No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Chris
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Chris

Puede que exagerara un pelín cuando le dije a Julia que sabía cocinar. Vamos, algo sabía, pero si no salía a comer fuera, mi dieta se basaba en sándwiches, cereales o burritos de microondas.

—¡Christina, tienes que empezar a comer como una adulta!

Podía oír la voz regañona de mi madre en mi cabeza, y eso me dio una idea. Cogí el móvil y le envié un mensaje pidiéndole ayuda. Prácticamente podía sentir su alegría al otro lado cuando me invitó a ir a casa después del trabajo para enseñarme a cocinar algo que pudiera servirle a mi novia falsa.

Nada más entrar en la casa donde me crié, mi madre me envolvió en un abrazo, lo cual era raro, porque la cariñosa de la familia no era ella. Ese era mi padre.

—Hoy voy a enseñarte a hacer un par de cosas —dijo con la cara pegada a mi hombro—. Son imposibles de estropear, incluso para ti.

Me habría ofendido, pero no se equivocaba.

—¿Vas a cocinar, Chris? —preguntó mi padre desde el sofá.

—Sí.

—Buena suerte.

Por su tono, estaba claro que pensaba que la iba a necesitar.

—Bueno, ¿qué tal van las cosas con Julia? —preguntó mamá mientras me enseñaba a preparar un adobo sencillo para las pechugas de pollo.

—Bien —dije—. No nos hemos visto mucho esta semana, pero mañana viene a cenar.

—¿La has echado de menos? —preguntó mamá, curiosa.

—Sí, la he echado de menos.

Y era verdad. Habíamos vuelto a no hablar ni escribirnos, y rara vez coincidíamos en el trabajo. No paraba de pensar en excusas para enviarle un mensaje, solo para descartarlas después. El fin de semana con ella había sido divertido. Diversión ardiente y sexy. Pero más allá de eso, había disfrutado de su compañía, incluso cuando nos picábamos. Eso era algo que jamás habría pensado que diría sobre Julia Montego.

No tenía ni idea de cómo me había manipulado —o quizá retado— para ofrecerme a prepararle la cena, pero aun así me moría de ganas de pasar tiempo con ella. Con suerte, cenaríamos juntas y eso bastaría para recordarme lo insoportable que era y lo poco que teníamos en común. Superar este enamoramiento tonto que tenía con ella sería todo un triunfo. Aunque, por otro lado, quizá podríamos volver a acostarnos. No me oponía a eso en absoluto, aunque sabía que era peligroso.

Al final me quedé en casa de mis padres varias horas, pero cuando acabamos, me sentía bastante segura de poder preparar unas pechugas de pollo asadas con guarnición. Y si me quedaba atascada, mamá también me había enseñado a hacer espaguetis con salsa casera y pan de ajo.

Y aún mejor: mamá había comprado de más de todos los ingredientes, así que me fui a casa con todo lo necesario para las dos comidas.

Por alguna razón estuve nerviosa todo el día. Me decía que era por lo de cocinar, pero en realidad era por Julia. Acabé saliendo del trabajo una hora antes para pasar la aspiradora y empezar a adobar el pollo; no quería dejar nada al azar.

Julia llamó al timbre unos minutos después de las seis. Llevaba unos vaqueros viejos con las rodillas deshilachadas que se le ceñían como una segunda piel, y una camiseta de punto azul celeste igual de ajustada. El look perfecto de chica de al lado. Se me hizo la boca agua al verla.

—Hoy no llevo nada rosa —bromeó mientras entraba.

Luego se acercó a mi oído y susurró:

—Excepto las bragas.

Y en ese momento las mías se humedecieron un poco.

Sin pensarlo, la agarré de la muñeca y tiré de ella hacia mí. Cayó contra mi cuerpo y me dedicó una sonrisa burlona.

—¿Contenta de verme?

—Más de lo que debería.

Le sujeté la cara con ambas manos y le di un beso que se volvió ardiente al instante. De repente todo quedó olvidado salvo la sensación de su cuerpo pegado al mío. Nos besamos hasta quedarnos sin aliento, y cuando salimos a la superficie, me di cuenta de que de algún modo habíamos acabado desparramadas en el sofá. No recordaba habernos movido hasta allí.

—Quiero follarte —gruñí mientras le recorría el cuello y la clavícula con los labios.

—Nadie te lo impide —jadeó.

Entonces empezamos a arrancarnos la ropa en un frenesí de movimiento que acabó con las dos en el suelo. Por suerte no tenía mesita delante del sofá, o una de las dos se habría hecho daño. Aterrizamos con un golpe sordo que nos arrancó un jadeo de sorpresa a ambas.

Pero eso pronto quedó olvidado mientras rodábamos por el suelo, con las manos explorando frenéticamente, como si no pudiéramos saciarnos de la piel de la otra.

Me coloqué con una pierna entre las suyas, apoyando los dedos de los pies en el suelo para impulsarme hacia delante y hacia atrás, deslizando el muslo contra su coño.

—Oh. Sí. Justo ahí. ¡Chris! —Mi nombre salió agudo y entrecortado.

El movimiento tenía la ventaja añadida de presionarme el clítoris mientras me deslizaba arriba y abajo por su muslo. Julia me agarró de las caderas para ayudarme a frotar nuestros cuerpos, alzando las suyas contra mí con cada embestida. Aunque esta posición siempre me había resultado incómoda con las demás mujeres con las que había estado, enseguida encontramos un ritmo que funcionaba.

