CAPÍTULO 16. El arte de decir una cosa y otra
El arte de decir una cosa y otra
La primera vez que vi a Leo Soria de rodillas delante de mí después de catorce meses sin soportarnos, estaba pegando cinta en el suelo.
—No parece una postura muy cómoda —comenté.
—El cable tiene que quedar fijado. Puedes ayudar o hacer una fotografía para tu colección de escenas absurdas.
—No tengo ninguna colección.
—Has fotografiado un cartel que decía «congreso de innovación tradicional».
—Eso era patrimonio cultural.
Leo alisó el último tramo de cinta con el pulgar.
El cable cruzaba una esquina del espacio de actos que Norte Comunicación había reservado para el viernes siguiente, y él llevaba diez minutos comprobando que no invadiera el paso.
Mónica había confirmado el nuevo encargo el viernes por la mañana, con alcance firmado y anticipo solicitado.
No habíamos alquilado un castillo ni organizado una cumbre internacional: era un encuentro de unas cuarenta personas para presentar el trabajo de dos áreas de la empresa.
Habíamos pedido visitar la sala el sábado porque era el único momento disponible para comprobar la disposición real antes de enviar la orden de materiales.
No era un montaje completo, aunque Yago había traído una muestra del panel modular y un cable de prueba.
La visita duraría dos horas. Berta no estaba: el lunes haría su revisión de producción con las medidas que le enviáramos, dentro de su horario habitual.
Yago tenía presupuestada su intervención.
Leo y yo habíamos reorganizado el lunes para no convertir otra mañana de fin de semana en una deuda con nosotros mismos.
Todavía me parecía un modo insólito de dirigir una empresa.
—Por ahí pasará la gente —señalé, mirando el plano.
—Si la mesa queda en su sitio, sí.
Moví la silla más cercana treinta centímetros.
—¿Y si ponemos el panel en diagonal? Así se ve al entrar sin cerrar el recorrido.
Leo se levantó y observó la pared. Se había remangado la camisa y tenía una mancha de polvo en el antebrazo.
—Perdemos superficie para el segundo caso.
—Podemos reducir el texto. No necesitan leer una novela a la entrada.
—Eso espero. Ya tenemos bastante con tus propuestas comerciales.
—Mis propuestas comerciales mantienen vivo tu afán por hacer columnas.
Yago apareció cargando la muestra del panel.
—Os agradecería que decidierais si lo queréis delante o detrás antes de convertiros en un matrimonio que discute por la posición del sofá.
—No somos un matrimonio —respondimos los dos a la vez.
Yago nos miró sin pestañear.
—No he dicho que lo fuerais. He dicho que discutís igual.
Dejé la carpeta sobre una mesa para no darle la satisfacción de una respuesta. El aire del local estaba frío, pero en la parte iluminada por los ventanales se empezaba a notar el sol de mayo.
Probamos el panel en diagonal. La primera versión quedaba demasiado cerca del paso.
La segunda permitía circular, pero la imagen principal no se veía desde la puerta.
En la tercera, Leo sugirió desplazar la mesa de bienvenida y dejar una franja limpia por el centro. La fotografía de prueba salió bien.
—No parece la opción más vistosa del plano —admitió.
—Es porque el plano tiene la personalidad de una declaración de la renta.
—Y, sin embargo, acabamos de utilizarlo para que tu idea funcione.
Sonreí antes de poder hacer nada por evitarlo.
La nueva distribución conservaba el propósito que yo había defendido —que los asistentes vieran el trabajo antes de sentarse a escuchar discursos— y resolvía los problemas que él había detectado.
Hubo un tiempo en que habría interpretado cada medida como una forma de desinflarme.
Aquella mañana me pareció exactamente lo contrario.
Yago hizo dos fotografías del resultado, tomó medidas y guardó la muestra.
—Tengo suficiente. El lunes Berta podrá confirmar materiales y no hará falta que yo vuelva para ver si habéis cambiado de opinión doce veces.
—Solo hemos cambiado tres —dije.
—Ya. Me debéis nueve.
Pagamos la visita como estaba pactado y lo despedimos en la puerta. Se marchó con su equipo y una recomendación sobre la altura del panel que ninguno de los dos discutió.
Nos quedamos solos unos minutos para comprobar la luz a la hora aproximada del evento. En el suelo había dos tiras de cinta que marcaban el paso, y sobre la mesa reposaban mis bocetos junto al metro plegable de Leo.
—¿Quieres que hagamos una foto desde la entrada? —preguntó.
—Sí. Así Berta verá el recorrido.
Se colocó detrás de mí para comprobar el encuadre. No me tocó. Apenas se inclinó sobre mi hombro para señalar una esquina que quedaba fuera de imagen.
—Desde ahí parece que la mesa bloquea la pantalla.
—Porque la bloquea.
—En el montaje definitivo estará medio metro más a la izquierda.
Me aparté para dejarle probar. Al hacerlo descubrí que estábamos mucho más cerca de lo necesario para dos personas que solo tenían que fotografiar una sala vacía.
Lo notamos los dos.
Leo retrocedió primero, con una naturalidad que me permitió fingir que solo necesitaba comprobar la imagen.
