No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 22. El precio del no
73%

CAPÍTULO 22. El precio del no

El precio del no

El correo de Héctor llegó a las diez y diecisiete.

No estaba precedido por un trueno ni por una música ominosa. Apareció mientras intentaba averiguar por qué alguien había dejado un paquete de galletas abierto junto a la impresora, un asunto menor que, hasta ese momento, había conseguido absorber toda mi capacidad de indignación.

El asunto decía: «Resolución del proceso de selección — Campaña Albor».

Me quedé inmóvil con una galleta en la mano.

Hay correos que una puede reconocer como malas noticias sin abrir. Los de empresas que quieren contratarte suelen empezar por «nos alegra confirmar». Los que anuncian que no van a hacerlo prefieren palabras como «resolución», «agradecimiento» y «tras una cuidadosa evaluación».

Abrí.

Albor había decidido seguir adelante con otra agencia.

Valoraban nuestra propuesta creativa y el enfoque modular, pero no podían incorporar las modificaciones solicitadas a sus condiciones generales.

La empresa seleccionada había aceptado su modelo de contratación.

Nos agradecían el tiempo dedicado y deseaban contar con nosotros en futuras oportunidades.

Lo leí dos veces. A la tercera no encontré ninguna cláusula oculta que convirtiera aquello en un sí.

Dejé la galleta sobre una servilleta.

—No nos han elegido —dije.

Berta alzó la vista desde su mesa. Leo, que estaba junto a la ventana hablando por teléfono, levantó un dedo para indicar que terminaba la llamada.

No había nadie más en el despacho; fuera, La Azotea seguía llenándose de conversaciones, impresoras y personas que aún creían que aquel jueves era uno como cualquier otro.

—¿Han explicado por qué? —preguntó Berta.

—No aceptan los cambios de condiciones. Otra agencia ha aceptado las suyas.

Berta se acercó. Le enseñé el correo sin convertirlo en una lección.

—Entonces no era un contrato que pudiéramos cumplir como lo habíamos presupuestado —dijo.

La odié durante un segundo.

No a ella. O sí, un poco. Odié su capacidad para pronunciar una frase perfectamente cierta mientras mi cabeza acababa de despedirse de noventa mil euros que nunca habíamos tenido.

—Ya sé lo que dice el pliego —respondí.

Berta retrocedió medio paso.

—No he dicho que no duela.

Aquello me frenó.

—Perdona —dije—. No iba contra ti.

—Lo sé. Pero necesito que las malas noticias no vuelvan a circular por aquí en forma de órdenes que nadie ha dado.

Asentí. Era un límite legítimo, incluso ese día.

Leo terminó la llamada y leyó el correo. No sonrió con la satisfacción de quien llevaba semanas advirtiendo de un riesgo. Lo dejó sobre la mesa y se sentó a mi lado.

—Voy a contestarles para agradecer la evaluación y pedirles que nos confirmen que no queda ninguna reserva a nuestro nombre —dije—. Después cerramos el expediente.

—Bien —respondió.

No añadió «te lo dije». Ni «menos mal que no aceptamos». Ni un dato sobre márgenes, aunque debía de tener varios preparados.

Eso hizo que me ardieran más los ojos.

—¿Podéis darme diez minutos? —pregunté.

Berta tomó su carpeta. Leo asintió.

—Voy a recepción a revisar lo de mañana —dijo él—. No tienes que preparar ninguna respuesta ahora.

Cuando salieron, miré nuestro calendario. Había seis fechas que habíamos marcado provisionalmente en color amarillo para comprobar disponibilidad. En algún momento habían llegado a parecerme un futuro. Ahora volvían a ser cuadrados vacíos.

No habíamos renunciado a noventa mil euros de beneficio. Ni siquiera habíamos perdido una adjudicación formal. Habíamos presentado una propuesta y la habían rechazado.

Nada de eso impidió que me sintiera como si acabara de caer por una trampilla.

Pensé en el banco. En el alquiler del despacho. En Berta preguntándonos por su continuidad. En el tres de junio, acercándose con la paciencia de las fechas que no dependen de que alguien esté preparado para ellas.

Abrí una hoja en blanco.

Escribí: «¿Y ahora qué?».

