Chris
—Odio estas cosas.
Julia se mordió los labios, intentando no reírse.
—A nadie le gustan.
—Creo que a Allison sí.
—Sé con certeza que no —dijo—. Pero es parte del trabajo. Una vez al año tenemos que arreglarnos y hacer relaciones públicas con los donantes. Es especialmente importante después del escándalo de nuestro director financiero. Ya hemos perdido algunos donantes bastante importantes por eso.
—Lo sé, pero preferiría mil veces pasar el rato contigo.
Esa noche era la gala anual de recaudación de fondos de nuestra organización sin ánimo de lucro. El evento se celebraba en un hotel elegante del centro de Seattle, y cientos de donantes de nuestra agencia asistirían. Como directoras de programa, se esperaba que asistiéramos y alternáramos con los invitados, tanto durante el cóctel de recepción como durante la cena.
Atraje a Julia hacia mí y la besé, pero ella se apartó después de unos segundos con una mirada de disculpa.
—Tengo que prepararme. Ya sabes que me lleva más tiempo que a ti. Además, necesito verme bien ya que salgo en el vídeo. Es mi momento de estrella de cine.
Cada año la gala se centraba en uno de nuestros programas, y este año el foco estaba en el programa Sunrise. Julia aparecía en el vídeo hablando sobre el refugio de transición que dirigía y el trabajo que hacían para ayudar a las familias sin hogar a conseguir empleo y mudarse a viviendas permanentes. Habíamos visto un adelanto del vídeo durante nuestra reunión del equipo de liderazgo esa semana y todos habíamos coincidido en que Julia lo había hecho genial. Se desenvolvía con naturalidad frente a la cámara, y era muy fotogénica.
—Toda esa gente rica se va a volver loca con tu vídeo —le aseguré—. Te van a llover los donativos.
—¿Como la estrella del club de striptease? —bromeó.
Me encantaba el sentido del humor de Julia. Antes me resultaba molesto cuando éramos más jóvenes, pero ahora me parecía entretenido. Veía el mundo de una manera distinta a la del resto. Quizás era porque su cerebro funcionaba de forma un poco diferente, o quizás era simplemente su personalidad peculiar. Fuera como fuese, me hacía reír.
Llevábamos cinco meses juntas, riendo, y nunca había sido más feliz. Éramos oficialmente pareja desde aquella conversación a medianoche hacía unos meses. Pasábamos la mayoría de los fines de semana juntas, y aunque manteníamos nuestras propias vidas, nos habíamos compenetrado en muchos aspectos. Había sucedido casi sin esfuerzo, lo cual era una sorpresa. En mi experiencia, las relaciones requerían mucho trabajo. No es que no tuviéramos nuestros problemas —éramos personas muy diferentes y teníamos toda una vida de discusiones a nuestras espaldas—, pero en el fondo éramos muy compatibles. Nunca lo habría esperado.
Me cambié en el cuarto de invitados mientras Julia se preparaba en su dormitorio. Como ella había predicho, estuve lista antes, así que me fui a la sala de estar a entretenerme con el móvil mientras la esperaba.
—¿Qué tal estoy?
Levanté la vista y casi se me cae la mandíbula. Julia llevaba un vestido de cóctel azul real brillante con un corpiño ajustado, escote corazón y mangas casquillo. El vestido se ceñía a la cintura y se abría a la altura de las rodillas. Los zapatos azules a juego hacían que sus piernas parecieran kilométricas. Se había rizado el pelo largo en una cascada de ondas, y lo que fuera que se hubiera hecho con el maquillaje de ojos hacía que le parecieran enormes. Estaba buenísima.
—Mira esto —dijo, y giró sobre sí misma, haciendo que la falda se abriera como un abanico.
—Estás preciosa —dije con voz ronca.
Cuando me levanté, Julia por fin se fijó en mi atuendo. Se quedó boquiabierta.
—¿Llevas vestido? No creo haberte visto con uno desde la graduación del instituto.
Me encogí de hombros, algo incómoda.
—Normalmente llevo traje a estas cosas, pero quería algo diferente.
Como no dijo nada, pregunté:
—¿Estoy bien?
Llevaba un vestido negro sencillo con un cinturón a juego y botines de tacón bajo que eran más elegantes que mis Doc Martens de siempre. Normalmente no me esmeraba mucho con el pelo, pero esa noche había dedicado un rato a cepillarlo hasta dejarlo suave, y luego le había puesto un poco de gel para peinarlo hacia atrás, lo que me daba un aire algo punk rock.
—Estás increíble —dijo, acercándose para darme un beso rápido en los labios—. Pero no sé si me gusta que todos los demás vean tus piernas. Son como nuestro pequeño secreto.
—Ja, ja.
Aunque no se equivocaba. Solo unas pocas personas selectas me habían visto con algo que no fueran pantalones.
Nos dirigimos al hotel donde se celebraba la gala. Optamos por pedir un coche compartido para ir al centro en lugar de pelearnos por encontrar aparcamiento. Además, así podíamos acurrucarnos en el asiento trasero.
