No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 13. Treinta personas que no querían jugar
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CAPÍTULO 13. Treinta personas que no querían jugar

Treinta personas que no querían jugar

La primera persona que entró en la sala de Tándem miró las tarjetas que habíamos preparado y preguntó:

—¿Hay que hacer algún juego?

No había terminado de quitarse el abrigo. Tenía un café en una mano y una expresión que dejaba bastante claro que habría preferido estar contestando correos.

—No —respondí—. Puedes venir, sentarte y escuchar. Y, si en algún momento quieres intervenir, estupendo.

Me examinó como si sospechara que la palabra «voluntario» formaba parte de una trampa comercial.

—¿Seguro?

—Te lo doy por escrito si hace falta.

Sonrió apenas y eligió una silla junto a la pared.

Eran las nueve y cuarto. Tomás abriría la jornada a las nueve y media.

Berta había comprobado el registro y colocado las instrucciones impresas en cada mesa.

Yago terminaba de revisar los micrófonos con Leo.

El anticipo figuraba ya como ingresado en la cuenta de Fuera de Guion y los proveedores tenían sus encargos confirmados.

La mañana empezaba con una rareza que llevaba semanas persiguiendo: todo el mundo sabía qué tenía que hacer.

Hasta que el altavoz emitió un silbido bastante parecido al de un animal muy pequeño en peligro.

Yago apartó el micrófono.

—No me miréis. El animal venía instalado con la sala.

Leo se acercó a la mesa técnica. Cruzaron dos frases que no entendí sobre frecuencias y conexiones. Después Yago señaló con el dedo el receptor del sistema fijo de Tándem.

—Está interfiriendo con el nuestro. Lo solucionamos con cable.

—¿Cuánto tardáis? —pregunté.

—Menos que en redactar una explicación para treinta personas —contestó Yago.

Leo me hizo un gesto para que siguiera recibiendo a la gente. No me pidió que tranquilizara a todo el edificio; se quedó con Yago y el problema que sabía resolver.

Marta apareció por la puerta con una carpeta y el pelo ligeramente desordenado.

—Una persona de dirección quiere cambiar de mesa para estar con su equipo. ¿Eso afecta a la actividad?

—No. Nadie tiene sitio asignado. Y si alguien prefiere quedarse donde está, también vale.

Me miró con gratitud.

—Debería haberos contratado hace tres reorganizaciones.

—Habríamos cobrado las tres —contesté.

Se rio, pero tenía los hombros tensos.

—Te advierto que están muy escépticos. Ayer un empleado me preguntó si iba a tener que hacer una coreografía.

—Le dirás que solo si la propone él y la hace fuera del horario laboral.

Marta respiró por primera vez desde que había llegado.

A las nueve y veintisiete, Leo levantó discretamente un pulgar desde la mesa técnica.

El micrófono funcionaba sin protestas. Yago lo había conectado por cable y asegurado el recorrido para que nadie tropezara.

En la sala nadie parecía haberse enterado de que estuvimos a punto de empezar con un silbido de ultratumba.

Tomás se colocó delante de los asistentes. Tenía en la mano una tarjeta con tres frases, no siete folios.

—Gracias por estar aquí —empezó—. Hoy no hemos venido a repetir los objetivos anuales.

Queremos entender mejor en qué cosas nos complicamos el trabajo sin querer.

No estáis obligados a contar nada personal ni a intervenir si no os apetece.

Y lo que salga de aquí deberá servirnos para tomar decisiones, no para llenar una pared de buenas intenciones.

Lo dijo en tres minutos y cuarenta segundos. Marta me miró desde la última fila y levantó cuatro dedos, satisfecha.

Yo di un paso adelante.

—Ahora podéis elegir entre dos cosas: trabajar con un ejemplo escrito o escuchar lo que planteen los demás. No vamos a hacer una ronda de presentaciones. Y ningún jefe va a pedir explicaciones por quedarse callado.

Alguien dejó escapar un suspiro que probablemente quería ser silencioso.

Sonó un bolígrafo al caer. Se oyó abrirse un envoltorio. Nadie levantó la mano.

Habíamos previsto la posibilidad. Era muy distinto prepararla en una sala vacía y descubrir lo larga que podía hacerse una pausa cuando treinta personas compartían la decisión de no salvarte.

