Julia
Entré corriendo en la cafetería, molesta por llegar tarde. Odiaba la impuntualidad, me ponía nerviosa. Por supuesto, Chris ya estaba sentada a una mesa, con un café y un pastel delante. La saludé con la mano y me puse a la cola para pedir.
—Perdona que llegue tarde —le dije a Chris mientras me acercaba a la mesa—. El autobús venía con retraso.
—Solo son las nueve y ocho —dijo—. No te preocupes.
Dejé el bolso en el suelo junto a la silla y volví al mostrador a recoger mi pedido. Con la cafeína en la mano, regresé donde Chris.
Estaba guapa hoy. Llevaba una camiseta blanca de punto ajustada con escote redondo, chaqueta vaquera, vaqueros y sus botas de siempre. No recordaba la última vez que la había visto con otra cosa. Me pregunté sin darle mucha importancia si tendría varios pares o si simplemente usaba las mismas hasta que se gastaban.
—¿Qué?
Me di cuenta de que estaba sonriendo.
—Me acordaba de que llevaste unas Doc Martens negras a nuestra graduación del instituto.
Seguramente también las llevó a la ceremonia de la universidad, pero el acto fue tan multitudinario que no la vi aquel día. No es que la estuviera buscando.
Sonrió con suficiencia, y noté que al hacerlo se le arrugaba la nariz de forma adorable.
—Sí, mi madre me obligó a ponerme un vestido, pero me negué a llevar las malditas bailarinas que había elegido. Le horrorizó que llevara las botas con un vestido, pero papá intervino y le dijo que me dejara en paz. Fue la última vez que intentó influir en mi forma de vestir.
—¿Cómo están tus padres? —pregunté por educación.
Había pasado mucho tiempo con ellos a lo largo de los años, y siempre habían sido amables conmigo. Lo que hacía aún más extraño que hubieran criado a una hija tan detestable.
—Están bien. Como siempre. ¿Y los tuyos?
—Están bien —dije—. Aunque mi madre me está dando la lata para que me case.
—Eso he oído.
—¿Cómo te has enterado? —pregunté sorprendida—. ¿Por tu madre?
—No, mi amiga April fue una de las víctimas de las emboscadas de tu madre.
Repasé mentalmente la lista de mujeres que mi madre me había presentado en los últimos meses, y entonces caí.
—Ah, sí, la contable, ¿verdad? ¿La que va mal vestida?
Asintió.
—Sí. Tuvo que inventarse una novia para librarse.
Me reí. Estaba claro que aquella mujer tímida que conocí esa noche era más de lo que aparentaba.
—Bueno, siento lo que pasó. Al parecer mi madre y la de April estaban confabuladas. Ninguna de las dos teníamos ni idea de lo que estaba pasando hasta que acabamos cenando juntas con mis padres.
—No me extraña —dijo Chris—. Sé que su madre quiere que April salga más.
—Qué coincidencia tan extraña que tu amiga fuera una de las víctimas de mi madre.
—La ciudad no es tan grande como la gente cree —me recordó.
—Cierto. Aunque ahora que lo pienso, me sorprende que mi madre no haya intentado emparejarme contigo también.
Chris resopló.
—Creo que nuestras madres aprendieron hace mucho que no somos precisamente compatibles.
—Sí, quizá fue aquella vez que nos peleamos en el lago y tiramos a alguien al agua sin querer.
Compartimos una sonrisa que casi resultó natural, y di un largo trago a mi moca helado.
—¿Te dio tiempo a leer los materiales que nos envió Gina? —preguntó Chris.
—Sí. Tomé algunas notas y tengo ideas de cómo podemos repartirnos las tareas, pero creo que vamos a tener que trabajar juntas en el diseño del programa y el modelo lógico.
—De acuerdo. Empecemos.
Pasamos la siguiente hora y media repasando todos los detalles del expediente de solicitud. No era nada que no hubiéramos visto antes, pero pedían mucha información. Además de la memoria descriptiva, querían descripciones de todos los programas de la agencia, el diseño del programa, un modelo lógico, un protocolo de recogida de datos y detalles sobre la implicación de los usuarios.
—Puedo hablar con Rochelle para que redacte el protocolo de recogida de datos y responda a las preguntas sobre implicación de usuarios —dijo Chris—. Total, esta tarde tengo una reunión en la oficina central.
Rochelle era la responsable de control de calidad de nuestra agencia. Era inteligente y meticulosa, con un sentido del humor seco que apreciaba casi tanto como el hecho de que siempre tenía un cuenco enorme de caramelos en su despacho. Siempre que iba a la oficina central me pasaba a saludarla... y a pillar chuches.
—Perfecto.
