Julia
«Solo nos estamos divirtiendo. No hay nada que contar. No estamos en una relación».
Las palabras de Chris me daban vueltas en la cabeza mientras regresaba al refugio. Cuanto más las repasaba, más me dolían. ¿Era así como se sentía realmente? Había parecido bastante segura de sus respuestas.
Pensé que íbamos hacia algo: vivir juntas, casarnos, quizá formar una familia algún día, pero por lo visto estaba equivocada. Dios, qué idiota era. Chris fue quien quiso que pasáramos de ser amigas con derecho a novias. Pensé que eso significaba algo.
No es que hubiéramos hablado de nuestros sentimientos. Eso era culpa de las dos, por supuesto. Estaba profunda e irremediablemente enamorada de ella, pero parecía demasiado pronto para decir esas palabras, así que me las había callado. Gracias a Dios. Habría sido aún más vergonzoso si le hubiera declarado mi amor y Chris hubiera tenido que decirme que ella no sentía lo mismo.
Cuando volví a mi escritorio, el correo de Gina que confirmaba nuestra conversación estaba en mi bandeja de entrada. Dejé caer la cabeza sobre el escritorio con un suspiro profundo y luego me di unos cuantos golpecitos con la frente, por si servía de algo.
—¿Mal día, jefa?
Levanté la vista cuando Robbie entró en mi oficina con cara de preocupación.
—Estoy bien —mentí—. Solo me duele la cabeza.
—Seguro que darte golpes en la cabeza contra el escritorio te está sentando de maravilla —bromeó—. ¿Por qué no te vas a casa antes? Yo me encargo de todo.
No era de las que rehúyen sus responsabilidades, pero de repente la idea de quedarme allí más tiempo me resultaba insoportable.
—Sí, buena idea, gracias.
Me quedé callada un momento y luego dije:
—Oye, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Has... has oído algún rumor sobre mí últimamente?
Robbie sonrió con picardía.
—¿Te refieres a lo de que tú y Chris Robbins, la del programa de empleo, estáis juntas?
Me quedé boquiabierta.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Siento decírtelo, pero corre por toda la agencia. La gente dice que vosotras dos estabais liándoos en un armario del centro de formación, pero yo les dije que tú jamás harías algo así. Eres demasiado profesional.
—No me lié con nadie en un armario —dije con cautela.
—¿Solo os enrollasteis? —dijo con alegría—. Chris es con quien llevas saliendo estos meses, ¿no? ¿O esto es nuevo?
—Sí, entre nosotras, hemos estado... bueno, saliendo —admití—. Mira, creo que me voy a ir a casa ya.
Robbie pilló la indirecta y se levantó.
—Por si te sirve de algo, Chris es una mujer estupenda, y estos últimos meses te he visto más feliz, más serena. Espero que os vaya bien.
Sus palabras amables me atravesaron como un cuchillo.
—Gracias. Que tengas un buen fin de semana.
—Tú también.
Al salir de mi oficina, el móvil me vibró con un mensaje de Chris. Sin molestarme siquiera en leerlo, lo apagué. Lo que quisiera decirme ahora daba igual. Había dejado claro en qué punto estábamos. Ahora solo quería irme a casa a curar mis heridas.
En algún rincón de mi mente pensé que quizá estaba exagerando. Quizá las palabras de Chris no habían sido el rechazo que parecían. Quizá habían sido una reacción instintiva. Pero no podía dejar de pensar en lo que había sentido al oírla decir que yo no significaba nada para ella. Había hecho aflorar todas las inseguridades que siempre había tenido, esa sensación de ser demasiado para la gente, de no ser nunca suficiente.
Paré un momento en el supermercado a comprar lo que necesitaría para el fin de semana y luego me fui a casa. Eran solo las dos de la tarde, pero me puse el pijama, me serví una copa de vino y me acomodé frente al televisor a ver algo acorde con mi estado de ánimo: Ana de las Tejas Verdes.