No supe contestarme.

✦

A las doce volví a la sala de reuniones con una lista de proyectos confirmados y otra de pendientes. Las puse una al lado de la otra. Parecían la comparación de dos vidas distintas.

Leo estaba revisando una factura de Norte. Berta había salido a comprobar un pedido ya contratado.

—Puedes decirlo —le solté al sentarme.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

—Que tenías razón con Albor.

—Los dos vimos las condiciones. Los dos firmamos la contraoferta.

—Y los dos acabamos de perderla.

—Nos han descartado porque no aceptamos lo que querían contratar. Eso no convierte su decisión en agradable.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Estoy cansada de hacer cosas correctamente y seguir sin saber si vamos a poder pagar las cuentas.

—Yo también.

La respuesta me sorprendió. Esperaba serenidad, una explicación, una manera de organizar el desastre. Él se quedó mirándome con las manos abiertas sobre la mesa.

—No estoy tranquilo, Nora —dijo—. Me despierto pensando en qué obligaciones tendremos que atender si no renovamos la financiación.

Sé que tengo una consultoría a partir de junio y eso no soluciona nada de lo que debemos como socios.

Me asusta que cerremos después de haber hecho tanta gente un buen trabajo.

Nunca le había oído decirlo así.

—Parece que a ti siempre te da tiempo a pensar —murmuré.

—A veces tardo tanto que dejo a los demás solos mientras esperan una respuesta.

La frase me llevó hasta Umbral, pero aquella vez no estaba utilizándolo como argumento. Estaba hablándome de un defecto propio.

—Yo he pasado dos días imaginándome entrando en el banco con el contrato de Albor —admití—. Incluso había ensayado lo que le diría a Eva. Me sentía bastante ridícula cuando vi el correo.

—No es ridículo querer que algo salga bien.

—Es ridículo empezar a contar un anticipo que todavía no existe.

Leo negó despacio.

—Es humano tener esperanza. El trabajo que nos toca es no confundirla con dinero.

Miré la lista de pendientes. Había contactos que apenas recordaba, una propuesta para una asociación profesional derivada del primer evento de Norte y la conversación con Marta sobre Tándem, que seguía revisando los resultados del piloto con sus responsables.

Eran posibilidades reales, pero todavía no contratos.

—No pienso llamar a Héctor para ofrecerle la misma campaña por menos dinero —dije.

—Yo tampoco.

—Ni decirle que, si se saltan las cláusulas que no nos gustan, ya nos arreglaremos.

—No.

Me quedé callada. Por primera vez desde que había abierto el correo conseguí escuchar lo que ambos estábamos diciendo: no íbamos a deshacer nuestras decisiones para evitar sentir el golpe de haber perdido.

—Pero necesito enfadarme un rato —añadí.

—Eso sí está presupuestado.

Solté una risa corta, casi sin querer.

—No tiene ninguna gracia.

—Lo sé.

Y no intentó hacerme reír de nuevo.

✦

A primera hora de la tarde contestamos a Héctor con un mensaje profesional.

Le agradecimos la valoración, confirmamos que no habíamos reservado recursos ni contratado proveedores para su campaña y dejamos abierta la posibilidad de estudiar otros encargos con un alcance viable. Después archivamos el expediente.

No hubo respuesta inmediata. Tampoco la necesitábamos.

Cuando Berta regresó, cerramos las fechas tentativas de Albor y liberamos la disponibilidad consultada con dos colaboradores. Ninguno perdió un encargo confirmado por nuestra culpa. Fue un detalle pequeño y, sin embargo, me alivió poder mirarlos a la cara si volvíamos a trabajar juntos.

Berta observó las dos listas sobre la mesa.

—Quiero hablar con vosotros de mi futuro —dijo.

No lo preguntó. Lo anunció con la misma tranquilidad con la que podía indicarnos que un montaje no era viable.

—Claro —respondí—. ¿Esta tarde?

—No quiero otra conversación de diez minutos entre facturas. Quiero una reunión con un orden del día y decisiones que se puedan escribir.

Leo cerró el portátil.

—Tienes razón. ¿El viernes?

