CAPÍTULO 23. No somos tres personas infinitas
No somos tres personas infinitas
La reunión de profesionales de La Azotea empezaba a las diez y media y, según Alma, terminaría a las doce en punto.
—A las doce y uno —nos advirtió en recepción— esta sala vuelve a ser una sala de reuniones. No se convierte en una incubadora de ideas eternas porque alguien haya traído rotuladores de colores.
—Yo no he traído rotuladores —dije.
—Los llevas en el bolso. Te conozco.
Era verdad. Tres, para ser exactos. Los había encontrado al buscar las llaves.
Alma había organizado un encuentro pequeño entre miembros del coworking y algunos profesionales que trabajaban con ellos: una conversación sobre problemas habituales de coordinación en equipos pequeños.
Había permitido que Berta presentara una actividad breve como demostración, siempre que respetáramos el horario y el uso ordinario del espacio.
No estábamos vendiendo entradas ni convirtiendo la sala en un centro de congresos.
Había doce personas confirmadas, café de la máquina de La Azotea y ninguna necesidad de montar iluminación que pudiera verse desde el espacio.
Berta llegó con una carpeta verde, una caja de tarjetas y la expresión decidida de alguien que había dormido bien.
—Antes de empezar quiero dejar algo claro —dijo.
Leo y yo la miramos.
—Las dos horas que dedique hoy a preparar y dirigir la prueba para Fuera de Guion las registraremos como trabajo. Como acordamos ayer, compensaré ese tiempo saliendo antes el martes, según lo que permite mi jornada. No quiero que, porque la idea sea mía, se convierta en trabajo voluntario.
—Está anotado —respondió Leo—. Y la compensación se gestionará con la asesoría si hace falta.
—Perfecto.
Me di cuenta de que, por primera vez desde que la conocía, Berta había empezado una mañana de trabajo hablando de su tiempo y no de las necesidades del evento.
—Por cierto —añadió—, lo que voy a probar hoy no es exactamente lo que hicimos con Tándem.
—¿Qué cambia? —pregunté.
—Que esto no tiene que parecer un gran evento. Quiero que cualquier empresa pequeña pueda repetirlo una vez al mes sin contratar una producción distinta cada vez.
Abrió la carpeta.
El concepto cabía en una página. Tres encuentros breves, cada uno con un objetivo concreto: compartir problemas recurrentes entre áreas, detectar decisiones que se atascan y revisar qué cambios habían funcionado desde la sesión anterior.
Los materiales podían reutilizarse. No hacía falta una sala nueva ni un despliegue técnico cada mes.
El valor estaba en que alguien ayudara a preparar las preguntas, facilitara la conversación y entregara un resumen útil.
—Esto no puede ser una terapia de equipo ni un curso motivacional —explicó—. Tiene que servir para empresas que necesitan coordinarse mejor y no tienen tiempo para otra reunión vacía.
Leo examinó la hoja.
—¿Quién prepara los casos?
—El cliente nos envía tres situaciones antes de cada sesión.
Nosotros las convertimos en preguntas anónimas y eliminamos detalles que identifiquen a personas.
Si no tienen casos suficientes, utilizamos ejemplos generales.
Pero no prometemos resolver conflictos personales ni problemas de recursos humanos con dos tarjetas.
Me gustaba lo que oía. Me gustaba aún más que no se pareciera a una ocurrencia nacida de una noche sin dormir.
—¿Y qué te gustaría comprobar hoy? —pregunté.
—Si el formato funciona sin que tú tengas que estar delante vendiéndolo.
Aquello me dejó un segundo sin palabras.
—Es una observación durísima para alguien que vive de hablar bien.
—Precisamente. Si queremos poder repetirlo sin agotarnos, no puede depender de que Nora Beltrán esté en cada sesión haciendo milagros con las palabras.
Leo tuvo la indecencia de asentir.
—Estoy de acuerdo.
—Ya veo que las alianzas están cambiando —murmuré.
Berta me tendió una tarjeta.
—También quiero comprobar si eres capaz de participar sin dirigirlo todo.
Acepté el desafío. Si me quedaba callada durante una hora, quizá el mundo empresarial sobreviviera.
✦
A las diez y media las doce personas se sentaron alrededor de dos mesas.
Había una diseñadora que compartía proyectos con un estudio de programación, un responsable de una pequeña asesoría, dos profesionales que trabajaban por su cuenta y miembros de otros despachos del coworking.
Nadie tenía la obligación de contar secretos de su empresa.
Alma había explicado que era una actividad de prueba, no una sesión de diagnóstico.
Berta abrió con una frase sencilla.
—Vamos a hablar de situaciones que nos hacen perder tiempo en el trabajo, pero sin buscar culpables. Si no os apetece contar un ejemplo, podéis escuchar. Y lo que salga aquí no se va a publicar con nombres.
