CAPÍTULO 18. Lo que no dije entonces
Lo que no dije entonces
La segunda vez que fuimos a Albor, Héctor nos recibió sin pantalla de bienvenida.
Consideré aquello un avance. Cuando una empresa dejaba de mostrarte fotografías de eventos perfectos, por lo menos existía la posibilidad de hablar de lo que podía salir mal.
Nos sentamos en una sala pequeña con una mesa redonda. Esta vez estaba también una responsable de Compras, Julia, que había traído el borrador de condiciones con varias anotaciones.
—Héctor me ha dicho que tenéis una propuesta de producción modular —empezó—. Me interesa entender qué ahorro real implica y por qué necesitáis modificar las condiciones estándar.
Yo había preparado tres láminas. La primera mostraba cómo se verían los seis encuentros si todos compartían una estructura básica.
La segunda, qué elementos cambiarían en cada ciudad.
La tercera, una comparación sin cifras definitivas entre rehacer cada acto desde cero y reutilizar materiales y procesos.
—La idea no es cobraros seis veces por pensar lo mismo —expliqué—. Es diseñar una experiencia consistente para que vuestros comerciales puedan concentrarse en conversar con los invitados. Cuando algo deba variar, sabremos qué parte del presupuesto afecta.
Julia escuchó con interés.
—Eso me gusta. Pero si hay un cambio pequeño no queremos recibir una factura adicional por mover una mesa.
—Tampoco nosotros queremos emitirla —respondí—. Podemos definir un margen de ajustes ordinarios dentro del alcance. El problema es llamar pequeño a un cambio que obliga a contratar personal o a repetir un montaje.
Leo añadió ejemplos concretos. Cambiar el texto de una tarjeta antes de imprimirla no equivalía a cambiar la ciudad de un encuentro con proveedores ya contratados.
Añadir diez asistentes dentro de la capacidad prevista tampoco era lo mismo que solicitar una nueva sala y un servicio completo de catering.
—Si establecemos esas diferencias antes de firmar, tendremos menos discusiones después —concluyó.
Julia tomó notas. Héctor parecía satisfecho con el tono, aunque no dejó de insistir en que su dirección necesitaba rapidez y un interlocutor disponible para todo.
—Podemos designar una persona de contacto y un calendario de respuesta —dije—. Pero no venderos que alguien estará atendiendo cambios veinticuatro horas al día. Nadie puede cumplir eso durante tres meses de forma razonable.
—Hay agencias que lo prometen —respondió Héctor.
—Puede ser. Nosotros queremos que sepáis quién os va a responder el día del evento y en qué condiciones. Eso se puede comprobar.
Julia cerró su bolígrafo.
—Preparad vuestra mejor oferta y señalad los cambios de condiciones que consideréis imprescindibles. No garantizo que podamos aceptarlos, pero prefiero verlos claramente a recibir un precio que luego no se sostiene.
No era una concesión. Era permiso para negociar.
Nos despedimos sin promesas y salimos a la calle con algo más útil que el entusiasmo: la certeza de que había una interlocutora dispuesta a escuchar y ninguna seguridad de que el resultado fuese suficiente.
✦
Había empezado a llover. No una tormenta importante, solo esa lluvia fina que convierte a Madrid en una ciudad de personas que miran el cielo con reproche porque nadie ha traído paraguas.
Leo llevaba uno pequeño en la mochila.
—¿Vienes? —preguntó.
Me acerqué. El paraguas servía para una persona con optimismo o para dos que estuvieran dispuestas a compartir espacio.
—Ese paraguas es del tamaño de un posavasos —observé.
—Podemos ir hasta la cafetería de la esquina. Después vemos.
Caminamos hombro con hombro para evitar que se nos mojaran los papeles. El contacto era una consecuencia completamente razonable de la meteorología. Mi atención, en cambio, parecía haber renunciado a comportarse de forma razonable.
Al entrar en la cafetería, Leo cerró el paraguas con cuidado. Tenía agua en la manga y una expresión seria que no le había visto durante la reunión.
Nos sentamos junto a la ventana. Pedí un té. Él, café solo.
—Julia ha entendido el problema —dije.
—Sí. Pero Compras puede seguir negándose a modificar la forma en que aprueban los cambios.
—Entonces no lo aceptaremos así.
Me oyó decirlo. Yo también.
