Chris
Salí del despacho de mi jefa arrastrando los pies y suspirando. Cómo no, quería que trabajara con Julia Montego. Esa mujer había sido una espina clavada en mi costado casi toda mi vida.
—Busquemos una sala de reuniones y tracemos un plan —dijo Julia, sin esperar mi conformidad.
Mientras se alejaba, no pude evitar fijarme en lo bien que le quedaba el culo con esos capris rosa claro. Julia siempre había sido bastante coqueta, de esas que prefieren los colores pastel y el pintalabios rojo intenso que hacía que sus labios carnosos resultaran de lo más apetecibles.
Objetivamente hablando, claro. Era la última mujer a la que querría besar. Para nada mi tipo.
Aunque estaba buena, eso sí. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y rizado, y unos ojos marrones enormes como los de esas pinturas de niños con ojos gigantes. Le daban un aire de inocencia que resultaba engañoso. Sabía de primera mano que esa mujer era una arpía.
Entramos en una de las pequeñas salas de reuniones. Era un revoltijo de muebles desparejados y cajas con sabe Dios qué, que probablemente deberían estar en algún almacén. Julia se sentó frente a mí, y desde luego que no me fijé en cómo sus generosos pechos se marcaban bajo la camisa fina.
Era voluptuosa y curvilínea, justo lo contrario que yo.
La cruda realidad, lo que jamás admitiría ante nadie —ni siquiera ante mis mejores amigas del mundo, Marlee y April—, era que me sentía físicamente atraída por Julia. No sabría decir por qué. No era mi tipo, ni físicamente ni por su forma de ser. Y sin embargo, cada vez que pasábamos tiempo juntas, oscilaba entre querer besarla y abofetearla.
No literalmente. Jamás le pegaría a nadie, por muy insoportable que fuese. Bueno, salvo en la cama, y solo cuando me pedían unos azotitos...
Maldita sea, ahora mis pensamientos rebeldes se habían quedado fijos en la idea de dejar las bonitas marcas rosadas de mis manos en el culo redondo de Julia. ¿Qué demonios me pasaba? Trabajar juntas, aunque solo fueran dos semanas, iba a ser una tortura.
Julia se apartó la melena por encima del hombro y me clavó una mirada seria que, no sé cómo, conseguía excitarme e irritarme a partes iguales.
—Tendremos que ver cómo nos repartimos el trabajo —dijo.
—Todavía no hemos visto los materiales de la solicitud —le recordé—. No sabemos qué hay que repartir.
Puso los ojos en blanco.
—Sí, ya lo sé. ¿Cómo tienes la agenda mañana?
Sacó el móvil del bolsillo y empezó a trastear con la pantalla.
—Tengo una reunión a las once, pero podría quedar a las nueve si te va bien. Así tendremos tiempo de revisar los materiales esta noche y llegar a la reunión con nuestras ideas.
Como ya eran las cuatro, eso significaba que las dos trabajaríamos hasta tarde. No era la primera vez; al fin y al cabo, esto era gestión de ONG, donde la semana laboral de cuarenta horas no pasaba de ser un sueño. Pero yo tenía planes esa noche. Planes que no pensaba cancelar. Bueno, ya revisaría la información al volver de mi cena mensual con las amigas.
—Vale. ¿Dónde quedamos?
Sabía que Julia trabajaba en el refugio Sunrise. Yo trabajaba en el centro de empleo, a unos kilómetros de allí.
—¿Qué te parece si quedamos en la cafetería que hay junto al Starbucks, cerca del Costco?
Parpadeé, confundida por su respuesta enrevesada.
—¿Quieres quedar en el Starbucks de al lado del Costco? —pregunté para confirmar.
—No. —Negó con la cabeza, agitando una cascada de rizos—. Hay una cafetería en la misma manzana que el Starbucks del Costco. Un localito familiar. Muy buen café. No me acuerdo del nombre, pero es nombre de persona, tipo Linda's o Mary's o algo así. Tienen un montón de plantas en el escaparate. No tiene pérdida.
Se me había olvidado lo rara que era esta tía.
—Vale, pero dame tu número por si no la encuentro.
Me dictó su número y lo guardé en el móvil; luego le mandé un mensaje para que tuviera el mío. Era curioso que nos conociéramos desde hacía más de veinte años y nunca nos hubiéramos intercambiado los números. Aunque, pensándolo bien, habíamos hecho todo lo posible por evitarnos durante esas dos décadas, para disgusto de nuestras madres. Siempre habían soñado con que Julia y yo fuéramos íntimas como lo eran ellas, y cuando las dos salimos del armario como lesbianas, creo que fantasearon con que acabaríamos enamorándonos.
Nuestras madres vivían en las nubes.
