CAPÍTULO 24. Un plan sin fuegos artificiales
Un plan sin fuegos artificiales
La hoja de cálculo llevaba por nombre «Plan de continuidad». Debajo, alguien había añadido «definitivo». Y, detrás de definitivo, una expresión que me pareció demasiado honesta para un documento bancario: «AHORA SÍ».
—¿Quién ha puesto eso? —pregunté.
Berta levantó la mano sin apartar la vista de su pantalla.
—Lo hice cuando encontré tres versiones diferentes en la carpeta compartida. Si vuelve a aparecer otro definitivo, le pongo un candado.
Leo se inclinó hacia el monitor.
—Hay una opción mejor: un único archivo con control de versiones y responsables claros.
—No sabes cuánto agradezco que hayas encontrado un problema emocionante un lunes a las nueve —dije.
Era el día cincuenta de nuestros sesenta días de rescate. La frase sonaba suficientemente importante como para merecer una celebración, pero en Fuera de Guion habíamos sustituido las celebraciones prematuras por documentos que podían revisarse sin necesidad de descifrar un jeroglífico.
El jueves anterior habíamos perdido Albor.
El sábado, Berta nos había enseñado una forma de trabajar que quizá pudiera venderse sin exigir otra vida entera a cambio.
Y aquella mañana el calendario tenía una cita que no admitía bromas: necesitábamos enviar al banco una documentación coherente antes del vencimiento de la póliza, fijado para el tres de junio.
Eva Moreno había confirmado por correo que convenía recibirlo todo el jueves veintisiete, como muy tarde, para que pudiera revisarse antes de la fecha de vencimiento. No había prometido una renovación. Ni una refinanciación. Ni siquiera una respuesta favorable.
Nos había ofrecido la posibilidad de presentar un plan y defenderlo.
—Empecemos por lo que está cobrado —dijo Leo.
Berta abrió una carpeta de facturación.
Habíamos aprendido a separar cuatro cosas que, en nuestros peores momentos, habíamos tratado como si fueran una sola: propuestas enviadas, contratos firmados, facturas emitidas y dinero ingresado.
En la última columna había pagos reales por Cauce, por el primer encuentro de Norte y por el piloto de Tándem.
La factura del segundo encuentro de Norte estaba emitida conforme a lo acordado, pero su parte pendiente aún no había entrado.
Una de las facturas antiguas había terminado de cobrarse después de varias llamadas.
Otra seguía esperando una revisión administrativa que parecía haber adquirido derechos de residencia en el departamento de Contabilidad del cliente.
El saldo dispuesto de la póliza había bajado desde el inicio del rescate, aunque no tanto como yo habría deseado. Habíamos cobrado trabajos; también habíamos pagado a proveedores, asumido nóminas y atendido gastos que seguían existiendo por mucho que yo intentara olvidarlos.
La empresa no estaba salvada. Seguía abierta.
De pronto esa diferencia me pareció demasiado importante para dejarla dentro de una celda.
—¿Y los proyectos de junio? —pregunté.
Leo señaló la pantalla.
—Solo los firmados van en la base. Los que puedan cerrarse aparecen aparte, como escenario. Necesitamos enseñar qué ocurrirá si no llegan.
—La asociación con la que hablamos después de Norte ha pedido una reunión esta semana —dije—. Puede encajar el formato que propuso Berta.
—Perfecto —respondió ella—. Pero hasta que conozcamos el número de asistentes, el espacio y el alcance, no tenemos precio.
Sonreí.
—Tengo la sensación de haber creado una escuela de prudencia que ahora se vuelve contra mí.
—Más bien hemos aprendido a no llamar facturación a una conversación agradable —dijo Leo.
No era una frase nueva. La diferencia consistía en que aquella mañana no me molestó escucharla.
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A las diez llamamos a la asesoría. Habíamos enviado los datos básicos el viernes y necesitábamos saber qué medidas de ahorro eran realistas, qué obligaciones no podíamos aplazar y cómo presentar un escenario de cierre si la financiación no salía adelante.
La asesora nos escuchó sin entusiasmo ni dramatismo, un talento que yo empezaba a considerar muy valioso.
—Podemos preparar un calendario de vencimientos y compromisos —explicó—.
Pero no confundáis reducir gastos con dejar de pagar obligaciones.
Tenéis una trabajadora, contratos con proveedores y una póliza de crédito.
Cualquier cambio importante debe revisarse conforme a los acuerdos y a la normativa aplicable.
—No queremos financiar nuevos encargos con facturas que todavía no hemos cobrado —dijo Leo.
—Bien. Y si la continuidad deja de ser viable, tendréis que estudiar las actuaciones correspondientes con tiempo. No esperéis al tres de junio para decidir que algo no se puede pagar.
Tomé notas. Eran palabras poco románticas, aunque empezaba a creer que las decisiones adultas se reconocían precisamente porque nadie las convertía en un eslogan.
Cuando terminó la llamada, Berta cerró su carpeta.
—Quiero que hablemos de mi puesto antes de enviar ningún plan al banco.
Me tensé.
—¿Ahora?