Tumbada en el sofá, vi cómo Ana se peleaba con Gilbert, y luego, cuando murió Matthew, por fin solté el férreo control que mantenía sobre mis emociones. Siempre había sido así. Me costaba llorar cuando algo iba mal, a menos que viera algo triste. Entonces, con la excusa de llorar por la película, podía dejar que mis emociones fluyeran.
Y vaya si fluyeron. Estuve sollozando el resto de la película.
Cuando me desperté el sábado por la mañana me sentía fatal. La combinación de comida basura, demasiado vino tinto y llanto me había provocado una migraña brutal. Que el día estuviera gris y sombrío no ayudaba a mi estado de ánimo. Me tomé los medicamentos para la migraña, esos que solo tomaba cuando la cosa estaba muy mal, y pasé casi todo el día en la cama durmiendo.
Cuando llegó el domingo, la cabeza me iba mejor, aunque el corazón no. Me arrastré fuera de la cama, preparé café y unas tostadas, y me senté a la mesa de la cocina a mirar el móvil. Había varios mensajes de Chris, incluido uno diciéndome que iba a venir a hablar. Treinta minutos después había otro en el que decía que suponía que no estaba en casa porque no había abierto la puerta. Había estado tan grogui por la medicación que no había oído nada.
Suspiré y decidí contestar.
Julia: Acabo de ver todos tus mensajes. Ayer estuve todo el día en cama con migraña.
Chris respondió de inmediato.
Chris: ¿Estás bien? Siento mucho lo que pasó en el despacho de Gina. No sé por qué dije lo que dije. Me entró el pánico.
Julia: Está bien. Es lo mejor, en realidad. Nos divertimos, pero creo que lo nuestro ya se acabó, de todas formas.
Chris: No. Julia, por favor. No lo decía en serio cuando dije que solo nos estábamos divirtiendo, lo juro. Debería haberle dicho a Gina que eras mi novia. Fue un error estúpido.
Julia: He estado pensando mucho y tú y yo nunca funcionaremos. Probablemente sea bueno que esto haya pasado ahora, antes de que alguna de las dos se enamorara.
Chris: No lo dices en serio. Esto que hemos tenido ha sido bueno. Muy bueno. Me encanta ser tu novia.
Julia: Estábamos jugando con fuego enrollándonos en el trabajo así. Mi trabajo es muy importante para mí, y sé que el tuyo también lo es para ti. No es sano que estemos tan enganchadas la una con la otra.
Chris: Es sano si es amor.
Me llevé la mano al estómago cuando una punzada de dolor me atravesó. Era justo lo que había querido escuchar de ella. Me había costado descifrar cómo se sentía Chris, si se estaba enamorando de mí como yo me estaba enamorando de ella. Pero eso no cambiaba el hecho de que ambas nos habíamos comportado de forma inapropiada, arriesgando nuestros trabajos. Mis intensos sentimientos por ella no eran sanos. Y no cambiaba el hecho de que cuando nos interrogaron, lo primero que hizo Chris fue negar que yo significara algo para ella. Estaba claro que los sentimientos solo iban en una dirección.
Julia: Creo que es mejor que dejemos de vernos. Seamos solo amigas.
Chris: No puedo ser tu amiga.
Julia: Entonces supongo que solo nos veremos en el trabajo.
Chris: ¿Podemos hablar en persona? Por favor. Necesito arreglar esto.
Julia: Nos divertimos, pero es hora de seguir adelante. Es lo mejor para las dos.
Vi cómo los puntos suspensivos aparecían y desaparecían un par de veces en la pantalla, pero cuando Chris no volvió a responder, suspiré aliviada. Por mucho que la quisiera, era obvio que nuestra relación no era tan sólida como debía ser. Ambas encontraríamos a otra persona, tarde o temprano. Estaba segura.