Entramos juntas al hotel y nos separamos después de recoger nuestras etiquetas con el nombre, conscientes de que teníamos órdenes estrictas de trabajar la sala y hablar con los donantes.
No le quité ojo a Julia en toda la noche, admirando cómo se movía entre la multitud del cóctel presentándose a la gente y hablando de su programa. Tenía una soltura que yo simplemente no tenía. Eventos como esos solo resaltaban mi torpeza introvertida natural. O me acercaba sigilosamente a un grupo esperando que me notaran y me hablaran primero, o me pegaba a alguien que estuviera solo para mantener una conversación incómoda.
—¡Chris!
Levanté la vista cuando Julia me hizo señas para que me acercara. Estaba hablando con dos mujeres.
La mayor tenía un aspecto elegante y sofisticado, con el pelo largo y oscuro y un aire de poder. La más joven tenía un mechón azul en el pelo y un toque punk rock a pesar de que llevaba un vestido de cóctel perfectamente respetable. Eran una pareja improbable, pero se las veía con la intimidad relajada de quienes llevan mucho tiempo juntas. Me pregunté si Julia y yo seríamos así algún día.
—Esta es Chris Robbins, dirige nuestros programas de empleo —dijo Julia cuando llegué hasta ellas—. Chris, esta es Madison Phoenix y su pareja, Camille.
Ah, por eso la mujer me resultaba familiar. Madison Phoenix era toda una celebridad en Seattle. Había fundado una de las empresas de software más exitosas del mundo, y al hacerlo había creado un lugar de trabajo excepcionalmente solidario con sus empleados, en su mayoría LGBTQ+. Recordaba haber leído en algún sitio que había empezado a salir con Camille, una aspirante a escritora que en aquel entonces era barista en la cafetería Morning Jolt. Los portales de cotilleos locales se habían puesto las botas con la noticia, pero la pareja llevaba ya varios años junta.
—Encantada de conocerlas —dije con educación, estrechándoles la mano.
—Le estaba hablando a Madison de tu idea de crear un programa de formación tecnológica para algunas de las mujeres que atendemos.
Llevaba mucho tiempo queriendo crear más iniciativas que ayudaran a la gente a conseguir empleos con salarios dignos, algo de lo que Julia me había oído hablar más de una vez. En eso estábamos de acuerdo. Muchos programas de formación de organizaciones sin ánimo de lucro colocaban a sus beneficiarias en hoteles, restaurantes o almacenes. Nuestro programa «mujeres en oficios» era el único de la ciudad que colaboraba con los sindicatos para conseguir que accedieran a empleos relativamente bien pagados en los gremios. Pero si además pudiéramos lograr que entraran en el sector tecnológico, les cambiaría la vida, especialmente a quienes no tenían la resistencia física para trabajar en los oficios.
—Cuéntame qué tienes en mente —dijo Madison.
Al ver la oportunidad, me lancé con mi presentación rápida; la torpeza inicial se había esfumado. Cuando terminé, Madison me había dado su tarjeta y me había invitado a enviarle una propuesta completa para crear un programa de «formación laboral para el empleo» en Phoenix Software. Estaba encantada.
—Gracias por presentármela —le susurré a Julia mientras entrábamos en el salón para la cena.
—Quizás puedas demostrarme tu agradecimiento más tarde —me susurró ella—. Pero por ahora, toca sobrevivir a esta cena.
Nos asignaron mesas diferentes, y acabé sentada en una de donantes donde el más joven debía de rondar los setenta. Respiré hondo y empecé a hablar con quien tenía al lado, que por suerte estaba muy interesada en nuestros programas de empleo.
Nos comimos las predecibles cenas de pollo y escuchamos los discursos, primero de nuestra presidenta de la junta y luego de nuestra directora ejecutiva. Después llegó el momento del vídeo que abriría la parte de recaudación de fondos de la velada.
Alguien bajó las luces y el rostro de Julia apareció en la pantalla, donde hablaba del programa con su habitual dulce sinceridad. El vídeo pasó a escenas del refugio y de algunas de nuestras beneficiarias participando en distintos programas, todo grabado con cuidado para proteger la identidad de quienes preferían no salir en cámara. El último segmento era una entrevista con una graduada del programa.
—El programa Sunrise me cambió la vida —dijo, mirando directamente a la cámara—. Pasamos dos años en el refugio, recuperándonos de todo lo que nos había pasado. Cuando me mudé a mi propia casa, mi familia había hecho terapia, yo tenía un trabajo bien pagado como soldadora y mis hijos iban viento en popa. Este programa no solo me salvó la vida, sino que les dio a mis hijos la oportunidad de tener una vida mejor que la mía. Y ese es el sueño de toda madre, ¿sabes?
Cuando se encendieron las luces, me volví hacia la señora con la que había estado hablando.
—Por eso trabajo aquí.
Cuando empezó la ronda de donaciones y pidieron a los invitados que levantaran la mano para contribuir, aquella señora fue una de las primeras en hacerlo.