CAPÍTULO 20. Una cita sin orden del día
Una cita sin orden del día
La primera cita con un hombre al que conoces desde hace cinco años tiene un problema evidente: ya sabe cómo te comportas cuando las cosas salen mal.
También conoce tu forma de dar instrucciones a un proveedor que llega tarde, tu expresión al descubrir un gasto imprevisto y, en el caso de Leo Soria, las tres ocasiones en que has dicho «puedo organizarlo» cuando lo sensato habría sido salir corriendo.
Lo que no sabe es cuánto tardas en decidir qué ponerte cuando vas a verlo por voluntad propia.
Llevaba veinte minutos frente al armario cuando Celia me llamó.
—¿Vas a venir hoy a comer o me invento una excusa para mamá?
—Hoy no puedo. He quedado.
Hubo un silencio demasiado lleno de posibilidades.
—¿Con quién?
—Con alguien.
—Qué manera más misteriosa de referirte al dentista.
—No voy al dentista un domingo por la tarde.
—Entonces me estás dando pistas.
Me senté en el borde de la cama con tres camisetas sobre las rodillas.
—He quedado con Leo.
Celia no contestó enseguida. Pensé que se había cortado la llamada, pero después escuché una risa pequeña, satisfecha y profundamente insoportable.
—Vaya.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Ese «vaya» de hermana mayor que cree haber descubierto una conspiración.
—Estoy disfrutando de un momento histórico. Déjame cinco segundos.
Se los concedí. No tenía fuerzas para discutir.
—¿Y qué vais a hacer? —preguntó.
—Cenar. Pasear. No sé. Una cita normal.
—¿Qué es una cita normal para ti? ¿Enviar una propuesta con dos opciones de menú y anticipo del cuarenta por ciento?
Miré las camisetas. Era probable que mi hermana hubiera accedido a una parte de mi cerebro que yo desconocía.
—Le he dicho que no quiero que elija todo él —confesé.
—Muy bien.
—Y él me ha contestado que no quiere que organice yo cada minuto.
—Excelente.
—Así que hemos quedado en una plaza a las siete sin decidir qué haremos después.
—Eso suena peligrosísimo.
—Estoy a punto de crear un documento compartido para gestionar la ansiedad.
Celia se rio.
—Ponte algo con lo que puedas caminar y deja de tratar la cita como si fuese una prueba que hubiera que superar.
Colgué sin contarle lo del beso del viernes. Había cosas que necesitaba disfrutar un rato antes de convertirlas en noticia familiar.
✦
Leo llegó cinco minutos antes de las siete. Yo, ocho. Me encontré observándolo desde el otro lado de la plaza y tuve una sensación parecida a descubrir una habitación nueva en una casa en la que has vivido durante años.
No llevaba mochila ni carpeta. Vestía una camiseta oscura y una chaqueta ligera, y había cambiado sus zapatos de trabajo por zapatillas. En una mano sostenía un libro pequeño.
—¿Has venido preparado para una emergencia de lectura? —pregunté al acercarme.
Sonrió.
—Quería devolverte esto.
Era una novela que le había prestado Celia años atrás, cuando todavía se veían de vez en cuando en las celebraciones del negocio. Reconocí el sello de su librería en la primera página.
—¿Llevas cinco años sin devolverle un libro a mi hermana?
—Tres. Y se lo compré después, pero ella insistió en que conservara el ejemplar prestado hasta que lo terminara.
—¿Lo has terminado?
—El sábado.
Lo miré con sospecha.
—¿Te has preparado para caerle bien?
—Intento evitar que mi historial como lector empañe tu reputación.
Me reí. El nerviosismo se deshizo un poco.
Nos habíamos escrito el sábado para acordar la cita.
Ninguno mencionó la oficina; tampoco hizo falta fingir que no existía.
Leo me contó que había pasado la mañana comprando en un mercado y que había intentado cocinar una receta demasiado ambiciosa para una sola persona.
Yo le expliqué que había dedicado más tiempo a elegir una blusa que a preparar algunos presupuestos.
—¿Y quién ha ganado? —preguntó.
—La blusa. El presupuesto nunca me habría hecho cambiarme tres veces.
Caminamos sin rumbo preciso. Había gente en las terrazas y parejas cruzando la calle de la mano. Yo era consciente de la nuestra como si acabáramos de inventar aquella posibilidad. Leo se acercó a mi lado y me la ofreció sin ceremonias.
Se la cogí.
Aún podía oír su voz del viernes preguntando si podía besarme. Aquella pregunta había seguido conmigo durante todo el sábado, por encima del ruido de la ciudad y de un par de intentos fallidos de hacer la compra.
—Tengo una confesión —dije.
—Espero que no tenga que ver con una ampliación de alcance.
—El viernes, después del beso, cuando fuimos a tomar algo, pensé que quizá se te pasaría al día siguiente.