La semana siguiente fue dura. No había forma de evitarlo. Echaba de menos a mi novia. Echaba de menos a Chris. No volví a saber de ella, y aparte de verla en una reunión de trabajo online, no tuvimos contacto. Eso solo confirmaba que había tomado la decisión correcta. Si sintiera algo por mí, no se habría rendido tan fácilmente.
Y yo estaba bien. Bueno, más o menos. Lo superaría con el tiempo. Claro, la echaba de menos, pero había estado soltera mucho tiempo antes de estar con Chris. Sabía cómo hacerlo.
Lo que no sabía cómo hacer era lidiar con mi madre.
Chris y yo llevábamos poco más de una semana separadas cuando su nombre salió a relucir durante mi cena mensual con mis padres. Por supuesto que salió. Siempre pasaba, desde que mi madre nos había pillado en la cama juntas.
—¿Cómo está Chris? —preguntó mamá con entusiasmo nada más sentarme a la mesa—. Deberías haberla traído a cenar.
—Hemos roto.
Mamá dejó caer el tenedor en el plato con un estruendo.
—¿Qué? Su madre no me ha dicho ni una palabra.
Me encogí de hombros.
—Puede que no lo sepa. Es bastante reciente.
—¿Por qué habéis roto?
Me sorprendió que la pregunta viniera de mi padre. Normalmente no hacía comentarios sobre mi vida personal ni participaba en los interrogatorios de mi madre. Aunque, por otro lado, Chris le caía muy bien y parecía contento de que estuviéramos saliendo.
—Simplemente se acabó —dije encogiéndome de hombros—. Estábamos en momentos diferentes de nuestras vidas y queremos cosas distintas en una relación.
Papá me lanzó una mirada preocupada y luego dijo algo que me dejó de piedra.
—Qué pena. Pensaba que vosotras dos estabais bien juntas. Parecías feliz.
—Desde luego que ella sabía todo sobre tu cosita del TDAH —resopló mamá.
Todavía estaba molesta porque nunca le había contado lo de mi diagnóstico. Estaba bastante segura de que había investigado o hablado con alguien al respecto porque, a diferencia de aquel día en que se enteró, ahora parecía aceptar mi neurodivergencia como un hecho.
—Bueno, si no vas a estar con Chris...
Papá la interrumpió.
—Va a necesitar algo de tiempo antes de que vuelvas a hacer de casamentera, Jeannie. ¿Verdad, Julia?
—Sí —dije, notando la tristeza en mi propia voz—. Solo han pasado un par de días desde que rompimos y, la verdad, todavía no he superado lo de Chris.
Era posible que nunca lo hiciera, aunque eso no se lo dije.
—Te dejaré un tiempo para que lo asimiles —dijo mamá—. ¿O quizás vosotras dos volváis?
—No va a pasar —le dije.
La verdad era que no solo estaba disgustada por lo que Chris dijo en la oficina de Gina. Cuanto más le daba vueltas, más la creía cuando decía que le había entrado el pánico. Pero también estaba bastante segura de que había soltado lo primero que le vino a la cabeza, y eso fue que solo nos estábamos divirtiendo. Nada serio.
Habíamos ido demasiado rápido, me di cuenta. Habíamos caído en una relación para la que ninguna de las dos estaba preparada. Una relación que nos tenía manoseándonos en los armarios del trabajo. Eso no era sano. Éramos mujeres adultas, no adolescentes salidas.
Y si seguíamos juntas, tendríamos que comunicarlo a Recursos Humanos. Nuestra relación afectaría a cualquier proyecto en el que trabajáramos juntas. La gente siempre estaría pendiente de nosotras, preguntándose si nos dábamos un trato de favor o hacíamos algo inapropiado. Me encantaba mi trabajo, y sabía que a Chris también le encantaba el suyo. Arriesgar nuestras carreras y reputaciones sería una estupidez monumental.
Una vocecita en el fondo de mi mente se preguntaba si esto tenía algo que ver con el trabajo, o si mi verdadero problema era que tenía miedo de que me quisieran. Si dudaba de merecer una relación de verdad.
Le dije a esa voz que se callara.