Elegí una de las tarjetas.

—Os cuento un caso que no es de Tándem —dije—. Una persona pide a tres departamentos la misma información y recibe tres respuestas distintas. ¿Cuál creéis que es el primer problema?

Un hombre de la tercera fila levantó la mano.

—Que ha escrito a tres departamentos.

—Podría ser —respondí—. ¿Y si nadie le ha dicho cuál es el correcto?

—Entonces que le den un organigrama.

Algunas personas rieron. No mucho. Lo suficiente.

—Eso sería una solución —admití—, siempre que el organigrama no lleve ocho meses sin actualizarse.

Esta vez se rieron más.

Una mujer junto a la ventana intervino sin levantar la mano.

—En nuestro caso habría que empezar por saber quién es responsable del dato. Porque a veces todos respondemos, pero ninguno lo ha comprobado.

Escribí su idea sin pedirle que dijera su nombre.

Otra persona añadió que los sistemas no siempre mostraban la misma versión del documento. Un tercero explicó que el problema no era técnico, sino que algunos cambios se comunicaban solo a quien asistía a una reunión.

De pronto estábamos hablando de trabajo real.

Después repartimos las tarjetas. No hubo desplazamientos obligatorios ni grupos formados al azar por un sorteo de colores. Cada mesa eligió, si quería, uno de los casos anónimos que Marta nos había ayudado a preparar.

En una mesa trabajaron cuatro personas. En otra, dos participaron y el resto escuchó. El hombre que había entrado preguntando si íbamos a jugar seguía junto a la pared, con los brazos cruzados, pero estaba leyendo la hoja que tenía delante.

No era una estampa espectacular. Era mejor.

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A las diez y veinte hicimos una pausa. Leo se acercó para ofrecerme agua, sin interrumpir la conversación que yo mantenía con Marta.

—Hay una mesa que parece haberse quedado atascada —me dijo cuando estuvimos solos—. Están intentando resolver un problema de asignación de tareas, pero uno de sus responsables contesta a todo.

—Lo he visto.

—Si quieres, puedo repartirles otro caso.

—No. Voy a cambiar la pregunta.

Me miró un momento, calibrando si necesitaba algo.

—De acuerdo. El sonido está resuelto. Yago se ocupa del resto.

Volví a aquella mesa. El responsable, un hombre de unos cincuenta años, llevaba varios minutos enumerando acciones que su equipo ya estaba realizando correctamente. Los otros cuatro asistentes escuchaban con la resignación de quien ha aprendido a no discutir en público.

—Os propongo un cambio —dije—. En vez de buscar la solución, escribid cada uno qué información necesitaríais para tomar una decisión. No hace falta que expliquéis por qué. Después miramos si se repite algo.

El hombre dejó de hablar para coger el bolígrafo.

Una mujer escribió enseguida. Otro tardó un poco más. Cuando leyeron las respuestas, tres coincidían en lo mismo: necesitaban saber quién podía aprobar una modificación cuando el responsable habitual no estaba.

—Eso lo tenemos previsto —dijo el hombre.

—Entonces quizá lo que falta sea que todo el mundo sepa dónde encontrarlo —respondí.

No había una acusación en la frase. Él miró los papeles y aceptó que podía ser.

Aquello fue todo. Nada de aplausos. Nada de revelaciones que hicieran llorar a una plantilla entera. Una pequeña conversación que antes no había podido suceder.

Desde el otro extremo de la sala vi a Leo hablando con una asistente que necesitaba el texto de una de las tarjetas en un formato más cómodo.

Le señaló el archivo digital que habíamos enviado previamente y comprobó con ella que podía abrirlo.

No la trasladó a una mesa especial ni convirtió la ayuda en un acontecimiento.

Me quedé mirándolos un segundo de más. Luego volví al trabajo, donde una mujer acababa de escribir en una tarjeta que la solución a casi todo era «menos reuniones».

—Eso tiene mucho apoyo —comenté.

—Si hoy cuenta como reunión, puedes añadirla a la lista —respondió ella.

—Hoy nos estamos jugando que no cuente.

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La última parte consistía en ordenar propuestas y elegir cuáles debía estudiar Tándem. Nada de prometer transformaciones individuales ni de grabarse afirmando que a partir de ahora serían mejores compañeros.

