No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Julia
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Julia

En la actualidad…

—Jefa, ¿Mary y los niños ya se mudaron?

Levanté la vista cuando Robbie, mi coordinadora principal de casos, se asomó a mi oficina.

—Sí, el equipo la llevó con los niños a conocer al casero y recoger las llaves. Están todos emocionadísimos. Dijo que le daba igual que los muebles nuevos no llegaran hasta mañana, que pensaba pasar la primera noche en su nueva casa acampando en el salón.

Robbie y yo intercambiamos una sonrisa. Mary y su familia llevaban casi dos años en nuestro programa para familias sin hogar. Cuando la conocimos, vivía en un refugio para supervivientes de violencia doméstica tras escapar por los pelos de un hombre que había intentado matarla como represalia por pedir el divorcio. Su agresor había acabado en prisión y su asesora de violencia doméstica la había derivado a nuestro programa. Había sido un camino largo y duro, pero Mary por fin estaba saliendo adelante, a punto de empezar una nueva vida.

El programa Sunrise ofrecía vivienda de transición y refugio para mujeres con hijos que salían de la indigencia. Como la violencia doméstica era la principal causa de sinhogarismo entre las mujeres, también trabajábamos con muchas supervivientes. Nuestros servicios integrales ayudaban a mujeres como Mary a alcanzar la autosuficiencia, poniéndolas en contacto con los recursos que necesitaban: asesoramiento psicológico, terapia familiar, formación laboral, educación financiera y talleres de crianza.

Estábamos orgullosas de nuestro programa. Cuando nuestras usuarias conseguían empleo y se mudaban a una vivienda propia, nuestros resultados estaban entre los mejores del país. Ayudábamos a personas a cambiar sus vidas cada día, literalmente, y aunque el trabajo era duro y muchas veces traumático, me encantaba.

A todas nos encantaba.

—¿Gina va a venir a nuestra reunión hoy? —preguntó Robbie.

Gina era la directora del programa Sunrise. Normalmente trabajaba en el edificio de administración, pero a menudo se unía a nuestras reuniones de equipo para ver cómo iban las cosas y ofrecer apoyo.

—No, ha estado ayudando con un proyecto especial en administración, pero luego voy a la oficina central a reunirme con ella.

Robbie era una buena amiga con la que había trabajado en mi empleo anterior, pero aquí teníamos que mantener ciertos límites, dado que ya no éramos compañeras del mismo nivel. Mi coordinadora de equipo no formaba parte de la dirección, así que no podía contarle que el proyecto especial consistía en que Gina estaba reuniendo pruebas para un caso penal.

Una auditoría estatal reciente había destapado irregularidades financieras en nuestro programa, irregularidades que apuntaban directamente a nuestra veterana directora financiera, Erin Rose. La mayoría del personal sabía que Erin había dejado la organización, pero no que se había marchado esposada tras ser imputada por malversación de fondos de nuestros programas. Tras el arresto, la directora ejecutiva y la junta directiva habían contratado auditores forenses que, con la colaboración del estado, habían descubierto el alcance del desfalco. Ahora estábamos implantando nuevos controles internos para evitar que algo así volviera a ocurrir.

Por suerte, parecía que el estado no iba a recortarnos la financiación por el incidente, porque si lo hacía, nuestro programa cerraría y todas nuestras familias volverían a la calle. Y todas nosotras nos quedaríamos en el paro.

Sonó la alarma del móvil para recordarme que era hora de ir a la reunión. Usaba alarmas para todo, para no enfrascarme en algo y olvidarme de que tenía que estar en otro sitio, como en la reunión de personal.

—¿Qué vas a hacer este finde? —preguntó Robbie mientras íbamos por el pasillo hacia la sala de reuniones.

Hice una mueca. —Mañana ceno con mis padres.

—¿Tu madre sigue presentándote a todas las lesbianas casaderas de la ciudad? —preguntó comprensiva.

—La última era de Portland —dije—. Creo que se está quedando sin opciones en Seattle.

—Eso es imposible —se rio Robbie—. En Seattle hay lesbianas hasta debajo de las piedras.

—Bueno, tampoco es para tanto.

