No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 27. El riesgo que elijo
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CAPÍTULO 27. El riesgo que elijo

El riesgo que elijo

A dos días del vencimiento bancario, descubrí que la espera tenía un sonido.

Era el pequeño aviso del correo cuando no contenía noticias de Eva Moreno.

A las nueve y media había recibido una factura, dos invitaciones a seminarios que no necesitábamos y un mensaje de un proveedor preguntando por la fecha de un encargo que todavía no estaba confirmado. Ninguno empezaba por «En relación con su solicitud de financiación».

—Vas a desgastar la tecla de actualizar —observó Berta.

—Estoy comprobando la eficiencia del sistema.

—El sistema es eficiente. La que está haciendo pruebas de resistencia eres tú.

Tenía razón, como de costumbre.

La carpeta financiera estaba presentada.

Los contratos de Tándem y Norte figuraban identificados con su calendario de cobros y los costes necesarios para prestarlos.

La sesión de la asociación estaba entregada y su factura final emitida.

El pago parcial de la deuda antigua aparecía en los extractos.

Nuestro cuadro de tesorería no prometía que todos los clientes pagaran a tiempo ni que cada conversación comercial fuera a convertirse en un contrato.

Eva había acusado recibo el lunes y pedido una aclaración sobre las fechas de uno de los cobros previstos. Leo se la había enviado esa misma mañana, respaldada por la orden correspondiente. No había ninguna otra información que pudiéramos fabricar para acelerar la decisión.

—Voy a quitar las notificaciones —anuncié.

Berta levantó la vista.

—¿De verdad?

—Durante una hora.

—Es un comienzo.

Leo apareció con la chaqueta puesta y una carpeta más pequeña que las habituales.

—Tengo una reunión fuera hasta el mediodía —dijo—. La consultora quiere terminar la preparación de mi incorporación del quince de junio. Después vuelvo para revisar lo que nos pida la asesoría.

El anuncio me produjo una tristeza inesperada. No porque no supiera que aquello iba a suceder, sino porque ver la fecha convertida en una reunión real era distinto de tenerla anotada en una hoja.

—Que vaya bien —respondí.

Leo me miró, quizá buscando alguna señal de que había cambiado de opinión sobre lo que habíamos hablado el domingo.

No la había cambiado. Pero tampoco podía fingir que no me daba miedo.

—Luego hablamos —añadí.

Se acercó lo justo para apretar brevemente mi mano. Lo hizo cuando Berta estaba ordenando unas carpetas, pero no con el aire clandestino de quien esconde un delito. Simplemente seguíamos sin haber tenido la conversación que le debíamos como compañera de trabajo.

Cuando Leo salió, Berta se sentó frente a mí.

—¿Podemos hablar de algo que no esté en la hoja de cálculo?

Sentí cómo mi estómago daba un salto.

—Sí.

—Bien. Porque lleváis dos semanas mirándoos como si alguien hubiera cambiado la distribución de la oficina.

Me quedé callada. Berta cruzó las manos sobre la mesa.

—No necesito detalles —añadió—. Solo necesito saber si está pasando algo que pueda afectar a mi trabajo.

La miré directamente.

—Sí. Leo y yo estamos juntos. Empezamos a salir después del evento de Norte.

Berta me sostuvo la mirada durante un segundo. Luego asintió con la calma de quien acaba de recibir la confirmación de un dato que ya tenía registrado.

—Lo imaginaba.

—Queríamos hablarlo contigo los dos —dije—. No para pedirte permiso ni para que guardaras un secreto. Debíamos haberlo hecho antes.

—Lo habéis dejado para cuando os he preguntado —observó.

—Sí. Y lo siento.

Berta no hizo una broma. Tampoco pareció escandalizada.

—No tengo ningún problema con que salgáis —dijo—. Tengo un problema con volver a convertirme en la persona que gestiona lo que no resolvéis entre vosotros.

