No estaba en mis planes Capítulo 4
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Capítulo 4

N o es habitual que en Los Ángeles llueva en octubre.

El clima suele ser más bien seco y durante el día el calor aprieta.

Hoy cae agua del cielo a mares y Diane no puede evitar que su cuerpo se tense.

Está de pie junto a la ventana de su despacho mirando cómo la gente corre haciendo un patético intento por no mojarse.

Siempre ha pensado que bajo la lluvia es donde se puede detectar con facilidad quién tiene la vida controlada y quién está roto por dentro.

—No puedes estar aquí, interrumpes el paso de los clientes.

La voz salió seca y una Diane bastante más joven levantó la mirada. Se llevó la mano a la cara para apartar los mechones pegados a su piel porque en Portland hacía dos días que no salía el sol y ella se pasaba las horas bajo las marquesinas evitando mojarse para no acabar enferma.

Cogió la pequeña maleta por el asa y se movió unos metros más adelante.

Una de las ruedas no funcionaba bien, se había enganchado con algo y cuando ella intentó arreglarlo, lo empeoró.

Fue entonces cuando la voz se metió en su cabeza: «El mundo te va a tragar y volverás suplicando por algo que no te vamos a dar».

Tragó saliva y se colocó al lado de un portal.

Tenía un gran toldo y ahí podría estar a resguardo un rato más.

Solo esperaba que nadie saliera a echarla de ahí porque si no, ¿adónde iría? Estaba agotada.

Se toca la pulsera que lleva puesta en la mano izquierda, una de oro blanco de dieciocho quilates con una sucesión de eslabones casi invisibles que sostienen una hilera continua de diamantes que vale lo mismo que lo que gana en un año un empleado novato de Whitestone.

Para Diane es más que una pieza de alta joyería, es el recordatorio de quién fue y de quién es ahora.

De lo que ha logrado a lo largo de los años haciendo los sacrificios necesarios que han incluido un pacto irrompible con la soledad.

Baja la mirada de nuevo hacia la ciudad, ve cómo una mujer camina erguida casi deslizándose por la calle con un gran paraguas de color negro que la cubre con elegancia mientras saca de un discreto bolso que cuelga de su hombro lo que parece el mando a distancia de un costoso coche eléctrico en el que se detiene.

En la acera de enfrente, un hombre que viste un traje que a leguas se ve barato corre torpemente con un periódico doblado en la mano con el que intenta protegerse del agua.

Dos personas, un mismo instante, pero situaciones completamente diferentes.

La mujer que tiene la vida controlada y el hombre, roto.

—Diane —una voz femenina la saca de sus cavilaciones absurdas—. Clara te está esperando.

Tatiana Jordan —la asistente personal de la jefa del departamento de negocios— se ha reincorporado esa mañana a su puesto haciendo que Gianna vuelva a respirar con normalidad y que Diane sienta que puede volver a delegar trabajo en alguien competente.

—¿Tiene la presentación preparada?

Pregunta a la vez que coge el reloj que ha dejado sobre la mesa y se lo coloca en la muñeca derecha —contrario a la forma en que la mayoría de las personas lo usa— para después comprobar la hora.

Se da cuenta de que ha estado más tiempo frente a la ventana del que habitualmente se permite y aunque sabe que es por la maldita lluvia prefiere alejar esos pensamientos.

Diane Carter no es una mujer precisamente desorganizada; ella necesita tener el control de todo lo que pasa a su alrededor, incluyendo cada paso que da.

Por eso tiene ciertas rutinas muy marcadas que nunca —o casi nunca— se salta, como la de levantarse de su silla varias veces al día y quitarse el reloj de la muñeca para abstraerse durante cinco minutos mientras mira desde su despacho en la planta tres cómo el mundo sigue girando pase lo que pase.

—Lo tiene todo listo —Tatiana le abre la puerta y se hace a un lado antes de seguirla por el pasillo—. Te he movido la reunión con finanzas para las cuatro. Te dará tiempo de comer fuera y hacer la videollamada con la gente de Gales.

Diane la escucha mientras recorre los pocos metros que la separan del despacho de la directora de marketing con la que tiene que discutir la estrategia final de un proyecto conjunto, pero para llegar hasta allí tiene que pasar por en medio de las hileras de ordenadores ocupadas por el personal que trabaja para ambos departamentos.

Si se escuchaba un pequeño murmullo, desaparece en el mismo momento en que Diane hunde sus tacones contra el suelo enmoquetado mientras atraviesa la zona.

