No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Julia
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Julia

Jadeé sorprendida cuando la boca de Chris se estrelló contra la mía. Le agarré los hombros con intención de apartarla, pero entonces me distrajo cómo todo mi cuerpo se encendió de placer. Aflojé las manos y me apoyé en ella mientras me acercaba más, pegando mi cuerpo al suyo.

Chris me hundió los dedos en el pelo, arrancándome la goma al enredarse en mi moño despeinado. Mis rizos cayeron en cascada por la espalda, pero yo estaba demasiado ocupada enredando mi lengua con la de Chris como para darme cuenta. Me agarró la nuca, sujetándome mientras me devoraba la boca.

Ni siquiera me di cuenta de que nos estábamos moviendo hasta que sentí el trasero chocar contra la encimera. Me aparté, sin aliento.

—¿Qué estamos haciendo?

—Ni puta idea —murmuró, volviendo a por otro beso brusco.

Nunca me habían besado así. Todas mis parejas anteriores habían sido... educadas, supongo que es la mejor forma de describirlo. Pero Chris no besaba con educación. Besaba como si quisiera devorarme, como si una parte primitiva de su cerebro hubiera tomado el control y nos arrastrara a las dos. Me encantaba.

Mis pechos estaban pegados a los suyos, nuestros cuerpos encajaban a la perfección, y cuando le apreté el trasero y la atraje hacia mí, Chris me mordió el labio inferior con fuerza suficiente para hacerme jadear. Y después gemir.

—¿Te gusta duro, princesa? —murmuró—. Debería habérmelo imaginado.

¿Me gustaba? Nunca lo había tenido duro, pero a juzgar por cómo tenía las bragas empapadas y el clítoris palpitándome al ritmo del corazón, estaba claro que sí.

—No me caes bien —me sentí obligada a aclarar.

—Tú a mí tampoco —replicó—. Pero joder si no quiero follarte.

—Pues deja de hablar y hazlo —le espeté.

Sin soltarme la cabeza, se inclinó para darme otro beso posesivo mientras su otra mano se colaba entre nosotras, metiéndose bajo la cintura de mis pantalones cortos y las bragas hasta cubrirme el monte con la palma. Lo apretó, haciéndome gemir contra su boca, y entonces sus dedos se deslizaron entre mis labios.

—Ya estás empapada, joder —susurró mientras me mordisqueaba la mandíbula.

Cuando llegó al lóbulo, lo atrapó entre los dientes y mordió con fuerza suficiente para hacerme gritar. Esta mujer era de las que muerden.

Giró la muñeca y, antes de que me diera cuenta, dos dedos se hundieron en mi interior. Chris no perdió el tiempo y empezó a follarme con los dedos; yo enseguida comencé a mover las caderas a su encuentro.

—Joder, ¿por qué es esto tan bueno? —gemí, echando la cabeza hacia atrás y haciendo una mueca al golpearme contra el armario.

Chris no respondió; estaba demasiado ocupada haciéndome un chupetón, con los dientes clavados en la unión entre el cuello y el hombro mientras seguía embistiéndome con los dedos.

Me presionó el clítoris con el pulgar, trazando círculos unas cuantas veces antes de pellizcármelo contra el hueso púbico.

—¡Joder! —grité, convulsionándome cuando el orgasmo me sacudió con tanta fuerza que me dejó sin aliento.

En algún rincón de mi mente fui consciente de que nunca había llegado tan rápido. Normalmente necesitaba muchos más preliminares y atención, pero Chris parecía saber instintivamente cómo arrancarle el máximo placer a mi cuerpo.

Me aferré a sus hombros para mantenerme en pie, cabalgando su mano mientras seguía chupándome el cuello como si quisiera devorarme. Y quizá era así. Cuando por fin me desplomé contra la encimera, respiraba con jadeos entrecortados, el coño me hormigueaba y el cuello me dolía. Fue glorioso.