—Hace un mes te habría costado bastante pronunciar esa frase —comentó.
—Hace un mes habría pensado que necesitaba encontrar una manera de convencerlos de que me dejaran hacerlo todo gratis.
—No todo. Solo lo suficiente para no perderlos.
Era una observación exacta. No me dolió tanto como habría dolido antes.
El camarero dejó las tazas sobre la mesa. En la pared había un espejo viejo que duplicaba los movimientos de la barra. Lo miré mientras revolvía el té.
—Lo de Umbral —dije.
Leo levantó los ojos. No necesitó preguntarme de qué hablaba.
—En nuestra primera conversación sobre aquello te dije que no había calculado bien los talleres ni la retransmisión. Es verdad. Pero hay algo que no llegué a explicarte.
No era una revelación extraordinaria. Ni un correo escondido. Era, precisamente, una de esas cosas pequeñas que se quedan atrapadas porque a una le da vergüenza reconocerlas.
—Dos días antes de aquella reunión me llegó una estimación preliminar de un proveedor. No era un presupuesto cerrado. Pero bastaba para saber que la retransmisión no iba a salir de lo que teníamos aprobado.
Leo apoyó la taza.
—No me la comentaste.
—No. Pensé que, si conseguíamos la ampliación delante del cliente, ya encontraríamos cómo ajustar el resto. Me había empeñado en que la idea funcionara. Y me avergonzaba presentarte un coste que no encajaba.
—¿Berta lo sabía?
—Sabía que había dudas sobre la parte técnica. No le enseñé esa cifra. No fue ella quien tomó la decisión.
Lo dije porque no quería repetir la costumbre de dejar a otras personas cargando con las consecuencias de lo que había elegido yo.
Leo miró un momento la lluvia.
—Eso explica una parte que yo no entendía. Cuando dije que no podíamos prometerlo, estabas intentando ganar tiempo.
—Sí. No fue una buena manera de hacerlo. Y luego, cuando tú me paraste delante de Umbral, me enfadé tanto que seguí defendiendo una propuesta que ya sabía que necesitaba otro precio.
Tuve que detenerme. Me había costado meses pronunciar aquello sin añadir una explicación que me dejara mejor.
—Lo siento —dije—. Por prometer algo que aún no podíamos ofrecer. Y por convertir después el problema en una discusión sobre quién creía más en la empresa.
Leo tardó en contestar.
—Yo también lo siento, Nora.
Era la primera vez que decía aquellas palabras sin rodeos. El veintiuno de abril había reconocido lo que hizo y por qué estuvo mal. Ahora no parecía estar construyendo una defensa, ni esperaba que le absolvieran antes de terminar la frase.
—Tenías derecho a plantear una ampliación —continuó—.
Yo tenía derecho a exigir que fuera viable.
Lo que no tenía derecho era a hacerte quedar como una incompetente delante del cliente y de Berta.
Podría haber pedido una pausa, haberte hablado aparte y reconducido la reunión.
Elegí demostrar que el riesgo era real en lugar de pensar en cómo nos iba a afectar a todos la manera de decirlo.
Me quedé mirando mis manos.
—Y después te fuiste.
—Sí.
No lo corrigió a «me aparté». Sabía que una descripción podía ser exacta en una hoja societaria y quedarse muy corta para explicar lo que había sucedido en una oficina.
—Estaba agotado de discutir —dijo—. Pensé que, si dejaba la operación diaria, reduciría los daños. Lo que hice fue dejarte sola con una parte de ellos. Y a Berta también.
—Te culpé de todo durante mucho tiempo.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo hice algo parecido. Me convencí de que, si hubiera habido menos promesas imposibles, podríamos haber seguido trabajando juntos. Era una explicación muy cómoda. No tenía que preguntarme qué había hecho yo para que hablar conmigo resultara tan difícil.
Aquello me dolió de una manera nueva. No por lo que me reprochaba, sino porque él también había pasado más de un año buscando una versión de nosotros en la que su decisión pareciera inevitable.
En la mesa de al lado, una mujer ayudaba a su hijo con un ejercicio de matemáticas. El niño le insistía en que había llegado al resultado correcto y ella le preguntaba cómo. No pude evitar pensar que Leo habría aprobado el procedimiento.
—No sé si podemos volver a ser como antes —dije.
—No quiero que volvamos a ser como antes.
Le miré.
