CAPÍTULO 19. La última caja
La última caja
Había dos cosas que me daban miedo aquella mañana: que alguien pidiera introducir un escenario en una sala donde no cabía un escenario y que Leo recordara nuestra conversación del miércoles.
La primera era razonable. La segunda tenía menos defensa jurídica.
El encuentro de Norte Comunicación empezaba a las cinco de la tarde, pero a mediodía ya estábamos en el espacio que Mónica había reservado.
Una sala luminosa en la planta baja de un edificio de oficinas, con cuarenta sillas, una pantalla y la promesa, formulada por el responsable de mantenimiento, de que el aire acondicionado funcionaría cuando hubiera gente.
—Es una promesa optimista —murmuró Yago después de comprobar las rejillas.
—No empieces —le dijo Berta—. Hoy tenemos todo lo que acordamos.
—Incluido un termómetro que me he traído porque he aprendido a no confiar en los hombres que señalan un aparato y dicen «frío hace».
Leo repasó el plano del sábado anterior.
El panel modular estaba en diagonal, la mesa de bienvenida medio metro a la izquierda y el recorrido despejado.
Habíamos hecho que dos áreas de Norte explicaran un proyecto conjunto con ejemplos concretos en lugar de seis intervenciones sobre lo bien que colaboraban.
Mónica llegó a las dos con una caja de acreditaciones y una noticia.
—El responsable de una de las áreas está afónico.
Me tomé un segundo.
—¿Cuánto de afónico?
—Ha intentado hablar conmigo por teléfono y parecía una puerta antigua.
Berta dejó su lista sobre la mesa.
—¿Puede venir? —preguntó.
—Sí. Pero no creo que deba hacer la presentación de diez minutos.
Mi primera reacción fue reescribir el guion sobre la marcha, entregar sus diapositivas a otro ponente y conseguir que todo siguiera igual. La segunda fue recordar que las cuarenta personas que iban a venir no tenían por qué escuchar a alguien fingir que sabía lo que no sabía.
—¿Quién del equipo conoce ese proyecto de primera mano? —pregunté.
—Lucía, su responsable técnica —respondió Mónica—. Pero no suele hablar en público.
—Entonces no vamos a convertirla en conferenciante por sorpresa.
Si quiere, puedo entrevistarla durante cinco minutos.
Preguntas preparadas sobre tres decisiones concretas, nada más.
Y si prefiere no hacerlo, lo contamos con los materiales y dejamos que responda preguntas en la parte de conversación.
Mónica miró a Leo.
Él estaba calculando con Berta si el cambio afectaba a tiempos y sonido.
—Encaja —dijo—. Siempre que no añadamos un bloque nuevo. Sustituimos la intervención prevista por la entrevista o por una explicación breve, y mantenemos la hora de cierre.
Lo dijo sin corregirme. Yo había planteado una alternativa viable antes de que él tuviera que defenderla. Habría sido un triunfo profesional suficiente si mi cerebro no hubiera elegido ese instante para recordar cómo me había mirado el miércoles cuando aceptó ir a tomar algo.
Mónica llamó a Lucía. Volvió cinco minutos después con una sonrisa de alivio.
—Prefiere la entrevista. Dice que si le preparas las preguntas quizá sobreviva.
—Dile que sobrevivirá. Y que no tiene que contar ningún chiste.
—¿Ni tú?
—Yo no he firmado esa cláusula.
✦
A las cuatro menos cuarto ensayamos. Lucía apareció con una carpeta y una expresión de persona que preferiría estar ajustando presupuestos a hablar delante de cuarenta invitados. Le hice tres preguntas y le prometí que ninguna iba a empezar por «¿cómo te sientes al liderar esta transformación?».
—Gracias a Dios —dijo.
Me habló de un error que habían detectado a tiempo en un proyecto compartido. La historia era buena porque no estaba pulida hasta desaparecer. Había gente que se había equivocado, otra que había avisado y un equipo que había cambiado de rumbo.
—Eso es lo que tienes que contar —le dije.
—¿Que nos equivocamos?
—Que supisteis hacer algo cuando os disteis cuenta.
Leo se acercó al terminar el ensayo.