Una mujer levantó la mano.
—¿Y si el problema es mi jefe?
—Entonces podemos hablar de qué información o decisión falta, no de la persona —respondió Berta—. Si el problema es más serio, esto no sustituye a los canales que correspondan.
Se hizo un silencio de aprobación que no necesitó aplausos.
Berta repartió tarjetas y pidió que cada participante eligiera un caso general o escribiera una situación que le resultara familiar. Después propuso una única pregunta: «¿Qué tendría que cambiar para que la próxima vez esto fuese más fácil?».
No había música, globos, juegos de confianza ni personas levantándose de la silla para representar departamentos.
En la primera mesa surgió un problema muy habitual: alguien aprobaba un diseño por correo, después otra persona pedía modificaciones por teléfono y al final nadie sabía cuál era la versión correcta.
—Eso también nos ha pasado —murmuré.
Leo levantó los ojos hacia mí.
—Alguna vez.
Berta no nos miró. Estaba facilitando la conversación y no tenía por qué encargarse de nuestras bromas.
En la otra mesa hablaron de reuniones que terminaban sin una persona responsable de ejecutar lo acordado. Un participante dijo que en su empresa habían creado una plantilla para recoger decisiones, pero nadie la actualizaba.
—Quizá lo que hace falta no es otra plantilla —intervino Berta—. Quizá necesitáis acordar quién mantiene la que ya tenéis.
La persona soltó una risa.
—Eso es exactamente lo que nadie quiere hacer.
El grupo siguió conversando. Leo tomó notas para revisar tiempos y materiales. Yo me limité a escuchar, aunque en dos ocasiones tuve que sujetarme la lengua para no proponer una variante «más dinámica» que nadie había pedido.
Cuando Berta cerró la actividad, pidió a cada mesa que eligiera una idea útil y una duda que seguía sin resolver. No prometió que Fuera de Guion pudiera arreglarlas. Explicó que un formato recurrente serviría para comprobar si las decisiones tomadas un mes seguían teniendo sentido al siguiente.
La diseñadora del estudio pidió una tarjeta de contacto.
—Esto podría venirnos bien para una reunión que repetimos cada seis semanas. Siempre acabamos hablando de lo mismo y nadie sabe qué se decidió la vez anterior.
Berta le explicó que aún estábamos probando el formato, que no había una tarifa final y que, si le interesaba, podíamos enviarle una propuesta cuando estuviera definida.
Yo sentí un impulso irresistible de intervenir y hablar de las posibilidades del producto.
No lo hice.
La diseñadora guardó la tarjeta y se fue a hablar con otro participante. No había pedido un presupuesto ni comprometido dinero. Pero había entendido para qué servía la idea.
La prueba había funcionado.
✦
A las doce y cinco Alma había recuperado la sala, las mesas estaban limpias y nadie había dejado paneles apoyados en las paredes. Nos permitió quedarnos en la zona común unos minutos mientras terminábamos nuestras notas.
Berta estaba satisfecha, aunque tenía dos modificaciones apuntadas: reducir instrucciones y eliminar una tarjeta que había generado una conversación demasiado abstracta.
—¿Qué os parece? —preguntó.
—Que no necesito estar delante —respondí.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Leo.
Le di un golpe suave con la punta del zapato por debajo de la mesa.
—Quiero decir que lo has dirigido mejor de lo que yo lo habría hecho hoy. Has dejado hablar a la gente sin convertir cada intervención en una escena.
Berta sonrió con un orgullo que no intentó esconder.
—Gracias. Ahora viene la parte menos divertida.
Sacó otra hoja de la carpeta verde.
En ella había tres columnas: funciones actuales, decisiones que podía tomar y decisiones que necesitaba que alguno de nosotros autorizara. La última era mucho más larga que las otras dos.
—En teoría soy responsable de producción —dijo—.
En la práctica, si veo que un encargo no tiene personal suficiente, puedo advertirlo, pero no impedir que se venda.
Si necesito contratar apoyo, tengo que pedir permiso dos veces.
Si el cliente cambia algo, a veces os escribe directamente y yo me entero cuando ya lo habéis prometido.
Nadie protestó.
—Y cada vez que no llegamos a tiempo —continuó—, soy yo quien tiene que llamar a proveedores, reorganizar montajes y pedir favores que luego parece que la empresa ha conseguido gracias a su enorme creatividad.
La última frase me alcanzó de lleno. No porque Berta quisiera hacerme daño, sino porque utilizaba mis propias palabras de años anteriores.
—Tienes razón —dije.
—No quiero que me la deis para terminar la conversación. Quiero autoridad real para parar un trabajo si no tiene medios. Y quiero saber qué responsabilidad se me pagaría si asumo formalmente la producción y desarrollo de formatos como este.
