CAPÍTULO 28. Sesenta días
Sesenta días
Llegamos al banco con siete minutos de antelación.
Leo llevaba una carpeta. Yo, un bolso en el que había metido el móvil, las llaves y un bolígrafo que no funcionaba. Habíamos conseguido presentar el mismo problema durante sesenta días de formas distintas, pero aquella mañana ya no se me ocurría ninguna nueva.
La sucursal olía a aire acondicionado y a papel recién impreso.
Una mujer esperaba para hacer una transferencia.
Un señor discutía con una máquina que no reconocía su tarjeta.
Nadie parecía consciente de que nuestra empresa estaba a punto de recibir una respuesta que llevaba dos meses persiguiéndonos.
—¿Quieres agua? —preguntó Leo.
—No. Si bebo algo, tendré que levantarme a mitad de la reunión y no me apetece parecer una fugitiva.
—No sería una fuga. Tendrías derecho a volver.
—Qué tranquilizador resulta salir con alguien que distingue tan bien los supuestos.
Sonrió, pero tenía las manos frías cuando me rozó los dedos.
Aquello me impresionó más que todas sus advertencias anteriores.
—Estás nervioso —dije.
—Mucho.
Lo miré.
—No me lo habías dicho.
—Me parecía bastante evidente.
—Llevas una carpeta ordenada por separadores. Esa es tu expresión habitual de tranquilidad.
—Los separadores ayudan a estar nervioso con cierto método.
Me reí. El hombre de la máquina nos miró con desaprobación. En otro momento me habría importado. Aquella mañana agradecí tener un motivo, aunque fuera pequeño, para no quedarme mirando la puerta del despacho de Eva Moreno.
Cuando nos llamó, Leo guardó el teléfono. Yo hice lo mismo.
No porque una decisión bancaria mereciera un ritual. Porque por primera vez íbamos a escucharla sin intentar atender otras diez cosas a la vez.
✦
Eva nos recibió con el expediente abierto.
No había sonrisas de felicitación ni expresiones preparadas para una mala noticia. Me ofreció asiento y señaló la primera hoja.
—Hemos terminado el análisis —dijo—. La entidad ha autorizado una operación para sustituir el saldo dispuesto de la póliza por una financiación amortizable, bajo unas condiciones concretas.
La frase tardó un segundo en encontrar sitio dentro de mi cabeza.
—¿Eso significa que podemos seguir? —pregunté.
Eva apoyó las manos sobre la mesa.
—Significa que el banco acepta formalizar una solución para esa deuda, si firmáis las condiciones que vamos a revisar. No significa que la empresa deje de tener riesgos ni que os concedamos dinero nuevo.
Me pareció la respuesta más hermosa que había escuchado en una sucursal.
Leo se inclinó hacia el documento.
—¿Se cancela la capacidad de disposición de la póliza?
—Sí. La línea de veinticinco mil euros no se renueva como crédito disponible.
Partíais de diecisiete mil ochocientos euros dispuestos y, después de los cobros y pagos de estas semanas, habéis reducido el saldo neto en dos mil seiscientos.
Quedan quince mil doscientos euros. Esa es la cantidad que se convertiría en un préstamo con calendario de amortización y cuota definida.
Aquí tenéis el cuadro de pagos, el tipo aplicable y las condiciones de formalización.
Eva nos dejó tiempo para leer.
No estaba regalándonos nada. El banco cobraría intereses; nosotros tendríamos pagos periódicos y no podríamos volver a disponer de la póliza para tapar semanas malas. El dinero que ya habíamos utilizado seguía siendo dinero que debíamos devolver.
Pero el vencimiento del tres de junio dejaba de ser una pared contra la que estrellarnos de golpe.
—¿Qué ha pesado en la decisión? —pregunté.
—La documentación —respondió Eva—. Habéis identificado lo cobrado y lo pendiente sin mezclarlo.
Hay contratos firmados que respaldan actividad futura, aunque no equivalgan a efectivo disponible.
Habéis reducido el saldo utilizado, tenéis costes más ajustados y habéis presentado un escenario conservador.
La propuesta de funcionamiento es más pequeña que antes, pero es verificable.
Leo pasó a la última hoja.
—¿Qué seguimiento tendremos que aportar?
Leo siguió con el dedo una fila del cuadro.
—Treinta y seis cuotas mensuales de unos cuatrocientos sesenta y seis euros, a un tipo fijo del seis y medio por ciento nominal anual. La primera, en julio.
—Correcto —confirmó Eva—. El importe exacto y las fechas están en el cuadro de amortización. Sin nueva disposición de crédito.
Nos explicó después la información periódica que requería la operación, el coste total, las consecuencias del incumplimiento y el procedimiento para formalizarla ese mismo día. Lo repasamos con la documentación que la asesoría nos había ayudado a preparar.
Yo tenía ganas de firmar antes de que alguien cambiara de opinión.
Leo hizo dos preguntas.
Una sobre la primera cuota. Otra sobre si un pago anticipado futuro tendría costes adicionales.
No me molestó que las hiciera.
