No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Julia
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Julia

Había pasado un mes desde la gala, que había sido un gran éxito.

En ese tiempo, Chris y yo habíamos pasado de los seis meses de relación y nos acercábamos a los siete. Era lo más que había durado con alguien, y no quería darle muchas vueltas no fuera a ser que algo saliera mal y arruinara esta bonita burbuja en la que estábamos.

Nuestras madres nos habían estado dando la lata sin parar para que pasáramos tiempo con ellas como pareja, y aunque habíamos hecho todo lo posible por escabullirnos, se volvió imposible seguir posponiendo el encuentro.

No era que no quisiéramos ver a nuestros padres —ambas veíamos a los nuestros con regularidad—, sino que ninguna de las dos quería que nuestras madres se entrometieran en nuestra relación. Las dos estaban presionando mucho para que nos casáramos y tuviéramos hijos a pesar del poco tiempo que llevábamos saliendo. Por no hablar de lo increíblemente molesto que era que nuestras madres estuvieran tan ufanas por el hecho de que estuviéramos juntas, como si hubieran sabido desde siempre que seríamos perfectas la una para la otra.

—No entiendo por qué tenemos que quedar con los cuatro otra vez —me quejé—. Es mucha presión.

Además, quería pasar un rato tranquilo con mi novia. Tanto Chris como yo habíamos estado muy ocupadas últimamente y no la había visto tanto como quería. Y créeme, nadie estaba más sorprendida por ese sentimiento que yo. Nunca había sido de las que echan de menos a alguien, de las que suspiran por alguien, al menos hasta ahora.

—En serio. Ojalá nuestros padres hicieran algo más que quedarse ahí sentados fingiendo que no se enteran de nada —dijo Chris—. Se lo mencioné a mi padre cuando fuimos al partido de baloncesto la semana pasada y lo único que dijo fue que él y tu padre eran demasiado listos como para enemistarse con sus mujeres.

—Qué exagerados.

—¿Voy bien así? —preguntó Chris—. Nunca he estado en Laberge.

De alguna manera, mi madre había conseguido reserva en un elegante restaurante francés que normalmente tenía una larga lista de espera. No tenía ni idea de cómo lo había logrado, pero había anunciado que era perfecto para nuestra «cena especial». No sabía muy bien por qué necesitábamos una cena especial, pero no iba a protestar por una cena gratis.

—Estás increíblemente sexy —le dije, observando el traje azul marino desestructurado que llevaba con una camisa blanca, sus Doc Martens asomando bajo los bajos—. Muy ejecutiva.

—Tú también estás bastante guapa —me dijo, recorriéndome con la mirada tan lentamente que me acaloré entera.

Llevaba un vestido rojo corto. Me sentía increíblemente sexy con él. El rojo oscuro resaltaba los tonos oliva de mi piel, y la tela se ceñía a mis curvas de una manera que me encantaba. Había combinado el vestido con unos tacones negros de plataforma y me había recogido parte del pelo, dejando el resto suelto por la espalda en una cascada de rizos.

—Ya van dos veces en dos meses que hemos tenido que arreglarnos —le recordé a Chris mientras tiraba de ella hacia el espejo de la puerta del armario de mi habitación.

—Sí, dos veces de más —refunfuñó.

A mi novia no le hacía ninguna gracia arreglarse.

—Estamos muy monas juntas —dije—. Deberíamos pedirles a nuestros padres que nos hagan una foto.

Chris me miró con una expresión rara y luego sonrió como si le hubiera alegrado el día.

—Me encantaría.

Normalmente ella era la sentimental de la relación. Nunca lo habría esperado de ella, pero tampoco me molestaba. Era muy cariñosa, siempre buscando el contacto, trayéndome detallitos o diciéndome lo guapa que estaba.

No había dicho nada sobre sus sentimientos desde aquella noche en que acordamos ser novias de verdad, pero tenía la sensación de que lo que sentía por mí iba a más, igual que lo mío por ella. O quizá solo eran imaginaciones mías. Estaba bastante segura de que estaba enamorada de ella, pero no tenía ni idea de qué sentía ella realmente por mí. Era raro que nunca hubiera dicho nada. Pero, por otro lado, lo estábamos pasando muy bien y no teníamos prisa por dar el siguiente paso. Podíamos dejar que las cosas fueran a su ritmo.

Los cuatro nos estaban esperando en el vestíbulo del restaurante; seguramente habían venido juntos en coche, ya que vivían muy cerca. Nuestros padres llevaban trajes azul marino y nuestras madres vestidos negros, como si se hubieran puesto de acuerdo.

—¿No nos ha llegado el aviso de ir conjuntados? —pregunté con curiosidad.

—¿A qué te refieres, cariño?

Miré a mi madre un momento. Al ver que no tenía ni idea de lo que hablaba, me encogí de hombros.

—Nada, déjalo.

Unos minutos después estábamos sentadas en una mesa cerca del fondo del restaurante, Chris a mi lado. Conseguimos pasar la presentación del vino y pedir la comida antes de que empezara el interrogatorio.

—Supongo que vosotras, chicas, os estáis poniendo bastante serias —dijo mi madre, mirándonos con intención.

Chris y yo intercambiamos una mirada y nos encogimos de hombros al unísono.

—¿Oiremos campanas de boda pronto? —preguntó la madre de Chris.

Cogí la cuchara y empecé a darle vueltas entre los dedos.

—Es demasiado pronto para esa conversación —dije—. Solo llevamos siete meses saliendo.

—Pero os conocéis de toda la vida —insistió la Sra. Robbins.

—Mamá.