—Ya, pero tengo razón. Hay un montón de mujeres queer en esta ciudad, pero por desgracia, buena parte de ellas son básicamente incitables.

Al contrario que yo, Robbie quería desesperadamente tener pareja. Por desgracia, tenía una suerte pésima. No sé cómo se las apañaba, pero siempre acababa con una mujer horrible tras otra.

Mientras tanto, desde mi cumpleaños hacía unos meses, mi madre se había propuesto casarme como fuera. Nunca sabía cuándo iba a llegar a una cena o a oír que llamaban a la puerta y encontrarme a mi madre con alguna pobre mujer que seguramente ni siquiera era mi tipo. Había perdido la cuenta de las veces que mi madre se había «encontrado por casualidad» conmigo cerca de mi casa o del refugio. No la veía tanto ni cuando vivía con ella. Si no supiera que es imposible, pensaría que me había puesto un localizador.

La cosa empezaba a ser agotadora. Le había suplicado a mi padre que interviniese, pero me había dicho que tenía que librar mis propias batallas, que era su forma de decir que le daba demasiado miedo enfrentarse a mi madre. Cobarde.

Durante los siguientes noventa minutos estuve centrada en la reunión de equipo. Como directora del refugio, supervisaba la parte residencial del programa, colaboraba con otros programas que atendían a nuestras usuarias y coordinaba a las trabajadoras sociales. Mi equipo era pequeño pero muy competente, todas ellas entregadas a las familias a las que atendíamos.

Seguía de buen humor tras la productiva reunión de equipo cuando me encaminé a la oficina central de administración para ver a mi jefa. Fui una de las primeras directoras que Gina contrató cuando estaba montando el programa Sunrise, y teníamos una relación laboral excelente.

—¿Qué tal va todo? —pregunté al llegar a su despacho.

Gina estaba pálida, bueno, más pálida de lo habitual, lo que me indicaba que la investigación le había pasado factura.

—Han terminado la investigación —dijo—. La buena noticia es que tenemos pruebas concluyentes de que Erin actuó sola, algo que ella misma declaró bajo juramento.

Eso eran buenas noticias. Habría sido horrible descubrir que más compañeras estaban robando dinero destinado a nuestras usuarias. Lo de Erin ya había sido bastante duro.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Allison ha traído a una directora financiera externa para supervisar las cuentas hasta que podamos contratar a alguien que sustituya a Erin. Ahora la junta tiene que garantizar a los financiadores y donantes que hemos erradicado el problema y que seremos gestoras responsables de sus fondos.

—Me alegro de no tener que estar en esas conversaciones —murmuré.

—Ya somos dos —dijo Gina—. Lo de ir pidiendo disculpas no es lo mío.

Pasamos los siguientes treinta minutos poniéndonos al día y revisando los resultados del programa y el último informe de gastos del refugio. Estábamos a punto de terminar cuando llamaron a la puerta.

Me giré para ver quién nos interrumpía y enseguida me invadió la irritación. Era Chris Robbins, mi enemiga de la infancia.

Nuestras vidas se habían cruzado mucho a lo largo de los años. Habíamos crecido en el mismo barrio, así que fuimos juntas a la escuela primaria y al instituto. Nuestros padres eran amigos íntimos, lo que implicaba un sinfín de barbacoas, cenas y salidas todos juntos.

La primera vez que conocí a Chris nos odiamos al instante. Me tiró del pelo con tanta fuerza que me hizo llorar, y yo me vengué dándole un puñetazo en el estómago. Esa fue la primera de muchas veces que llamaron a nuestras madres a la escuela para hablar de cómo nos tratábamos.

Coincidimos en casi todas las clases del instituto, y cuando las dos fuimos a la Universidad de Washington, acabamos en el mismo piso de la misma residencia durante el primer año. Para colmo, las dos terminamos en el mismo programa de trabajo social.

No tenía ni idea de por qué no nos soportábamos, y la verdad es que me daba igual. Nos graduamos y no la volví a ver en varios años, hasta que apareció como la nueva directora de empleo aquí, hará cosa de un año. De todas las organizaciones sin ánimo de lucro de esta ciudad, por supuesto las dos acabamos aquí...