La frase me dejó sin escapatoria.

—No vamos a pedirte que hagas eso.

—Entonces dejadlo claro cuando estéis los dos delante. Si hay una discrepancia de trabajo, se resuelve siguiendo el procedimiento que hemos diseñado. Si hay una discusión personal, no me corresponde arreglarla. Y mis condiciones no cambian según cómo esté vuestra relación ese día.

—De acuerdo.

—Tampoco quiero que la parte de mi puesto se convierta en un favor porque os parece que he sido comprensiva.

—No lo será. Tu propuesta salarial y de funciones se negociará por su valor y por lo que la empresa pueda sostener. No tiene nada que ver con nosotros.

Berta respiró, más tranquila.

—Estupendo. Ahora sí podemos volver a las facturas.

Se levantó, pero antes de salir se detuvo en la puerta.

—Y, Nora...

—Dime.

—Me alegro de que estés contenta. Solo procura que la parte feliz no nos complique la nómina.

Solté una carcajada.

Era una forma de cariño muy propia de Berta. No necesitaba ninguna ceremonia más.

✦

Al mediodía tuve una reunión con Clara para revisar si el formato que Berta había dirigido el sábado podía repetirse durante el verano.

Leo no estaba. Berta estaba preparando el informe de la primera sesión y tampoco necesitaba asistir: ya había definido el alcance y las preguntas que debíamos plantear.

Fui sola.

La reunión duró veinticinco minutos. Clara explicó que había recibido comentarios positivos y que algunos asociados querían utilizar el mismo sistema con equipos distintos.

Le presenté dos opciones: sesiones independientes para necesidades puntuales o un pequeño programa de varios encuentros, con preparación y seguimiento.

No le prometí que Berta estaría disponible cualquier día que lo pidieran.

Le ofrecí unas fechas sujetas a confirmación y un procedimiento para reservarlas.

—Me gusta que lo tengáis tan claro —dijo Clara—. La última vez trabajamos con una empresa que aceptó todos nuestros cambios hasta el día anterior. El día del encuentro estaban agotados y se olvidaron de la mitad de las cosas.

—Nosotros también hemos aprendido a tener las fechas claras —respondí—. A veces de la manera más cara.

Clara se rio.

No firmamos nada. Quedamos en que consultaría el presupuesto con su junta y nos contestaría la semana siguiente. Cerré la reunión sin sentir que había fracasado por salir de una sala sin contrato.

Mientras caminaba hacia La Azotea, me di cuenta de que acababa de vender nuestro trabajo sin Leo a mi lado y sin hacer una promesa que Berta tendría que corregir.

Era algo que había sabido hacer antes, por supuesto.

La diferencia estaba en que ahora sabía cuándo dejar de hacerlo.

✦

Leo regresó a las dos. Venía con el pelo algo despeinado por el viento y una bolsa de pan que había comprado de camino.

—¿La reunión? —pregunté cuando entró.

—Bien. Me han confirmado la incorporación del quince y el calendario inicial. Tendré días de trabajo con ellos y otros que podré organizar, pero no quiero planificar aún horas de Fuera de Guion como si estuvieran libres. Necesito ver cómo es la dedicación real.

—Me parece sensato.

—¿Eso es bueno?

—Muy sospechoso, pero bueno.

Sonrió.

Le conté la conversación con Berta en cuanto pudimos reunirnos los tres. No esperé a que él adivinara nada.

—Debíamos habérselo dicho antes —admití—. Ella ha sido clara en lo que espera de nosotros y estoy de acuerdo.

Leo se volvió hacia Berta.

—Yo también. Siento que hayas tenido que preguntar. Ninguna decisión sobre tu puesto ni sobre la organización va a depender de nuestra relación. Si discrepamos como socios, lo resolveremos nosotros, con los límites que hemos aprobado.

Berta asintió.

—Perfecto. No necesito que me expliquéis vuestro calendario sentimental. Necesito que no se mezcle con el mío.

