Chris
—Chris, Julia, ¿podéis venir a mi despacho después de la reunión, por favor?
Crucé la mirada con Julia al otro lado de la mesa, preguntándome si sabría por qué nuestra jefa quería reunirse con nosotras. Se encogió de hombros, y el gesto hizo que la camisa le resbalara por el hombro. Llevaba una camisa verde menta sobre una camiseta de tirantes, anudada sin apretar a la cintura, con una falda vaporosa. Se había delineado los ojos en verde oscuro y llevaba un pintalabios rojo brillante. Es curioso: antes su estilo me parecía demasiado femenino, pero ahora la encontraba adorable.
—Claro, Gina.
Centré mi atención en Allison, nuestra directora ejecutiva, que estaba presentando a la nueva directora financiera. Sabía que habían contratado a alguien porque Gina lo había mencionado en nuestra última reunión de supervisión, pero aún no estaba autorizada a compartir la información.
—Atención todos, os presento a Gretchen Langley, nuestra nueva directora financiera. Viene de trabajar muchos años en el condado. Vamos a presentarnos.
Para mi sorpresa, Gretchen era mucho más joven que nuestro anterior director financiero. Tenía el pelo de un morado claro que la hacía parecer más una camarera de cafetería que un miembro del equipo ejecutivo de la agencia. Vestía de forma conservadora con blusa, blazer y pantalones, pero la hilera de pendientes que le recorría el borde de la oreja y el atisbo de un tatuaje que asomaba por la muñeca me indicaron que no era la típica directora financiera. Interesante.
Después de la reunión, Julia y yo seguimos a Gina hasta su despacho.
—Sentaos —dijo, señalando las dos sillas frente a su escritorio.
Julia y yo intercambiamos una mirada y obedecimos. Gina se sentó detrás de su escritorio con una expresión inusualmente seria. Se inclinó hacia delante apoyándose en los codos y respiró hondo; supe al instante que aquello no auguraba nada bueno para nosotras. Solo que no sabía por qué.
Como Gina no decía nada, Julia tomó la palabra.
—¿Es por la propuesta que enviamos a Madison Phoenix para el programa de empleo tecnológico? ¿Ha decidido rechazarla? Parecía muy entusiasmada con ella en la gala.
Gina negó con la cabeza.
—No, aún no hemos recibido respuesta de Phoenix Software. Os he llamado porque he recibido una queja. Sobre vosotras dos.
—¿Una queja? ¿Sobre qué? —pregunté.
Gina volvió a respirar hondo. Era una buena jefa, y se notaba que no quería tener aquella conversación. Yo tampoco, y eso que ni siquiera sabía todavía de qué iba. A mi lado, Julia movía la pierna nerviosamente.
—Una empleada fue a Recursos Humanos con la acusación de que vosotras dos estabais... —hizo una pausa y miró al techo como si le pidiera fuerzas a Dios—. Teniendo sexo en el cuarto del material.
Julia contuvo el aliento.
—No estábamos follando —dije rápidamente—. Solo nos estábamos dando el lote.
Julia giró la cabeza hacia mí y abrió los ojos como platos, como si no pudiera creer lo estúpida que era. El temblor de la pierna se intensificó.
—Eh, bueno, eso tampoco es mucho mejor —dijo Gina—. Estoy segura de que no necesito deciros lo poco profesional que fue, especialmente siendo las dos parte del equipo directivo.
Mi mente volvió al día anterior...
***
Volvía del baño cuando vi a Julia caminando por el pasillo hacia mí. El corazón se me aceleró de inmediato, de una forma que prefería no analizar demasiado.
—Hola, ¿qué haces aquí? —pregunté.
Trabajaba en otra sede, así que rara vez la veía en el trabajo, salvo cuando coincidíamos en alguna reunión, y esas solían ser online.
—Vine a ver a una de nuestras clientas que está teniendo problemas con el programa —dijo—. Y he pensado en pasarme a saludarte.
No había visto a Julia desde el sábado. Las dos habíamos tenido cosas que hacer el domingo, y no pasaba nada, no necesitábamos pasar juntas todos los días del fin de semana. Tampoco habíamos quedado desde entonces, y ahora que era jueves me alegraba muchísimo de verla.
Sin decir palabra, la agarré de la muñeca y tiré de ella hacia la puerta más cercana: el cuarto del material.
—¿Qué haces? —preguntó sin aliento.
—Quiero besarte.
La hice retroceder hasta que sus caderas chocaron con las estanterías de la pared.
—¿Vamos a tu despacho?
Negué con la cabeza.
—Está muy lejos. No puedo esperar.
Le sujeté la cara con ambas manos y estrellé mis labios contra los suyos en un beso largo y profundo.
