No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Chris
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Chris

No me había emborrachado desde que tenía poco más de veinte años y ahora no recordaba por qué. Esto era genial. Me sentía de maravilla. Una mujer preciosa bebía chupitos conmigo, la rodilla que me había destrozado jugando al fútbol hacía unos años no me dolía nada, y estaba de un humor excelente. Me sentía ligera y feliz.

—Creo que será mejor que os vayáis a casa, chicas —dijo el camarero, deslizando otro vaso de agua hacia nosotras—. ¿Necesitáis que os pida un Uber o algo?

—¡No, gracias, cantinero! —gritó Julia. Se ponía escandalosa cuando bebía—. Vivo en el barrio. ¿Te acuerdas de mí, verdad?

—Me resultas familiar —dijo él con educación.

Se inclinó sobre la barra y le agarró la camisa, atrayendo su cara hacia la de ella.

—¡John! Me hieres. Pensaba que era tu clienta favorita.

—En realidad me llamo Jim —dijo él, zafándose con una sonrisa burlona—. Dejad que os cierre la cuenta para que podáis iros.

—¡Quiere que nos vayamos! —susurró Julia tan alto que la oyó todo el bar—. Pensaba que le caía bien a John.

—Creo que estás borracha, Julia.

Intentó darme en el hombro pero falló y casi se cae del taburete.

—¡Eso es ridículo! ¿Cómo voy a estar borracha si tú todavía estás sobria?

—De sobria no tengo nada —le aseguré—. Pero creo que estoy conduciendo demasiado para beber. O sea, que he bebido demasiado para conducir.

—Puedes quedarte conmigo —dijo—. Haremos una pijamada como anoche, pero sin que mi madre nos pille desnudas.

El camarero parecía algo avergonzado al entregarme el recibo de la tarjeta. Me quedé mirándolo fijamente, los números nadaban ante mis ojos, y se lo devolví.

—Ponle una propina del veinte por ciento, ¿vale? —le pedí—. Tengo la vista borrosa.

—¡Espera, John necesita más! —dijo Julia. Rebuscó en su bolso y lanzó un billete de cinco dólares sobre la barra—. Toma esto también.

Me partí de risa como si fuera lo más gracioso que había visto en mi vida.

Jim puso los ojos en blanco, cogió el dinero y rellenó el comprobante como le había pedido antes de darme una copia.

—Que paséis buena noche. Tened cuidado al volver a casa.

Me levanté y al instante me arrepentí: el bar empezó a dar vueltas a mi alrededor. Joder, estaba como una cuba. ¿Cómo había pasado? Ah, sí, Julia. Había perdido la cuenta de cuántas rondas de chupitos había pedido.

Me cogió de la mano y salimos del bar tambaleándonos, caminando con paso inseguro hacia su casa. Menos mal que vivía cerca.

—Yo nunca bebo así —anunció Julia de camino a casa.

—¿Sabes que eres muy escandalosa cuando bebes? —la pinché.

—¡Que no! —gritó, el único volumen que le quedaba a esas alturas de la noche.

—Que sí —dije, rodeándola con el brazo—. Pero eres mona, así que queda compensado.

—Antes dijiste que iba demasiado de rosa —me recordó.

—Sí, eso fue una gilipollez por mi parte —admití—. Lo siento. Estás jodidamente sexy con ese vestido y tus zapatitos de ballet tan recatados. Me dan ganas de hacerte cosas guarras.

Era verdad, llevaba toda la noche pensando en ello.

—¡Nadie te lo impide!

—Quedamos en que sería una sola noche —le recordé.

—Eso fue antes de acostarnos —me recordó—. Ahora que sabemos lo bueno que es, quizá deberíamos añadir más noches. Como amigos con derecho a roce.

—No creo que sea buena idea —dije, muy consciente incluso borracha como estaba de que si pasaba demasiado tiempo con ella probablemente acabaría enamorándome.

Julia hizo un puchero.

—Pero es que estoy muy cachonda ahora mismo.

Una mujer que pasaba con su perro nos miró con desaprobación.

—¿Y si convertimos nuestro rollo de una noche en un rollo de fin de semana? —sugerí.

—¡Dios mío! ¡Eres una genia! —gritó.

—Ya lo sé.

Nos llevó como cinco intentos entre las dos abrir la puerta de Julia, pero una vez abierta, prácticamente nos caímos dentro. Nos lanzamos la una contra la otra y nuestras bocas se encontraron en un beso torpe.

—Estás jodidamente buena —jadeé mientras mis dedos luchaban por desabrocharle el vestido.

Me rendí, agarré los dos lados y tiré. Los botones salieron volando por todas partes.

—Joder —suspiró—. Deja que lo intente yo.

Tiró de los lados de mi camisa varias veces hasta que se dio cuenta de que no estaba abotonada y me la bajó por los hombros. Me quité la camiseta de tirantes por la cabeza mientras Julia me desabrochaba el sujetador por detrás.

Me empujó contra la puerta, bajó la cabeza y se metió en la boca todo lo que pudo de mi pecho, succionando con tanta fuerza que lo sentí en todo el cuerpo. Enredé los dedos en su pelo y le sujeté la cabeza contra mí mientras me provocaba.