La frase nos hizo reír a los tres.

Después abrió la propuesta formal que había preparado la asesoría sobre su puesto.

Todavía no podíamos prometer una modificación firme sin resolver la financiación, pero teníamos las funciones redactadas y una revisión salarial identificada para formalizar si se confirmaba la continuidad.

Berta señaló dos puntos que quería aclarar antes de aceptar: el alcance de su autorización de producción y qué ocurriría cuando coincidieran varios encargos en una misma semana.

Lo anotamos. No firmamos nada que aún no pudiéramos cumplir.

A las cuatro recibimos un correo de Eva: el expediente estaba completo para su revisión final, pero la decisión sobre la reestructuración se comunicaría en la reunión del jueves.

Si se aprobaba, tendríamos que revisar las condiciones precisas de amortización y el límite resultante.

Si no, deberíamos activar las alternativas que habíamos preparado con la asesoría.

Leí el mensaje en voz alta.

Ninguno celebró nada.

—Entonces el jueves sabremos a qué atenernos —dijo Leo.

—Siempre que no nos pidan otra documentación —respondí.

—No nos la están pidiendo ahora.

Miré la fecha en el calendario. Dos días. Había empezado abril pensando que sesenta días eran un tiempo larguísimo para cambiar una empresa. Ahora me parecía sorprendente haber vivido tantas cosas dentro de ellos.

✦

A las siete Leo vino a buscarme. Habíamos acordado pasar por mi casa a cenar algo y revisar, si nos apetecía, las entradas de una exposición que él había encontrado.

Abrí la puerta antes de que llamara por segunda vez.

—¿Qué traes? —pregunté al ver la bolsa.

—Pan, tomates y algo para cenar. He preguntado antes de comprar. Una costumbre que últimamente recomiendo.

—Me parece bien que apliques el procedimiento comercial a los aguacates.

—Los aguacates tienen un margen de incertidumbre importante.

Dejó la compra en la cocina. Mi casa tenía libros apilados en sitios poco razonables y tres cuadernos abiertos sobre una mesa en la que no trabajaba desde hacía semanas. Había una planta medio inclinada junto a la ventana y una taza de café que había olvidado recoger aquella mañana.

Leo observó todo con discreción.

—Esperaba una pared de planificación creativa —dijo.

—La tengo dentro de la cabeza. Es bastante peor.

Cenamos en la mesa pequeña de la cocina.

No abrimos el correo del banco ni el documento de Berta.

Hablamos de un viaje que a Leo le habría gustado hacer por el norte de Portugal, de la librería de Celia y de una canción que sonaba en la radio cuando él estudiaba y que yo recordaba de otra época completamente distinta.

Después recogimos juntos. No porque una escena romántica necesite dos personas lavando platos, sino porque yo tenía un fregadero pequeño y él no consideraba que ayudarme fuese un favor extraordinario.

Cuando terminamos, nos sentamos en el sofá. Leo me acercó una de las entradas que había impreso para la exposición.

—Es el sábado cinco —dijo—. Si te apetece, podemos ir.

Las fechas de junio parecían pertenecer a otro mundo.

—Puede que el jueves tengamos que empezar a preparar el cierre de la agencia —respondí.

—Sí.

—Puede que yo tenga que buscar otro trabajo. O empezar de nuevo con algo más pequeño. No sé cuánto tiempo voy a tener para hacer planes.

Leo dejó las entradas sobre la mesa.

—No quiero que hagas planes que no deseas solo para que parezca que esto va a salir bien.

—Tampoco quiero que pienses que tienes que quedarte en Fuera de Guion por mí.

—No lo pienso.

Me quedé mirando sus manos. Era extraño que estuvieran tan cerca y, al mismo tiempo, que ninguna de las decisiones importantes se hubiera vuelto más fácil.