—Esta sirve —dijo, enseñándome el teléfono.
La fotografía estaba bien. Era imposible enfadarme por ello.
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Antes de irnos, nos sentamos en las sillas que habíamos dispuesto para el viernes, para comprobar la visibilidad desde la última fila. Era una excusa razonable y lo bastante cómoda como para que ninguno se levantara enseguida.
—¿Te dio tiempo a comer el jueves? —preguntó Leo.
—Conseguí un menú entero. Tú estabas presente.
—Me refiero a después. Te vi irte con el portátil abierto.
—Ah. Sí. Cené en casa.
—Bien.
—¿Vas a empezar a controlar también mi alimentación?
—No. Solo me preguntaba si habías terminado la jornada.
Debería haberle respondido con una broma. En su lugar, lo miré de perfil mientras observaba el espacio vacío.
—La terminé. Vi una película mala y me quedé dormida antes del final.
—¿Qué película?
Se lo dije. Leo giró hacia mí con una expresión de auténtica indignación.
—Esa no es mala.
—Tiene un personaje que resuelve sus problemas fingiendo que ha perdido la memoria.
—Y un actor secundario magnífico.
—Has elegido una colina muy extraña para morir en ella.
—Todos tenemos principios.
Nos reímos. Después me contó que, cuando era adolescente, iba al cine con su padre los domingos y tenían una regla: jamás abandonar la sala antes de los créditos, por mala que fuera la película. Su padre pensaba que había personas que habían trabajado hasta el último minuto para hacerla.
—¿Sigue haciéndolo? —pregunté.
—Sí. Ahora mi madre lleva un libro porque se niega a esperar sentada viendo nombres de gente que no conoce.
La imagen me hizo sonreír.
—Tu madre parece sensata.
—Es la que me enseñó que poner límites también es una forma de querer a alguien.
Aquello quedó suspendido un instante. No parecía una frase ensayada para impresionarme. Era un recuerdo doméstico, de una persona que había existido mucho antes de nuestra empresa y de todos sus problemas.
—Celia diría algo parecido —respondí—. Aunque probablemente empezaría por obligarte a comprar una novela.
—¿Tu hermana no era la que cierra a las ocho pase lo que pase?
—La misma. El otro día me llevó a una lectura para demostrarme que el mundo seguía funcionando si yo no respondía correos.
—¿Y funcionó?
—La escritora dijo algo sobre personajes que siempre hacen lo contrario de lo que les conviene. Me sentí aludida.
Leo no se rio inmediatamente.
—A mí me da la impresión de que estás empezando a hacer otras cosas.
Me removí en la silla.
—Cuidado. Si me elogias mucho, acabaré creyéndomelo.
—No sería la peor consecuencia.
Se hizo un silencio cómodo. Al menos empezó siéndolo. Después me fijé en la forma en que Leo apoyaba las manos sobre las rodillas, en que había dejado de mirar la sala y estaba mirándome a mí.
Me di cuenta de que no quería apartar los ojos.
No estaba pensando en facturas. Ni en los sesenta días. Ni siquiera en la carpeta de Albor que me esperaba en el ordenador. Pensaba en que llevaba años viendo a aquel hombre junto a mesas de montaje y nunca me había preguntado cómo era cuando no tenía nada que resolver.
Él inclinó un poco la cabeza, como si fuera a decir algo.
Mi móvil sonó.
Era una llamada de Mónica. Contesté porque la reunión del viernes estaba recién contratada y no sabíamos todavía si existía alguna incidencia con el espacio.
—Nora, perdona que te moleste en sábado. Solo quería comprobar si habéis podido entrar a revisar la sala. El conserje me ha dicho que estabais allí.
—Sí. Hemos terminado. Todo correcto. El lunes recibirás el plano definitivo.
—Perfecto. No hace falta nada más. Y gracias por hacerlo con tanta antelación.
Colgué. La conversación había durado menos de medio minuto.
Cuando levanté la vista, Leo estaba de pie, guardando el metro plegable. Ya no había nada parecido a aquel momento. Tampoco parecía enfadado. Nos habíamos quedado demasiado cerca de algo que ninguno había decidido todavía.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—Sí.
Recogimos los bocetos y devolvimos las llaves a la persona encargada de la sala.
En la calle el aire estaba más caliente. Leo se ofreció a acompañarme hasta el metro, que estaba a unas manzanas. Acepté, aunque ninguno necesitaba supervisar el trayecto del otro.
—Creo que el viernes quedará bien —dije mientras caminábamos.
—Sí. Berta aprobará la distribución si las medidas coinciden.
—No hablaba solo del panel.
Leo tardó un segundo en contestar.
—Yo tampoco.
No pregunté qué quería decir. La respuesta quizá era demasiado sencilla y todavía no sabía qué haría con ella.
Al despedirnos no hubo un gesto extraordinario. Ninguna mano buscando otra. Ninguna frase que cambiara las condiciones del mundo.
Solo nos quedamos un poco más de lo habitual delante de la boca del metro.
Bajé las escaleras preguntándome por qué me había aliviado que sonara el móvil.
Y por qué, apenas un minuto después, me estaba arrepintiendo.