No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 26. Lo que sí sabemos hacer
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CAPÍTULO 26. Lo que sí sabemos hacer

Lo que sí sabemos hacer

La sesión empezaba a las once y a las diez y cincuenta y ocho Berta seguía sentada, bebiendo agua.

No estaba enferma. Tampoco había sufrido una crisis de confianza.

Simplemente no necesitaba levantarse antes de tiempo.

—¿No vas a comprobar nada? —le pregunté.

—Ya lo he comprobado.

—¿Ni siquiera las tarjetas?

—Las he contado ayer.

—¿La pantalla?

—No vamos a utilizar pantalla.

Me miró como si acabara de descubrir que alguien le había cambiado a Nora Beltrán por una persona que hacía preguntas innecesarias.

La asociación de Clara nos había contratado una sesión de coordinación para doce profesionales que colaboraban en proyectos compartidos.

La propuesta de novecientos cincuenta euros se había firmado el jueves, después de que la junta confirmara que el importe encajaba en su partida.

Habíamos presupuestado doscientos treinta euros de costes directos, además de las horas de Berta incluidas en nuestra estructura.

El anticipo de cuatrocientos setenta y cinco euros figuraba ingresado el viernes; la otra mitad se facturaría con la entrega del resumen.

El trabajo de Berta estaba planificado, registrado y compensado conforme a lo acordado.

La sala era de la propia asociación; no habíamos pedido a Alma un espacio gratis ni contratado equipos que no necesitábamos.

Habíamos tardado cinco años en aprender a producir una actividad de una hora y media sin que pareciera la llegada de una compañía de teatro.

—No estoy nerviosa —me dijo Berta.

—Me parece muy bien.

—La que está nerviosa eres tú.

Miré a los asistentes que empezaban a llegar. Clara los saludaba en la puerta, los ayudaba a encontrar asiento y no les ponía acreditaciones con frases inspiradoras. Todo estaba tan poco decorado que, en abril, yo habría sentido la necesidad de llenar una pared entera.

—Es mi primer encargo donde soy prácticamente prescindible —respondí.

—Eso es una buena noticia.

—Está siendo difícil para mi autoestima.

—La autoestima también tiene que aprender a delegar.

Leo apareció a mi lado con dos botellas de agua.

Habíamos acordado asistir a la apertura para saludar a Clara y marcharnos antes del comienzo de la actividad.

Él quería comprobar que el alcance real coincidía con lo firmado; yo, que la relación comercial quedara bien atendida.

Ninguno estaba allí para dirigir la sesión que llevaba el nombre de Berta en la propuesta.

—¿Todo preparado? —preguntó.

Berta alzó su carpeta.

—Si alguien cambia la actividad cuando empiece, tendré un problema. Si nadie lo hace, todo preparado.

Me miró directamente al pronunciarlo.

—Voy a estar muy quieta —prometí.

✦

El jueves había sido uno de los días más extraños de nuestra historia empresarial.

Por la mañana llegó la orden de compra de Tándem.

Marta había revisado el alcance de seis meses, los responsables internos, las fechas de trabajo y el calendario de pagos.

Compras confirmó las condiciones. Nos devolvieron el acuerdo firmado por la persona autorizada, y Leo verificó que correspondía a la versión que Berta había validado.

Aquella vez sí hubo pegatina azul.

Berta la colocó sobre la carpeta de Tándem y después abrió la hoja de carga de trabajo para reservar las horas de preparación. No hizo ninguna celebración teatral. Me habría gustado que me diera permiso para lanzar confeti, pero sospechaba que habría exigido contratar a alguien que lo recogiera.

El contrato no metía seis meses de dinero en nuestra cuenta.

Establecía servicios mensuales y cobros sujetos a sus entregas y condiciones: tres mil ochocientos euros por sesión, preparación y seguimiento, con unos ochocientos cincuenta euros de costes directos presupuestados en cada ciclo.

Quedaban dos mil novecientos cincuenta euros de contribución para sostener el funcionamiento de la agencia; no era el beneficio que pudiéramos llevarnos a casa.

El primer pago estaba pendiente de su fecha de cobro, pero el acuerdo firmado ya permitía incluir esa actividad recurrente en la previsión.

A media tarde enviamos a Eva Moreno el expediente bancario dentro del plazo acordado.

Incluía los extractos, las facturas efectivamente cobradas, las pendientes, la relación de proveedores, el coste fijo revisado y los dos escenarios de tesorería, incluido el que contemplaba un cierre ordenado si no alcanzábamos un acuerdo de financiación.