Lo más extraño de aquella mañana fue descubrir que podía querer tanto que nos dieran una solución y, al mismo tiempo, agradecer que nadie nos dejara firmarla sin entenderla.
—No vamos a pediros un aumento de límite —dije cuando Eva terminó—. Necesitamos una estructura que podamos atender sin volver a utilizar crédito para pagar trabajo que no deja margen.
—Eso es lo que debéis demostrar después de salir por esta puerta —respondió.
Tenía razón.
Firmamos los documentos de formalización tras comprobar las condiciones. Eva nos entregó las copias y confirmó el calendario. La póliza quedaba sustituida por la nueva operación según lo acordado.
No hubo aplausos.
Tampoco apareció un cheque gigante con nuestro nombre.
Salimos con una obligación que seguía existiendo, distribuida ahora de una manera que podíamos planificar, y con una empresa que todavía tendría que ganar dinero haciendo bien su trabajo.
Fuera, el sol caía sobre la acera con una indiferencia considerable.
Me detuve junto a la puerta.
—No cerramos hoy —dije.
Leo miró nuestras copias.
—No. Hoy no.
—Y no nos han dado veinticinco mil euros nuevos.
—No.
—Y seguimos teniendo clientes que pueden pagar tarde, gastos que atender y proveedores a los que debemos tratar como profesionales.
—También.
Lo miré.
—Me parece estupendo. Odio lo razonable que resulta todo esto.
Leo soltó una carcajada y se pasó una mano por el pelo. Era la primera vez que lo veía relajarse del todo aquella mañana.
Después me abrazó.
No fue un abrazo para celebrar que éramos ricos ni que nunca volveríamos a tener problemas. Fue el abrazo de dos personas que habían pasado dos meses imaginando una puerta cerrada y acababan de comprobar que, con trabajo y condiciones, podían seguir cruzándola.
Me quedé allí un instante, con la carpeta entre los dos.
—Gracias por volver en abril —dije.
Leo se apartó lo justo para mirarme.
—Gracias por dejarme entrar.
—No te pongas sentimental. Tenemos una empresa pequeña y mucho que aprender.
—Eso pensaba decirte.
Lo besé antes de que pudiera añadir una cláusula.
✦
Berta nos esperaba en La Azotea.
No estaba paseándose nerviosa por el despacho ni vigilando el teléfono. Había terminado el informe de la primera sesión de la asociación y estaba comprobando las horas reservadas para preparar el siguiente encuentro de Tándem.
—¿Y? —preguntó en cuanto entramos.
No intenté crear suspense.
—El banco ha aprobado y hemos formalizado la reestructuración del saldo pendiente. Sin dinero nuevo. Con cuotas y un calendario que podremos incluir en la tesorería.
Berta dejó el bolígrafo.
—¿Habéis firmado ya?
—Sí —respondió Leo—. Tenemos las condiciones y el plan de pagos. Ahora toca cumplirlo.
Se quedó callada. Después apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces vamos a poder tener la conversación de mi contrato sin que la respuesta sea «ya veremos qué dice el banco».
Sentí ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
—Exactamente —dije.
No esperaba menos de ella. Mientras Leo y yo acabábamos de regresar del drama bancario, Berta llevaba semanas preocupándose por algo que también determinaba su vida: qué trabajo haría, cuánto cobraría y quién decidiría cuándo las cosas no podían hacerse.
Habíamos revisado con la asesoría el texto de sus nuevas condiciones.
No habíamos prometido convertirla en directora de una empresa gigantesca ni pagarle un sueldo que nuestros números no permitieran sostener.
La propuesta incluía la responsabilidad formal de producción, una revisión retributiva asumible, tiempo asignado para desarrollar formatos recurrentes y un procedimiento escrito para detener una confirmación operativa sin medios suficientes.
Los cuatro mil seiscientos euros de gasto fijo mensual que habíamos presentado al banco incluían ya esa mejora salarial: el recorte salía principalmente de nuestras remuneraciones y de servicios que podíamos cancelar, no del trabajo de Berta.
—Quiero revisar la versión final —dijo.
—Por supuesto.
Nos sentamos los tres.
Berta leyó despacio. Preguntó qué sucedería cuando dos clientes solicitaran fechas incompatibles.
Leo señaló el procedimiento de priorización y validación de carga.
Ella comprobó que constara que no sería responsable de conseguir personal adicional sin presupuesto.
También revisó cómo se compensarían las jornadas especiales y qué decisiones requerirían todavía autorización societaria.
—Hay algo que quiero añadir —dijo.
Cogí un bolígrafo que sí escribía.
—Dinos.
—Si rechazo la viabilidad de un encargo, no puede aprobarse por otro canal y llegarme como un hecho consumado. Si queréis revisarlo, habrá una reunión con la información necesaria. Y si no hay recursos, no se acepta.
—Lo incorporamos —respondí.
La asesora, conectada por videollamada para revisar la formalización, confirmó cómo reflejar aquella atribución y la modificación salarial en la documentación laboral. Actualizó el texto y nos lo devolvió para lectura.
Berta lo repasó por última vez.
—Así sí —dijo.