No estaba en mis planes Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Hola. —La chica cierra los ojos por un segundo; parece que ese día nadie la dejará respirar. Gira la cabeza y se encuentra con unos ojos de un color casi idéntico a los suyos.

—Eres Cassidy, ¿no? —El hombre expande una sonrisa ladina—. Soy Adam Foster.

Extiende la mano y ella se la estrecha de inmediato. Adam apoya el hombro en la pared y compone una pose despreocupada que seguramente le ha hecho ganarse el aprecio de muchas mujeres mientras la observa con curiosidad.

—No nos habían dicho que venía una nueva compañera —sigue él mientras parpadea con lentitud para luego acercarse a ella en tono enigmático—, y eso aquí no suele pasar. Todo se anuncia como si se tratara del fin del mundo.

Cassidy suelta una carcajada que le destensa el cuello por primera vez en toda la mañana.

—Espero que no sea un problema. —La becaria se lleva el café a los labios y se da cuenta de que su respuesta ha dado a entender que está abierta a ligar.

Adam ladea la cabeza y se lleva los dedos al pelo para apartarse el flequillo.

—Todo lo contrario. —Levanta la comisura izquierda—. Nos alegra que estés aquí con nosotros.

De repente, el mundo parece detenerse. El sonido de las teclas, las risas ahogadas de sus compañeros y algunas conversaciones dispersas quedan completamente silenciadas, es como si alguien hubiera presionado el botón de apagado en el mando a distancia que controla el mundo.

Adam sigue sonriendo, pero el gesto se le contrae de un segundo a otro y a Cassidy le toma un instante darse cuenta de lo que ocurre hasta que las aletas de su nariz se expanden y el olor a madera seca y almizcle frío se cuela en su alma.

Da una respiración profunda, alimentándose de esa oscuridad a la vez que va escuchando esos pasos que se asemejan al descenso de una prensa hidráulica.

Diane Carter hoy está enfundada en un traje entero de color negro y una camisa blanca que resalta exactamente igual que sus profundos ojos azules que ahora parecen el fondo de un cenote.

El verde de Cassidy se clava en su rostro, no porque quiera, sino porque su cuerpo ha actuado sin necesidad de recibir una orden.

La mirada de su jefa apenas dura un instante porque luego se posa en Adam Foster de una manera que hace que el hombre retroceda como si fuera un niño de cinco años y, cuando vuelve a mirar a Cassidy, hay un incendio voraz que a la becaria le encantaría apagar con toda la saliva que tenga disponible.

—Thompson —bisbisea sin detenerse, y Jason —que iba a un metro de ella— abre los ojos esperando un disparo—. Si no tienes la capacidad de darle a tu equipo suficiente trabajo, entonces tenemos un problema.

Jason se convierte en un controlador aéreo, moviendo los brazos como si intentara evitar un accidente mortal. Adam desaparece de repente y Cassidy por poco bufa porque su responsable directo le parece un hombrecillo de lo más patético.

—Busca donde apuntar, tenemos la reunión —le pide en voz baja y acelera el paso para poder seguir lamiendo el culo de Diane.

La becaria se termina de un trago el café y se acerca a su mesa para entregarle el que le había prometido a su compañera, que sigue en la misma posición en la que la ha dejado hace unos minutos.

—Nos vemos luego. —Cassidy coge la libreta y echa a andar hacia la sala dos. Tanya le ha confirmado que no le toca estar en esta reunión.

Diane sabe cuándo la chica aparece, pero la ignora por completo.

No solo le molesta la forma en que entró en su departamento, sino que también se dedica a coquetear con otros trabajadores, pero lo peor es la forma en que le sostiene la mirada, cómo parece retarla en todo momento y cómo sus propios gestos no surten efecto como en el resto del mundo, porque Diane ha visto tambalearse a directivos frente a ella con una sola subida de ceja.

No a Cassidy, y eso la tiene iracunda.

—Esta es la propuesta final que se le entregará a la directiva de Gales. —Clara Fitzgerald encabeza la mesa y empieza la reunión. Proyecta en la pantalla una de las páginas principales de la presentación—. Se ha revisado y el cliente la tendrá en sus manos la próxima semana.

La directora de marketing va pasando cada una de las diapositivas y explica los cambios que se le han hecho al terrible trabajo que hizo Levi Hall.

