No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 24. Un plan sin fuegos artificiales #2
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CAPÍTULO 24. Un plan sin fuegos artificiales #2

También habíamos incluido un escenario de cierre, elaborado con la asesoría, para demostrar que no seguiríamos comprometiendo dinero sin capacidad de atender las obligaciones si la operación no resultaba viable.

—No parece un plan para impresionar a nadie —dije.

—Es un plan para que puedan decidir con información.

—Me resulta decepcionante no haber diseñado ni siquiera una portada inspiradora.

Leo volvió una hoja.

—Puedes ponerle un título bonito. Siempre que no esconda los números.

Miré la fecha de la última columna: quince de junio.

—Tu consultoría empieza ese día —dije.

—Sí.

—¿Y eso cómo entra en el plan?

Leo señaló una línea de responsabilidades.

—Si seguimos, yo puedo mantener funciones de supervisión y decisiones societarias dentro de un horario acotado.

No voy a ocupar una jornada operativa completa.

Berta tendrá que poder dirigir producción con autoridad, y tú seguirás al frente de venta y creatividad.

Si un encargo requiere más dirección de la disponible, habrá que presupuestar a otra persona o rechazarlo.

Lo había explicado antes. Aun así, aquella vez tenía otra dimensión.

—El banco puede pensar que perdemos capacidad al cambiar tu dedicación.

—Por eso no debemos ocultarlo. Podemos demostrar que la empresa está diseñada para funcionar sin depender de mi presencia permanente. Si no es así, la previsión no es realista.

Lo miré. Me sorprendió que la parte más difícil ya no fuera imaginarlo fuera del despacho. Me preocupaba otra cosa.

—¿Y nosotros? —pregunté.

Leo dejó de mirar la pantalla.

—¿Nosotros qué?

—¿Podemos ser pareja sin necesitar volver a ser los socios que éramos antes? Sin vernos todos los días aquí, sin que la empresa sea la razón por la que seguimos teniendo algo que decirnos.

Tardó un momento en responder. No porque estuviera buscando una fórmula, sino porque parecía tomarse la pregunta en serio.

—Quiero seguir viéndote aunque no tengamos ni una factura de la que hablar —dijo—. De hecho, creo que sería sano comprobarlo.

Solté una risa nerviosa.

—El domingo lo conseguimos.

—Y fue bastante mejor que nuestra última reunión de costes.

Me acerqué a la ventana. Fuera, una persona cruzaba el patio del coworking con dos plantas enormes que casi no le dejaban ver el camino. Otro usuario salió a ayudarla. La escena tenía algo familiar.

—Me da miedo que, si la empresa sale mal, todo esto también se estropee —admití.

Leo se levantó y se quedó a mi lado, sin invadir el espacio.

—A mí también me da miedo. Pero no quiero que nuestra relación dependa del acuerdo que firme el banco. Ni que te quedes con la agencia para estar conmigo ni que yo abandone un trabajo que quiero hacer para demostrarte algo.

Me volví hacia él.

—Entonces habrá que elegirlo fuera de horario.

Sonrió.

—Tenemos cierta experiencia reciente.

Me besó brevemente. Fue un beso que no resolvió ninguna cifra, ninguna cláusula ni el calendario del mes siguiente.

Me hizo bien precisamente por eso.

✦

Antes de terminar la jornada enviamos a Eva un mensaje confirmando que recibiría el expediente completo el jueves. Adjuntamos únicamente lo que ya estaba cerrado y dejamos las previsiones en revisión, para no remitirle cifras que quizá fueran a cambiar al hablar con la asesoría.

Después preparé una propuesta de «encuentros mensuales de coordinación» basada en la idea de Berta. No era un producto terminado ni una tarifa publicada. Era un borrador para comprobar si los clientes entendían su utilidad y si el precio podía sostener el trabajo real.

Lo guardé en una carpeta con fecha y escribí a dos contactos de confianza —Mónica, de Norte, y la responsable de la asociación que había mostrado interés— para solicitar reuniones cortas. No ofrecí descuentos por urgencia ni reservé fechas que nadie había contratado.

Marta, de Tándem, contestó al resumen del piloto confirmando que su evaluación interna estaba casi terminada. Quería hablar el miércoles sobre una posible continuidad. Lo marqué en amarillo, no en azul.

A las seis y cuarto Berta recogió sus cosas. Leo cerró el archivo principal y yo hice algo que, en abril, me habría parecido irresponsable: apagué el portátil sin abrir la bandeja de entrada una última vez.

—¿Está todo? —preguntó Berta.

—Lo que podíamos hacer hoy, sí —respondí.

Salimos juntos de La Azotea.

En recepción, Alma nos miró por encima de unas llaves.

—¿Os vais a vuestra hora?

—Estamos probando un modelo empresarial revolucionario —dije—. Mañana seguimos trabajando y hoy nos vamos a casa.

—Cuando escribáis el libro, quiero que me dediquéis un capítulo.

Leo abrió la puerta.

—Lo presupuestaremos —respondió.

Nos reímos. Berta se marchó hacia su metro y nosotros caminamos un tramo juntos, sin hablar de lo que pasaría si el banco decía que no.

Todavía faltaban diez días para que terminara el plazo de sesenta. El miércoles teníamos que escuchar a Marta y sentarnos de verdad con Berta a definir sus nuevas condiciones. El jueves debíamos entregar una carpeta financiera que no podía depender de ninguna firma futura.

No había fuegos artificiales.

Había un plan incompleto, personas que empezaban a trabajar de otro modo y una fecha que seguía acercándose.

Leo se detuvo ante una librería y señaló una portada de novela tan exagerada que parecía anunciar una catástrofe sentimental.

—Esta película te gustaría —dijo.

—Eso es un libro.

—No descartes la adaptación.

Nos reímos camino del metro. Los números podrían esperar a mañana.