No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 25. La manera de quedarse
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CAPÍTULO 25. La manera de quedarse

La manera de quedarse

Hay frases que una espera escuchar al frente de una empresa.

«El cliente ha firmado».

«La factura se ha cobrado».

«Hemos conseguido resolverlo sin comprar un proyector nuevo».

La que Berta pronunció aquella mañana no aparecía en ninguna de mis fantasías empresariales.

—Antes de aceptar el puesto, quiero saber qué decisiones puedo tomar sin pediros permiso.

Lo dijo a las nueve y doce, con una carpeta sobre la mesa y una taza de café que todavía no había probado. Leo estaba sentado frente a ella. Yo había colocado tres sillas en lugar de nuestras cuatro habituales, porque Yago no tenía ninguna razón para asistir a una negociación que no era suya.

El despacho estaba tranquilo. Fuera se escuchaba a Alma explicar por teléfono que una sala reservada de diez a once no incluía su uso a las doce y media. Por primera vez me pareció una música de fondo completamente apropiada.

—Queremos que seas responsable de producción —dije—. Con capacidad para organizar proveedores, decidir la planificación y revisar si los encargos son viables.

—Eso describe lo que llevo haciendo cuatro años —respondió Berta—. Excepto por la última parte, que suele llegar cuando ya habéis vendido algo.

Tenía razón. No se lo dije como una felicitación; esperé a que terminara.

—Necesito autoridad para detener la confirmación operativa de un proyecto si faltan presupuesto, personal o condiciones de seguridad —continuó—.

No significa decidir qué clientes consigue Nora.

Significa que ningún cliente se lleva una fecha cerrada ni un montaje confirmado hasta que producción valida que puede hacerse.

Leo abrió el documento que habíamos preparado con la asesoría.

—Podemos distinguir tres fases —dijo—: propuesta comercial, validación de producción y aceptación definitiva del encargo.

Las dos primeras pueden avanzar en paralelo, pero nadie compromete recursos sin pasar por la validación.

Si hay desacuerdo, lo resolvemos como socios antes de prometer nada al cliente.

—Y yo necesito poder dejar constancia por escrito de que una petición no es viable —añadió Berta—. Que no se convierta en «Berta pone problemas».

Recordé las veces que había escuchado una advertencia suya y la había traducido mentalmente como falta de entusiasmo. Sentí una vergüenza pequeña, de las que ya no sirven para defenderse pero sí para aprender.

—Lo escribimos así —dije.

Berta sacó la segunda hoja.

—Ahora la parte que más os cuesta.

—¿Reconocer que tus carpetas son superiores a las nuestras? —pregunté.

—El salario.

Leo ni siquiera sonrió. Me pareció una señal de madurez que yo intenté imitar.

Berta había preparado una propuesta de revisión retributiva, funciones y una franja de tiempo semanal reservada para el diseño y mantenimiento de formatos repetibles.

No pedía un aumento espectacular; pedía uno que reconociera que iba a asumir una responsabilidad distinta de la que figuraba en su contrato actual.

También quería que el tiempo dedicado a preparar nuevos servicios se registrara como trabajo, aunque todavía no se hubiera vendido ninguno.

Le enseñamos nuestro cálculo. Podíamos contemplar esa revisión dentro de una estructura más pequeña, siempre que la continuidad estuviera respaldada por financiación y ventas reales.

La asesoría debía preparar la modificación contractual y confirmar su encaje.

No íbamos a pedirle que aceptara más responsabilidades desde esa misma mañana a cambio de una promesa sujeta a que un banco nos quisiera mucho.

—Entonces hay dos decisiones distintas —resumió Berta—. Qué puesto quiero y qué oferta podéis sostener si la empresa continúa.

—Exactamente —respondió Leo—. Y si no conseguimos un plan viable, tendrás que conocerlo antes de tomar decisiones que te afecten.

Me fijé en que ella había dejado de apretar el bolígrafo.

—Quiero revisar la propuesta formal cuando la asesoría la tenga —dijo—. Y no aceptaré una reducción de equipo que me convierta otra vez en la persona que hace todo.

—Ni nosotros queremos vender ese modelo —respondí.