—La pantalla funciona y tenemos el sonido preparado para que puedas hablar desde tu silla, si te resulta más cómodo.
Lucía nos miró a los dos.
—Parece que ya habéis pensado en todo.
—No —respondió Berta desde el otro lado de la sala—. Pero tenemos un plan por si aparece lo que falta.
Me dieron ganas de abrazarla. En lugar de eso comprobé que pudiera irse a la hora pactada, como había prometido.
El evento comenzó a las cinco y cinco. Entraron cuarenta personas, aproximadamente la cifra que habíamos previsto. El responsable de mantenimiento consiguió que el aire acondicionado funcionara, aunque Yago insistió en decir que había sido un milagro administrativo y no técnico.
La primera parte fue sencilla. Norte explicó por qué había unido dos áreas de trabajo. La segunda fue la conversación con Lucía, que empezó nerviosa y terminó contestando con una naturalidad contagiosa cuando le pregunté qué le habría gustado saber antes de comenzar el proyecto.
—Que la persona a la que tienes miedo de llamar probablemente está deseando que la llames —dijo.
Alguien del público soltó una risa. Después otra persona hizo una pregunta. Lucía respondió sin consultar la carpeta. El encuentro había dejado de ser un programa que yo tenía que sostener y se había convertido en una conversación que pertenecía a quienes estaban allí.
Desde un lateral vi a Leo hablando con un técnico del edificio. No podía oírlo, pero reconocí sus gestos: señalaba la disposición de una mesa y escuchaba al otro hombre antes de decidir nada. Berta comprobaba la circulación y Yago vigilaba el sonido. Cada uno estaba haciendo su trabajo.
Yo también.
Cuando llegó el turno de visitar las dos estaciones, una invitada me preguntó cuánto costaba organizar un formato así.
—Depende del objetivo y de la producción —respondí—. Si me dices para qué lo necesitas, podemos estudiar si tiene sentido.
Me dio su tarjeta. No era un contrato. No conté mentalmente la factura que aún no existía.
Mónica se acercó poco después.
—Esto se parece mucho más a lo que quería que a lo que pedí al principio.
—Es un cumplido bastante exigente.
—Lo es. ¿Puedes mandarme el resumen de esta tarde el lunes?
—Está incluido en la entrega. Tendrás la versión para revisar en el plazo acordado.
Asintió, satisfecha. Ninguna de las dos necesitó inventar un favor adicional para demostrar que estaba contenta.
✦
A las siete terminó el encuentro. Los invitados salieron entre comentarios y tarjetas intercambiadas; Lucía agradeció que no la hubiéramos obligado a pronunciar un discurso; Mónica firmó la conformidad del servicio y verificó el pequeño cambio de programa, que no había generado un coste nuevo.
Berta se despidió cuando terminó su horario.
Yago recogió su equipo conforme al encargo que habíamos acordado y dejó el inventario cerrado.
Quedaban unas pocas cosas por guardar. Leo y yo decidimos ocuparnos de ellas mientras el personal de mantenimiento retiraba las sillas.
No era una competición para ver quién se sacrificaba más. Eran dos cajas de materiales de nuestra agencia y una maleta de ruedas. Todo lo demás había salido con su proveedor correspondiente.
—No me creo que estemos terminando a la hora prevista —dije.
—Hay testigos.
—¿Crees que Berta nos dará otra pegatina azul?
—Solo si cabe en su sistema de clasificación.
La primera caja contenía cables de repuesto, rotuladores y tarjetas sobrantes. La segunda estaba llena de paneles plegados que olían ligeramente a cartón nuevo. Intenté levantarla sola y descubrí que era una idea más ambiciosa que sensata.
—¿Te ayudo? —preguntó Leo.
—Puedo.
Me miró. Yo miré la caja.
—Podemos —corregí.
La levantamos entre los dos, cada uno por un lado, y la llevamos hasta el pequeño almacén donde nos habían permitido dejar el material unos minutos mientras esperábamos el vehículo de recogida.
—Mucho mejor —dije cuando la apoyamos.
—Curiosamente, funciona.
Me limpié las manos en los pantalones. Leo comprobó el inventario y cerró la tapa.
La última caja.