—Mañana revisaré los formatos de trabajo que ya tenemos y os pasaré una propuesta. El sábado Alma ha organizado en La Azotea una sesión pequeña entre profesionales del espacio. Me he apuntado porque quiero probar una idea de producto que llevo semanas dándole vueltas.

Me sorprendí.

—No sabía que te habías apuntado.

—Porque es una iniciativa mía. No tenía que pediros permiso para asistir.

Sentí otra punzada incómoda, esta vez más cercana a la vergüenza.

—Por supuesto que no —dije.

—Pero sí quiero que la agencia se plantee usar la idea, si funciona. Y, si decidimos trabajar el sábado para convertirla en algo comercial, lo acordamos y registramos las horas. No pienso regalar una jornada por mi propia propuesta.

—Ni te lo pediríamos —dijo Leo.

Berta se cruzó de brazos.

—Eso espero. El problema es que durante años me habéis pedido responsabilidad sin que pudiera decidir casi nada. Si seguimos, eso tiene que cambiar.

Nos miró a los dos, esperando una respuesta que no pudiera confundirse con una felicitación.

—Hablemos el viernes —dije—. Tú traes lo que quieres cambiar y nosotros los números que podemos sostener. Y el sábado, si lo que propones sirve para algo, lo trataremos como trabajo, no como un favor.

Berta asintió.

—Eso es lo que necesitaba oír.

Se marchó con su carpeta. Me quedé mirando el espacio vacío donde había estado su silla.

—Tiene razón —dije.

—Sí.

—No nos está pidiendo que le garanticemos el futuro. Nos está pidiendo que no la tratemos como si no tuviera uno propio.

Leo me miró con una tristeza suave.

—Tardamos demasiado en escucharlo.

✦

Cuando salimos de La Azotea, ninguno tenía ganas de hablar de cifras. Caminamos por una calle con terrazas llenas y gente haciendo planes para la noche. Un repartidor pasó entre nosotros y nos obligó a separarnos.

—No quiero ir a tu casa hoy —dije cuando volvimos a caminar juntos.

Leo no pareció ofendido.

—De acuerdo.

—No es por ti.

—No necesito que me expliques una decisión que has tomado.

Me detuve delante del escaparate de una tienda cerrada.

—Quiero estar sola un rato. No para pensar si esto entre nosotros fue un error. Para estar enfadada sin convertirte en el responsable de arreglarme el día.

Leo me sostuvo la mirada.

—Me parece justo. Yo voy a necesitar un rato parecido.

Había algo profundamente tranquilizador en descubrir que la otra persona no iba a perseguirte para interpretar cualquier distancia como una amenaza.

—Podemos cenar el sábado —propuse.

—Me apetece.

—Pero si el plan de Berta termina siendo complicado, no quiero que la cena sea otra reunión sobre Albor.

—Tampoco yo.

Sonreí apenas.

—Estamos adquiriendo una costumbre peligrosa.

—¿Cuál?

—Respetar el horario de las discusiones.

Leo rozó mi mano y después me dio un beso breve. No uno destinado a cerrar el conflicto, porque el conflicto ya estaba cerrado entre nosotros: seguíamos queriendo cosas difíciles y habíamos decidido no mentir por conseguirlas.

Lo vi alejarse hacia el metro. No me sentí abandonada.

Entré en la librería de la esquina, que seguía abierta, y compré una novela que no necesitaba. La pagué sin comprobar primero si había llegado un correo de Albor. Luego me senté en un banco y llamé a Celia.

—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que una empresa no debería sobrevivir a costa de que nadie tenga vida? —pregunté.

—Me acuerdo de haberte dicho muchas cosas sensatas. Necesito que concretes.

—Hoy hemos perdido un cliente grande por no aceptar unas condiciones imposibles.

Hubo un silencio.

—Lo siento —dijo mi hermana.

No añadió que todo pasaba por algo ni que ya llegaría otro mejor.

—Yo también.

Me preguntó si quería pasar por su casa para cenar. Acepté.

Mientras caminaba hacia el metro volví a mirar la lista de mensajes. Ninguno podía arreglar aquella mañana, ni siquiera con la respuesta más brillante del mundo.

Guardé el teléfono.

El precio de decir no era real. Seguía doliendo.

Pero todavía tenía que averiguar cuánto habría costado decir que sí.