Tomás quería recoger todas las ideas. Marta le recordó que era preferible comprometerse a revisar tres y comunicar una decisión sobre ellas que salir de allí con treinta promesas olvidadas.

Vi cómo él asentía.

Habíamos conseguido algo más interesante que un evento bonito: Marta estaba utilizando el formato para defender un modo distinto de trabajar.

Cuando terminamos, varios participantes dejaron sus tarjetas en una caja sin nombre. Otros se llevaron las suyas. Nadie les pidió explicaciones.

El hombre de la entrada se acercó al pasar.

—Al final no era un juego.

—Te dije la verdad.

—Eso sí. Lo del organigrama deberían mirarlo.

—Se lo diremos.

Salió con su café. Me pareció el elogio más honesto de toda la mañana.

Berta y yo revisamos el material mientras Yago recogía el cable que había salvado el sonido.

—Una incidencia técnica resuelta, sin horas extra, ninguna persona obligada a cantar —enumeró él—. Mis estándares de éxito están por las nubes.

Berta anotó los tiempos reales de cada bloque y la cantidad de respuestas recibidas. No hizo fotografías de personas que no habían consentido aparecer. Solo documentó los materiales y el montaje, siguiendo lo acordado con Marta.

—La segunda actividad ha funcionado mejor —me dijo—. La primera necesita instrucciones más cortas.

—Lo apuntamos para la evaluación.

—¿Sin defenderla durante diez minutos?

—Hoy no me quedan energías para una conferencia.

Sonrió, pero no hizo chistes a costa de nadie. Estaba cansada de un trabajo que había salido bien, no agotada de salvar decisiones imposibles.

A la una, Marta vino a despedirnos. Tenía una carpeta llena de notas y los zapatos en la mano; se había cambiado a unas deportivas.

—Ha sido mucho más útil de lo que esperaba —dijo—. Pero necesito revisar con los responsables qué resultados podemos mantener y preguntar a la plantilla cómo han vivido la jornada.

—Es lo lógico —respondí.

—No os voy a prometer seis meses de eventos por una mañana que ha salido bien. Necesito datos. Participación voluntaria, utilidad percibida y propuestas que realmente podamos llevar a la práctica.

—Os enviaremos el resumen y la evaluación dentro de lo contratado —dijo Leo—. Después podremos hablar de continuidad.

Marta le dio las gracias y se marchó con Tomás.

Me senté un momento en la esquina de una mesa. Había imaginado que, si el piloto salía bien, todo el mundo nos pediría otro. En cambio, teníamos el orgullo del trabajo bien hecho y ninguna garantía de un contrato futuro.

Leo se apoyó junto a la puerta.

—¿Estás bien?

—Estoy intentando no enviarle a Marta una propuesta para los próximos doce meses antes de que llegue a su despacho.

—Entonces estás mejor que hace dos semanas.

—No sé si tomarlo como un elogio.

—Lo era.

Le miré. Tenía una marca de cinta adhesiva en la manga y el pelo ligeramente despeinado después de pasar media mañana agachándose junto a la mesa de sonido.

—¿Qué tal el concierto del miércoles? —pregunté.

Alzó las cejas, sorprendido.

—Mucho mejor de lo que esperaba. Mi amigo sigue creyendo que cantar en inglés le da derecho a inventarse las palabras.

—¿Y tú qué haces cuando no estás corrigiendo letras de canciones y presupuestos?

—A veces escucho sin corregir nada.

—Me cuesta imaginármelo.

—Podría demostrarlo, pero creo que hoy ya hemos hecho suficientes pruebas.

Sonreí. Había algo nuevo en aquellas conversaciones: no necesitábamos vencer al otro para disfrutarlas.

Berta apareció con dos cajas.

—Cuando terminéis de evaluar el concierto, ¿podemos irnos? He quedado para comer.

Nos levantamos de inmediato. Le quitamos las cajas de las manos y salimos a la calle.

En el metro, entre gente que empezaba su fin de semana y otros que todavía trabajaban, me encontré pensando en una respuesta que no había dado durante toda la mañana.

Si alguien me hubiera preguntado si estaba orgullosa de Leo, habría dicho que el éxito había sido del equipo.

Habría sido cierto.

También habría sido una manera bastante cómoda de no contestar.