Chris
Trabajar con Julia era interesante. En algunos aspectos, estábamos totalmente compenetradas, pero en otros... bueno, digamos que discutíamos tanto como coincidíamos. Aunque quizá discutir era demasiado fuerte. Debatir se ajustaba más. Y tenía que admitir que estaba disfrutando de mis debates con Julia. Más de lo que habría esperado.
—¿Dónde vamos a reunirnos mañana por la tarde? —pregunté mientras terminábamos la reunión de planificación justo antes del mediodía del jueves.
—Creo que necesitamos estar en algún sitio alejado de nuestras oficinas —dijo ella.
Nos habían interrumpido en esta sala de conferencias al menos tres veces, gente que quería saludar o hacernos alguna pregunta, y la mayoría de los que pasaban miraban por la ventana y saludaban a alguna de las dos. Nuestros compañeros eran muy majos, pero eso dificultaba la concentración.
—Yo diría una cafetería o algo así, pero necesitamos poder escribir en la pared —respondí.
Julia me miró pensativa.
—¿Qué te parecería trabajar en mi casa mañana?
—¿Eh?
—Tengo una habitación en el sótano con pintura de pizarra en la pared —continuó—. Podríamos usarla. Allí abajo no hay cobertura de móvil porque las paredes de cemento son muy gruesas, así que tendremos total privacidad.
Sentí un destello de sorpresa, luego miedo, luego emoción, aunque no sabría decir por qué.
—¿Tienes una pared de pizarra en tu casa? —repetí.
—Sí. Mi abuela me dejó su casa cuando murió y básicamente el sótano sigue siendo la sala de juegos que montó para mí cuando era niña. He sido demasiado sentimental como para cambiarla mucho.
Qué tierno.
—Sí, vale, quedamos en tu casa entonces. Puedo llevar algo de picar si quieres.
—Suena bien. Tengo bebidas de sobra... y tiza.
Después de trabajar en la oficina por la mañana, pasé un momento por la tienda a comprar algo para picar mientras trabajábamos. Como no sabía qué le gustaba a Julia, cogí pretzels, patatas fritas, regaliz rojo, una mezcla de frutos secos, un par de Snickers y una bolsa gigante de M&Ms de cacahuete.
Vivía en un bonito bungaló en una parcela de esquina, en lo que claramente era un barrio familiar. Canastas de baloncesto, columpios y juguetes infantiles se veían en prácticamente todas las casas excepto en la de Julia. Su jardín estaba bien cuidado, con un pequeño arriate de flores a cada lado del porche delantero.
Abrió la puerta con unos pantalones cortos grises holgados y una camiseta de tirantes blanca, con los tirantes del sujetador blanco asomando por los hombros. Con el pelo recogido en un moño despeinado y la cara sin su maquillaje habitual, tenía ese aire adorable de chica de barrio.
—Pasa —dijo Julia mientras abría la puerta.
La seguí adentro y apreté los labios al ver el interior. El salón parecía sacado de un plató de película de los años setenta. Un sofá antiguo de cuadros ocupaba el centro frente a una mesa de centro desgastada, con dos mesitas igualmente antiguas a cada lado, ambas cubiertas con lo que parecían tapetes de ganchillo. Una planta medio muerta colgaba de una maceta de macramé junto a la ventana, y en el centro de una pared había una «pintura» de terciopelo de La Última Cena.
—Esto es... bonito —dije, acordándome de mis modales.
Julia resopló mientras me guiaba pasando un pesado juego de comedor hacia una cocina que parecía sacada de los años cincuenta.
—Sé que está anticuado —admitió en voz baja—. Siempre le digo a la gente que no tengo dinero para reformar o cambiar los muebles, pero la verdad es que si empiezo a cambiar cosas, significa que mi abuela realmente se ha ido. Por ahora, me gusta la idea de tenerla aquí conmigo. Mi abuela y yo estábamos muy unidas, y tengo muchos recuerdos felices en esta casa.
Miré a mi alrededor con otros ojos, imaginando a una Julia más joven correteando por allí mientras jugaba con su abuela.
—¿Cuánto hace que falleció? —pregunté.
—Poco más de tres años. Rehice el dormitorio principal cuando me mudé, sobre todo porque murió en esa habitación. Pero luego simplemente... dejé de tocar nada más.
Sin pensarlo, le di unas palmaditas en el antebrazo.
—Cada uno lleva el duelo a su manera. No tiene nada de malo tomarse tiempo para decidir qué quieres hacer. Además, que estas cosas sean viejas no significa que tengan nada malo.
Me miró agradecida y luego bajó la vista hacia mi mano. Por alguna razón, todavía le estaba tocando el antebrazo. Sentía un agradable cosquilleo en la piel donde nos rozábamos, y me pregunté si ella también lo notaba.
Al darme cuenta de lo raro que era seguir tocándola así, aparté la mano.
—¿Qué te apetece beber? —preguntó Julia, enumerando las bebidas que tenía.
—Agua, de momento.
Me dio una botella y me llevó al sótano. Hacía más fresco allí abajo, pero había bastante luz gracias a las ventanas que recorrían la parte superior. Pasamos por un cuarto con la lavadora, la caldera y el termo, y entramos en la zona habilitada del sótano. Gruesas alfombras cubrían lo que parecía suelo de baldosa. Había un sofá naranja antiguo, pufs, una mesa de cartas con sillas plegables, una mesa de billar y lo que parecía una máquina recreativa. Al acercarme, me sorprendió ver que era un juego retro.