Chris se apartó y se limpió los dedos en mi bajo vientre; el gesto resultó extrañamente erótico. Vi cómo se le endurecía la mirada mientras volvía en sí, ya distanciándose. Pero no iba a permitirlo. Nada de arrepentimientos. Todavía no.

Le subí la camiseta y bajé la cabeza para meterme un pezón en la boca, succionándolo con fuerza a través de la fina tela del sujetador. Me acunó la cabeza y me atrajo hacia ella; mordí, satisfecha al oír cómo contenía el aliento.

—No sé qué coño ha sido eso —dije, alzando la cabeza para mirarla—. Pero necesito más.

Deslicé la mano entre sus piernas y noté su humedad incluso a través de la tela de los pantalones de trabajo.

—Tú también necesitas más, por lo que veo.

—No me caes bien —refunfuñó—. Pero joder si no quiero seguir follándote.

—Pues cállate y mueve el culo hasta mi habitación —ordené—. Quiero comértelo y después follarte con mi consolador nuevo.

Sus ojos brillaron con algo —sorpresa o quizá deseo— y dijo:

—No sabía que tuvieras una boca tan sucia.

Entonces, antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, flexionó las rodillas y me echó sobre su hombro.

—¡Bájame! —chillé—. Te vas a hacer daño.

Me dio un azote fuerte en la nalga más cercana.

—Me gustas mucho más cuando te callas. Y ahora, ¿dónde está el dormitorio?

***

Los golpes en la puerta parecían llegar de muy lejos, apenas filtrándose en mi conciencia. Abrí un ojo y vi la luz gris y triste del cielo a través de las persianas abiertas, que lo mismo podían indicar las siete de la mañana que las dos de la tarde; lo cerré de nuevo. Seguramente sería la vecina o el repartidor de Amazon dejando un paquete. No pensaba moverme por nada del mundo, no con un cuerpo femenino y cálido pegado a mi espalda.

Un cuerpo femenino y cálido con el que había follado tantas veces esa noche que había perdido la cuenta. ¿Quién iba a decir que el sexo podía ser tan bueno? ¿Y más con alguien que ni siquiera te caía bien? Chris no era ni de lejos mi tipo. A mí me gustaban las mujeres un poco más femeninas, un poco más suaves. O eso había creído antes de que me dejara marcas de mordiscos por todo el cuerpo y me azotara el culo mientras le cabalgaba la cara.

Dios mío, me había hecho cosas que jamás había soñado con probar.

—¡Julia, son más de las diez! ¿Estás enferma?

Oí la brusca inhalación al mismo tiempo que reconocía la voz de mi madre. Abrí los ojos de golpe y, para mi horror, mi madre estaba de pie en el umbral de mi dormitorio. Parecía un personaje de dibujos animados con los ojos desorbitados y la mandíbula desencajada.

No pude evitar que se me escapara un gemido de consternación. Esto era malo. Muy malo.

—¿Qué está pasando? —gruñó Chris mientras se apartaba de mí, se ponía boca arriba y se echaba un brazo sobre la cara. El movimiento dejó sus pequeños pechos a la vista, y se me hizo la boca agua antes de recordar que no estábamos solas.

Con retraso, tiré de la sábana para cubrirnos.

—¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

—Teníamos planes para desayunar —dijo distraída, sin apartar la vista de la cama, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

Por el rabillo del ojo vi a Chris despertarse sobresaltada, incorporarse de un salto y, al recordar que estaba desnuda, volver a subirse la sábana.

—Chris Robbins, ¿eres tú? —preguntó mamá innecesariamente—. Vaya giro inesperado. Bastante inesperado.

Mi compañera de cama se quedó mirándola paralizada, como si la hubieran pillado con las manos en la masa.

—¡Mamá! ¿Te importaría dejarnos un poco de intimidad? —le espeté.

Nos miró a una y a otra antes de esbozar una pequeña sonrisa.

