Chris
—¿Tienes planes para mañana? ¿Quieres que me vaya y te deje tranquila?
Julia y yo llevábamos saliendo… perdón, siendo amigas con derecho a roce… seis semanas. Aunque las cosas habían ido bien, ambas seguíamos andándonos con cuidado. Sin dar por hecho que nos veríamos. Negociando cada noche juntas sobre la marcha. Mensajeándonos a diario, pero sin apelativos cariñosos. Sin ser demasiado personales, aparte del sexo, claro.
En algún momento de las últimas seis semanas, me había enamorado perdidamente de esta mujer. El problema era que no tenía ni idea de lo que ella sentía por mí. Estaba bastante segura de que me tenía al menos algo de cariño, pero si eso llegaba al nivel de novias y para siempre, ni idea.
Julia era sorprendentemente reservada, pero de una manera que la hacía parecer un libro abierto. Era difícil de describir, pero daba la sensación de que compartía partes de sí misma abiertamente para ocultar las que no quería que vieras. Sabía todo sobre lo que opinaba de los intentos de celestina de su madre y había escuchado historia tras historia sobre su trabajo. Pero era sorprendentemente hermética con lo de su TDAH, aunque me daba la impresión de que le daba un poco de vergüenza. Nunca mencionaba sus relaciones anteriores ni hablaba de sus amigas, aunque yo sabía que las tenía. Y aunque parecía disfrutar del contacto físico, siempre era yo quien daba el primer paso.
Necesitaba hablar con ella. Había leído suficientes novelas románticas para saber lo irritante que era cuando uno o ambos protagonistas caían en la crisis de turno solo porque eran incapaces de sentarse a hablar como personas adultas sobre lo que estaba pasando. Claro que eso era más fácil decirlo que hacerlo.
—No tengo nada hasta mañana por la tarde —dijo Julia medio dormida—. Puedes quedarte si quieres.
«Puedes quedarte» no era exactamente una invitación.
—¿Quieres que me quede?
Me salió un hilo de voz, insegura.
Se dio la vuelta y me miró entornando los ojos. Su pelo oscuro era una maraña salvaje que se derramaba sobre sus hombros desnudos y las dos almohadas, y la hacía parecer una diosa de la antigüedad.
—Acabo de decirte que sí.
—No, dijiste que podía quedarme, como si te diera igual.
—Me da igual —se encogió de hombros—. Lo que tú quieras.
Sentí un arrebato de irritación que me hizo saltar de la cama. Después de todo lo que habíamos compartido, ¿es que no le importaba nada?
—Vale, me voy.
—Espera, ¿estás enfadada? —preguntó, ahora más despierta—. ¿Qué pasa?
—Lo que pasa es que no te entiendo —dije mientras me ponía los pantalones con más brusquedad de la necesaria—. No sé si te gusta pasar tiempo conmigo o si solo te gusta el sexo, y si es eso, ¿es el sexo en general o el sexo conmigo? O sea, ¿te gusto siquiera?
Julia se incorporó en la cama, con el ceño fruncido.
—Estoy perdida. ¿Qué está pasando?
—Tenemos que hablar.
Soltó un quejido.
—Joder. Eso no suena nada bien. Vale, déjame vestirme para esto.
—Te espero en la cocina.
Salió unos minutos después, con la melena de rizos recogida en un moño desaliñado. Llevaba unos pantalones cortos holgados y una sudadera vieja que se le escurría por un hombro, dejándolo al aire. Intenté no pensar en lo bien que sabía ese trocito de piel cuando lo lamía.
Sin decir palabra, Julia llenó el hervidor eléctrico y lo encendió. Sacó dos tazas del armario y una cajita donde guardaba varias bolsitas de té. Las dos permanecimos en silencio los pocos minutos que tardó en hervir el agua, pero en cuanto tuvimos las tazas humeantes en las manos, habló.
—¿De qué querías hablar?
Medí bien mis palabras.
—Las últimas seis semanas han sido geniales. Me lo he pasado muy bien contigo y siento que nos hemos hecho amigas. Buenas amigas.
—Estoy de acuerdo —dijo Julia con expresión cautelosa.
—Y el sexo ha sido genial.
—El mejor —asintió.
—La cosa es que ya no quiero que seamos amigas con derecho a roce.
Se echó hacia atrás, sorprendida.
—Ah. Pensaba que las cosas iban bastante bien, pero vale, si es lo que quieres. Total, llevamos saliendo el tiempo suficiente para montar una ruptura creíble de cara a nuestros padres.