No hicimos desaparecer el saldo dispuesto de la póliza con una hoja mejor presentada.

Tampoco contamos la campaña de Albor.

El viernes recibimos otras dos noticias.

La primera llegó de un cliente al que Leo llevaba semanas reclamando una factura vencida.

Habían pagado una parte de la deuda y comunicado por escrito la fecha prevista del resto.

El extracto reflejaba el ingreso parcial.

Era menos de lo que necesitábamos, pero ya no estaba en la columna de «nos han dicho que está aprobado».

La segunda fue de Mónica, de Norte Comunicación.

La agencia quería encargar una jornada pequeña para finales de junio.

No buscaban una producción espectacular; querían repetir la estructura que había funcionado en mayo con un equipo diferente.

Después de revisar el presupuesto y el alcance con Berta, Norte emitió su aceptación firmada por cuatro mil doscientos euros, con mil trescientos cincuenta de costes directos previstos.

Acordaron un anticipo para reservar la fecha y emitimos la factura el mismo viernes.

Todavía no figuraba el dinero ingresado, y aquel encargo no era un contrato mensual.

—Es un segundo contrato futuro —dije al cerrar el correo.

—Sí —respondió Leo—. Ahora tenemos que demostrar que los dos caben en nuestro calendario y dejan margen después de hacer el trabajo.

Habría respondido con alguna frase sobre su incapacidad para disfrutar, pero estaba demasiado ocupada sintiendo una satisfacción que no dependía de fingir que aquello ya estaba cobrado.

Guardamos ambos acuerdos y enviamos a Eva un suplemento documental: contratos firmados, importes y costes futuros identificados, y el ingreso parcial que ya aparecía en el banco.

El trabajo contratado para junio aportaba, según nuestro presupuesto, unos cinco mil ochocientos euros después de descontar los costes directos de Tándem y Norte.

Había que atender unos cuatro mil seiscientos de estructura, además de la devolución de la deuda si el banco la repartía en cuotas.

Era un margen estrecho, no una solución garantizada para julio.

Eva confirmó la recepción. Seguía sin haber una decisión sobre la póliza.

Aquella noche dormí mejor que el jueves.

No mucho mejor. Lo justo para distinguir entre esperanza y un inventario fiable.

✦

Berta empezó la sesión del sábado sin pedir que nadie se presentara describiendo su personalidad con un objeto.

—Vamos a hablar de lo que pasa cuando varias personas tienen que tomar una decisión y cada una cree que la última versión de un documento es la suya —dijo.

Un hombre del fondo levantó la mano.

—Eso nos ha pasado esta mañana.

—Entonces no tendremos que inventar ejemplos —respondió ella.

La sala se rio.

Yo estaba junto a la puerta con Leo. No participábamos en la actividad y nos iríamos después de que Clara hiciera su presentación. Pero me quedé unos segundos más de la cuenta mirando cómo Berta organizaba el trabajo.

No estaba imitando mis chistes. Tampoco utilizaba las frases secas de Leo. Tenía su manera de escuchar y de hacer preguntas. Cuando alguien intentó explicar un conflicto entre dos personas concretas, ella lo recondujo hacia el procedimiento sin obligarlo a revelar detalles personales.

—Si necesitamos aclarar una responsabilidad individual, tendremos que hacerlo fuera de esta sesión y por el canal adecuado —dijo—. Aquí podemos identificar qué información falta en el proceso.

Los participantes volvieron al problema sin sentirse reprendidos.

Clara se acercó a nosotros.

—Me gusta que no parezca que nos van a hacer jugar —susurró.

—Esa es una de nuestras características comerciales —respondí—. No tenemos globos en el inventario.

Leo tuvo que disimular una sonrisa.

Clara nos preguntó si podrían repetir un formato parecido en junio con otro grupo. No le dije que sí antes de saber cuándo, con quién ni para qué. Le ofrecí una conversación breve el lunes y me fui sin intentar convertir aquella pregunta en una venta.

Al salir, Leo miró la hora.

—Hemos estado doce minutos.

—Un récord histórico de intervención de los socios.

—Berta ni siquiera ha necesitado que le digamos dónde ponerse.

—No exageres. Le he dado dos indicaciones antes de empezar.

—Y ha ignorado las dos.

Era verdad. Me reí con él.

Nos sentamos en una terraza a desayunar tarde. Era sábado, y ninguno tenía obligación de aprovechar la mañana para producir algo más. Pedí tostadas y una bebida que costaba demasiado para lo poco que parecía contener.

