No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Julia
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Julia

—No sé por qué estoy nerviosa —dije, pasándome la mano por la falda, ya perfectamente lisa, por tercera vez en un minuto.

Esa noche íbamos a salir con las mejores amigas de Chris, la presentación oficial de nuestra relación. Ya había conocido a April en aquella desastrosa cena que mi madre organizó en mi último cumpleaños, pero hasta entonces no había conocido a ninguna otra amiga de Chris que no fuera del trabajo.

Parecía una ocasión importante. Quería caerles bien, lo cual era extraño porque nunca me había preocupado por caerle bien a la gente.

—Les vas a encantar —dijo Chris, acercándose para pasarme los brazos por los hombros.

—Sé que son importantes para ti, y también que a veces soy demasiado para algunas personas.

—¿Demasiado para quién? —preguntó.

—Creo que es «para quiénes» —dije, sin venir a cuento.

Puso los ojos en blanco.

—No eres demasiado. Mis amigas han oído muchas cosas buenas de ti. Bueno, últimamente...

—Espera, ¿les hablaste de mí antes de que estuviéramos... saliendo?

—Seguro que mencioné tu nombre una o dos veces —admitió, sin mirarme a los ojos.

Dejé caer la frente sobre su hombro con un gemido.

—Ay, Dios.

Chris me dio un apretón en el trasero y se apartó.

—Vamos. No podemos llegar tarde o pensarán que estábamos follando, y no nos dejarán en paz en toda la noche.

April y Marlee ya estaban en un reservado cuando llegamos al pub, con una jarra de cerveza y cuatro vasos en el centro de la mesa.

—Espero que te guste la cerveza, Julia —dijo April alegremente.

Me gustaba, pero tenía la sensación de que era una especie de prueba. Como si fuera a perder puntos si decía que prefería pedir un vino.

—La cerveza me encanta —dije, tendiéndole la mano—. Me alegro de verte otra vez, April. Y déjame disculparme de nuevo por lo de mi madre aquella vez que te arrastraron a cenar.

Me estrechó la mano y le quitó importancia con un gesto.

—Ay, no te preocupes. La mía es igual de mala.

—Julia, esta es mi otra mejor amiga, Marlee. Marlee, esta es Julia.

Marlee y yo nos dimos la mano, y luego Chris y yo nos sentamos en el reservado mientras April nos servía cerveza. A los pocos segundos, la camarera llegó con una cesta de patatas fritas.

—¿Estáis listas para pedir? —preguntó.

—Creo que Julia necesita mirar el menú —dijo Chris—. ¿Te importa volver en unos minutos?

—Ningún problema, cielo.

—¿Os habéis aprendido el menú de memoria? —pregunté, al ver que nadie había abierto siquiera el suyo.

Chris asintió.

—Llevamos viniendo aquí al menos una vez al mes desde hace años.

Me gustaba que las amigas tuvieran una rutina de tantos años. Yo tenía amigas, algunas buenas amigas, pero nadie a quien llamaría mi mejor amiga. Desde luego, nadie con quien tuviera un lugar fijo.

—¿Qué recomendáis?

Las tres hablaron al unísono:

—La hamburguesa smash con bacon.

—Pues eso pido —dije riendo.

Aunque la cena empezó un poco tensa, en general fue bien. Hubo algunos momentos incómodos cuando una de las amigas mencionaba algún recuerdo compartido o a alguien que todas conocían, y tenían que explicármelo, pero nadie hizo que resultara raro. April y Marlee me preguntaron sobre mí y sobre mi trabajo en el refugio.

—Estoy pensando en solicitar un puesto en tu ONG —me confió April—. Un reclutador me ha contactado un par de veces por LinkedIn sobre un puesto de supervisora de contabilidad que tenéis abierto.

—Sabes que en las ONG el sueldo es una miseria, ¿verdad? —pregunté, recordando que mi madre había dicho que April trabajaba en una firma prestigiosa—. Seguro que ganas mucho más de lo que vamos a pagar.