—Éramos buenos en algunas cosas.
—Muy buenos. También trabajábamos hasta cualquier hora, confundíamos estar disponibles con merecer clientes y esperábamos que Berta nos sacara de apuros que nosotros mismos habíamos creado.
—Tienes una manera encantadora de recordar los buenos tiempos.
—Prefiero lo que hicimos con Tándem.
Sonreí ligeramente.
—Treinta personas que no querían jugar.
—Y nadie tuvo que fingir que lo estaba pasando de maravilla.
Guardamos silencio. No fue un silencio incómodo, aunque tenía peso. Habíamos hablado de la discusión antes, pero nunca nos habíamos quedado tanto tiempo después, sin buscar otra actividad que nos permitiera escapar.
—¿Sabes qué me da miedo de Albor? —pregunté.
—Que digan que no.
—También. Pero más me preocupa que digan que sí a un proyecto que no podamos cumplir. Y que luego volvamos a convertir cada cambio en una batalla.
Leo dejó la taza vacía a un lado.
—Eso depende de lo que acordemos ahora. Y de lo que hagamos cuando algo no salga como estaba previsto.
—No podemos escribir una cláusula que nos obligue a tratarnos bien.
—Podemos empezar por no corregirnos delante de la gente cuando haya una alternativa. Y por decirnos a tiempo lo que sabemos, incluso si es incómodo.
Era poco espectacular. También era mucho más difícil que un contrato romántico inventado para obligar a dos personas a verse.
—Trato hecho —respondí.
Leo extendió la mano sobre la mesa, no para estrechar la mía, sino para acercarme la servilleta que había dejado junto a su taza. La necesitaba porque estaba goteando agua desde mi manga sobre los papeles.
La cogí. Durante un segundo nuestros dedos se rozaron.
Era un contacto insignificante. Solo que yo lo noté entero.
No hice un gesto para prolongarlo. Él tampoco.
✦
La lluvia había aflojado cuando regresamos a La Azotea. Berta estaba revisando los materiales de Norte para el viernes. Nos preguntó por Albor y escuchó la respuesta sin entusiasmarse más de la cuenta.
—Julia está dispuesta a estudiar una oferta con condiciones claras —le expliqué—. Nada está aprobado.
—Entonces puedo preparar el escenario de costes para el martes sin que me pidáis que haga milagros.
—Eso es —dijo Leo.
Berta dejó el rotulador sobre la mesa.
—Habéis tardado en volver. ¿Ha pasado algo?
No preguntó con malicia, sino con la prudencia de quien temía que hubieran discutido otra vez con el cliente.
—Hemos hablado de Umbral —contesté—. Fuera de aquí. Y de lo que hicimos mal.
Berta nos miró unos segundos.
—Espero que os haya servido.
—Creo que sí —respondió Leo.
—Estupendo. Porque el viernes necesito que los dos tengáis la cabeza en el montaje y no en demostrar quién tenía razón hace catorce meses.
—La tendremos —dije.
Volvió a sus planos. No nos pidió detalles. Agradecí esa discreción más de lo que habría sabido explicarle.
A última hora Leo pasó junto a mi mesa para recoger una carpeta. Se detuvo.
—Nora.
Levanté la vista.
—Gracias por contarme lo de la estimación.
—Me costó más de lo que parecía.
—Lo sé.
Había algo en su manera de mirarme que no había estado allí cuando regresó a la agencia. O quizá lo había estado y yo me había negado a reconocerlo.
—El viernes —dije—, cuando termine el evento de Norte, podríamos ir a tomar algo. Si no acabamos demasiado tarde.
La frase salió antes de que pudiera convertirla en un plan de trabajo.
Leo tardó un segundo en sonreír.
—Me gustaría.
Me quedé esperando una condición, un plazo, alguna broma sobre presupuestos. No llegó.
—Bien —dije, y me oí utilizando una de sus respuestas favoritas.
—Bien —repitió.
Se marchó con la carpeta bajo el brazo. Yo miré la pantalla sin leer una sola palabra.
No había un beso. No habíamos definido nada. El viernes aún teníamos un evento que sacar adelante, y Albor seguía siendo una decisión arriesgada que ninguno podía tomar por impulso.
Pero por primera vez desde que habíamos vuelto a trabajar juntos deseé que llegara el final de una jornada por una razón que no tenía nada que ver con salir de la oficina.