Como parte de mi trabajo, colaboraba estrechamente con los directores de los programas de empleo y asesoramiento, ambos programas transversales que también atendían a nuestras clientas de Sunrise. Con Chris era profesional, igual que con todos mis compañeros, pero la verdad es que me seguía cayendo tan mal como cuando éramos adolescentes.

Era guapa, con un aire andrógino. Alta y delgada, de caderas estrechas y pechos pequeños, llevaba su atuendo de siempre: vaqueros desteñidos, una camisa de cuadros sobre una camiseta de tirantes blanca ajustada y botas militares. Juro que llevaba esas botas militares todos los días desde primero de instituto. Incluso se las puso en nuestra graduación, a pesar de que su madre la había obligado a ponerse un vestido para la ocasión.

Llevaba el pelo un poco más largo que cuando éramos jóvenes. Seguía siendo grueso y ondulado, pero ahora lo llevaba corto a los lados y más largo por detrás, como una especie de mullet moderno o algo así. Debería haber quedado ridículo, pero por alguna razón le sentaba bien. No es que fuera a admitirlo.

Sus ojos marrones cruzaron la mirada con los míos un instante y luego se desviaron hacia mi jefa. Por alguna razón, me fijé en que tenía las pestañas larguísimas a pesar de que nunca se maquillaba.

—¿Gina? Querías que pasara ahora, ¿verdad? —preguntó—. Puedo esperar fuera hasta que termines.

Gina sonrió y le hizo un gesto para que entrara, señalando la silla junto a la mía.

—Entra, Chris. Quería hablar contigo y con Julia sobre algo.

Chris se acomodó en la silla de al lado ignorándome deliberadamente. Me llegó un aroma cítrico que no me desagradó.

Era curioso cómo el universo parecía empeñado en juntarnos a Chris y a mí.

Gina bajó la voz, aunque la puerta de su despacho estaba cerrada.

—Después de lo que pasó con Erin, el equipo directivo ha acordado que necesitamos diversificar los ingresos de los programas. Depender de una sola fuente de financiación para la mayor parte o la totalidad de un programa, como ocurre con el estado y Sunrise, nos pone en gran riesgo si algo sale mal.

Hizo una pausa para dar un largo sorbo de su omnipresente botella de agua de acero inoxidable.

—Vamos a incorporar a otra persona al equipo de desarrollo para buscar nuevas subvenciones, pero ha surgido una oportunidad que quiero aprovechar. A Jane Haberly, la presidenta de nuestra junta, le tocó jugar en un torneo de golf con la presidenta de una nueva fundación familiar centrada en el empoderamiento de las mujeres. La mujer estaba muy interesada en el trabajo de empleo que estamos haciendo con mujeres sin hogar.

Hizo una pausa para dar énfasis.

—Quiero que vosotras dos trabajéis juntas en una propuesta que Allison y yo podamos presentar en nuestra reunión con los responsables de la fundación dentro de dos semanas.

A mi lado, noté que Chris se tensaba.

—Estoy segura de que puedo manejarlo yo sola, Gina.

Gina entornó ligeramente los ojos, pero su expresión se mantuvo neutra.

—Todo es mejor con trabajo en equipo, Chris. Con lo que sabe Julia sobre nuestros servicios para personas sin hogar y los datos de resultados, y tu experiencia en empleo, vais a poder preparar una solicitud de las que dejan huella. Además, es un proceso de solicitud bastante complejo con un plazo muy ajustado, así que os necesito a las dos en esto. Os envío la información ahora. Necesitaré algo para revisar el viernes que viene, o el lunes siguiente a primera hora.

—¿El próximo viernes? —pregunté incrédula.

—Sé que es mucho trabajo, especialmente con todo lo demás que tenéis encima, y me sabe fatal pediros que echéis horas extra, pero en este caso creo que merece la pena. Decidme dónde necesitáis que os eche una mano. Estoy dispuesta a ayudar en lo que haga falta.

Giró la silla hacia el ordenador, dándonos a entender que la reunión había terminado.

—Gracias a las dos. Que os cunda.