—Tengo miedo de que el jueves, si el banco dice que no, empiece a enfadarme con todo. Contigo, con la empresa, conmigo misma. Y que acabe creyendo que tenemos que elegir entre salvar algo juntos o estar juntos.

Leo se volvió hacia mí.

—Podemos enfadarnos. Podemos discutir cómo cumplir con nuestras obligaciones. Incluso podemos decidir que no queremos seguir siendo socios de la misma manera. Pero no voy a utilizar eso para decirte si quiero verte el viernes.

—¿Y quieres?

Sonrió apenas.

—Quiero verte el viernes, el sábado y cuando te apetezca. No porque tengamos que terminar un presupuesto. Quiero saber qué película mala has visto, qué te ha contado Celia y por qué tienes cuatro cuadernos distintos para apuntar una sola idea.

—Tres —corregí.

Señaló la mesa.

—El cuarto está debajo del libro.

Maldita su capacidad de observación.

Me reí, y después se me humedecieron los ojos con una facilidad que me avergonzó. No era tristeza exactamente. Era el cansancio de haber defendido tantas cosas con uñas y dientes y descubrir que había una que podía elegir sin convencer a nadie.

—Yo también quiero eso —dije—. Pero necesito seguir siendo yo. Quiero que mis ideas tengan espacio. Quiero dirigir la parte creativa de la empresa si podemos mantenerla, y si no, encontrar otra manera de trabajar sin convertirme en alguien que se pasa la vida esperando instrucciones.

—No te pediría otra cosa.

—Y tú vas a empezar tu consultoría el quince de junio.

—Sí. No pienso renunciar a ella.

—Bien.

Nos quedamos mirándonos. Aquella vez la palabra «bien» no significaba que uno hubiera ganado una discusión. Era la respuesta a una verdad que podíamos sostener los dos.

Le cogí la mano.

—Entonces te elijo a ti. No a una versión de ti que trabaja conmigo todo el día. A ti, con tu consultoría, tus discos malos y esa obsesión por comprobar los números.

—Mis discos son excelentes.

—Eso tendremos que negociarlo.

Se echó a reír. Después se inclinó y me besó con una calma que parecía quitarle peso a la habitación.

—Yo te elijo también —dijo—. Aunque sigas creyendo que el problema de una película mala es que los personajes no hablan a tiempo.

—En la mayoría de los casos tengo razón.

—Por eso nunca llegas al final de los créditos.

Apoyé la cabeza en su hombro. Habíamos dicho algo importante y el mundo no había enviado un contrato para firmarlo.

Al cabo de un rato, Leo recogió las entradas de la exposición.

—¿Entonces, el sábado?

—El sábado. Pase lo que pase el jueves.

—¿Y el jueves?

Pensé en Eva, en la carpeta de la asesoría y en el calendario del banco.

—El jueves tendremos una reunión que puede salir mal —dije—. Después quiero cenar contigo.

—¿Aunque nos den malas noticias?

—Especialmente si nos dan malas noticias. No quiero que la vida se quede suspendida hasta que una entidad decida qué hacemos con nuestra empresa.

Leo sacó el teléfono y anotó la hora a la que podíamos encontrarnos.

—¿Una cena sin orden del día? —preguntó.

—Una cena con una única condición.

Alzó las cejas.

—¿Cuál?

—Que no me recuerdes que tenemos que separar los gastos personales de los profesionales mientras pedimos el postre.

—Es una cláusula difícil.

—Tendrás que aceptarla si quieres trabajar conmigo.

Se rio. Yo también.

El banco seguía sin haber decidido nada. La póliza vencía en dos días. Fuera de Guion podía continuar a una escala distinta o podía obligarnos a preparar una despedida que ninguno deseaba.

Pero ya habíamos tomado una decisión que no dependía de aquella reunión.

El jueves, cuando saliéramos del banco, cenaríamos juntos.

Y por primera vez en sesenta días no me pareció necesario saber de antemano cómo terminaría la mañana para atreverme a hacer planes para la noche.