Cuando no pude más, la aparté y la giré para que fuera ella la que quedara contra la puerta. Me dejé caer de rodillas y le bajé las bragas hasta los tobillos. Se las quitó de un pie de una patada, pero se le quedaron enredadas en el otro. Abrió más las piernas y deslicé los dedos arriba y abajo por su sexo un par de veces antes de separarle los labios.

—Qué coño tan bonito —dije con reverencia.

La lamía, explorando sus pliegues con la lengua mientras Julia gemía sobre mí. Cuando alcé la vista, movía la cabeza de un lado a otro contra la puerta, con los ojos apretados, concentrada en lo que sucedía más abajo.

Ya estaba empapada, y enseguida empezó a temblar, a punto de correrse. Hundí la lengua en ella, y Julia meció las caderas hacia mí, ayudándome a llegar lo más hondo posible. La lamí por dentro unas cuantas veces antes de concentrarme en su clítoris con los dedos. Lo rodeé, presioné, apreté y acaricié hasta que finalmente perdió el control, inundándome la lengua mientras gritaba mi nombre.

En cuanto me aparté, se deslizó puerta abajo; las rodillas le fallaron. Apoyó la barbilla en las rodillas y me miró con reverencia.

—Joder, qué buena eres. ¿Cómo puedes ser tan buena?

Me encogí de hombros.

—Es un don —bromeé.

Lo que no le dije fue que, por primera vez en mi vida, me importaba más el placer de otra persona que el mío. Era un pensamiento demasiado aterrador para alguien tan borracha como estaba. Hablando de eso…

—Deberíamos tomar ibuprofeno o algo —sugerí—. No había estado tan borracha en años, y me da que mañana las dos nos vamos a sentir fatal.

Nos levantamos a trompicones: Julia aún con el vestido abierto y yo en topless pero vestida de cintura para abajo. Nos miró a las dos y se echó a reír.

—Dios mío, eres como ese oso. ¡El que roba la miel!

Fruncí el ceño.

—¿Te refieres al Oso Yogui?

—No, Yogui es el que roba las ces… las ces… las cestas de pícnic —tartamudeó mientras iba hacia la cocina, supongo que en busca de ibuprofeno—. Estoy hablando del otro oso, el que no lleva pantalones. Es amigo de ese burro deprimido y del cerdito.

—¿Qué cerdito? —pregunté confundida.

—El que lo ayuda cuando se queda atascado robando miel.

Julia abrió un armario, sacó un frasco enorme de ibuprofeno y me lo plantó delante. Fui a la nevera y volví con una botella de agua para cada una. Entonces caí en lo que estaba diciendo.

—¿Estás hablando de Winnie the Pooh? —pregunté muerta de risa.

—¡Sí! —Me clavó el dedo en el pecho, justo debajo de las clavículas—. ¡Él no lleva pantalones!

—Yo sí llevo pantalones —le recordé.

Me guiñó un ojo y el gesto la hizo perder el equilibrio; casi se cae. Volví a reírme. Dios, qué graciosa era. Y qué guapa.

—No por mucho tiempo, nena. Ven a mi habitación. Voy a hacerte correr.

Cinco minutos después, las dos estábamos fritas.

Me desperté horas después con la boca sabiéndome a fondo de cubo de basura. Con un gemido, me tambaleé hacia el baño. Todavía llevaba los pantalones, pero en algún momento había perdido las botas. No tenía ni idea de dónde habían acabado la camisa y el sujetador.

Nada más llegar al baño, me entraron las náuseas. Caí de rodillas y vomité todo el alcohol y posiblemente cosas que había comido la semana anterior. Cuando terminé, me arrastré hasta el lavabo, me lavé la cara y, tras un momento de duda, usé el cepillo de dientes de Julia para quitarme el sabor asqueroso de la boca.

Julia entró tambaleándose, completamente desnuda y con los ojos medio cerrados, y se dejó caer en el váter a mear. Fue a coger el papel higiénico y entonces gritó al darse cuenta de que yo estaba allí.

—¡Eh! ¡Estoy intentando mear! Estás invadiendo mi intimidad.

—Yo llegué primero —dije mientras enjuagaba su cepillo de dientes.

—Espera, ¿estás usando mi cepillo de dientes?

Hice una mueca al oír su voz aguda. Joder, qué escandalosa era. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

—No creí que te importara, teniendo en cuenta que todavía tengo el sabor de tu coño en la boca.

—Eres asquerosa —refunfuñó mientras se levantaba—. No sé cómo me acosté contigo.

Me apartó de un empujón con la cadera, se coló delante de mí para lavarse las manos y la cara, y luego me quitó el cepillo de dientes de la mano. Lo enjuagó durante unas cinco horas antes de lavarse los dientes, mirándome por el espejo todo el rato.

—Todavía es fin de semana —dije, pegándome a su espalda desnuda por detrás.

Escupió la pasta de dientes y me dedicó una sonrisa espumosa.

—Así es.

—¿Qué te parece si preparamos el desayuno y luego volvemos a la cama?

—Me parece genial.