Todos desvían la mirada y la clavan en sus pantallas.

Otros fingen tener una llamada telefónica e incluso ve cómo uno de ellos corre a ocultarse tras la gran impresora.

Todos le parecen patéticos, todos menos ella.

Cassidy Collins camina hacia Diane con una seguridad irritante y cuando sus miradas conectan, la becaria se endereza pareciendo más alta de lo que es, pero lo que más le molesta es que no le aparta la mirada, se la sostiene incluso cuando pasa muy cerca de ella y sigue su camino como si no tuviera miedo de su jefa.

—He repasado con Cassidy la asignación que le ha entregado Thompson —Tatiana vuelve a traerla a la realidad, como siempre, justo antes de entrar al despacho de Clara y aprovechando que se han cruzado con la chica—. Haré un seguimiento; ha delegado la responsabilidad en Tanya Baker.

—Inútil —escupe Diane refiriéndose a Jason, y empuja la puerta. Dentro, Clara está revisando una documentación con el ceño fruncido—. Tengo diez minutos, así que comienza ya.

La mujer detrás del escritorio se toma unos segundos antes de quitarse las gafas y levantar la mirada.

—Y yo cinco, pero ambas sabemos que aceptar una propuesta de este tipo toma al menos una hora, así que ponte cómoda —le señala la silla mientras observa cómo la vena del cuello de su homóloga se marca evidenciando su furia—.

Tatiana, por favor, ocúpate de las llamadas de Diane mientras discutimos la estrategia.

La asistente asiente y tiene que controlar una sonrisa traicionera que se va dibujando en sus labios.

En los cuatro años que lleva trabajando para «la Cobra», como a menudo llaman los empleados a Diane, no ha visto a alguien llevarle la contraria ni exigirle algo sin esperar su consentimiento, salvo a Clara Fitzgerald.

Tatiana le tiene cierto aprecio a su jefa; con ella es menos bruja básicamente porque la chica le ha demostrado ser diligente y una persona en quien confiar, entonces la mujer ha dejado de tratarla con la punta del pie, aunque cuando eso ocurrió causó tal revuelo en la planta tres que incluso se hizo enemigos porque muchos la tildaron de traidora y de ser la mano derecha de la reina del terror.

—Llámame si necesitas algo —Tatiana se despide y cierra la puerta para darles privacidad.

—Antes de comenzar —Clara le pone una hoja delante y la señala—, debo decirte que la nueva becaria es una caja de sorpresas.

Diane siente una tensión repentina en la garganta como si Clara la estuviese asfixiando con las dos manos.

—Ha revisado la propuesta Gales. Ha visto un dato que hemos incluido, que es irrelevante y juega en nuestra contra —Diane lee cada punto que hay escrito en el papel mientras escucha a Clara—.

Si eliminamos ese porcentaje y ponemos en su lugar la estimación del próximo trimestre, el cliente estará tranquilo y nosotros podremos cobrarle una comisión más alta cuando acabe el año.

La jefa de negocios siente cómo el ojo izquierdo se le mueve de forma involuntaria.

La primera vez que le pasó, estaba en medio de una discusión y sintió que acabaría desplomada en el suelo víctima de un ictus.

Ahora —muchos años después— ha asumido que le ocurre cuando su cerebro hace un cortocircuito provocado por una profunda irritación mezclada con la ira más visceral.

—¿Quién le ha dado acceso al proyecto? —suelta la hoja sobre la mesa como si fuera un pedazo de basura que ha tocado sin quererlo—. ¿Y por qué coño ha venido a ti? ¿No se ha enterado de quién es su jefa?

Clara junta las manos bajo su barbilla y se apoya en ellas con tranquilidad.

—Asumo que quien le ha dado acceso ha sido el responsable de tu equipo, Jason Thompson, y créeme, Cassidy tiene muy claro quién está sobre ella —el ojo de Diane estallará en cualquier momento—, pero eso no es lo relevante aquí, sino que la chica es buena.

Sabes que las formaciones universitarias me dan bastante igual y que en su currículo ponga que tiene un doble grado es intrascendente para mí; de hecho, su nota de salida es más bien mediocre, pero lleva dos días con nosotros y ha detectado ese error antes que cualquiera y, además, me ha dado unas buenas recomendaciones para incluir en la presentación de pasado mañana.

—No —zanja Diane sin dar más explicaciones—. Vamos a comenzar con la revisión: como te dije, tengo diez minutos y solo te quedan cinco.