—Vaya, sí que sabes cómo saludar a una chica —bromeó Julia cuando me aparté lo suficiente para recuperar el aliento.
—Te he echado de menos.
Su mirada se dulcificó.
—Yo también te he echado de menos.
Volvimos a besarnos, con mis caderas presionando contra las suyas, imitando lo que deseaba hacerle si estuviéramos en otro sitio. Julia gimió cuando hundí los dedos en su pelo, sujetándola donde la quería mientras devoraba su boca.
Se oían voces fuera mientras la gente pasaba, pero el ruido bastó para sacarme de mi aturdimiento y recordarme que allí no teníamos intimidad. Me aparté, jadeando.
—Me encantaría follarte aquí mismo, pero vamos a tener que esperar —dije con pesar.
Julia dio un respingo cuando el móvil le vibró con uno de los muchos recordatorios que se ponía para llegar puntual.
—Mierda, tengo que irme. Tengo una reunión.
Me incliné y le di un beso casto en los labios.
—¿Quieres venir esta noche?
Asintió.
—Sí, me encantaría.
—Mi madre me ha enseñado un plato nuevo. Pastel de carne.
—Me encanta el pastel de carne —dijo Julia con entusiasmo.
—Tengo que avisarte de que la receta consiste en esconder trocitos de verdura en el pastel.
Se encogió de hombros.
—Me gustan las verduras.
Salimos del armario juntas, sonriendo como tontas. Julia tenía el pelo completamente revuelto, y sus labios estaban hinchados por mis besos. Alzó la mano para limpiarme el costado de la boca, sin reparar en las dos personas que pasaron junto a nosotras y nos lanzaron miradas curiosas.
—Llevas mi pintalabios —susurró.
Me encogí de hombros.
—Preferiría llevar otra cosa tuya encima, pero de momento me conformo con esto.
***
—Mira, no puedo creer que tenga que decir esto, pero no podéis besaros ni hacer nada sexual en el trabajo. Si vosotras dos tenéis una relación romántica, os recuerdo que, aunque no está prohibido, estáis obligadas a comunicarlo a Recursos Humanos.
—Solo nos estamos divirtiendo —solté.
Julia contuvo el aliento mientras yo seguía:
—No hay nada que comunicar. No tenemos una relación. No fue nada.
Era mentira, por supuesto, pero me estaba entrando el pánico. La conversación era de lo más humillante, y lo último que quería era que Julia o yo perdiéramos el trabajo. Notaba la mirada fija de Julia clavada en mí, pero evité mirarla mientras mantenía una expresión neutra.
Gina nos miró a las dos de nuevo, como si intentara decidir qué estaba pasando.
—Si me prometéis que esto no volverá a ocurrir, os dejaré marchar con una advertencia verbal.
—Esto no volverá a ocurrir —repetí como una cotorra—. Lo prometo.
—¿Julia? —la instó Gina.
—Esto no volverá a ocurrir —dijo con voz inexpresiva—. Desde luego que no.
Había un mundo de dolor y rabia en esas palabras, pero nuestra jefa prefirió ignorarlo.
—De acuerdo, tendré que enviaros un correo confirmando esta conversación y mandar copia a Recursos Humanos.
—Gracias, Gina, y siento mucho cómo nos hemos comportado —dije arrepentida.
—Lo siento, jefa —dijo Julia en voz baja.
Parecía a punto de llorar, pero antes de que pudiera verle la cara, se levantó de la silla y salió corriendo del despacho.
—Bueno, supongo que me voy —le dije a mi jefa—. Perdona otra vez.
Me levanté de la silla, pero me detuve cuando mi jefa volvió a hablar.
—Chris. Espera.
—¿Sí?
Gina cerró los ojos, suspiró y volvió a mirarme.
—Mira, no soy de las que dan consejos, y desde luego no es apropiado que te aconseje sobre tu vida amorosa, pero... sé lo que es estar enamorada de alguien y echarlo todo a perder. Perdí tres años con el amor de mi vida por ser idiota. Si sientes algo por Julia, más te vale hablar con ella, porque esa chica parecía destrozada por lo que acabas de decir. Y si no sientes nada, aléjate y déjala que te olvide.
Gina se puso en pie y me miró directamente a los ojos.
—Sea lo que sea, por favor, deja tu vida personal fuera de la oficina, ¿de acuerdo?
—Sí, lo haré. Gracias, Gina. De verdad.
Cuando salí del despacho de Gina, no había ni rastro de Julia. Recorrí el pasillo de un lado a otro, asomándome a despachos y salas de reuniones por si me estaba esperando en algún sitio, pero debía de haber vuelto ya a su oficina porque no la encontré por ninguna parte.
Esperaba que no estuviera demasiado disgustada por lo que había dicho.
Resultó que estaba mucho más enfadada de lo que me imaginaba.