No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) EPÍLOGO. Fuera de horario
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EPÍLOGO. Fuera de horario

EPÍLOGO

Fuera de horario

Seis semanas después

El primer problema de aquel jueves no fue un cliente, ni una factura ni una impresora.

Fue una planta.

La habían dejado en recepción de La Azotea con una nota que decía «Para Fuera de Guion. Gracias por todo», pero nadie había indicado quién debía regarla. Alma nos llamó a los tres para resolver la cuestión como si se tratara de un conflicto diplomático.

—No pienso añadir una planta desconocida a mis obligaciones —anunció—. Ya tengo dos que me juzgan desde la ventana.

Berta examinó la maceta.

—¿Quién la ha enviado?

—Marta, de Tándem —dije al leer la tarjeta—. Por la sesión de julio. Todavía nos quedan otras hasta noviembre.

Leo, que había venido a la reunión de seguimiento semanal, observó las hojas con cautela.

—Hay que comprobar cuánto riego necesita.

—No —intervine—. Tenemos prohibido convertir un agradecimiento en otro protocolo.

—Entonces se morirá.

—Ha sobrevivido al transporte hasta Madrid. Es más de lo que puedo decir de algunas plantas de mi casa.

Alma se cruzó de brazos.

—Si la dejáis aquí, será vuestra. No del coworking.

—La ponemos en nuestra ventana —decidió Berta—. Y Nora se encarga de no colocarla encima del archivador caliente.

—Te estás aprovechando de tu nueva autoridad —le dije.

—Me la habéis dado por escrito.

La planta acabó junto al cristal, al lado de una bandeja donde Berta guardaba los proyectos pendientes de validación. Allí tenía luz, espacio y un futuro que no dependía de que nadie respondiera correos a medianoche.

Me limité a apartar la planta del aire caliente del archivador. Berta me observó como si acabara de superar una evaluación práctica.

✦

Fuera de Guion seguía funcionando.

No nos habíamos convertido en una agencia de moda que apareciera en revistas de negocios.

Tampoco habíamos recuperado de golpe la facturación que se llevó Senda.

Al programa semestral de Tándem se había sumado otro más breve: Clara consiguió a mediados de junio la aprobación de su junta para tres sesiones mensuales con la asociación.

Norte había contratado también una jornada pequeña para julio.

Teníamos dos acuerdos recurrentes de duración limitada, varios encargos puntuales y un calendario donde las fechas sin contratos ya no se coloreaban como si fueran ventas.

Pagábamos a los proveedores conforme a lo pactado.

El préstamo de quince mil doscientos euros que había sustituido la póliza seguía allí.

La primera cuota, de unos cuatrocientos sesenta y seis euros, ya se había cargado en julio; teníamos que preparar las treinta y cinco restantes.

Entre los márgenes de Tándem, las sesiones de Clara y el encargo de Norte había apenas un colchón después de atender la estructura, sin contar posibles retrasos ni imprevistos.

Un cliente, de hecho, se había retrasado con una factura de junio y lo estábamos reclamando.

Ninguna de esas cosas resultaba especialmente fotogénica.

La diferencia era que podíamos verlas venir.

Berta dirigía producción. Tenía su revisión salarial formalizada y no necesitaba recurrir a ninguno de nosotros para decidir si un montaje tenía medios suficientes.

Yo seguía vendiendo y diseñando, pero cuando un cliente preguntaba por una fecha, comprobaba la viabilidad antes de prometerla.

Leo supervisaba las cuestiones financieras y societarias dentro del horario que habíamos acordado, además de atender su consultoría externa.

Al principio nos costó.

El primer martes que Leo no vino al despacho, estuve a punto de escribirle tres veces para preguntarle algo que Berta podía resolver. La cuarta me quedé mirando el teléfono y entendí que lo que quería preguntar no tenía nada que ver con una factura.

Le escribí: «He visto una película que te va a parecer maravillosa y es objetivamente terrible».

Respondió a la hora de comer: «El sábado la defendemos en igualdad de condiciones».

Aquel sistema resultó considerablemente más eficaz que nuestro anterior método de comunicación.

✦

A las once llegó la incidencia de verdad.

Un cliente había pedido ampliar una sesión mensual de coordinación para incluir a otras doce personas de un equipo nuevo. La reunión se celebraría la semana siguiente. El espacio original no admitía tantas sillas en la disposición acordada y la preparación de materiales también cambiaría.

Berta recibió la petición directamente.

—Podemos hacerlo de dos maneras —explicó por teléfono—.

Mantener el formato y dividir a los participantes en dos sesiones, con el coste adicional correspondiente, o conservar la sesión contratada y organizar otra para el equipo nuevo en agosto.

En la sala prevista no cabe la ampliación tal y como está diseñada.

Escuchó la respuesta y tomó notas.

—Entiendo que queráis que estén todos juntos —dijo—, pero eso exigiría otra sala y otro formato. Os preparo esa alternativa si queréis estudiarla, sin comprometer el montaje que ya tenéis contratado.

Colgó.

Yo estaba a dos mesas de distancia, revisando una propuesta creativa. Levanté el pulgar sin interrumpirla.

Berta se acercó.

—Quieren presupuesto para las dos opciones. He bloqueado treinta minutos para revisar espacios, no una fecha entera. Y necesito que me confirmes si las adaptaciones de contenido requieren trabajo creativo adicional.

