento ha sido tan cercana como agradable—. Este es mi número de teléfono, me encantaría que habláramos alguna vez.

Cassidy esboza una sonrisa y, aunque es amarga, al menos sabe que su paso por Whitestone le ha dejado a una posible amiga.

Cuando Tanya desaparece al final del pasillo, ella aprovecha para guardar el número en su móvil y se da cuenta de que tiene un mensaje de Kenny.

Ken: ¿Qué pasa, Cass? Siento no haber contestado, estaba en el taller desde las seis. Ben me lo ha pedido como favor.

De inmediato recuerda ese mal presentimiento con que se ha levantado esa mañana y confirma que nada tenía que ver con sus hermanos porque Kenny, por el que siempre teme, parece estar bien.

Era ella misma la protagonista de la desgracia que su cuerpo estaba presagiando.

Le contesta con rapidez sintiéndose miserable porque se había olvidado por completo de volver a llamar a su hermano.

Cassidy: Entonces, ¿todo bien?

Kenny tarda en contestar, por lo que ella empieza a recoger sus cosas con calma. No había llevado gran cosa a la oficina, pero sí un par de libretas, bolígrafos de varios colores y un taco de pósits en los que no puede evitar escribir cosas sueltas que le resultan importantes a lo largo del día.

La oficina queda completamente vacía casi media hora después de que Tanya y ella se hayan despedido, y Cassidy, que aún tiene el cerebro como una noria que va a máxima velocidad, decide que no va a estirar más el tiempo. Es absurdo.

Camina con la mirada al frente hasta llegar a la puerta que busca.

Da dos respiraciones y se aprieta el puente de la nariz para intentar disipar la migraña que ha ido creciendo desde que salió de aquella sala y que sabe que terminará explotando una vez entre en ese despacho.

Golpea la madera con los nudillos tres veces y espera con muy poca paciencia.

No sabe cuánto tiempo pasa, pero calcula que al menos un minuto, y podría pensar que dentro no hay nadie salvo por el leve sonido de los tecleos y la luz que se cuela por debajo de la puerta. Insiste una vez más, no se irá a casa sin haberlo intentado.

La puerta se abre de golpe y Cassidy ha estado a punto de dar un salto hacia atrás, pero hay algo en la presencia de Diane Carter que lejos de asustarla le genera una calma que incluso ella misma no se puede explicar.

¿Quién en su sano juicio experimentaría tranquilidad cuando un par de ojos se convierten en rayos azules capaces de reducirte a cenizas?

—¿Tengo que llamar a seguridad o te comportarás como una persona adulta y saldrás de mi vista tal y como exigí hace horas?

El sonido de su voz es bajo, incluso sereno, pero la forma en que las palabras escapan de sus labios es lo que realmente paraliza a cualquiera porque se sienten como un juramento de que si no obedeces, lo pagarás.

—Antes quiero hablar contigo. —A Cassidy ni siquiera le tiembla la voz, y la respuesta de Diane es contraer la mandíbula en un gesto que parece doloroso.

—O tienes un problema de comprensión o simplemente eres estúpida y no sabes acatar lo que se te dice —susurra Diane, y Cassidy nota la tensión en su cuello.

—Ya me has echado, ¿no? Entonces no tienes nada que perder por escucharme.

Diane hace un ruido que la becaria interpreta como una risa seca sin humor mientras aprieta la mano con la que tiene sujeta la puerta.

Cassidy no sabe ni por qué ni cómo, pero desde el momento que vio a su jefa supo leerla por completo.

Es como si Diane fuera completamente transparente para ella y, aunque sus gestos y palabras digan lo contrario, sabe que siente verdadera curiosidad por lo que viene a decirle.

—Me haces perder el tiempo. —Es la respuesta que da la jefa mientras cierra la puerta con calma.

Cassidy no se acobarda y evita que la madera se cierre en sus narices. El ojo izquierdo de Diane se contrae y la piel bajo su mandíbula empieza a pintarse de rojo.

—Te ofrezco un trato —se apresura Cassidy antes de que la mujer llame a seguridad—, porque cometes un fallo despidiéndome.

A Diane el corazón le palpita con fuerza dolorosa.

Tiene la garganta seca y la presión de esos ojos verdes le está jodiendo la tarde.

Ya ha soportado la charla no solicitada de Clara en la que le aseguraba que la chica tenía potencial, que lo único que necesitaba era una buena guía —desde luego, Jason Thompson no lo era— y una oportunidad.

Normalmente, cuando toma una decisión, no lo hace a la ligera a pesar de lo que piense la gente; Diane es meticulosa y si despide a alguien tiene los argumentos suficientes —y las pruebas— de que esa persona no merece el sitio en el que está.

Sin embargo, con Cassidy Collins ha sido impulsiva, ha reaccionado de una forma que no ha podido controlar y lo único que ha hecho es activar sus mecanismos de defensa en contra de lo que ha detectado como peligro.

—Te aconsejo que midas tus palabras —Diane apenas mueve los labios—, no siempre soy tan benévola.

Cassidy se lleva los dedos a la sien izquierda porque el dolor de cabeza la está matando, pero no se irá de ahí sin decir todo lo que necesita soltar.

—Un mes, sin errores. —Levanta el dedo índice de la misma mano que se ha llevado a la cabeza hace un segundo—. Si me equivoco, yo misma renuncio. Si te demuestro que has sido tú quien se ha equivocado, me quedo.

La jefa del departamento de negocios se queda callada, no porque no tenga nada que decir, sino porque no recuerda la última vez que alguien le sostuvo la mirada con esa ferocidad y sin acobardarse.

Diane no se miente, está allí formando parte de la directiva de nivel dos porque se lo ha ganado, pero a su paso también ha hecho enemigos, sembrado miedo y odio.

Incluso Clara, que tiene el poder secreto de hacer con ella lo que quiera, no es capaz de mantener una discusión con Diane por más de cinco minutos ni intentar convencerla de algo.

Lo que tiene frente a ella, por mucho que le pique la piel al admitirlo, es la criatura más fascinante con la que se ha cruzado en la última década y media por lo menos.

Se lleva la mano a la barbilla y se da toques con dos dedos mientras alarga los segundos en ese duelo de miradas absurdo.

Desearía sentarse frente a la barra de un bar y pedir una buena copa de whisky, saborearla con calma mientras deja que su mente se libere pensando en el motivo por el que una chica que no tiene nada de especial le hace tomar decisiones incorrectas.

—A eso le vamos a sumar que, después de que cometas el primer error, incluiré tu nombre en una lista negra. —Su mirada no abandona la cara de la becaria—. Solo podrás trabajar con la competencia, para que los hundas a ellos mientras nosotros seguimos cerrando contratos.

Sin duda, una tirana.

—Entonces tenemos un trato. —Cassidy extiende la mano para sellarlo a la vieja usanza, y Diane ni siquiera se mueve, consciente de que si toca a esa chica, la amenaza puede explotarle en la cara.

Como toda respuesta, se gira y cierra la puerta de su despacho, dejando a la becaria plantada del otro lado y a ella misma con la certeza de que el error más grande de su existencia lo cometerá ella.