Sonó la alarma del móvil para recordarme que era hora de irme a la siguiente reunión. No me diagnosticaron TDAH hasta hace unos años, y descubrir que mi cerebro funcionaba de manera diferente al de mucha gente había sido toda una revelación. Con la ayuda de la medicación y de consejos prácticos había aprendido a gestionar algunos de los aspectos más molestos de mi neurodivergencia, pero seguía teniendo problemas para no perder la noción del tiempo, sobre todo cuando estaba concentrada en algo. Pulsé el botón de repetición, algo que siempre hacía por si me distraía enseguida y olvidaba que había sonado, y recogí mis cosas.
—Seguimos en contacto por email y nos vamos enviando los borradores a medida que los terminemos —sugerí.
Chris asintió.
—Tendremos que sentarnos a definir los componentes del programa antes de trabajar en el modelo lógico —señaló—. Necesitaremos un buen rato sin interrupciones para eso. Y una pizarra o algo así.
—De acuerdo. Déjame ver qué puedo mover en mi agenda y te mando algunas opciones por email esta tarde.
—Cuanto antes, mejor. Tenemos poco tiempo.
Algo en su tono me irritó.
—Sí, ya lo sé. Pero yo, a diferencia de ti, tengo más de una docena de personas a mi cargo ahora mismo, así que mi agenda no es tan flexible como la tuya.
En la agencia era motivo de conflicto que algunos gerentes —como Chris— tuvieran solo uno o dos empleados a su cargo mientras que otros teníamos un montón de personas que nos reportaban directamente. Como teníamos que reunirnos con cada miembro del equipo semanalmente, además de estar disponibles para preguntas y apoyo, mi agenda solía estar a tope. Nos vendría muy bien otro gerente para el programa Sunrise, pero no había presupuesto para ello. Por suerte, a mí el caos me iba bien, y tenía el tipo de trabajo en el que mi TDAH era un superpoder; si no, estaría hundida.
—¿Quién depende de ti? —preguntó con curiosidad, ignorando mi arrebato—. ¿El personal del refugio?
—El personal del refugio, el equipo de limpieza y todos los trabajadores sociales, incluidos los de seguimiento de vivienda, que ayudan a la gente una vez que tiene alojamiento.
—Joder, quizá deberíamos buscar la manera de incluir un supervisor en esta propuesta. Así te quitarían parte del personal de encima.
La miré sorprendida.
—¿En serio?
Se encogió de hombros.
—Creo que podríamos relacionar a los trabajadores sociales con el área de empleo, ya que ayudan con eso. Merece la pena intentarlo. En el peor de los casos, dirán que no. Pero si lo aprobaran, solo tendrías que supervisar al supervisor de gestión de casos y te quitarías trabajo de encima.
—Sí, me gusta la idea. Gracias.
Mi teléfono volvió a sonar.
—Tengo que irme. Te escribo luego.
Chris seguía sentada a la mesa cuando salí a toda prisa hacia la parada del autobús.
Por alguna razón, estuve dándole vueltas a nuestra reunión el resto del día. Tras revisar mi calendario, avisé a mis equipos de que iba a cancelar una de las dos reuniones de seguimiento de las próximas dos semanas mientras trabajaba en la subvención.
Así conseguí liberar algo de tiempo en mi agenda, y tras mover un par de reuniones no esenciales, programé un día de teletrabajo la semana siguiente para terminar de redactar. Rara vez trabajaba desde casa, pero de vez en cuando, cuando necesitaba concentrarme de verdad y que no me interrumpieran, dejaba a uno de los jefes de equipo al mando y trabajaba en remoto.
Luego le escribí a Chris por Teams, nuestro sistema de mensajería interna.
Julia: Tengo huecos para trabajar juntas en el diseño del programa este jueves por la mañana y todo el viernes. ¿Te viene bien?
Chris: Sí, el jueves por la mañana me viene bien, y el viernes por la tarde. ¿Tienes algún sitio para reunirnos en el Refugio?
Julia: Qué va, es imposible hacer nada aquí con las constantes interrupciones del personal y los usuarios. Puedo ir a tu edificio, o podemos quedar en la oficina central si conseguimos una sala.
Chris: Mejor en la oficina central, nuestra sala de reuniones es pequeña y siempre huele a productos de limpieza.
Julia: ¿Por qué?
Chris: Está justo al lado del aula donde dan los cursos de limpieza.
Julia: Problema. Acabo de mirar el calendario de salas de la sede. Hay una disponible el jueves, pero el viernes hay reunión de la junta directiva y todas las salas están reservadas.
Chris: Vale, pues quedamos el jueves y vemos dónde podemos trabajar el viernes. Algún sitio habrá.
Julia: Me parece bien. Mientras tanto, te mando todo lo que consiga preparar en estos dos días.
Chris: Genial, yo haré lo mismo.