No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 14. Los aplausos no pagan nóminas
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CAPÍTULO 14. Los aplausos no pagan nóminas

Los aplausos no pagan nóminas

En el metro, de camino al banco, descubrí que era perfectamente posible repasar la misma hoja de cálculo hasta aprenderse las cifras de memoria y seguir sin entender cómo iba a impedir que una empresa cerrara.

Leo me había enviado la versión definitiva la tarde anterior, dentro de nuestro horario de trabajo y sin ninguna frase que terminara en «urgente».

Yo la había abierto tres veces. Habíamos perdido Senda.

Teníamos unos gastos fijos mensuales que no desaparecían por mucho que uno los mirara con severidad.

La póliza de crédito tenía un límite de veinticinco mil euros, de los que habíamos utilizado diecisiete mil ochocientos al empezar el rescate.

Y faltaba un mes para su vencimiento.

El piloto de Tándem había salido bien. Mónica estaba contenta con Norte Comunicación. Cauce había pagado el encargo de abril. Pero las palabras «ha salido bien» no figuraban en ninguna de las columnas que nos iban a pedir.

Salí a la calle diez minutos antes de la cita. Leo esperaba junto a la puerta de la sucursal con una carpeta bajo el brazo y dos cafés para llevar.

—No me digas que has preparado un plan de rescate por orden alfabético —dije.

—He puesto lo que nos han pedido en el orden en que probablemente lo revisen.

—Eso es exactamente un plan de rescate por orden alfabético.

Me ofreció uno de los cafés.

—Hoy pensaba que te vendría bien.

La frase me sorprendió por lo sencilla. No había corregido nada ni me había pedido que dejara de preocuparme. Me había visto la cara y había comprado café.

—Gracias.

Lo acepté. Estaba caliente y sabía a café de verdad, no a ese líquido con el que llevábamos semanas intentando resucitar la máquina de La Azotea.

—¿Dormiste? —preguntó.

—Varias veces. Poco tiempo cada una.

—No necesitas llevar tú sola toda la reunión.

—Lo sé.

Era mentira, pero de una variedad pequeña y bastante habitual.

—Nora.

Me miró directamente. No había insistencia en la voz.

—Si hay una pregunta que no sepamos responder, lo decimos y enviamos el dato después. No vamos a inventar nada para salir de la sala con buena cara.

Asentí. No le dije que una parte de mí llevaba días convencida de que, si encontraba las palabras adecuadas, conseguiría que los números dejaran de importar.

✦

La directora de nuestra sucursal se llamaba Eva Moreno. Tenía una mesa despejada, una calculadora pequeña y la costumbre de esperar a que terminaras las frases. Habría sido una excelente negociadora de secuestros.

—He revisado los datos que me enviasteis —empezó—. Gracias por venir antes del vencimiento. Tenemos tiempo para estudiar opciones, pero necesitamos una imagen real de la situación.

Leo abrió la carpeta.

—La cuenta que perdimos representaba aproximadamente el cincuenta y cinco por ciento de los ingresos recientes. Estamos reduciendo gastos variables y revisando los compromisos. Aquí están los contratos firmados, las facturas emitidas y la situación actual de tesorería.

Eva separó los documentos en montones distintos.

—Bien. ¿Y esta previsión de mayo?

—Son propuestas que estamos negociando —respondí—. No están firmadas.

Ella alzó la vista.

—Entonces no son ingresos comprometidos.

Una parte de mí quiso explicarle que una de las clientas había estado encantada con el servicio, que nos había recomendado a otra persona y que teníamos una conversación prometedora la semana siguiente.

También quise contarle lo que habíamos conseguido con Tándem.

Lo había visto funcionar con mis propios ojos.

Había personas que habían salido de allí con ideas útiles, y eso debería valer algo.

Eva esperó.

—No —admití—. Todavía no lo son.

Leo deslizó hacia ella una segunda hoja.

—Hemos preparado tres escenarios. Uno con los encargos ya confirmados, otro que incorpora las ventas probables cuando se firmen y uno más conservador si no se materializan. El primero no cubre toda la estructura actual.

No me gustó oírlo en voz alta. Pero tampoco podía negarlo.