—¿Tienes el Frogger? ¡Qué pasada!
—Mis padres se lo compraron a mi abuelo antes de que falleciera. Era su juego favorito.
Era bonito que Julia tuviera una relación tan estrecha con sus abuelos. Mis abuelos maternos murieron cuando yo estaba en primaria, y los padres de mi padre nunca habían estado muy presentes. Mi madre me contó una vez que era porque estaban enfadados de que mi padre se hubiera casado con ella en lugar de con la mujer que ellos habían elegido para él. Se lo pregunté a mi padre una vez y se negó a hablar del tema. En cualquier caso, nunca los había conocido. Ni siquiera sabía si seguían vivos.
Colocamos la mesa de cartas y las sillas plegables frente a la pared de pizarra y nos pusimos a trabajar en el plan del programa, con la comida extendida en la mesa de billar detrás de nosotras.
Por desgracia, la frágil tregua que habíamos establecido entre nosotras se rompió cuando empezamos a discutir los detalles más específicos de los programas. Estaba claro que nuestro enfoque para trabajar con los clientes era muy diferente: Julia era mucho más permisiva de lo que a mí me parecía bien.
—¿Y cómo decidimos quién entra en los programas? —pregunté, señalando el diagrama de flujo que Julia y yo llevábamos una hora preparando—. Debería ser por méritos, ¿no te parece?
—¿Basándose en qué? —preguntó.
—Pues si mantienen la habitación ordenada en el refugio, cumplen con las tareas comunitarias y se aseguran de que los niños se porten bien.
—¿Entonces si la madre tiene alguna discapacidad o los niños tienen traumas y se portan mal, los castigamos? —me desafió.
—Bueno, no, pero...
—No me gusta ese modelo de «pórtate bien y recibirás los mejores servicios». Es muy anticuado.
—Vale, ¿y si tienen que hacer otras formaciones antes de entrar en el programa avanzado? —sugerí.
—¿Y si la madre ya está trabajando y no puede asistir a clases extra?
Resoplé frustrada. Llevábamos horas allí abajo y sentía que no avanzábamos nada.
—A ver, ¿cuál es tu idea, Julia? Te estás cargando todas las mías, pero no te oigo proponer nada.
—Podríamos hacer un proceso de solicitud, pedirles que escriban una redacción... no, espera, eso no funcionaría, hay gente con problemas de lectoescritura. Una entrevista podría funcionar... salvo para quienes tienen ansiedad. Quizá...
Me levanté de la silla de un salto.
—¡Dios mío! Necesito un descanso. ¿Dónde está el baño?
—Arriba. Ven, te lo enseño.
La seguí escaleras arriba desde el sótano, casi atragantándome al ver cómo asomaban las curvas de la parte baja de sus nalgas por debajo del dobladillo de los pantalones cortos. ¿Llevaba tanga? ¿Por qué demonios eran tan cortos esos pantalones?
Le di vueltas a la pregunta mientras estaba en el baño, cada vez más alterada por razones que no entendía. Cuanto más tiempo pasaba a solas con Julia, más descolocada me sentía, y eso me estaba cabreando de verdad.
Cuando salí del baño, Julia estaba en la encimera de la cocina preparando sándwiches.
—¿Qué haces? —pregunté como una tonta.
—Mmm, pues estoy poniendo carne y queso sobre pan, así que no sé... ¿tejiendo un jersey?
Me acerqué a ella con paso decidido.
—Quiero decir, ¿por qué estás preparando sándwiches?
—Porque son más de las siete y me muero de hambre.
Me contuve de señalar que, teniendo en cuenta la cantidad de aperitivos que habíamos estado devorando toda la tarde, ninguna de las dos debería tener hambre. Aunque, ahora que lo pensaba, un sándwich no sonaba nada mal.
—¿Ya es tan tarde? —Saqué el móvil del bolsillo y solté un quejido—. ¿Cómo es posible que lleve cinco horas aquí y todavía no hayamos terminado?
—Seguramente porque no paras de discutir todo lo que digo —espetó, colocando una rebanada de pan sobre el sándwich con más fuerza de la necesaria.
—Tú eres la que discute conmigo. No sé por qué te niegas a exigir responsabilidad a tus clientas.
—Yo sí les exijo responsabilidad —replicó—. Y tengo los resultados para demostrarlo. Pero hay una gran diferencia entre dirigir un programa como si fuera una operación militar y ser un poco comprensiva con personas en situaciones difíciles.
—Se pueden tener reglas y aun así ser flexible. Para eso están las excepciones. Empiezo a pensar que rechazas cualquier idea que propongo solo porque es mía.
Me miró como si estuviera loca.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—¿Y yo qué sé? Siempre has sido una cabezota.
Entrecerró los ojos con rabia.
—¿Ah, sí? Pues tú siempre has sido una imbécil.
No me di cuenta de que ninguna de las dos se hubiera movido, pero de repente estábamos cara a cara, tan cerca que podía sentir el aliento de Julia en la cara.
La miré: ojos muy abiertos echando chispas, mejillas sonrosadas, pelo completamente revuelto, e hice algo que más tarde reconocería que llevaba años queriendo hacer.
La besé.