La miré fijamente, dolida por lo tranquila que se lo tomaba ante la posibilidad de romper. ¿Es que no le importaba?
—¿Y ya está?
Esperaba que no notara cómo me temblaba la voz.
—Bueno, no voy a suplicarte que pases tiempo conmigo si no quieres lo mismo que yo.
—La cosa es que no quiero montar ninguna ruptura.
Soltó algo a medio camino entre una risa y un suspiro.
—Chris, por el amor de Dios, es más de medianoche y no soy adivina. ¿Qué me quieres decir?
—Quiero que salgamos de verdad.
—Pensaba que ya lo hacíamos. Ahora sí que estoy perdida.
—Acordamos ser amigas con derecho a roce —le recordé—. No novias.
—Ah, sí, lo sé. Pero es que solo acepté lo de amigas con derecho a roce porque pensé que era lo que tú querías.
—Yo pensé que lo de amigas con derecho a roce era lo que tú querías —respondí—. Supongo que las dos tendríamos que haber sido más claras con lo que sentíamos.
—La verdad es que no se me da bien el sexo sin sentimientos. Te considero mi novia desde aquel segundo fin de semana que pasamos juntas. Solo que no quería asustarte pareciendo una chica demasiado dependiente.
Sentí cómo la tensión abandonaba mi cuerpo.
—Yo también te considero mi novia —admití.
—¿Entonces estamos de acuerdo? —preguntó.
—Eso parece. Pero ya que estamos hablando de esto, tengo que advertirte de que me estoy enamorando de ti.
—¿Advertirme? ¿Es peligroso o algo así?
—Bueno, no, es solo que si todavía no sientes nada por mí, lo entiendo, pero si crees que nunca lo sentirás, probablemente no deberíamos estar juntas.
—No sé adónde va esto —me dijo—. Pero sé que va a algún sitio. Quiero que vaya a algún sitio. Pero dejemos que fluya, ¿vale? No necesitamos etiquetas ni declaraciones ni reglas, ¿no?
No era exactamente una declaración de amor, pero por ahora me conformaba.
—Supongo que no, siempre y cuando pueda llamarte mi novia.
Emitió una especie de gruñido que denotaba claramente impaciencia.
—Puedes llamarme como quieras si me dejas volver a dormir. Estoy agotada.
Pero yo aún no había terminado. —Solo para que quede claro, si eres mi novia, eso significa que somos exclusivas. No vas a salir con otras mujeres. Ni con hombres. Bueno, con ninguna otra persona.
Esta vez no intentó ocultar su suspiro. —No sé cuándo crees que tengo tiempo para salir con esas otras personas ficticias, pero te aseguro que entre el trabajo, quedar con mis amigas y pasar tiempo contigo, me resulta imposible encajar a nadie más.
—Necesito que lo digas —insistí, tozuda.
—Christina Robbins, tú y yo estamos saliendo en exclusiva. Esta relación va a alguna parte, ya veremos adónde. Me gustas, te gusto, y el sexo es increíble.
—Genial —dije, contenta.
—Pero que te quede claro que si alguna vez vuelves a sacarme de la cama para tener una charla íntima en mitad de la noche, te clavo las agujas de tejer en el cuello.
Se me curvaron los labios. —Entendido.
—Ahora, ¿volverás a la cama para que pueda despertarme a tu lado y comerte el coño?
—Me parece bien.
—Genial.
Terminamos el té en silencio, enjuagamos las tazas y volvimos a la cama. Atraje a Julia hacia mí, con su espalda pegada a mi pecho, y le di un beso en la mejilla.
—Me alegro de que ahora seas mi novia.
—No tenía ni idea de que ibas a ser tan ñoña —murmuró.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
—Hablar de tus sentimientos, querer garantías y etiquetas... Me sorprende, eso es todo.
—Hablar de tus sentimientos es saludable. Deberías intentarlo alguna vez.
Lo curioso era que yo misma solía ser mala para eso. Por alguna razón me sentía cómoda hablando libremente con Julia, aunque notaba que a ella la incomodaba. Era evidente que no estaba tan metida en esto como yo. Todavía no.
—Preferiría intentar dormir un poco —refunfuñó.
Mientras la estrechaba contra mí, escuchando su respiración, me pregunté qué pasaría con nosotras a partir de ahora. Me alegraba de haber insistido en hablar, y aunque Julia parecía un poco molesta, tenía la impresión de que también estaba aliviada. Como la mayoría de las parejas que empiezan, íbamos a tener que encontrar la mejor manera de comunicarnos. Esta noche había sido como una prueba, y me alegraba de que pareciéramos haberla superado.