Unas horas después estaba apalancada en un reservado de mi bar cutre favorito. Bueno, parecía un bar cutre, pero tenían las mejores hamburguesas de la ciudad, la cerveza estaba fría y era barata: la combinación perfecta. Mis amigas y yo llevábamos años viniendo.
Marlee, April y yo compartimos residencia en la universidad. No podíamos ser más diferentes.
Yo era trabajadora social y prefería los vaqueros, las camisas de franela y lo que me gustaba llamar mis « botas matarratas».
Marlee era programadora, con el pelo rapado y teñido de azul, un piercing en la nariz y un rollo muy punk.
Y April... bueno, la pobre April era contable y se vestía como si estuviera casada con un senador de Alabama.
Habíamos intentado averiguar por qué se escondía detrás de ropa sosa y sin forma que le quedaba vieja, pero era feliz con su estilo, así que la dejábamos tranquila.
A pesar de nuestras diferencias, las tres seguíamos tan unidas como en primero de carrera. Todas andábamos liadas, pero nos escribíamos en el chat del grupo varias veces al día y teníamos una cena mensual fija que era sagrada para las tres.
—Bueno, chicas, ¿qué hay de nuevo? —dijo Marlee con un tono que dejaba claro que tenía cotilleo.
—¿Y contigo qué hay? —le pregunté, mirándola con intención.
—Se ha mudado una tía buenísima a la puerta de al lado —dijo.
—No cagues donde comes —soltó April al instante. Puede que se vistiera como una bea ta, pero esa mujer juraba como una carretera.
—No voy a salir con ella —dijo Marlee—. Pero echarle un polvo no me importaría.
Justo entonces llegó la camarera con nuestras hamburguesas y patatas. Puso los ojos en blanco, pero no dijo nada. Llevábamos tantos años viniendo que ya estaba acostumbrada a nuestras conversaciones raras.
—¿Qué acabo de decir? —preguntó April.
Marlee puso los ojos en blanco.
—Que tú seas patológicamente incapaz de tener rollos de una noche no significa que las demás no podamos divertirnos un poco.
Como quería cambiar de tema antes de que volvieran a la misma discusión de siempre, interrumpí.
—¿A que no adivináis con quién me ha tocado trabajar en un proyecto?
—Julia Montego —dijeron al unísono.
—¿Cómo lo habéis sabido?
April fue enumerando con los dedos.
—Primero, siempre se te forma ese pequeño surco entre las cejas cuando estás cerca de esa mujer. Segundo, sabemos que trabajas con ella, y no conocemos a nadie más de tu trabajo, así que por descarte era fácil adivinarlo. Y tercero, pareces cabreada y excitada a la vez, que es más o menos la cara que pones siempre que hablas de Julia.
Miré a Marlee, que asintió para confirmarlo.
—Vale, de acuerdo, sí, nos han puesto a Julia y a mí a trabajar juntas en un proyecto. Es una solicitud de subvención importante para nuestro programa.
—Hagas lo que hagas, no le digas a tu madre que estáis trabajando juntas —dijo April.
—¿Por qué?
—Sigue siendo muy amiga de la madre de Julia, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué?
Miré a Marlee, que se limitó a encogerse de hombros.
—La madre de Julia está empeñada en casarla. Si tu madre se entera, se apuntará encantada a la idea de emparejaros.
—Saben que no nos caemos bien —dije distraídamente—. Pero ¿cómo sabes lo de la madre de Julia?
—Intentó emparejarme con Julia hace unos meses. Ella y mi madre nos tendieron una emboscada con una cita a ciegas el día del cumpleaños de Julia.
Por supuesto que no sentí celos de que mi mejor amiga hubiera tenido una cita con Julia.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Te está saliendo otra vez el surco —canturreó Marlee por lo bajo.
La ignoré y observé a April con atención. Solo porque tenía curiosidad por saber si iba a salir con Julia, no porque me importara.
—Mi madre me manipuló para que acabara cenando a solas con Julia y su familia —explicó—. Fue superincómodo. Pero Julia no estaba interesada, y yo tampoco, así que mentí y le dije a la Sra. Montego que tenía novia.
—Hace como dos años que no tienes novia —le recordó Marlee.
—Lo sé. Julia es guapa y todo eso, pero en cuanto la vi y me di cuenta de quién era, me eché atrás.
—¿Por qué te echaste atrás? —pregunté con curiosidad—. ¿No te atraía?
A April siempre le habían gustado las mujeres peculiares, especialmente las lesbianas femeninas.
—Me eché atrás porque llevamos años viéndoos dar vueltas la una alrededor de la otra —dijo April—. Ni de coña me meto en medio de esa mierda.
Miré a mis amigas.
—No lo entiendo.
—Ya lo entenderás.