Leo se detuvo lo suficiente para mirarme.
—¿Por qué?
—Porque llevamos años siendo otra cosa. Socios, rivales, gente que se conoce demasiado. Me parecía posible que todo fuese resultado de haber sobrevivido a un evento y a una semana complicada.
—¿Y hoy?
—Hoy no hay evento.
Me miró un momento. Después sonrió.
—Por eso quería verte.
No había una gran declaración en la respuesta. Precisamente por eso me resultó más convincente.
✦
Terminamos entrando en un cine pequeño que anunciaba una comedia antigua. No habíamos decidido ir al cine, pero ninguno puso objeciones cuando vimos el cartel.
—Voy a advertirte algo —dijo Leo en la taquilla—. No me voy hasta los créditos.
—Tu padre estaría orgulloso.
—Y mi madre se habría traído un libro.
Compramos entradas para una sesión que empezaba veinte minutos después. Compartimos unas palomitas demasiado saladas y nos sentamos entre una pareja que discutía por el reposabrazos y un hombre que se quedó dormido durante los anuncios.
La película era una maravilla de errores de identidad, conversaciones a medias y personajes que se negaban a escuchar explicaciones evidentes.
—Podrían resolverlo hablando cinco minutos —susurré en una escena especialmente absurda.
—Perderíamos una hora y media de película —respondió Leo.
Le di un pequeño golpe con el codo.
A mitad de la proyección, su mano buscó la mía en la oscuridad. No ocurrió nada grandioso. Solo la sensación de estar eligiendo una compañía y de que esa elección no necesitaba ninguna razón profesional.
Cumplimos la promesa de esperar a los créditos. Cuando se encendieron las luces, el hombre dormido salió de la sala antes de que apareciera el nombre del montador.
—Tu padre se habría decepcionado —comenté.
—Muchísimo.
Fuera, el aire estaba templado y todavía quedaba claridad. Entramos en un restaurante sencillo de mesas pequeñas donde no había que reservar con dos semanas de antelación ni explicar al camarero por qué no queríamos convertir la cena en una experiencia inmersiva.
Pedimos varios platos para compartir. Fue entonces cuando cometimos nuestro primer error de la noche.
—He recibido el correo de Héctor —dije.
Leo dejó el vaso.
—Nora.
—Solo iba a decir que no lo he abierto.
—Entonces nos estamos acercando peligrosamente a hablar de un correo que no has leído.
—Es un logro de autocontrol que merecía reconocimiento.
—Te lo reconozco. Ahora hablemos de otra cosa.
Me reí. Él también. Durante unos minutos nos contamos recuerdos de juventud que no tenían ninguna utilidad comercial.
Leo había aprendido a tocar la guitarra con un profesor que le hacía practicar siempre la misma canción hasta que terminó odiándola.
Yo había participado en la organización de una fiesta universitaria cuya mayor atracción fue una máquina de humo averiada.
—¿Por qué alguien pensó que tú debías organizarla? —preguntó.
—Porque levanté la mano cuando nadie quería hacerlo.
—Eso explica bastantes cosas.
—Lo sé.
La conversación pasó de nuestros trabajos anteriores a las familias, de las comidas que echábamos de menos a los sitios donde nos gustaría ir sin ningún propósito productivo.
Descubrí que a Leo le gustaba levantarse temprano los sábados, no por disciplina, sino porque le encantaban las calles antes de que estuvieran llenas.
Él se enteró de que yo compraba cuadernos que luego no utilizaba porque me gustaba la sensación de empezar algo nuevo.
—Eso es casi una enfermedad profesional —dijo.
—Tengo una estantería dedicada al diagnóstico.
Comimos despacio. No porque ninguno intentara alargar artificialmente la cita, sino porque no había otra cosa que atender.
Al salir, Leo me preguntó si quería seguir paseando. Le dije que sí.
✦
Fuimos andando hasta un puente peatonal desde el que se veía el tráfico discurrir a distintas alturas. Madrid no estaba especialmente romántica aquella noche. Había una obra vallada, una papelera torcida y un señor explicándole a un perro que habían terminado de pasear.
Sin embargo, me habría costado imaginar un lugar mejor para hablar.
—Hay una cosa que deberíamos acordar —dije.
Leo se apoyó en la barandilla.
—Sabía que acabarías proponiendo una reunión.
—No traigo acta.
—Entonces te escucho.
Me giré hacia él.
—Lo de Fuera de Guion. Somos socios al cincuenta por ciento. Berta trabaja con nosotros y necesitamos tomar decisiones difíciles. No quiero que esto convierta cada desacuerdo en un problema personal.
—Yo tampoco.
—Y tampoco quiero que pienses que tienes que quedarte en la agencia después del quince de junio para demostrar nada.
Leo tardó en contestar. Me agradeció el comentario con una mirada antes de hablar.