Clara suspira dando por perdida —una vez más— la tentativa de conversación con Diane.

Sabe que tiene buen ojo para detectar a los empleados mediocres entre los buenos, pero también tiene un problema muy grave en algunas ocasiones: cuando le imponen algo, ya no ve nada con claridad.

Su mente se nubla entre la amargura y la indignación, y no es capaz de mirar un poco más allá, como le está pasando con Cassidy Collins, a quien no hay quien le saque de su cerrada mente que está en Whitestone, trabajando en su departamento, únicamente porque está segura de que se acuesta con Samuel Barnes.

La reunión dura treinta minutos en los que ambas mujeres se sumergen entre gráficos y detalles que no cualquiera es capaz de analizar.

Cuando terminan, están satisfechas salvo por algunos cambios que tiene que hacer el equipo.

Una vez los lleven a cabo, al día siguiente harán una reunión conjunta entre los dos departamentos para la aprobación final.

Este no es un proyecto nuevo ni complicado, pero sí de un cliente que quieren conservar porque llevan años trabajando con él y las ganancias que le generan a la consultoría son bastante buenas.

Clara Fitzgerald y Diane Carter son consideradas miembros de la directiva en segundo nivel de Whitestone, lo que significa que por cada cliente que captan o conservan, ellas se llevan un porcentaje que se suma a un salario anual nada deleznable.

Por eso —entre otras cosas, como ser mujeres— varios personajes quieren apoderarse de sus puestos, ya que dirigir esos departamentos les confiere estatus, respeto y una pequeña fortuna que, para ser trabajadoras y no dueñas, es más que razonable.

—Avísale a Tatiana la hora de la reunión de mañana —Diane se pone de pie con la intención de marcharse a su despacho, pero como siempre la voz manipuladoramente suave de la mujer frente a ella la hace detenerse.

—Elizabeth pregunta cuándo irás a cenar a casa.

Y por supuesto esa voz suave sumada con la petición de una mujer que debería odiarla hace que Diane Carter se sienta una tirana.

Carraspea incómoda y se cierra los puños detrás de su espalda.

—Dile que la semana que viene estaré ahí. Tatiana te confirmará el día.

Clara asiente y durante un instante ambas se miran. Como siempre, es la jefa de negocios quien aparta los ojos primero y sale de la oficina sin despedirse.

Hace el camino de vuelta con la mente abotargada.

Está teniendo un día raro y vuelve a asegurar que todo es culpa de esa lluvia que no tendría que caer a comienzos de octubre en un sitio como California.

Y entonces la vida, como no podría ser de otra manera, le confirma que no tendría que haber salido esa mañana de su casa.

Un cuerpo la embiste por el lateral con una fuerza tal que la persona tenía que estar corriendo para chocar con ella de esa manera.

Se tambalea, pero unas manos firmes la sujetan evitando que, como poco, se parta el cuello.

—¿Estás bien?

La puta becaria.

Diane se remueve y se quita a Cassidy de encima como si tuviera una enfermedad contagiosa.

—Perdona, venía distraída y no te vi —sigue la chica.

Por alguna razón, a Diane las palabras se le atascan en la garganta cuando ese verde bosque la atraviesa como unos faros de coche en plena oscuridad y Cassidy recorre su rostro como si ella fuera una obra de arte exclusiva expuesta en el MoMA y solo unos pocos tuvieran el privilegio de mirarla.

La becaria observa el recorrido de los tres lunares que tiene dispersos por la mejilla izquierda, su nariz delicada y la curva natural de sus labios; le parece simplemente preciosa, una mujer tan atractiva que si estuvieran en un bar, no dudaría en invitarle una copa o alguna bebida que la hidrate antes de follársela en el baño.

—Mira por donde caminas —el susurro sale helado, oscuro, y antes de lanzar una amenaza, levanta la mirada y nota a todo el personal observándolas—. Si no tenéis trabajo que hacer, entonces es que sobráis en mi departamento.

Todos vuelven a lo que estaban haciendo de inmediato y cuando Cassidy gira el cuello lo único que ve es la espalda de Diane alejándose por el pasillo mientras destroza la pobre moqueta por la que camina.

—Salvada —aparece Tanya a su lado y tira de ella—. Vamos, te invito un café.

Cassidy mueve los pies, pero su mente se ha quedado en ese momento en el que ha tocado la suave piel de Diane Carter.

Siente un escalofrío porque eso que debería ser una simple atracción, en apenas dos días se está convirtiendo en una pequeña obsesión.