—Voy a poner café mientras os vestís, chicas. Os veo abajo.

Adiós a cualquier esperanza de que se marchara. Salió y cerró la puerta tras de sí, y solté el suspiro más largo de mi vida. Me incorporé y bajé de la cama en busca de algo de ropa, notando la mirada de Chris clavada en mí todo el rato.

—¿Cómo de malo es esto, en una escala del uno al estamos jodidas? —preguntó.

Me puse una camiseta antes de girarme para mirarla.

—Me apuesto cinco pavos a que le está mandando mensajes a tu madre ahora mismo.

—Mierda.

Chris prácticamente se cayó de la cama mientras buscaba su ropa por todas partes. Se puso los pantalones sin la ropa interior, que no aparecía por ningún lado, y luego se abrochó el sujetador y se puso una camiseta. Cuando las dos estuvimos vestidas, nos miramos largamente.

—Esto fue solo una noche —le recordé, por si acaso se le estaba ocurriendo encariñarse.

—Sí, lo sé, quedamos en eso —dijo frunciendo el ceño.

—Bueno, en realidad fue más un acuerdo tácito que una conversación —dije—. Era difícil que hablaras con la cabeza entre mis muslos.

—Era difícil hablar contigo chillando tan fuerte —replicó—. Eres bastante escandalosa.

—¿Yo soy bastante escandalosa? —dije incrédula—. Tú tampoco es que fueras precisamente discreta.

Al menos tuvo la decencia de parecer avergonzada.

—De todos modos, ¿qué les vamos a decir a nuestras madres? La mía se va a volver loca si le digo que fue solo un polvo de odio.

—Múltiples polvos de odio —le recordé.

Me lanzó una mirada que habría congelado el fuego. Había que reconocerle una cosa a Chris: tenía una mirada fulminante.

—Quizá deberíamos decirles que estamos saliendo —dijo en voz baja.

—¿Qué?

Chris hizo una mueca ante mi chillido y se acercó más, bajando la voz.

—Ya me enteré de que tu madre está intentando casarte, ¿recuerdas? Y la mía también lleva tiempo dándome la lata para que siente cabeza. Si creen que estamos saliendo, las dos podemos tener un respiro durante una temporada.

—¿Qué estás sugiriendo, que finjamos salir como si estuviéramos en una mala novela romántica?

—¿Lees muchas novelas románticas? —dijo con una sonrisa burlona.

—No tiene nada de malo leer ficción romántica, pero eso es lo que es: ficción.

—Vale, bien, vamos a decirle a tu madre que interrumpió un rollo de una noche —una noche muy larga— y que las dos estaremos follando con otra en cuanto podamos. Le va a encantar.

Sentí algo ácido en la boca del estómago ante la idea de Chris follando con otra. Era casi como celos, lo cual era ridículo. Las dos sabíamos que esto era algo de una sola vez. Bueno, de una sola noche, aunque habíamos aprovechado bien esa noche. Pero ni siquiera nos caíamos bien. Ninguna de las dos se hacía ilusiones de que esto fuera algo más de lo que era.

—Vale, les diremos que estamos saliendo —dije a regañadientes—. Y en unas semanas les diremos que he roto contigo.

—¿Por qué ibas a romper tú conmigo? —preguntó ofendida—. Soy un partidazo. Sería yo quien rompería contigo.

Me puse las manos en las caderas y los ojos de Chris se clavaron en mi pecho, donde mis tetas se bamboleaban sin sujetador. Solté un bufido y me señalé la cara.

—Los ojos los tengo aquí arriba, y romperé contigo porque está claro que eres una pervertida.

—Eso no decías cuando te metí el dedo por el culo y te hice correrte como nunca.

—Eres asquerosa.

Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta.

—Venga, acabemos con esto de una vez.

—Vale, novia.

Se acercó y me dio una palmada en el culo antes de agarrarme la mano.

—Ya puestas, hagamos bien el papel.