—No he cambiado mi compromiso de consultoría. Ni quiero prometerte algo que no podré cumplir. Pero eso no significa que quiera desaparecer de tu vida cuando termine el rescate.
No supe qué hacer con la facilidad con la que había dicho «tu vida».
—No te estoy pidiendo una garantía de futuro —aclaré.
—Lo sé. Te estoy diciendo lo que quiero ahora.
Tomé aire.
—Entonces necesitamos dos reglas. Las decisiones de la empresa se toman con los criterios que ya hemos acordado, no porque estemos saliendo. Y a Berta no vamos a ponerla en medio ni convertirla en la persona que tenga que fingir que no ve nada.
—De acuerdo. También tenemos que decidir cuándo contárselo. No quiero que termine enterándose por un malentendido en mitad de una reunión.
—No mañana a primera hora —respondí—. Pero tampoco dentro de seis meses.
—Me parece razonable.
No escribimos las reglas. No hicimos una lista con firmas ni fecha de revisión. Quizá eso fuera lo más extraño de todo.
—¿Y cuando discutamos? —pregunté.
—Discutiremos. Pero si es por un presupuesto, seguiremos pudiendo explicar por qué. Y si es por nosotros, intentaremos no esconderlo detrás de un presupuesto.
Pensé en la clase de errores que habíamos cometido durante años. Me pareció una ambición considerable para dos personas que llevaban una noche sin saber muy bien cómo cogerse de la mano.
—Eso suena bastante adulto —dije.
—Tengo treinta y nueve años. A veces se nota.
—No te emociones. Acabas de confesar que has tardado tres años en devolver un libro.
Se rio y me besó.
Esta vez no hubo ninguna pregunta, porque ya nos habíamos acercado el uno al otro de una manera que dejaba clara nuestra intención. Le rodeé el cuello con los brazos. Noté sus manos en mi espalda y la tranquilidad improbable de no estar midiendo lo que podía salir mal.
Cuando nos separamos, la obra seguía siendo una obra y el perro del paseo ya se había marchado. Nada en la ciudad había cambiado. Yo sí.
—Podríamos ir a mi casa —dijo Leo—. Está cerca. Si te apetece. Y si prefieres que te acompañe a la estación, también.
Le miré. No había ninguna expectativa escondida detrás de la invitación.
—Me apetece ir contigo.
✦
Su piso era más cálido de lo que esperaba. Tenía una estantería llena de discos, una mesa de madera con dos sillas diferentes y una planta que parecía vivir gracias a una mezcla de voluntad y negligencia. En la cocina había un cuenco con limones y una sartén secándose junto al fregadero.
—Esperaba encontrar una impresora etiquetada y las especias por orden de rentabilidad —comenté.
—Las especias están en un cajón. No me parece un sistema especialmente sofisticado.
Me enseñó una fotografía de sus padres en una playa, más jóvenes de lo que yo los recordaba de una comida de años atrás. Me habló de su hermana, que vivía fuera de Madrid y le enviaba mensajes a horas absurdas para preguntarle por recetas que luego no seguía.
Yo le conté que Celia llevaba cinco años convencida de que él no sabía terminar un libro.
—Ya he corregido esa injusticia —dijo.
Nos reímos. Después el silencio cambió de temperatura.
Leo dejó dos vasos de agua sobre la mesa. Se acercó y me apartó un mechón de pelo de la cara. Le sostuve la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—No tenemos que hacer nada más esta noche.
—Lo sé.
Lo besé, despacio, y sentí cómo me respondía sin apresurarme. Estábamos eligiendo estar allí. No era una recompensa por salvar una empresa ni un modo de olvidar la deuda, y esa diferencia importaba más de lo que sabía explicar.
Dejamos los vasos sobre la mesa. La conversación continuó en voz más baja, interrumpida por besos y alguna risa nerviosa. Cuando fuimos hacia su habitación, le cogí la mano.
La puerta se cerró sin que ninguno necesitara prometer nada para el día siguiente.
✦
Más tarde, ya bajo una sábana ligera, escuché el ruido lejano de un coche y la respiración tranquila de Leo a mi lado.
—Tengo otra confesión —dije.
—Empiezo a pensar que debería llevar un registro.
—Estoy intentando no pensar en el lunes.
Se incorporó un poco para mirarme.
—Podemos hablarlo mañana. El domingo todavía no ha terminado.
Me apoyé contra él.
—Eres bastante mejor haciendo planes cuando no los escribes.
—No se lo digas a Berta.
Me reí contra su hombro.
El banco seguía esperando documentos. Albor seguía siendo una oferta sin condiciones aceptables. Ninguno de los problemas se había resuelto por haber pasado una noche juntos.
Pero tampoco había desaparecido lo que habíamos construido entre nosotros.
Apagué la luz y decidí concederme el único lujo que llevaba meses negándome: dejar que un domingo terminara sin preparar el lunes.