Leo abrió su cuaderno.
—Tenemos que revisar el impacto salarial y las funciones con la asesoría. No vamos a prometer un importe sin saber si podemos sostenerlo. Pero sí podemos plantear la estructura y negociar contigo de forma concreta.
Berta asintió.
—Es lo que espero. No me interesa un cargo nuevo en la firma del correo si mi sueldo y mi capacidad de decidir siguen siendo los mismos.
Pensé en la manera en que llevábamos meses diciéndole que era imprescindible. Habíamos utilizado la palabra como si bastara para reconocerla. Ser imprescindible, en nuestra antigua manera de trabajar, significaba que todo acababa cayendo sobre ella.
—Quiero que prepares una propuesta de funciones y remuneración —dije—. Nosotros prepararemos una oferta que podamos cumplir. Si no coincide, lo discutiremos. Y tendremos que definir el alcance de tu autoridad en el procedimiento comercial, no solo en el organigrama.
—Eso está mejor.
—También quiero que nos digas si este formato mensual te interesa como una línea que puedas dirigir —añadí—. No porque lo hayas creado y por eso te corresponda hacerlo gratis. Porque puede ser tu trabajo si lo decidimos juntos.
Berta miró las tarjetas que había guardado.
—Sí me interesa. Pero entonces habrá que reservar horas para diseñarlo y venderlo. Si me dais esa responsabilidad sin quitarme ninguna otra, estaremos exactamente donde empezamos.
No se me ocurrió ninguna réplica ingeniosa. Era una de esas ocasiones en las que el silencio servía para pensar, no para evadir una respuesta.
✦
Al salir de La Azotea, Berta se despidió para encontrarse con una amiga. Ya había registrado las horas acordadas. No esperaba que la acompañáramos a tomar café para prolongar la reunión.
Leo y yo caminamos hacia una plaza cercana. Habíamos quedado en cenar aquella noche, pero todavía faltaban horas. Me sorprendió que ninguno intentara llenar el tiempo hablando de Albor.
—Creo que Berta acaba de rediseñar Fuera de Guion —dije.
—Creo que lleva años diciéndonos cómo debería funcionar y por fin hemos escuchado sin interrumpirla.
—Eso suena peor.
—A veces lo que más conviene es peor para el orgullo.
Me detuve frente al escaparate de una tienda de plantas. Había macetas diminutas con nombres escritos a mano, algunas tan caras que probablemente incluían cuidados psicológicos.
—Si esto sale adelante —dije—, no podemos seguir haciendo todo lo que hacíamos. Tendremos que elegir trabajos pequeños que dejen margen y otros que realmente podamos producir. No podemos aceptar cualquier cosa solo por llenar el calendario.
—Y habrá que calcular si el formato mensual deja suficiente margen después de pagar a quien lo prepara y facilita.
Sonreí.
—Tenía que aparecer una columna.
—Siempre aparece.
Leo me cogió de la mano. Seguimos andando sin hablar durante un rato.
—Ayer estaba pensando en tu trabajo de junio —dije al fin—. No en si vas a dejar la agencia. En cómo te sentirás cuando no estés allí todos los días.
—Creo que echaré de menos algunas cosas.
—¿Las discusiones conmigo?
—Esa parte puedo conservarla fuera del horario de oficina.
Me reí. Él también.
—No quiero que dejemos de construir algo bueno porque tengamos miedo de cómo cambia —dije.
—Ni yo.
Llegamos a la plaza y nos sentamos en un banco. Había un niño persiguiendo una pelota y un perro que no parecía dispuesto a devolverla.
Aquel día no habíamos conseguido una venta nueva. Nadie había prometido salvarnos del banco. La prueba de Berta nos había dejado una idea comercial y un montón de decisiones pendientes.
Pero, por primera vez en semanas, la lista de cosas que había que hacer no dependía de que tres personas encontraran otras seis horas dentro del mismo día.
—¿Cómo llamarías al formato? —preguntó Leo.
Pensé un momento.
—«Las reuniones que sí sirven».
—Un poco agresivo para las que no.
—«Una mañana útil».
—Eso promete bastante.
—¿«Punto de encuentro»?
—Hay catorce empresas que se llaman así.
Lo miré.
—¿Es posible que no hayas venido preparado con una propuesta?
—He venido preparado para que la elijas tú. Yo comprobaré luego si el nombre cabe en la factura.
Nos reímos.
Todavía quedaba mucho por resolver. Pero aquella vez la idea no nacía de la necesidad de parecernos más grandes de lo que éramos.
Nacía de descubrir que, tal vez, podíamos hacer menos cosas y hacerlas mejor.
Leo se levantó, me tendió la mano y dejamos el banco antes de que ninguno inventara una hora más de trabajo.