Parecía absurdo que un objeto de cartón pudiera tener tanto peso después de cinco años llenos de montajes. La habíamos cerrado al mismo tiempo, sin discutir, sin una promesa imprudente a un cliente, sin pedirle a Berta que renunciara a su vida ni a Yago que trabajara de regalo.
—Ha salido bien —dije.
—Sí.
—Puedes decirlo sin añadir una condición.
Leo cerró el bolígrafo.
—Ha salido bien, Nora.
Había algo distinto en su voz. No era el tono que utilizaba para confirmar un presupuesto. Levanté los ojos.
Estábamos solos en el almacén, con la puerta abierta al pasillo. A unos metros se escuchaba el ruido de las sillas que retiraba mantenimiento. El edificio seguía vivo, pero nadie nos prestaba atención.
—Gracias por lo de Lucía —dijo—. Has conseguido que pudiera explicar su trabajo sin fingir que era otra persona.
—Tú has conseguido que no tuviera que levantarse y hablar delante de una pantalla que le daba miedo.
—Era lo razonable.
—Ya. Pero lo hiciste.
Nos miramos. No apareció ninguna broma a tiempo de interrumpirnos.
Me acordé de Umbral, de la primera semana de abril y de las cosas que había querido decirle sin encontrar la manera. Me acordé de su disculpa en la cafetería, de mi propia confesión, de la forma en que había aceptado que los dos podíamos cambiar sin exigir que el otro olvidara nada.
—Leo —empecé.
—Dime.
—Lo del miércoles. Cuando te propuse ir a tomar algo...
—Me gustaría hacerlo —respondió—. Si sigue en pie.
—Sí, sigue.
Se acercó un paso, despacio. Yo no retrocedí. A aquella distancia podía distinguir una pequeña mancha de polvo en su camisa. La habría señalado en cualquier otra circunstancia, probablemente con alguna broma sobre su impecable control de calidad.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
La pregunta me desarmó más que cualquier improvisación. Llevábamos semanas midiendo palabras y espacios, defendiendo nuestras decisiones, aprendiendo a no adelantarnos al otro. Aquella vez no tenía que interpretar un silencio.
—Sí —dije.
Me besó con una suavidad que duró lo suficiente para que comprendiera que llevaba demasiado tiempo imaginando aquel momento sin admitirlo. Le apoyé una mano en el brazo. Él me sostuvo por la cintura sin apretarme. No había prisa, ni una deuda pendiente que estuviéramos intentando saldar.
Cuando nos separamos, seguíamos muy cerca.
—Esto no estaba en el programa —susurré.
Leo sonrió.
—Tampoco en el presupuesto.
Me eché a reír contra su hombro. Después fui yo quien lo besó otra vez, porque ya no tenía ninguna intención de dejar que todas las decisiones importantes fueran suyas.
Un ruido de ruedas se acercó por el pasillo. Nos apartamos antes de que apareciera el encargado de recogida, que preguntó por las dos cajas. Señalamos el material con una normalidad tan estudiada que habría sido sospechosa si aquel hombre hubiera tenido el menor interés en nosotros.
Firmamos la entrega, recogimos los portátiles y salimos.
En la calle empezaba a refrescar. Leo se quedó a mi lado mientras buscábamos un sitio para tomar algo. Ninguno parecía saber qué hacer con las manos; después de todos nuestros contratos, resultaba sorprendente que nadie hubiera previsto ese apartado.
—Hay un bar a dos calles —dijo.
—¿Es una recomendación contrastada?
—Sirven algo de comer y no ponen música demasiado alta.
—Entonces parece una propuesta razonable.
Caminamos juntos. En el primer semáforo su mano rozó la mía. Esta vez no fingimos que había sido un accidente.
La cogí.
No pensé que todo estuviera solucionado.
El lunes seguiríamos teniendo un banco, una póliza y la oferta de Albor esperando respuesta.
Leo continuaría teniendo su trabajo comprometido para junio y yo seguiría siendo socia al cincuenta por ciento de una empresa que todavía tenía que demostrar que podía sostenerse.
Pero había besado a Leo Soria.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el problema que me preocupaba de un lunes no era cómo íbamos a trabajar juntos.
Era cómo íbamos a mirarnos después de aquello.