No estaba en mis planes Capítulo 5
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Capítulo 5

C assidy ha dormido mal, incómoda, como si su cuerpo tuviera un presentimiento.

Detesta sentirse así, tener esa certeza de que algo va a pasar y no saber exactamente en qué ámbito.

Ha llamado a Payton nada más despertarse, su hermana está en un congreso de abogados en Houston y ha querido confirmar que todo avanza bien.

—No te preocupes, Cass —le ha dicho con el ruido de fondo de lo que parecía una ducha en pleno funcionamiento—. Vuelvo esta noche.

Luego ha llamado a Kenny —su eterno dolor de cabeza—, pero como siempre no le ha contestado, como si atender el móvil a las siete de la mañana fuera un pecado capital; luego se ha dado cuenta de que si hubiera pasado algo con él, ya se habría enterado porque es su contacto de emergencia y la persona a la que siempre llama la policía cuando Payton no está disponible.

Se detiene frente al espejo mientras pelea con el botón de la camisa que ha elegido para hoy.

Cassidy tiene una delantera prominente que ha sido su cruz desde que tiene uso de razón.

Tenía que arreglárselas para conseguir ropa adecuada que apenas podía comprar y durante toda su vida ha tenido que escuchar todo tipo de barbaridades o miradas asquerosamente obscenas, sobre todo de hombres que bien le podrían hasta triplicar la edad.

Sin embargo, hoy con veintiocho años, le ha sabido sacar beneficios a eso que la gente considera tan atractivo y no se puede quejar de los resultados.

La tela azul la abraza con elegancia y se ciñe a su cuerpo —casi— a la perfección porque la pequeña abertura que genera la voluptuosa curva la hace parecer un tanto vulgar, así que decide agregar una prenda que siempre la salva en estos casos: un chaleco de punto, esta vez, de color blanco.

Después de darse el visto bueno, sale de su apartamento para caminar hacia su coche.

Su confiable Toyota Corolla la espera bajo el sol radiante con el que ha amanecido la ciudad —a diferencia de ayer— y enciende a la primera, regalándole a su dueña un ronroneo suave.

Si no fuera por Payton, Cassidy no se lo hubiera podido comprar y, aunque es un coche que no combina en absoluto con ella, es lo que pudo adquirir en ese momento porque vivir en California, tener dos trabajos y estudiar no es posible si no se tiene un vehículo propio con el que moverse.

—¿Preparada? —la saluda Tanya cuando llega a la entrada de Whitestone Consulting Group después de conducir cuarenta minutos desde North Hollywood, saltándose el gran atasco que había en la 405.

—No estoy muy segura. —Cassidy presiona el botón del ascensor que está al final de la planta baja.

Tanya se atusa el pelo corto que hoy parece más rizado que ayer en la puerta de metal que le devuelve su reflejo mientras ladea su cuerpo para revisar que su camisa de tulipanes violetas está en perfecto estado.

Ella también está nerviosa porque, a pesar de los años de experiencia y su gran conocimiento en los proyectos en los que trabaja, entrar en una reunión con Diane Carter siempre le produce dolor de estómago porque nunca se sabe de qué humor puede estar la Cobra.

Las dos compañeras caminan por el pasillo y, como siempre, Cassidy lo hace con la vista fija al frente sin reparar en los gestos de los demás.

No es que sea maleducada, es un acto reflejo que aparece al estar en público porque cuando era pequeña detestaba las miradas de esas personas que parecían no despegar sus ojos de ella.

—No los mires —le dijo una vez la señora Hayes—. Tú siempre mantén la mirada al frente.

Y es lo que hace desde entonces, aunque eso a veces juegue en su contra porque no puede detectar a tiempo quién la observa o sigue sus pasos. Como ahora.

—Has causado revuelo en la oficina. —Tanya lo susurra mientras se inclina para encender su ordenador y hace un movimiento extraño con los ojos que Cassidy tarda en entender.

Intentando ser lo más discreta posible, sigue la mirada de su compañera y se encuentra con la de un hombre que aparenta unos pocos años más que ella. Es atractivo de rostro, con la mandíbula cuadrada, cabello corto y tez clara.

—Adam. —La morena ladea el cuerpo para que el susodicho no se dé cuenta de que hablan de él—.

Soltero, algún rollito de oficina sin destacar demasiado salvo por Mandy, una de las secretarias de la sexta, que se quedó un poco prendada, por lo que, desde entonces, comer con ella es un infierno cuando le da por hablar de la única noche que pasaron juntos.

Tanya acaba su detallado informe con una sonrisa de dientes blancos y un movimiento coqueto de hombros.

Cassidy vuelve a observarlo de reojo y podría decir que es de los que a ella le atraen.

No es que le encanten los hombres, pero tampoco le disgustan y, después de pelearse durante años tratando de averiguar dónde encajaban sus gustos, hoy puede catalogarse como bisexual.

La última vez que salió con uno —Tim, pelo negro, ojos miel y nariz de garfio— fue hace tres meses.