—Lo requieren —respondí—. No mucho, si mantenemos los mismos casos, pero tenemos que revisar los ejemplos para el equipo nuevo.

—Entonces lo incluyo.

—Perfecto.

Se marchó a su mesa. Nadie había tenido que salvar la situación dando una respuesta heroica. Nadie había prometido más por miedo a perder al cliente. Lo extraordinario, a esas alturas, era lo normal que empezaba a parecernos.

A mediodía terminamos nuestra reunión semanal.

Leo había revisado los números del mes, señalado dos pagos pendientes y confirmado el siguiente vencimiento del préstamo.

Berta había presentado una planificación de cargas que dejaba huecos para imprevistos reales, no una jornada imaginaria de catorce horas.

Yo había preparado dos propuestas pequeñas, de las cuales una quizá no se vendería nunca.

Las revisamos sin discutir delante de nadie quién creía más en las ideas.

Al salir de la sala, Leo me rozó la mano.

—¿Comemos juntos? Tengo una hora antes de volver a la consultora.

—He quedado con Celia.

—Entonces no.

—Puedes venir, si te apetece. Pero te advierto que sigue esperando que le devuelvas el libro.

—Lo tengo en la mochila.

Lo miré, escandalizada.

—¿Has venido con un libro a una reunión financiera?

—He mejorado mis prioridades.

✦

Celia nos recibió en Margen con una pila de novedades y una expresión de triunfo cuando Leo le entregó el ejemplar atrasado.

—Tres años —dijo ella.

—Lo terminé en mayo —respondió él.

—Eso no mejora la historia.

Mi hermana revisó el libro como si fuera una prueba judicial. Estaba en perfecto estado, salvo por una esquina doblada que Leo señaló antes de que ella pudiera descubrirla.

—Reconozco los daños —dijo.

—Habrías sido un pésimo delincuente —comenté.

—Habría sido un delincuente organizado.

Celia soltó una carcajada y guardó el ejemplar bajo el mostrador.

Comimos en una terraza cercana. Mi hermana habló de una autora que presentaría su próxima novela en septiembre, Leo contó una anécdota de su consultoría que no revelaba nada de sus clientes y yo conseguí pasar cuarenta minutos sin mencionar una propuesta comercial.

Celia me observó con la atención que reservaba a los fenómenos improbables.

—Estás muy rara —dijo.

—¿Por qué?

—Llevamos casi una hora juntas y no has comprobado el correo.

—A veces una aprende.

—No exageres. Aún llevas cuatro cuadernos en el bolso.

—Tres.

Leo y Celia se miraron.

—El cuarto está debajo de la servilleta —dijeron a la vez.

Los odié a ambos durante aproximadamente dos segundos.

Después nos reímos.

✦

Al regresar a La Azotea por la tarde encontré a Alma explicándole el funcionamiento del coworking a una persona nueva. Llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía escuchar cada condición de uso con una concentración poco habitual.

—La terraza se reserva por horas —decía Alma—. Y los espacios compartidos no son propiedad de quien llega primero.

La persona asintió.

—¿Y si necesito organizar algo que todavía no sé muy bien cómo va a ser?

Alma señaló nuestro despacho a través del cristal.

—Entonces quizá te interese hablar con gente que ha aprendido por las malas a decidirlo antes de contratar una sala.

Levanté una mano a modo de saludo. La persona sonrió, todavía sin saber si aquello era una recomendación o una advertencia.

Alma siguió enseñándole el espacio.

No pregunté quién era ni qué proyecto traía. Teníamos nuestro trabajo y La Azotea seguía siendo un lugar donde otras personas podían empezar el suyo. Me gustó imaginar que algún día alguien más contaría una historia que no necesitara girar alrededor de nosotros.

A las seis, Berta salió con el bolso al hombro.

—He enviado al cliente las dos alternativas. Si elige una, mañana confirmo recursos. Si quiere otra cosa, se vuelve a presupuestar.

—Perfecto —dije.

—Y la planta se riega el lunes. Lo he puesto en el calendario.

Leo levantó las cejas.

—Me parece un sistema sensato.

—Ninguno de los dos tiene permiso para crear un comité de jardinería —respondió Berta.

Nos despedimos entre risas. Se marchó sin llevarse trabajo a casa.

Yo guardé mis cosas. Leo había terminado ya su jornada de supervisión y me esperaba junto a la puerta.

—¿Cine? —preguntó.

—¿Qué ponen?

Me enseñó el cartel de una película con un argumento tan disparatado que tuve que leerlo dos veces.

—Los protagonistas podrían resolverlo hablando cinco minutos.

—Entonces no habría película.

—¿Esperamos a los créditos?

—Por supuesto.

Apagué la luz del despacho.

La planta seguía en la ventana. La agencia seguía siendo pequeña. Había facturas por cobrar, clientes por atender y decisiones que seguramente nos harían discutir alguna vez. Leo no trabajaba ya conmigo todos los días, y cuando lo hacía no intentábamos fingir que volvíamos a ser los de antes.

No éramos aquellos socios.

Éramos mejores compañeros de trabajo precisamente porque habíamos dejado de pedirle a la empresa que ocupara toda nuestra vida.

Y éramos una pareja porque, después de terminar la jornada, seguíamos eligiendo estar juntos.

Leo me ofreció la mano.

—¿Vienes?

La cogí.

Afuera todavía era de día y no teníamos ninguna urgencia que justificara quedarnos.

—Voy —respondí.

Fuera de horario, por fin, significaba exactamente eso.