—Sí, es verdad, pero no me gusta mi trabajo. Paga bien, pero es un club de hombres total —explicó April—. Me gustaría usar mis habilidades para ayudar a la gente, no solo para engordar las cuentas de los ricos. Mi única duda es que, con el puesto de directora financiera vacante, no podré entrevistarme con mi posible jefa antes de entrar.

—Quizá sea mejor así —dijo Marlee—. Ya estarás allí, así que quien sea la nueva, tendrá que aguantarte.

—Ja, ja.

—Contadme vuestra historia favorita de Chris —pedí cuando terminamos de cenar.

Íbamos por la segunda jarra de cerveza y, aunque ninguna estaba borracha, todas nos sentíamos bastante relajadas.

Marlee y April intercambiaron una mirada, apretando los labios como si intentaran no reírse.

—No —dijo Chris.

—¿Qué? —April puso cara de no haber roto un plato en su vida.

—Sé lo que estáis pensando, y ni se os ocurra. Quiero seguir follando, muchas gracias.

—Pues ahora sí que quiero oírlo —dije, dándole un golpecito con el hombro a Chris—. Soltadlo.

—Fue en tercero de carrera —empezó Marlee—. Era final de curso, cuando todo el mundo monta esas fiestas locas en cuanto acaban los exámenes.

—Ay, cómo lo recuerdo.

Por supuesto, yo no había sido muy fiestera —mi grupo de amigos era pequeño y en su mayoría guerreros de la justicia social entusiastas que no organizaban muchas fiestas desenfrenadas— pero había visto a otros en esas fiestas. Eran difíciles de ignorar.

—Chris estaba loca por una rubita de una hermandad…

—¿Estabas loca por una chica de hermandad? —pregunté sorprendida—. Eso no parece propio de ti.

Las pocas veces que había visto a Chris con novia a lo largo de los años, eran chicas más bien masculinas.

—No lo es. No lo era —se corrigió—. Pero había algo en ella que me atraía y pensé que me estaba tirando los tejos.

—En fin, Chris insistió en que fuéramos a esa fiesta en la casa de la hermandad, y allí iba ella siguiendo a Candy como un cachorrito.

—Espera. —Levanté una mano—. ¿Se llamaba Candy?

Marlee puso los ojos en blanco.

—Sí, ya lo sé. Llegamos a la fiesta y Candy llevaba un vestidito de tubo tan corto y ajustado que enseguida quedó clarísimo que no llevaba bragas.

—Una zorra total —añadió April.

—Y estaba superborracha, y cuando vio a Chris empezó a colgarse de ella, a restregarse, a apretarle las tetas operadas contra el hombro, ya sabes. Y de repente, estaban comiéndose la boca como si fuera su última noche en la Tierra.

Marlee se detiene porque no puede parar de reírse, así que April continúa la historia.

—Candy empieza a meterle mano, y justo cuando la música para para cambiar de canción, le mete la mano entre las piernas a Chris y… digamos que no encontró lo que esperaba.

—¿Qué significa eso? —pregunté, mirando de una a otra.

—Grita: ¡Dios mío! ¿Dónde está tu polla? ¿Qué le pasó a tu polla? —chilla Marlee—. Todo el mundo se queda paralizado mirando a la pobre Chris, que está roja como un tomate.

—Espera, ¿pensó que eras un tío? —pregunté confundida.

—Yo pensaba que sabía quién era y que era mujer —dijo Chris—. Coincidíamos en un montón de clases y siempre había sido dulce y coqueta conmigo, así que asumí que era bisexual o algo así. Estaba en mi época más machorra, así que llevaba el pelo supercorto y prácticamente solo me vestía con ropa de hombre, pero aun así, no creo que pudiera pasar por un tío. Creo que simplemente no era muy lista.

No pude evitarlo, me eché a reír, y April y Marlee me siguieron.

—¿Y qué hiciste? —pregunté.

—La rescatamos —dijo April—. Y luego nos llevamos a Chris a casa y le dimos chupitos hasta que se olvidó de Candy.

—Difícil olvidarla cuando contáis esta historia a la mínima oportunidad —dijo Chris con sorna.

Apoyé la cabeza en el hombro de Chris y la miré pestañeando coquetamente.

—Pues yo, desde luego, me alegro de que no tengas polla.