Capítulo 2 #2
—Hoy es mi primer día y Samuel Barnes me dio indicaciones para que viniera directamente a reunirme con ella. —Mira su reloj con gesto disimulado y comprende que quizá ha llegado muy tarde—. Estuve dos horas con Recursos Humanos, ¿es posible que me esperara antes? Me llamo Cassidy Collins.
Gianna niega mientras se limpia la nuca sudada por los nervios.
—En todo el día no tiene reuniones planificadas con equipos dentro de la empresa.
La nueva becaria empieza a impacientarse porque puede que se trate de un error de coordinación, pero, joder, alguien tendrá que avisarle a su jefa que ya está ahí.
—¿Puedes anunciarme? —Cassidy clava la mirada en Gianna y nota cómo se tensa ante la petición. Así que presiona un poco más para que la chica reaccione—. El señor Barnes, socio principal, insistió en que me presentara ante ella.
Gianna decide que, como Tatiana tarde más días en volver, dimitirá de su cargo.
Ni siquiera pedirá un cambio, simplemente se irá a trabajar con la competencia porque no le compensa tener que hablar con Diane a diario ni aguantar sus miradas de hartazgo cuando a esa mujer —que parece que siempre está lista para cortar una cabeza— no le gusta que la interrumpan, pero sabe que un socio está por encima de su jefa, por lo que no le queda otra opción que levantarse y hacer lo que la chica le pide.
—Espera un momento. —Camina hacia el despacho de la reina Ranavalona I de Whitestone mientras lo dice y da dos toques a la madera a la vez que se endereza.
—Pasa. —Gianna siente un escalofrío al escuchar su voz. Tatiana dice que exagera, pero no puede evitarlo.
—Señora Carter, Cassidy Collins está fuera esperando hablar con usted. —La secretaria baja la mirada cuando nota la vena marcada en el cuello de su jefa—. La ha enviado…
—Déjala entrar —la interrumpe Diane sin mirarla, con los ojos puestos en la pantalla de su portátil.
La secretaria se gira con rapidez, da un par de pasos hacia fuera e intenta esbozar una sonrisa amable mientras le hace un gesto hacia dentro del despacho.
—Gracias. —Cassidy pasa por su lado y entra en la oficina.
Lo primero que ve la becaria es el gesto hostil en el rostro impecable de una mujer sofisticada.
Cassidy no puede determinar todavía el color exacto de sus ojos porque, según se mueve hacia ella, lo que creyó que eran azules se van convirtiendo en dos pozos oscuros.
Hay una elegancia innata en ella, en la forma en que mantiene ligeramente levantada la barbilla dejando ver un cuello pálido y tentador.
La postura erguida y las manos planas sobre su escritorio le dicen a la chica que es una mujer que controla hasta la forma que tiene de respirar, pero lo que realmente impacta a las dos por separado es la electricidad en el aire.
Esa fracción de segundo en el que el aire cambia y ambas se pierden un instante en sus miradas, el pulso ralentizado de sus corazones y en un calor familiar, y a la vez tan desconocido.
Diane siente una presión incómoda en el pecho que la hace parpadear dos veces.
—Señora Carter, soy Cass…
—Sé quién eres. —A Diane no le gusta perder el tiempo escuchando cosas que ya sabe—. Lo que no sé es qué haces aquí.
Cassidy se queda un instante sin palabras, aunque le encantaría mandar a la mierda a su nueva jefa de inmediato. Intenta serenarse, quizá Diane está teniendo un mal día, pero a la chica le cuesta hacerlo con esa mirada beligerante clavada en su cara.
—Mis prácticas comienzan hoy. —La firmeza en la voz de Cassidy hace que Diane sufra un leve tic en el ojo izquierdo—. Samuel Barnes me ha pedido que me presente ante usted.
—La furcia de Samuel. —El susurro es tan bajo que se convierte en un sonido casi inaudible.
Cassidy no está segura de haberle entendido, tiene que estar equivocada, desde luego su nueva jefa no puede haberla llamado puta.
—¿Perdone? —la becaria se detiene frente al escritorio con el entrecejo contraído.
La línea de mandíbula en el rostro perfilado de Diane se marca de una manera preocupante cuando empieza a ponerse de pie para luego estirar la mano sobre el teléfono que tiene sobre la mesa.
Antes de levantar el auricular, escruta el rostro de Cassidy y desliza su mirada al atuendo que lleva puesto.
Le parece que tiene un gusto espantoso con esa camisa floreada que apenas tapa el gran pecho que sabe que esconde.
Dirige sus ojos azules a los verdes de la nueva becaria.
—Entrar en mi departamento por recomendación de alguien no te hace inmune. —La mujer apenas mueve los labios—. No tolero errores, no premio el esfuerzo porque es tu trabajo y no me interesa si tienes un problema. Sea cual sea, no quiero saberlo porque estarás fuera de aquí ese mismo día.
Levanta el auricular e ignora a Cassidy como si no significara nada.
—Dile a Thompson que la señorita Collins ya está aquí. —Mientras lo dice, aprieta el puño libre con fuerza—. Lo esperará fuera de mi oficina, él ya sabe lo que tiene que hacer.
Diane cuelga la llamada esperando que su supuestamente eficiente secretaria haga lo que le ha pedido y se sienta para seguir revisando la documentación de la empresa Gales que ahora tiene que examinar personalmente.
—Señorita Collins, en Whitestone no nos gusta perder el tiempo. —Diane no la mira, empieza a teclear algo con gesto concentrado—. A no ser que tenga usted el día libre, le aconsejo que salga de mi despacho, espere que su responsable directo venga a recogerla y empiece a trabajar.
Cassidy tiene que hacer un esfuerzo titánico para no insultar a la mujer frente a ella.
Su expresión es tan arrogante que parece que ser amable o educada le causara un severo dolor crónico, pero lo que más le molesta es que a su nueva jefa —con ese rostro increíblemente atractivo— le da igual lo que pueda pensar sobre ella.
Toma una respiración, no puede desaprovechar esta oportunidad, no quiere decepcionar a Payton ni a Samuel, pero mucho menos a la niña de nueve años que vive aún en su interior y a la que le prometió que sería alguien en la vida. Alguien importante.
—Que tenga un buen día, señora Carter —se limita a decir Cassidy y cuando no obtiene respuesta, se gira para salir del despacho.
Y aunque las dos lo nieguen internamente, saben que hay algo en ese momento que acaba de ocurrir que cambiará el curso de sus existencias para siempre.