CAPÍTULO 28. Sesenta días #2
Firmamos las nuevas condiciones una vez que estuvieron completas. No era un ascenso decorativo ni una recompensa por haber aguantado nuestros errores. Era un puesto distinto, con una remuneración y una autoridad distintas, que tendría que demostrar su utilidad en la práctica.
Berta guardó su copia.
—Quiero dejar algo claro —añadió.
Leo y yo la miramos.
—Esto no significa que os vaya a librar de tener reuniones incómodas. Voy a seguir diciendo que no cuando algo no se pueda hacer.
—Esa es precisamente la razón por la que necesitábamos cambiarlo —respondí.
Berta sonrió.
Luego abrió el cajón.
Sacó una pegatina azul y la colocó sobre la carpeta de su nuevo puesto.
Aquello sí me hizo llorar un poco.
—No seas exagerada —me dijo, aunque tenía los ojos brillantes.
—No estoy llorando. Tengo una reacción alérgica a las decisiones responsables.
—Pues vas a tener que acostumbrarte.
✦
Pasamos la tarde cerrando pendientes que no desaparecían porque hubiéramos recibido una buena noticia.
Leo incorporó el nuevo calendario de pagos a la previsión de tesorería y comprobó que no se confundiera el préstamo con ingresos comerciales.
Berta aprobó la preparación del siguiente encuentro de Tándem y descartó una petición que habría añadido material innecesario sin aumentar el valor del servicio.
Yo llamé a Mónica para confirmar los siguientes pasos de Norte y el plazo de entrega de un documento.
No teníamos la facturación de antes. Ya no podíamos sostener la misma estructura ni seguir aceptando cualquier proyecto por miedo. Habíamos reducido gastos que no aportaban valor, organizado mejor las compras y aprendido a presupuestar un trabajo antes de convertirlo en una promesa.
Tampoco habíamos eliminado los días malos.
Había una factura pendiente de cobro que seguíamos reclamando y una posible cuenta que quizá nunca llegara a firmarse.
El banco había aceptado una operación basada en una proyección conservadora, no en la garantía de que nuestros clientes iban a cumplir siempre.
A media tarde, cuando el teléfono sonó por tercera vez con una consulta que podía atenderse al día siguiente, lo dejé sonar.
Berta levantó la vista.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy comprobando si existe el universo cuando no respondo inmediatamente.
—¿Y?
—Parece que sí.
Leo cerró la carpeta bancaria y se levantó.
—Tengo que hablar con vosotros de mi horario a partir del quince.
Se me encogió un poco el estómago. La fecha había estado ahí desde el primer día. Ahora llegaba acompañada de una empresa que seguía viva.
—Habla —dije.
—Mi consultoría sigue en pie. Mantendré las funciones societarias que hemos definido, con reuniones de seguimiento y decisiones de supervisión en horarios pactados.
No voy a figurar como responsable operativo de eventos en los que no pueda estar.
Si un proyecto requiere esa dedicación, tendrá que contemplarla de verdad.
Berta abrió su calendario.
—Entonces para producción el interlocutor diario soy yo. Si necesito aprobación por una inversión extraordinaria, sé a quién pedirla y con qué plazo. Y si no llega a tiempo, no comprometo al proveedor.
—Exactamente —dijo Leo.
Yo tomé aire.
—Y la propuesta creativa seguirá siendo mía. No quiero acabar siendo la persona que solo firma presupuestos mientras otro decide cómo debe sentirse un evento.
Leo me miró con una sonrisa.
—Sería desperdiciar uno de nuestros principales problemas.
—¿Problemas?
—Tu capacidad para imaginar cosas que no se me habrían ocurrido.
—Te has librado porque ha empezado como un elogio.
Berta puso los ojos en blanco.
—Os recuerdo que yo soy la persona con autoridad para cerrar esta reunión.
Nos echamos a reír.
La dejó cerrada a las seis y cuarto, justo cuando terminaba el horario acordado.
✦
En recepción, Alma nos vio salir con las chaquetas puestas.
—¿Os han comprado la empresa o es que ha ocurrido algo extraordinario? —preguntó.
—Hemos firmado una financiación que tendremos que devolver —respondí—. No es exactamente una historia para brindar con champán.
—Suena bastante adulta.
—Horriblemente.
Alma nos felicitó sin preguntar por los números. Después quiso saber si la reserva de sala del martes siguiente seguía en pie, porque otra persona había preguntado por ella.
Berta consultó el calendario.
—Sí. Está confirmada dentro del horario contratado. Y la devolución de la sala será a la hora acordada.
Alma la miró con aprobación.
—Contigo es un placer trabajar.
—Eso dile a mis jefes —respondió Berta.
—Socios —corregí—. Y alguno especialmente difícil.
Leo hizo una inclinación mínima de cabeza.
—Presente.
Berta se despidió para irse a casa. La vimos bajar la escalera sin llevarse una caja, una duda ni el trabajo de una persona más.
Nos quedamos frente a la puerta de La Azotea.
En abril yo habría dado cualquier cosa por que alguien me prometiera que, al terminar los sesenta días, Fuera de Guion seguiría siendo la misma empresa y Leo volvería a trabajar conmigo como antes.
Lo que teníamos era otra cosa.
Una agencia más pequeña que podía calcular sus costes.
Una responsable de producción que tenía capacidad de decisión.
Un socio que empezaría un trabajo propio sin desaparecer de su responsabilidad empresarial.
Y una directora creativa que había aprendido a vender mejor sin prometerse entera con cada contrato.
No era el futuro que yo había imaginado.
Era uno en el que podía reconocerme.
—¿A qué hora hemos quedado para cenar? —preguntó Leo.
—A las ocho.
—Entonces tenemos tiempo.
Sacó el teléfono para comprobar algo. Yo hice lo mismo por costumbre. Nos miramos con los dos aparatos en la mano.
—No —dije.
—No —repitió.
Los pusimos en silencio y los guardamos.
Leo abrió la puerta. Afuera quedaba luz y la gente caminaba sin saber que acabábamos de terminar una cuenta atrás de sesenta días.
Me cogió de la mano.
Habíamos aprendido a decir que no a lo que nos destruía. A un cliente que quería horas infinitas. A un modo de trabajar que convertía cada idea en una urgencia. A la costumbre de utilizar el miedo como argumento.
No nos habíamos salvado con un beso.
Pero, después de hacer todas aquellas cosas difíciles, decirnos que sí había empezado a parecer algo extraordinariamente sencillo.
Salimos juntos de La Azotea.
Y esta vez no había ninguna caja que nos estuviera esperando.