—Querer no basta.

Sonreí.

—Empiezo a sospechar que tienes razón.

—Guárdalo en el archivo definitivo —contestó.

Por primera vez en semanas la reunión no terminó con la sensación de que habíamos prometido demasiado. Terminó con decisiones que todavía necesitaban confirmación y una persona que sabía exactamente qué estaba negociando.

✦

A las once y media llamamos a Marta Gálvez.

Había escrito la tarde anterior para pedirnos una reunión después de presentar al comité interno los resultados del piloto de Tándem.

No había adelantado su conclusión. Yo había pasado una hora imaginando distintas versiones de la conversación, desde una contratación recurrente hasta un cordial «gracias por todo».

Marta apareció en la pantalla con una carpeta llena de marcas de colores.

—Vengo con información —anunció.

—Nos parece una propuesta excelente —dije.

Sonrió, pero no se dejó distraer.

—Hemos medido las respuestas de la encuesta voluntaria y revisado las mejoras que propusieron los equipos. La valoración es buena. Lo más útil no fue que la gente se divirtiera, sino que identificamos tres problemas de coordinación sobre los que ya estamos trabajando.

Recordé al hombre que había entrado preguntando si tenía que jugar. No sabía si había contestado la encuesta. Me habría gustado pensar que sí, pero Marta no estaba allí para venderme una historia emocionante.

—La dirección ha aprobado contratar un programa de seis meses —continuó—. Una sesión mensual y un seguimiento breve entre sesiones, con los entregables que definamos. Nada de grandes montajes.

Me quedé inmóvil.

A mi lado, Leo dejó de escribir. Berta levantó la cabeza.

—¿Aprobado? —pregunté, porque parecía importante escuchar aquella palabra de nuevo.

—Aprobado internamente. Compras tiene que emitir la orden y necesitamos cerrar el calendario y el contrato de servicios. No os diré que está firmado antes de estarlo.

Me dieron ganas de abrazar la pantalla. Conseguí limitarme a asentir como una empresaria que había visto un contrato antes en su vida.

—Eso podemos hacerlo —respondí—. Tenemos una propuesta modular que encaja con lo que estáis pidiendo. Antes de enviar el alcance final, querríamos confirmar el tiempo de preparación de cada sesión, qué participación esperáis y quién validará el seguimiento.

Marta se inclinó hacia la cámara.

—Eso es precisamente lo que me gustó de vuestro piloto. No llegasteis diciendo que ibais a arreglarnos la empresa. Nos disteis una manera de empezar a arreglar algunas cosas nosotros.

Berta intervino.

—Para que las sesiones sean realmente útiles necesitamos una persona de referencia que recopile los casos con antelación. No querríamos recibir treinta historias individuales la noche anterior y fingir que podemos prepararlas bien.

—Puedo encargarme yo —respondió Marta—. Con una fecha límite razonable.

—Y revisaremos con vosotros que los ejemplos no expongan a nadie —añadió Berta.

Marta asintió.

Leo explicó el calendario de pagos propuesto: importes por fases, con las obligaciones de cada sesión definidas y fechas realistas de facturación.

El programa mensual no financiaría por sí solo toda la empresa, pero tendría un margen calculable y una estructura que no necesitaba que Leo estuviera presente en cada reunión.

—Envíame la versión final hoy —pidió Marta—. Si encaja con lo aprobado, mañana podremos completar la orden y pasarla a firma.

Cuando terminó la llamada, nadie habló durante unos segundos.

Luego Berta abrió un cajón y sacó una pegatina azul.

—Todavía no —dijo, sosteniéndola entre dos dedos—. Queda la firma.

—Eres cruel —respondí.

—Soy coherente.

Dejó la pegatina al lado del ordenador.

La pequeña ausencia de celebración me gustó más de lo que habría imaginado. Teníamos una noticia buena y no necesitábamos convertirla en dinero que aún no había entrado.

✦

Pasamos la tarde cerrando el alcance de Tándem.

Berta detalló las tareas recurrentes. Yo revisé que las sesiones conservaran una personalidad propia y no parecieran una plantilla de reuniones con tarifa.

