No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes) Prólogo — Julia
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No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes)

No es mi tipo (Romance lésbico contemporáneo: de enemigas a amantes)

Por Reba Bale

© inepub.com

Prólogo — Julia

Hace cuatro meses…

—¡Feliz cumpleaños, cariño!

Me incliné para abrazar a mi padre.

—Gracias, papá. ¿Dónde está mamá?

Mi padre se encogió de hombros.

—No lo sé. Solo dijo que llegaría tarde. Supongo que la han retenido en el trabajo.

Me acomodé en mi sitio y aspiré el aroma a ajo de mi restaurante italiano favorito. Era uno de los pocos en Seattle que no había caído en la trampa de volverse artesanal o fusión o alguna tontería por el estilo. DeNeo's servía buena comida sin complejos, a la antigua usanza. Platos de pasta que llegaban en fuentes en lugar de platos. Una gran ensaladera para compartir en la mesa. Pan recién salido del horno. Venía aquí desde que era niña y seguía siendo exactamente igual. Eso resultaba reconfortante.

Papá levantó la vista y saludó con la mano.

—Ah, ahí viene tu madre.

Me levanté para saludar a mi madre y le di un abrazo rápido. Como siempre, olía a lilas.

Me estrechó con fuerza y dijo:

—No me puedo creer que mi niña ya tenga treinta y dos años.

Como no podía verme, puse los ojos en blanco antes de apartarme. Mi madre llevaba comportándose como si yo tuviera un pie en la tumba desde que cumplí los treinta.

Al apartarme, me di cuenta de que había alguien junto a nuestra mesa observándonos. Mamá siguió mi mirada y dijo:

—Julia, cariño, esta es April. Su madre trabaja conmigo en el bufete.

April me saludó con un gesto tímido. Parecía tener más o menos mi edad, quizás uno o dos años menos, pero iba vestida con una falda por la rodilla y un twin-set, como si estuviera haciendo un casting para el papel de secretaria de los años cincuenta en alguna serie de televisión. Del cuello para abajo parecía más alguien de la edad de mi madre que de la mía.

Miré a mi padre para ver si sabía por qué April estaba allí, pero parecía tan confundido como yo. Para no ser maleducada con la invitada de mi madre, me senté a esperar. Mamá nunca podía resistirse a hablar, así que sabía que pronto nos contaría qué estaba pasando.

Nos sentamos todos y miramos la carta, aunque llevábamos años viniendo. En cuanto el camarero se fue tras tomar nota, mamá centró su atención en mí. Cogí la cuchara de la mesa y empecé a golpetearla contra el muslo donde ella no pudiera verla. A mamá siempre le molestaba cuando hacía eso. O como ella lo llamaba, «moverme como una cría».

—Julia, April es contable. Tiene un trabajo muy bueno en una de las asesorías de la ciudad. ¿Verdad, April?

April me lanzó una mirada incómoda.

—Sí, trabajo en Dulles y Davis.

No había oído hablar de esa empresa en mi vida, pero dije con educación:

—Qué bien.

Estaba intentando encontrar algo que decirle a aquella tímida y aparentemente sosa compañera de cena cuando mi madre volvió a hablar.

—La madre de April, que también se llama April, y yo estuvimos hablando y pensamos que vosotras dos os llevaríais muy bien, Julia.

Se inclinó hacia delante y susurró:

—April también es lesbiana.

Miré a nuestra invitada, que parecía querer meterse debajo de la mesa y desaparecer. Fue entonces cuando caí en lo que estaba pasando.

—Mamá, ¿esto es una especie de cita a ciegas? —pregunté fulminándola con la mirada.

April hizo una mueca. Mi padre emitió un gruñido, pero cuando lo miré, tenía la vista clavada en el plato del pan como si fuera lo más fascinante del mundo.

Mamá se irguió en la silla, adoptando esa pose que ponía cuando quería resultar intimidante. Habría funcionado mejor si no midiera apenas metro y medio.

—Te advertí, Julia Angelita Montego, que si no encontrabas a alguien con quien sentar cabeza antes de cumplir los treinta y dos, intervendría. Pues ya los has cumplido. Necesitas encontrar a alguien con quien casarte y formar una familia antes de que sea demasiado tarde, así que te he encontrado una lesbiana la mar de maja para que salgas con ella.

Dios. Mío. No quería ni novia ni familia en ese momento, y aunque las quisiera, no querría que mi madre eligiera a la persona. Aquello era humillante para mí y para nuestra invitada. La pobre April estaba roja como un tomate. No sabía a cuál de las dos compadecía más.

—¿Cómo te han liado en esto, April? —pregunté con voz amable.

—Mi madre me invitó a cenar con ella y cuando llegué, me dijo que tenía que marcharse, pero que le hiciera compañía a tu madre como si estuviera sola o algo así.

Me miró con franqueza.

—No tenía ni idea de que esto era una cita a ciegas, te lo juro.

Luego miró a mi madre.

—Le agradezco el detalle, señora Montego, pero en realidad ya tengo novia.

Mi madre le lanzó una mirada escéptica.

—Entonces, ¿por qué tu madre piensa que estás soltera? —exigió saber.

La pobre April era una mentirosa pésima. Por suerte, mi padre intervino.

—Seguramente April quiere evitar que su madre se meta en su vida personal —dijo mi padre, hablando por primera vez desde que había llegado mi madre.

April asintió con energía.

—Venga, ¿qué tal si cenamos tranquilos y nos olvidamos de hacer de casamenteros, Jeannie? Al fin y al cabo, es el cumpleaños de nuestra única hija. Eso hay que celebrarlo.

—Gracias, papá.

Le lancé una mirada de agradecimiento, pero mi madre no estaba nada contenta con aquel giro de los acontecimientos.

—Se acabó el buen rollo, jovencita —dijo con firmeza, señalándome con el dedo—. Quiero que te cases y quiero un maldito nieto antes de ser demasiado vieja para cogerlo en brazos, y haré lo que haga falta para conseguirlo.