Nadie dice nada a pesar de que Clara va preguntando si alguien tiene algo que aportar, pero las siete personas que hay dentro parecen estar muertas porque apenas se les ve respirar.

Cassidy se muerde el interior de la mejilla y su pierna empieza a moverse bajo la mesa. Hay unos porcentajes, dos para ser exacta, que —bajo su criterio inexperto— no deberían estar en esa propuesta y, aunque sabe que no debería, le pican los labios de necesidad por abrirlos.

—Jason, ¿algo que agregar?

El hombre parpadea y el silencio dura un segundo. Luego sonríe y niega con la cabeza.

—Está perfecto, Clara, creo que hemos hecho un buen trabajo.

«Hemos».

Zoquete.

—Si todos estamos de acuerdo —Clara apaga la pantalla y Diane se levanta de su silla—, podemos dar por...

—Clara, perdona —interrumpe Cassidy, y de reojo ve esa vena en el cuello de su jefa que la becaria desearía poder lamer—.

En la diapositiva tres y cinco, hay un número concreto que le ofrecemos al cliente casi como una promesa y es algo que no depende del todo de nosotros, sino de cómo fluctúan sus acciones.

Jason de repente está pálido; Cassidy se da cuenta porque el hombre carraspea y ella se gira para mirarlo.

Parece que ha visto al mismísimo demonio reclamando su alma y en parte lo entiende porque Diane Carter tiene una expresión de querer salir de esa oficina, asegurar la puerta y quemar el edificio.

Clara es otra cosa; el gesto de sorpresa la invade y vuelve a encender la pantalla para buscar el dato al que se refiere Cassidy.

—Ahí. —La becaria se levanta y señala el porcentaje—. Cuando el cliente vea estas cifras...

—Cuando las tenga en sus manos, sabrá que está firmando con alguien que lo va a respaldar —Diane sisea como la Cobra que es, clavando sus dos piedras azules en el rostro de la chica.

—Seguramente aceptará la propuesta, pero también estaríamos jugándonos nuestra credibilidad —a estas alturas, seguro que Jason Thompson se ha cagado en los pantalones—.

No solo lo perderíamos de nuestra cartera, sino que existe una probabilidad alta de que en su círculo profesional cuente cómo Whitestone no ha cumplido lo que ha prometido y esa gente no quiera trabajar más con la consultoría.

—Siempre cumplimos lo que prometemos —Diane ahora apoya ambas manos en la larga mesa.

Cassidy ladea la cabeza y sabe que debería callarse, pero no lo hace.

—Si la bolsa se desploma, dudo que pueda cumplir con esos números.

Diane da un golpe seco a la madera con el puño mientras su rostro se tuerce de furia.

Clara respalda la versión de Cassidy, pero decirlo en voz alta sería desacreditar a Diane frente a todos y eso jamás lo haría; se lo dirá en privado.

Está a punto de hablar cuando la voz seca de su homóloga inunda la sala.

—Sal de esta sala y recoge tus cosas. —Diane apenas mueve los labios—. Estás fuera.

Cassidy se queda congelada durante lo que parece una eternidad hasta que logra entender lo que ha sucedido. Levanta la barbilla y camina por un lateral hasta llegar a la puerta, tira de ella y desaparece.

Nadie dice nada y Clara —que la conoce muy bien— la observa con curiosidad silenciosa.

—Tatiana, avisa a Recursos Humanos y que gestionen la salida de Collins. —Se alisa las solapas de la chaqueta mientras intenta calmarse—. Clara, ven a mi despacho.

Diane Carter sale hecha un basilisco de la sala, con la mandíbula tensa y el cuello dolorido por la presión.

Lleva quince años dirigiendo el departamento con puño de acero, trabajando más horas que nadie y estudiando a cada cliente que pasa por sus manos para no cometer errores.

En todo ese tiempo, pocos se han atrevido a lo que acaba de hacer la becaria porque Diane se equivoca como todos los humanos, pero no de esta manera, y mucho menos acepta que alguien le hable de esa forma como si tuvieran algún poder sobre ella.

Aprieta los puños porque sabe que lleva distraída unos días y se niega a aceptar el motivo, ni siquiera lo piensa. Lo único que le pasa es que está cansada, hace años que no se toma vacaciones ni se ha relajado como quizá necesita.

No tiene nada que ver que su caos mental haya comenzado en el momento exacto en que Cassidy Collins entró en su despacho.