Eva hizo un par de cálculos y nos preguntó por los cobros vencidos. Revisó la documentación de dos facturas cuya fecha de pago había pasado y distinguió otra que seguía pendiente de corrección administrativa.

—Hasta que el dinero entre, no podemos basar una solución en esos importes —dijo—. Y aunque consigáis nuevos contratos, habrá que ver los anticipos, los costes de ejecutarlos y cuándo queda caja disponible para atender las obligaciones.

Había pasado cinco años vendiendo ideas. De pronto me encontraba en una habitación donde nadie quería comprarme ninguna.

—¿Podríais renovar la póliza con un límite inferior? —preguntó Leo.

—Es una posibilidad a estudiar. También podría plantearse una amortización pactada del saldo.

No puedo prometeros hoy ninguna de las dos.

Dependerá del análisis de riesgos y de que el negocio demuestre capacidad para devolver lo dispuesto.

No sería responsable aumentar vuestra financiación si eso solo sirve para retrasar el problema.

Miré a Eva. No parecía estar disfrutando de nuestras dificultades. Era peor: hablaba como alguien que tenía razón en algo que yo llevaba semanas intentando no escuchar.

—¿Qué necesitaríais para tomar una decisión? —pregunté.

Enumeró documentos concretos: una previsión de tesorería actualizada, contratos firmados con fechas de cobro, detalle de deudas con proveedores, medidas de reducción de gastos y una explicación de cómo funcionaría la empresa sin la cuenta perdida.

Nos pidió enviar el expediente antes de la última semana de mayo, para disponer de margen antes del vencimiento del tres de junio.

—¿Y si no sale? —pregunté.

Eva no esquivó la mirada.

—Entonces tendréis que estudiar con vuestra asesoría cómo atender las obligaciones y, si no hay continuidad viable, preparar un cierre ordenado. Pero hoy no hemos llegado a ninguna decisión definitiva.

Había pronunciado la palabra «cierre» sin dramatismo. Yo sentí que alguien acababa de apagar la luz de nuestro despacho.

Leo preguntó por los plazos de revisión y la documentación. Eva respondió. Yo tomé notas. Ninguno levantó la voz ni pidió un trato especial por llevar mucho tiempo trabajando con la entidad.

Al terminar nos estrechó la mano.

—Traedme hechos —dijo—. Las buenas previsiones ayudan, pero lo que mejor habla de una empresa es lo que puede cumplir.

✦

Salimos de la sucursal cerca del mediodía.

Madrid continuaba funcionando con una normalidad ofensiva. Una repartidora discutía con el dueño de una tienda por una dirección equivocada. Dos turistas intentaban descifrar una máquina de billetes. En un bar cercano alguien había encendido una radio demasiado alta.

Yo no podía seguir andando como si acabáramos de resolver una gestión corriente.

—Necesito sentarme cinco minutos —dije.

Leo señaló una terraza a la sombra. Nos sentamos sin preguntar si aquella pausa cabía en el calendario.

—¿Crees que vamos a cerrar? —pregunté.

Me salió antes de preparar una versión más digna de la pregunta.

Leo dejó la carpeta en la silla vacía.

—Creo que es posible. Y que también es posible evitarlo si tomamos decisiones a tiempo. No sé más que eso.

Hubiera preferido una mentira mejor construida.

—He pasado dos semanas celebrando cada conversación comercial. Me sentía como si estuviéramos remontando.

—Estamos haciendo cosas mejor. Eso no significa que el problema haya desaparecido.

—Ya. Los aplausos no pagan nóminas.

Se quedó callado.

—¿Sabes qué es lo peor? —continué—. Que yo era quien llevaba la relación con Senda. Conocía a todo el mundo allí. Si hubiera buscado otros clientes antes, si hubiera pensado menos en lo bien que les organizábamos sus encuentros y más en que podían dejar de contratarnos...

—Nos acomodamos los dos —dijo.

—Tú no estabas en las reuniones.

—Pero seguía siendo socio. Veía las cifras. Podría haberte insistido más en el riesgo de depender tanto de una sola cuenta.

No me estaba absolviendo. Tampoco se estaba ofreciendo como culpable sustituto. Era irritante lo difícil que resultaba discutir con alguien que hablaba así.

El camarero vino a tomar nota. Pedimos dos tostadas que ninguno parecía querer. Cuando se fue, Leo apartó la carpeta para hacer sitio al plato.

