No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Julia
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Julia

—Hicisteis un gran trabajo —dijo Gina, dedicándonos una sonrisa—. Esta propuesta va a conseguir financiación, estoy segura.

—Gracias, jefa —dije—. Fue un montón de trabajo, pero dimos lo mejor de nosotras y estoy muy satisfecha con el resultado.

En la silla junto a mí, Chris asintió.

Por extraño que pareciera, Gina había tenido razón. Chris y yo formábamos un buen equipo. Una vez que superamos nuestras diferencias, la propuesta se armó bien, y ambas estábamos contentas con el resultado. Chris y yo resolvimos nuestras diferencias sobre los criterios de admisión, y tenía que reconocer que los módulos de formación que ella había propuesto estaban muy bien pensados. Las dos habíamos compartido los puntos clave de la propuesta con nuestros respectivos equipos y habíamos recibido buenas opiniones del personal que implementaría el programa si conseguía financiación.

No había visto a Chris desde que se marchó de mi casa el domingo por la noche, después de acostarnos varias veces más. Habíamos hablado por correo electrónico y por el chat de Teams para finalizar la propuesta, pero todo había sido estrictamente profesional. Sentada junto a ella ahora, después de cuatro días separadas, experimenté una sensación de lo más extraña. Creo que... ¿la echaba de menos?

Eso no podía ser. En primer lugar, no habíamos pasado suficiente tiempo juntas como para que su ausencia me provocara ningún tipo de sentimiento. En segundo lugar, habíamos tenido un fin de semana lleno de sexo, pero ambas habíamos acordado que sería cosa de una vez. No nos caíamos especialmente bien, y pasábamos la mayor parte del tiempo juntas discutiendo o follando.

Necesitaba encontrar a alguien más compatible con quien compartir mi vida. Quizás la presión de mi madre me estaba afectando, pero durante la última semana había tenido impulsos que nunca antes había experimentado. Ganas de tener una novia estable. De compartir mi vida con alguien. De formar una familia.

Cuando cerraba los ojos e imaginaba ese futuro en pareja, imaginaba a Chris. Pero eso era solo porque habíamos pasado el fin de semana juntas, estaba segura. O tal vez era porque habíamos tenido sexo tantas veces, en tantas posturas, y había sido tan jodidamente bueno cada vez, que simplemente tenía a Chris metida en la cabeza. Ahora que habíamos terminado nuestra propuesta de subvención y nuestra jefa le había dado el visto bueno, no había razón para que habláramos o nos viéramos.

Se me encogió el estómago solo de pensarlo. Tal vez era solo un calambre. Estaba bastante segura de que me iba a bajar la regla en cualquier momento.

—Haré que Allison lo apruebe y luego lo enviaré —continuó Gina, ajena a mi debate interno.

Allison era nuestra directora ejecutiva y la jefa de Gina, y revisaba todas las propuestas de subvención antes de presentarlas para asegurarse de que se ajustaran al plan estratégico de la junta directiva. Tanto ella como la junta se habían involucrado mucho más en la gobernanza y supervisión desde el gran escándalo de malversación con nuestro antiguo director financiero.

—Deberíais tomaros mañana libre y disfrutar de un fin de semana largo —sugirió Gina—. Os lo merecéis.

—Oh, gracias, Gina, pero tengo mucho que hacer.

—Insisto —dijo nuestra jefa con firmeza—. Os estoy dando el día libre mañana, y más vale que no os vea en la oficina ni conectadas al correo. Vosotras dos id a divertiros.

No pude evitar mirar a Chris en ese momento. A juzgar por el rubor que le subía por las mejillas, le estaban viniendo los mismos recuerdos que a mí. No me habría importado repetir esa diversión, pero, por otra parte, pasar más tiempo con Chris sería una idea terrible.

Lo último que necesitaba era enamorarme de alguien tan diferente a mí. Alguien a quien ni siquiera parecía caerle bien. Era la receta perfecta para el desastre y no iba a permitirme ser tan patética.

Salimos de la oficina y nos detuvimos en el pasillo con cierta incomodidad. Chris me lanzó una mirada inquisitiva, pero no dijo nada.

—Bueno, supongo que nos veremos por ahí —dije al fin—. Gracias por trabajar conmigo en el proyecto.

Como seguía sin decir nada, me di media vuelta y me alejé. No había dado ni cinco pasos cuando Chris me llamó.

—¡Oye, espera!

Me detuve y esperé a que me alcanzara.

—¿Qué pasa con nuestra relación falsa? —preguntó.

Miré alrededor, preocupada de que alguien la oyera. Si había algo que les encantaba a mis compañeros de trabajo, era el cotilleo. Le hice un gesto para que me siguiera, entré en la primera sala vacía que encontré y cerré la puerta tras nosotras.

Levantó las cejas, esperando a que respondiera a su pregunta, y sentí unas ganas tremendas de gritarle o besarla, no sabía cuál de las dos.

—¿Cómo crees que deberíamos llevar esto? —pregunté al fin—. ¿Deberíamos decirles a nuestras madres que hemos roto? No creo que se sorprendieran.

Negó con la cabeza.

—Ni hablar. Si rompemos tan pronto después de empezar a salir, nos van a dar la tabarra sin parar. Tenemos que fingir que salimos el tiempo suficiente para que, cuando finjamos romper, podamos aprovechar el período de duelo durante una buena temporada.

—¿Aprovechar el período de recuperación? —pregunté confundida—. ¿Qué quieres decir?