Una cena deliciosa y un polvo satisfactorio.

No lo volvió a ver, Tim era demasiado intenso: a la segunda cita, quería presentarla a su madre.

—No es mi tipo —sigue Tanya en tono conspirador—, pero si lo fuera, no dudaría en tirármelo. Dicen que tiene una buena herramienta.

Cassidy se contagia de su sonrisa. Tanya definitivamente le cae bien.

La conversación llega a su fin cuando ambas se concentran en sus obligaciones.

Lo primero que hace la nueva becaria es revisar los puntos que se van a tratar en la reunión de las once de la mañana y hace varios apuntes porque vuelve a ver lo que ella considera agujeros en la presentación.

Luego —y muy a su pesar— se levanta hacia la mesa de la esquina y coloca un nuevo filtro en la cafetera para preparar una tanda.

Cuando confirma que las gotas oscuras empiezan a caer en la jarra de cristal, se da la vuelta con la intención de volver a su puesto, pero una voz masculina y pastosa la detiene.

—Cassidy, necesito un resumen antes de las once sobre el retorno de inversión del proyecto Alalu —Jason lo dice mientras sonríe a la pantalla del móvil sin levantar la mirada—. Tienes el archivo en el correo.

El hombre sigue su camino con tranquilidad como si pedirle tal cosa a Cassidy a las nueve y media de la mañana fuera una nimiedad.

Regresa a su puesto y se deja caer en la silla con desgana. A su lado, Tanya aprieta con los dientes un bolígrafo de color azul mientras teclea furiosa y va frunciendo el ceño. Varios segundos después, gira el cuello para observar a su compañera.

—¿Qué te ha pedido Jason? —Cassidy se da cuenta de que su curiosidad es desmedida, pero no le molesta porque pregunta directamente y no finge —como mucha gente— dando rodeos con comentarios absurdos para ver si logra enterarse de algo.

—Un resumen. —Mueve el ratón hasta seleccionar el mail que le ha mandado su jefe y se desplaza hasta abajo dándose cuenta de que el tipo le ha reenviado la tarea que le han solicitado a él—. No me lo puedo creer.

La morena se asoma a la pantalla de su compañera y pasea la mirada por el correo mientras niega con la cabeza.

—No me sorprende, es muy típico de Jason.

—Encoge los hombros y rueda su silla de nuevo hasta su puesto—.

No tiene ni idea de lo que hacemos aquí, se mantiene a base de resúmenes que le pide a alguno de nosotros y luego balbucea palabras medio coherentes en cada reunión.

No entiendo quién coño lo ha puesto aquí y, sobre todo, cómo Diane lo ha aceptado.

A Cassidy se le tensa la mandíbula y no puede evitar pensar en Payton.

Es una abogada de las que se saben la ley de memoria, que no se pierden congresos o cursos para mantenerse actualizada.

Es la abogada que más casos penales ha ganado en su bufete y lleva dos años esperando que la nombren responsable de su área; sin embargo, tres hombres diferentes se han sentado en la silla que debería ser de ella durante todo ese tiempo sin tener la mitad del conocimiento que posee su hermana.

Puede oler la misoginia hasta aquí al igual que empieza a detectarla en Whitestone.

La chica hace los deberes, lee con detenimiento todo lo relacionado con el proyecto, le hace preguntas a Tanya porque sabe que ella es la que más ha trabajado con este cliente y toma apuntes.

Muchos. Porque Cassidy funciona vomitando todo sobre un papel y luego su cerebro se encarga de organizarlo por puntos para que ella pueda ver los flecos que siempre encuentra.

Se pone los cascos —hoy ha elegido los de diadema negros— y empieza a redactar el resumen indicando frases concretas que van directas al grano.

Agrega tres recomendaciones para que la rentabilidad de la tecnológica Alalu esté dentro de los objetivos planteados y se puedan priorizar recursos a la vez que se optimizan gastos.

Al final agrega las métricas en forma de gráfica circular, lo repasa todo y lo envía.

No lo hace en un correo nuevo, lo hace en el mismo que Jason le dejó en su bandeja de entrada, pero marcando la opción «responder a todos».

Cassidy necesita el trabajo, además de que sabe que cualquiera de sus compañeros metería zancadillas por conseguir la oportunidad que le brindó Samuel Barnes y, si al final no logra entrar en marketing, tener a la consultoría en su currículo tiene un gran peso en positivo; pero tampoco es idiota.

En apenas dos días ha podido confirmar quién sabe lo que hace, quién es un saco de mierda y quién es la bruja, y Cassidy quiere estar en el primer grupo por lo que no se dejará desmeritar por nadie.

—Voy a buscar un café. —La becaria señala la misma mesa en la que estuvo hace poco—. ¿Quieres que te traiga uno?

Tanya mueve la cabeza asintiendo casi al mismo ritmo de sus tecleos con el bolígrafo apretado entre los dientes.

Cassidy se levanta y coge dos vasos de cartón que están apilados en la esquina de la mesa.