—Sí. Porque si presentáis una empresa que funciona gracias a que yo asumo más trabajo, quiero saber cuáles serían mis condiciones y si de verdad podéis pagarlas.
Leo asintió.
—El miércoles podemos revisar una propuesta formal. Hoy necesito que nos confirmes cuáles son las responsabilidades que aceptarías y cuáles no, para que el escenario de costes no sea imaginario.
Berta acercó la hoja del sábado.
—Responsable de producción, con autoridad para detener un encargo hasta que tenga medios y presupuesto aprobados.
Coordinación de proveedores y formatos repetibles, pero con tiempo reservado en la jornada y apoyo cuando coincidan varios montajes.
Y una revisión de salario acorde. Si los números no lo permiten, prefiero una conversación clara a un ascenso de mentira.
Me quedé mirando la lista.
Hacía cinco años, cuando empezamos, Leo y yo habíamos hecho casi todo.
Habíamos conseguido clientes, montado eventos y guardado cajas hasta la madrugada.
En alguna parte del camino confundimos haberlo hecho una vez con tener que hacerlo siempre.
Luego contratamos a Berta y trasladamos una parte del problema a alguien que todavía no había tenido poder suficiente para resolverlo.
—No vamos a presentar una estructura que te necesite disponible sin límites —dije—. Si el banco pregunta cómo funcionaremos, nuestra respuesta tiene que poder cumplirse también el día en que estés de vacaciones.
—Me gustaría verlo escrito —respondió Berta.
—Lo estará.
No me dio un abrazo ni me felicitó. Volvió a su mesa y empezó a preparar un calendario de cargas para el mes siguiente. Era exactamente lo que debía hacer una persona competente a la que por fin estábamos tratando como algo más que una solución de emergencia.
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Al mediodía bajé a la cafetería de La Azotea. Alma estaba ayudando a una nueva usuaria a encontrar una sala que no estuviera ocupada. Cuando terminó, se acercó a mi mesa con una expresión divertida.
—Os he visto esta mañana a los tres frente a una pantalla. Teníais la misma cara que quien intenta montar un mueble sin instrucciones.
—Estamos organizando el futuro de nuestra empresa.
—Entonces probablemente os vendrían bien unas instrucciones.
Se sentó unos segundos, aprovechando que la recepción estaba tranquila. Le conté sin entrar en las cifras el problema de tener que reducir gastos y, al mismo tiempo, demostrar al banco que podíamos seguir trabajando.
—Ya sabéis que aquí no vais a poder convertir la terraza en un lugar para celebrar actos multitudinarios —me recordó.
—No estoy intentando pedirte una excepción.
—Lo digo porque cuando alguien se preocupa por el dinero empieza a pensar que todos sus problemas se resuelven usando gratis las cosas de otros.
La miré, sorprendida.
—No iba a proponértelo.
—Me alegro. Prefiero seguir siendo la persona que alquila salas con horario y no la que financia negocios con buena voluntad.
La Azotea no iba a salvarnos con un milagro inmobiliario, y Alma acababa de recordarme por qué respetábamos tanto sus límites.
—Berta ha diseñado un formato pequeño para equipos —le conté—. Algo que puede hacerse en espacios ordinarios, sin grandes montajes. Creo que vamos a intentar ofrecerlo a cuentas que ya nos conocen.
Alma asintió.
—Eso sí tiene sentido. El sábado vi que la gente hablaba de cosas concretas. Y Berta sabía cuándo dejar de hablar para que los demás pudieran hacerlo.
Sentí una satisfacción que ya no necesitaba reclamar como propia.
—Fue idea suya.
—Entonces procurad que siga siéndolo cuando la vendáis.
Se levantó antes de que pudiera responder. Tenía que atender una llamada y no esperaba un agradecimiento ceremonial.
Me quedé mirando el café. Durante mucho tiempo había creído que delegar era encargarle a alguien una parte del trabajo que a mí no me daba tiempo a hacer. Ahora empezaba a entender que también significaba permitirle decidir cómo debía hacerse, reconocerlo y pagarle por ello.
Borré de mi libreta el título «Mi nuevo formato» y escribí «Propuesta de Berta». Después terminé el café.
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A las tres, Leo y yo nos reunimos a solas para revisar el último escenario de continuidad. Berta había salido a una cita personal y no necesitábamos retenerla para hablar de nuestra responsabilidad societaria.
En la pantalla figuraban los compromisos de mayo, los ingresos ya registrados y tres posibles niveles de actividad futura.
El escenario conservador proponía bajar los costes fijos de unos cinco mil seiscientos a unos cuatro mil seiscientos euros mensuales.
El ajuste saldría sobre todo de reducir nuestras propias remuneraciones y cancelar servicios prescindibles, sin recortar la jornada de Berta; el cálculo ya reservaba el coste de la revisión salarial que estaba negociando.
No era un ahorro ejecutado todavía. El escenario central necesitaba consolidar trabajo recurrente, pero no daba por firmado el contrato de Tándem que Marta seguía evaluando.
El favorable sumaba otros proyectos posibles, señalados claramente como hipótesis.