—Si rompemos ahora, no se creerán que estemos tan disgustadas. El tiempo de duelo suele ser proporcional al tiempo que una pareja ha estado junta. Si salimos durante un tiempo, digamos un par de meses, y luego rompemos, las dos podemos fingir estar desconsoladas durante al menos unos meses. Así tendremos un respiro más antes de que vuelvan a las andadas con lo de buscarnos pareja.

—La verdad es que es buena idea —dije, impresionada con su astucia.

—Lo sé.

Puse los ojos en blanco.

—Supongo que tendremos que seguir en contacto, entonces, para contarnos lo que decimos o lo que nos dicen nuestros padres. Seguro que comparan notas sobre lo que les contamos.

—Sí.

—No me puedo creer que estemos haciendo esto —dije con pesar—. Es tan típico de comedia romántica cutre... Si lo viera en una película, diría que es inverosímil.

—Tu madre llevó a una desconocida a tu cena de cumpleaños —me recordó—. Y si no nos hubiera pillado en la cama juntas, me juego lo que quieras a que había otra pobre incauta esperándote en el brunch.

—Oh, lo sé. Me sorprende no haber llegado a casa y encontrarme a alguna mujer desnuda en mi cama esperándome.

Solo había una mujer a la que quería encontrar desnuda en mi cama, pero no iba a mencionar eso ahora mismo.

—Mientras tanto, mi propia madre lleva más de una semana sin darme la lata con cuándo voy a tener una relación seria y hacerla abuela. Ha sido el paraíso. Está encantada de que estemos juntas.

—Esas dos son tal por cual —dije.

—Tal para cual.

—¿Qué?

—Es tal para cual —dijo Chris con paciencia exagerada.

—Sí, eso es lo que he dicho.

—No, has dicho tal por cual. La expresión es «tal para cual», con la preposición «para». Suena completamente diferente.

—¿Y tú eres profesora de español? —pregunté con sarcasmo.

Soltó un suspiro exasperado.

—Menos mal que no estamos saliendo de verdad, porque me volverías tan loca que tendría que meter la cabeza en el horno o algo así.

—Como si supieras usar un horno.

La otra noche, durante la cena, la madre de Chris nos deleitó con historias de todas las veces que había intentado enseñar a cocinar a su hija, hasta que finalmente se dio por vencida.

—Para que lo sepas, me gusta cocinar. A veces.

Por la expresión de su cara, ni siquiera ella se creía esa mentira.

Arqueé una ceja.

—¿Cuándo fue la última vez que cocinaste algo que no fueran huevos, tostadas o gachas?

—Hice tortitas contigo, ¿recuerdas?

Vaya si lo recordaba. Luego nos las comimos desnudas en la cama antes de devorarnos la una a la otra de postre. Había sido hacía solo cuatro días, pero ya se había convertido en uno de esos recuerdos que aparecen en el momento más inoportuno.

—Yo hice las tortitas; tú removiste la masa y me preguntaste por qué tardaba tanto en calentar la plancha.

—Dios mío, ¿de verdad vamos a discutir por unas tortitas? —preguntó impaciente.

—Si eres tan buena cocinera, ¿por qué no me preparas una cena algún día? —la reté.

—¿Crees que no puedo?

—Totalmente —repliqué—. Apuesto a que no sabes cocinar nada que no salga de una caja.

—Muy bien, ven a cenar mañana a las seis y te prepararé algo que no venga de ninguna caja para demostrarte lo equivocada que estás.

—Vale. Pero no vale comprar algo de la sección de comida preparada de Whole Foods y hacer como que lo has cocinado tú.

—No gano lo suficiente para comprar en Whole Foods.

—Vale. Adiós.

Salí de la sala dando pisotones, pero luego asomé la cabeza de nuevo.

—No sé dónde vives.

Suspiró impaciente.

—Te mando la dirección luego.

Salí disparada de la sala de conferencias y casi me choqué con Rochelle, nuestra responsable de control de calidad. Señaló con la cabeza hacia Chris, que seguía en la sala mirando por la ventana.

—Oye, ¿qué tal tu compañera?

—Chris no es mi compañera —dije tajante—. Ni siquiera nos caemos bien; es imposible que pudiéramos tener una relación. La sola idea es ridícula.

De repente me entraron ganas de coserme la boca.

Rochelle ladeó la cabeza y me miró con curiosidad.

—Pensaba que vosotras dos estabais trabajando juntas en esa solicitud de subvención importante.

Entonces recordé que ella nos había proporcionado información para la solicitud y sabía que estábamos trabajando en ello. Ahora había metido la pata.

—Ah, sí, perdona, ya se me había olvidado lo de la subvención.

—Gina me ha dicho que acabáis de entregarla. —Rochelle me miraba como si empezara a preocuparse por mi salud mental.

—Bueno, ya me conoces, me gusta pasar página cuando termino un proyecto. No tiene sentido preocuparse por el pasado cuando hay tanto por hacer en el futuro.

Chris salió de la sala de conferencias y nuestras miradas se cruzaron por encima del hombro de Rochelle. Parecía estar conteniendo la risa.

Retrocedí unos pasos y me escabullí hacia el vestíbulo.

—En fin, tengo que volver al refugio. Hoy inscribimos a una familia nueva y no tengo ni idea de lo que van a necesitar. Nos vemos luego. O sea, ya nos veremos. Sé que ninguna tiene planes ni nada. Bueno, me voy. Al refugio. Adiós.

Rochelle abrió los ojos de par en par ante mi parloteo, pero no me detuvo mientras salía corriendo, con el corazón desbocado al darme cuenta de que había hecho el ridículo más absoluto.

La pregunta era: ¿por qué Chris seguía descolocándome? ¿Y por qué demonios la había manipulado para que me invitara a cenar? Estaba claro que había perdido la cabeza.