Leo comprobó que el precio cubriera preparación, facilitación y entrega de resultados, así como los apoyos externos cuando fueran necesarios.

No hubo una discusión sobre quién tenía razón. Hubo dos cambios que propuse y uno que Berta rechazó porque requería preparar materiales nuevos cada mes sin aportar demasiado. Me explicó por qué. Lo quitamos.

A las cuatro llamé a Clara, la responsable de la asociación profesional a la que Mónica nos había presentado después del primer encuentro de Norte.

Ya habíamos hablado el lunes de ofrecer una sesión pequeña para su equipo y algunos asociados.

Tenían una reunión prevista para el sábado en su propia sala, y Clara quería saber si podríamos facilitar un bloque de trabajo útil sin convertirlo en un evento.

—Podemos enviaros una propuesta acotada —le dije—. Una hora y media, materiales reutilizables y un resumen de las conclusiones. La sala y la convocatoria son vuestras. Nosotros nos ocupamos de facilitar la actividad.

—Eso es lo que necesito. Pero vamos justos de tiempo.

—Lo sé. Si os interesa, tendríamos que firmarlo mañana y dejar confirmado el pago inicial antes de reservar al equipo. Si no llegamos, prefiero que lo hagamos en junio.

Clara no pareció ofendida.

—Enviadme la propuesta. Tenemos partida para actividades de asociados. La puedo aprobar esta tarde si el importe encaja.

Colgué y miré a Berta.

—¿Puedes producir una sesión el sábado sin deshacer lo que ya tienes planificado?

Abrió el calendario.

—Si usamos el formato que probamos en La Azotea, sí. Una sesión, no tres. Con materiales existentes y sin montaje técnico. Yo la facilito si queda contratada y compensamos la jornada como corresponde. Pero no necesito que vayas tú a venderla allí.

—Estupendo —dije.

Tardé un segundo en darme cuenta de lo difícil que habría sido pronunciar aquello un mes antes.

Leo comprobó el coste y preparamos una propuesta pequeña. No intentamos añadir luces, fotografías, una campaña posterior ni una promoción que Clara no necesitaba. La enviamos antes de que terminara el día.

Quedaban dos hilos abiertos: el contrato semestral de Tándem, pendiente de firma, y un posible encargo breve de la asociación, todavía sin aceptación.

En la bandeja de entrada había más oportunidades que certezas.

✦

A las seis, Leo se quedó junto a mi mesa mientras yo cerraba el archivo del programa de Tándem.

—¿Estás contenta? —preguntó.

—Mucho. Aunque temo decírtelo por si aparece alguien con una condición adicional de Compras.

—Puedes estar contenta y seguir esperando la firma.

Lo miré.

—¿Desde cuándo eres capaz de decir cosas tan peligrosamente optimistas?

—Desde que te vi conseguir que treinta personas hablaran de trabajo sin hacerlas jugar con globos.

Me reí, y después me levanté para apagar la luz de la sala.

—Sigo pensando en Berta —admití—. Hemos tardado demasiado en ofrecerle una responsabilidad que tenga poder y salario detrás.

—Sí.

—Y todavía no sabemos si podremos cumplirla.

—Por eso no vamos a firmar una promesa que no podamos sostener.

Nos quedamos un momento frente a la ventana. No había necesidad de llenar el silencio con otra decisión.

—Mañana tenemos que entregar el expediente al banco —dije.

—Sí. Con lo que esté firmado mañana. Lo demás irá identificado como pendiente.

—Y si Tándem firma...

—Será una buena noticia de verdad.

Me apoyé en él un instante. Leo me rodeó los hombros sin convertir el gesto en un contrato de permanencia.

En la mesa, la pegatina azul seguía sin usar.

Me hizo sonreír pensar que habíamos aprendido a esperar. No porque tuviéramos menos ganas de que las cosas salieran bien, sino porque ya sabíamos qué significaba hacerlas bien.

Todavía nos faltaba un cobro importante y una segunda cuenta confirmada. El banco no iba a revisar nuestra alegría.

Pero aquella tarde, por primera vez desde que Senda se marchó, pude imaginar a Fuera de Guion funcionando sin que para ello nadie tuviera que renunciar a su vida.