Los muslos se nos volvieron resbaladizos de excitación mientras los deslizábamos contra el coño de la otra. El aire se llenó de los sonidos obscenos de nuestros cuerpos chapoteando en la humedad, casi ahogando nuestros jadeos.

Seguimos moviéndonos como si estuviéramos en una misión, y cuando Julia empezó a temblar debajo de mí, supe que estaba a punto. Bajé la cabeza, le clavé los dientes en la clavícula y mordí. Me recompensó con un sonido a medio camino entre gemido y chillido, arqueando la espalda hacia mí mientras alcanzaba el clímax.

Me encantaba marcarle la piel casi tanto como verla correrse.

Incluso en la neblina del orgasmo, encontró la manera de colar la mano entre nosotras y darme un pellizco fuerte en el pezón que me hizo gritar justo antes de sucumbir a mi propio placer.

Me desplomé encima de ella. Las dos temblábamos con las réplicas, la mente vacía de todo salvo las sensaciones eléctricas que me recorrían el cuerpo como si el orgasmo me hubiera reorganizado las terminaciones nerviosas.

Cuando por fin sentí que podía mover los músculos, me aparté de ella lo justo para quitarle mi peso de encima y tumbarme a su lado, apoyando la cabeza en su pecho y pasándole un brazo y una pierna por encima para mantenerla cerca.

—Joder.

Fue todo lo que dijo. Todo lo que necesitaba decir.

Un ruido penetrante rasgó el aire y nos hizo saltar a las dos.

—¿Qué es eso?

—No lo sé —dije adormilada—. Seguro que para en un minuto.

Pero el ruido continuó y finalmente mi cerebro aturdido logró identificarlo: era el temporizador del horno. Lo usaba tan poco que no había reconocido el sonido.

—Maldita sea. Es el horno.

Me levanté, busqué mi ropa con la mirada y fui hacia la cocina. Me puse los vaqueros como pude mientras caminaba, me metí las bragas en el bolsillo y me eché la camiseta por encima, dándome cuenta demasiado tarde de que me había dejado el sujetador.

Julia llegó unos segundos después y entró en la cocina justo cuando yo renunciaba a encontrar las manoplas y agarraba un paño de cocina para sacar la bandeja del horno.

—Cuidado —dijo.

Siseé cuando el calor traspasó la tela fina y dejé la bandeja de asar sobre la encimera a toda prisa.

—¿Y qué vamos a cenar? —preguntó Julia.

—Pollo asado con verduras y panecillos.

Julia miró alrededor.

—¿Dónde están los panecillos?

Hice una mueca.

—Mierda, todavía están en la nevera. Puedo cocinarlos ahora.

—En realidad se hornean, pero no pasa nada, hay pollo y verduras de sobra, podemos saltarnos los panecillos. ¿Qué te parece si abrimos la botella de vino que traje?

—¿Trajiste vino? —pregunté sorprendida—. ¿Dónde está?

Me dedicó una sonrisa traviesa.

—La solté en algún sitio del salón cuando me agarraste y te aprovechaste de mí.

—Ups.

Cenamos a gusto, charlando con una naturalidad que nunca habría creído posible antes del fin de semana que pasamos juntas. Seguíamos siendo como la noche y el día, polos opuestos en casi todo, pero de alguna manera eso ya no me molestaba como antes. Incluso nuestras discusiones eran ahora desenfadadas.

—Tengo que admitir que me equivoqué —dijo Julia mientras terminábamos de cenar—. Has preparado una comida estupenda. Está claro que sí sabes cocinar, después de todo.

La miré largamente antes de decidir ser sincera.

—Solo sé cocinar dos cosas, esto y espaguetis —admití—. Y mi madre me enseñó a hacer las dos anoche.

Julia se rio, pero sin malicia.

—¿Aprendiste a cocinar algo para mí? ¿En serio?

—Sí.

—Pues te ha quedado genial. Está realmente delicioso. Pero tengo que preguntarte, ¿qué cenas cuando no estoy aquí?

Me encogí de hombros.

—Cereales. Tostadas. Burritos. Comida para llevar.

Negó con la cabeza.

—Quizá debería darte algunas clases de cocina.

—¿Harías eso? —pregunté sorprendida.

Las clases de cocina nunca me habían interesado especialmente, pero por alguna razón hacerlas con Julia sonaba muy divertido. Y no creía que ella tuviera ese tono crítico de fondo que tenía mi madre.

—Me gusta cocinar —respondió con tono desenfadado—. Sin ninguna presión, pero si te apetece que te enseñe, solo dímelo. Estaré encantada de ayudarte si quieres aprender más. Además, ya te vas acercando a los cuarenta, no puedes seguir viviendo de comida para llevar y precocinados como una universitaria.

—Ahora mismo estás hablando igual que mi madre, ¿verdad?

Julia se rio.

—Quizá podríamos intercambiar clases de cocina por otra cosa —sugerí.

¡Para! La voz en mi cabeza chillaba. No lo digas. ¡Será un gran error!

—¿Qué tienes en mente? —preguntó Julia.

Ignorando las alarmas que sonaban en mi cerebro, respondí:

—Orgasmos.