Chris cargó esa única palabra de advertencia. Su madre la ignoró.

—Solo digo que…

—Basta.

Todas nos quedamos heladas y miramos a mi padre. Normalmente era un hombre bastante tranquilo, pero ahora se le notaba claramente irritado.

—Disfrutemos de la cena sin acosar a las chicas, ¿de acuerdo? —dijo, recuperando su tono suave de siempre—. Todavía son jóvenes.

Mi madre abrió la boca, miró la expresión de mi padre y volvió a cerrarla.

—Bien, ¿de qué queréis hablar entonces?

Por suerte, la conversación pasó a otro tema. La cena estaba deliciosa, por supuesto, aunque exorbitantemente cara. Tanto Chris como yo intentamos contribuir, pero nuestros padres insistieron en dividir la cuenta entre ellos. Mientras esperábamos a que el camarero pasara la tarjeta, empecé a sentirme inquieta, como me ocurría siempre que permanecía sentada en el mismo sitio demasiado tiempo, sobre todo cuando ya se me había pasado el efecto de la medicación matutina para el TDAH.

—Julia, por el amor de Dios, deja de moverte —me regañó mi madre—. Ya sabes lo molesto que resulta para todos.

Agarré un puñado del mantel por debajo de la mesa, lo estrujé con fuerza mientras presionaba los pies contra el suelo, intentando anclarme.

Sentí la mano de Chris posarse en mi muslo, cálida y reconfortante.

—Ese movimiento es parte del TDAH de Julia —dijo—. Seguro que sabes que ni siquiera es consciente de que lo hace.

Me quedé paralizada. Mi madre se quedó paralizada. Mi padre me lanzó una mirada de confusión.

—¿TDAH? ¿De qué estás hablando, Chris? Julia no es un niño hiperactivo.

Ese tono desdeñoso era exactamente la razón por la que nunca había mencionado mi diagnóstico. Mamá siempre había creído que mis movimientos eran algo que hacía para molestar o llamar la atención. Había expresado esa opinión probablemente miles de veces durante mi infancia.

Chris se volvió hacia mí.

—¿Tu madre no lo sabe? —preguntó con curiosidad.

Negué con la cabeza y su rostro se llenó de horror.

—Dios mío, lo siento. Di por hecho que...

Habíamos hablado mucho sobre mi TDAH desde que empezamos a salir, pero nunca le había contado cómo afectaba a mi relación con mi madre. En general, me llevaba bien con ella. Era entrometida y dominante, pero la quería y ella me quería a mí, de eso no había dudado nunca. Sabía que tenía suerte de tener padres que aceptaban mi orientación sexual —apenas habían pestañeado cuando salí del armario—, pero mis «movimientos» habían sido motivo de conflicto toda mi vida. Y de vergüenza.

—¿De qué está hablando, Julia?

Miré a mis padres alternativamente y respiré hondo varias veces antes de responder.

—Hace unos años me diagnosticaron TDAH y ansiedad. He hecho algo de terapia ocupacional y estoy medicada, y ambas cosas me han ayudado a controlar mis síntomas, pero a menudo tengo un rebote de la medicación por la noche, sobre todo si tengo que estar sentada quieta mucho rato, como esta noche.

El camarero vino a dejar el recibo de la tarjeta, echó un vistazo a la mesa y se alejó discretamente.

—Nunca me habías dicho nada de esto —dijo mi madre al fin.

Odiaba ese tono de sospecha, y sabía que se estaba preguntando si me lo estaba inventando para llamar la atención.

—Creía que el TDAH era cosa de niños —intervino mi padre.

—Lo tenía de niña —le dije—. Los síntomas cambian y a veces disminuyen con la edad, pero no desaparece del todo.

Mi padre asintió.

—Eso explica muchas cosas.

Mi madre volvió la cabeza hacia él y luego hacia mí.

—No sé qué hacer con esta información, Julia.

—No tienes que hacer nada, mamá —dije con firmeza—. No fui yo quien lo contó.

Por el rabillo del ojo vi a Chris hacer un gesto de dolor, y su mano se apretó en mi muslo. No estaba enfadada con ella, no tenía forma de saberlo, pero ojalá no lo hubiera sacado.

—Yo nunca te di mucho azúcar —dijo mamá en tono casi acusatorio.

—No tiene nada que ver con el azúcar —dije—. Mi cerebro simplemente funciona de forma diferente al de otras personas. No es para tanto. El TDAH es muy común.

Mi madre abrió la boca, sin duda para seguir preguntando, pero Chris se levantó de golpe y me agarró de la mano.

—Gracias por la cena, papá, señor Montego —dijo con educación—. Pero tenemos que irnos ya. Vamos, Julia.

Antes de que mi madre pudiera responder, ya me estaba arrastrando fuera del restaurante y doblamos la esquina hacia nuestro coche. Cuando estuvimos a una manzana de distancia, se detuvo y me estrechó entre sus brazos, con las manos enlazadas en mi espalda.

—Lo siento muchísimo —dijo—. No pretendía sacarte del armario así.

—No pasa nada.

—¿Cómo es que nunca se lo contaste?

Negué con la cabeza.

—Porque sabía que haría como si me lo estuviera inventando o lo convertiría todo en un drama sobre ella. Y francamente, creo que mi neurodivergencia no es asunto suyo.

—Sí, lo entiendo.

Me miró largamente y luego señaló hacia mi coche con la cabeza.

—¿Qué te parece si volvemos a tu casa y te hago olvidar el TDAH y a tu madre?

Me incliné y le di un beso rápido en los labios.

—Me parece una idea estupenda.