—¿Te acuerdas del primer evento que montamos? —pregunté.

—Del que tenía una gotera.

—Del que tú insistías en que el agua no formaba parte de la experiencia.

—Sigo pensando lo mismo.

Me apoyé en el respaldo.

—Entonces no podíamos imaginar que algún día estaríamos pagando a otras personas para hacer el trabajo mientras nosotros desayunamos.

—No estamos pagando a alguien para que haga nuestro trabajo. Berta está dirigiendo el suyo.

Lo miré.

—Eso ha sonado muy bien.

—Voy mejorando.

En el móvil tenía tres mensajes de Celia preguntando si la comida familiar del domingo seguía en pie y uno de Marta, recibido el viernes, agradeciendo la claridad del calendario semestral. Ninguno requería respuesta inmediata.

Leo deslizó hacia mí una servilleta porque se me estaba cayendo una migaja sobre la blusa.

—No lo hagas —le advertí.

—¿El qué?

—Cuidarme así cuando estoy intentando fingir que soy una profesional imperturbable.

—No te preocupes. Tu imagen está a salvo. Nadie ha visto la migaja.

Le cogí la mano por encima de la mesa.

A veces me sorprendía que pudiera estar tan cómoda con él después de años de buscar la frase que ganara cualquier discusión. Ahora nos bastaba con estar allí y reconocer que el otro tenía una vida fuera del despacho.

✦

Berta nos llamó a la una, cuando la sesión ya había terminado y los participantes se habían marchado. Lo hizo dentro del horario que habíamos acordado para informar del cierre, no porque necesitara permiso para recoger sus materiales.

—Ha salido bien —dijo—. Clara ha firmado la conformidad de la sesión y me ha autorizado a preparar el resumen. He recogido respuestas útiles, pero hay dos cosas que quiero cambiar si repetimos el formato: menos texto en el segundo caso y una pregunta final más concreta.

—¿Necesitas que volvamos? —pregunté por inercia.

—No. Estoy cerrando la sala con la persona de la asociación y me voy a casa.

—Entonces felicidades —dije—. Es tu trabajo. Y ha salido bien porque lo has dirigido tú.

Al otro lado hubo un silencio breve.

—Gracias —respondió—. Hablamos el lunes.

Colgó.

Miré a Leo. Él había escuchado la conversación sin intervenir.

—Tengo una sensación rara —admití.

—¿De qué tipo?

—Como si alguien hubiera sacado adelante un encargo importante y yo no supiera dónde poner mis manos.

—Puedes utilizarlas para terminar de desayunar.

Cogí la tostada que me quedaba y me la llevé a la boca con una solemnidad ridícula.

—Voy a incluirlo en mi nueva descripción de funciones: directora creativa y comercial, con capacidad acreditada para no tocar los montajes ajenos.

—Será un documento valioso.

Estuvimos un rato hablando de cosas que no tenían nada que ver con la empresa.

Leo me contó que había encontrado entradas para una exposición que quería ver en junio.

Yo le hablé de un viaje de adolescente con Celia en el que perdimos un tren porque ninguna se había fijado en que la estación tenía dos salidas.

—No fue culpa nuestra —dije—. El tren salió exactamente a la hora que indicaba el billete. Muy poco flexible por su parte.

—Una política de cambios bastante clara.

Nos reímos.

Después, cuando ya estábamos recogiendo las cosas, recibí un correo automático de la entidad bancaria confirmando que se había incorporado la documentación suplementaria al expediente. No contenía ninguna resolución.

Lo miré un segundo y guardé el móvil.

—¿Buenas noticias? —preguntó Leo.

—La carpeta está completa por ahora. Lo demás sigue pendiente.

Asintió.

Me gustó comprobar que no necesitaba explicarle la diferencia.

Aquella semana habíamos convertido dos conversaciones en acuerdos futuros firmados, cobrado una parte de lo reclamado y ejecutado un encargo pequeño con un margen que podíamos calcular. No habíamos resucitado una facturación imposible. Seguíamos debiendo dinero y faltaban días para el vencimiento.

Pero si Eva abría nuestra carpeta, ya no encontraría fotografías de personas aplaudiendo ni una lista de clientes «muy interesados».

Encontraría documentos que se podían comprobar.

Leo guardó el móvil sin necesidad de comprobar nada más.

Lo imité y me levanté. Berta había terminado su jornada a la hora prevista y a nosotros todavía nos quedaba un sábado por delante.