—¿Y si no hemos conseguido nada? —pregunté.

—El viernes había treinta personas en una sala y no las tratamos como si fueran figurantes de nuestro evento. El lunes Berta pudo irse a su hora. Hemos presupuestado bien encargos que antes habríamos vendido perdiendo dinero. Eso sí es algo. Lo que falta es convertirlo en una empresa sostenible.

Miré mis manos sobre la mesa.

—A veces te odio un poco cuando consigues tener perspectiva.

—La mía también falla. Por eso no dirijo las reuniones comerciales.

Me reí, aunque no estaba de humor.

La tostada llegó. Di un bocado. Tenía hambre, para mi sorpresa. Leo esperó a que terminara antes de hablar.

—Voy a necesitar que hagas una cosa —dijo.

—Eso suena a comienzo de ultimátum.

—Deja de contar como ventas las conversaciones que aún no se han firmado. No porque tengas que ser pesimista. Porque necesitamos saber cuánto nos falta de verdad.

La frase me dolió precisamente porque ya no era una crítica a mi manera de ser. Era una decisión que podía tomar.

—De acuerdo —respondí—. Y tú deja de presentar el cierre como si fuera una casilla más de la hoja de cálculo. Berta trabaja allí. Yo también. Hemos construido algo.

Leo sostuvo mi mirada.

—Tienes razón. No es una casilla para mí tampoco.

Fue una de las pocas veces en que le oí hablar de la empresa con algo que se parecía al miedo. No se le quebró la voz ni apartó los ojos; apenas se quedó un momento mirando la calle.

Recordé que él había fundado Fuera de Guion conmigo.

Que también había guardado cables después del primer evento, soportado reuniones ridículas y llamado a proveedores durante domingos que ninguno nos pagó.

La historia que yo me contaba desde su marcha lo situaba fuera de todo aquello. No había sido así.

✦

De vuelta en La Azotea, Berta estaba revisando el calendario de mayo. Nos preguntó cómo había ido, sin rodeos.

Le contamos exactamente lo que sabíamos. No prometimos una renovación que no existía. Le explicamos qué documentos había que entregar y en qué momento revisaríamos su situación laboral con ella si la previsión empeoraba.

Berta no nos dio las gracias por tratarla como adulta. Hizo algo mejor: nos pidió una reunión el viernes para comprobar qué proyectos estaban confirmados y qué carga de producción implicaban.

—Quiero saber si de verdad tenemos menos trabajo o si seguimos haciendo el mismo gratis —dijo.

La apuntamos.

A primera hora de la tarde revisé mi lista comercial. Había nombres subrayados, fechas de llamadas, propuestas en amarillo y comentarios que decían «muy interesados». Por primera vez marqué una columna titulada «contrato firmado» y otra «cobrado».

Los huecos eran demasiados.

No cambié los datos de sitio para que parecieran menos.

A las cuatro y veinte entró un correo nuevo, esta vez de un remitente que no conocía.

«Departamento comercial de Albor. Solicitud de reunión para campaña de encuentros de marca. Madrid y otras sedes. Presupuesto estimado: sujeto a propuesta. Buscamos agencia con capacidad de respuesta rápida».

Lo reenvié a Leo y a Berta.

—¿Lo conocéis? —pregunté.

Leo leyó el mensaje desde su mesa.

—Sé quiénes son. Tienen volumen. También exigencias.

—¿Eso significa que deberíamos ignorarlos?

—Significa que primero hay que preguntar qué quieren y bajo qué condiciones.

Abrí la página de Albor. Mostraba fotografías de campañas impecables, escenarios luminosos y públicos sonrientes. No había una sola persona recogiendo cables.

—Podría ser una buena oportunidad —dije.

Leo se acercó y observó la pantalla a mi lado.

—Sí —respondió—. Podría serlo.

Quise detenerme en aquella coincidencia. Habíamos salido del banco con un montón de obligaciones y, por una vez, teníamos delante la posibilidad de un cliente grande.

Después vi la frase que aparecía al final del correo:

«Se valorará especialmente la máxima flexibilidad de producción, incluidos cambios de última hora sin impacto presupuestario».

No dije nada. Tampoco Leo.

El problema acababa de presentarse con unos zapatos estupendos.