No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 12. La espontaneidad planificada #2
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CAPÍTULO 12. La espontaneidad planificada #2

—De acuerdo —dijo Tomás—. Me interesa el piloto. No os voy a prometer seis meses de nada. Primero quiero ver cómo funciona con nuestra gente.

—Eso es exactamente lo que os proponemos —contesté.

Le acercamos el documento de alcance. Marta revisó los datos de facturación y Tomás autorizó la contratación en el sistema de la empresa.

La orden escrita llegó al correo de Fuera de Guion un rato después; enviamos el acuerdo y el presupuesto final, que Marta devolvió firmado por la persona autorizada.

El anticipo estaba solicitado. Todavía no estaba cobrado. Pero por fin teníamos un cliente que había firmado lo que nos pedía hacer, y una fecha para cumplirlo.

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Cuando se marcharon, Berta cerró la puerta y se quedó mirando la mesa de tarjetas.

—Me gustaría conservar la frase de que ningún participante tiene que hablar si no quiere —dijo.

—Está en el programa —respondí.

—Quiero que la digas al principio, con todas las letras. Porque si la dejas solo escrita, el director general puede olvidarse de mencionarla cuando abra la jornada.

—La diré yo.

—Y si alguien decide no participar, no le preguntaremos por qué.

—Tampoco.

Berta asintió. Guardó los materiales con un cuidado que no había tenido durante el ensayo del lunes. Aquella vez no estaba recogiendo una propuesta vistosa que no sabíamos cómo ejecutar; estaba empaquetando algo de lo que se hacía responsable.

Leo pasó a mi lado con las carpetas.

—Buen trabajo con Tomás —dijo.

—Le he quitado cuatro minutos de discurso y ha salido contento. Es un talento difícil de explicar en LinkedIn.

—Escuchaste lo que quería decir de verdad.

—Quería decir que su empresa es importante.

—Y también que le preocupa que los empleados no entiendan por qué les han reunido.

Asentí.

—Es más fácil convencer a alguien de hablar menos cuando sabe que no estás intentando callarlo.

Leo me miró un momento. Aquella vez no aparté la vista de inmediato.

—Eso suena como una conclusión que nos habría venido bien hace un año —dijo.

El recuerdo de Umbral pasó entre nosotros, pero no se instaló en la sala. Seguía ahí. No necesitábamos convertirlo otra vez en el centro de todas las conversaciones.

—Hace un año habría preparado cuarenta diapositivas sobre ella —respondí.

Sonrió.

Mientras Berta bajaba a recepción para avisar a Alma de que dejábamos la sala libre, Leo y yo terminamos de recoger los vasos. Alcancé una tarjeta que se había deslizado bajo una silla. Estaba doblada por una esquina.

—¿Sabes qué me preocupa? —le pregunté.

—Varias cosas, pero elige una.

—Que el viernes treinta personas se queden calladas. Que Marta nos mire como si le hubiéramos vendido una actividad para un grupo que no existe.

—Puede pasar.

—Gracias. Qué reconfortante.

—No significa que vaya a ser un fracaso. Tenemos formas de trabajar con respuestas escritas y grupos pequeños. Y, si algo no funciona, lo cambiaremos sin obligar a nadie a salvarnos la cara.

Me quedé sosteniendo la tarjeta.

—Antes habríamos fingido que todo iba bien.

—Es posible.

—Yo habría empezado a improvisar más cosas.

—Y yo habría intentado evitar que improvisaras ninguna.

Nos miramos. Era una descripción demasiado precisa para necesitar explicaciones.

—El viernes no hagamos eso —dije.

—De acuerdo.

No estrechamos la mano como si acabáramos de cerrar otro contrato. Leo recogió su mochila y yo apagué la pantalla. Bastaba con que ambos supiéramos a qué nos habíamos comprometido.

En recepción, Alma nos devolvió la reserva del viernes para una sala de La Azotea que finalmente no íbamos a necesitar. Confirmó que podía liberar ese espacio para otra persona. Berta ya había enviado las instrucciones revisadas a Marta y preparado los materiales que faltaba comprobar el jueves.

Al salir a la calle, el aire estaba tibio. Leo iba a tomar el metro en dirección contraria a la mía.

—¿Tienes planes esta noche? —preguntó mientras esperábamos el semáforo.

La pregunta me sorprendió más de lo razonable.

—Revisar lo que hemos firmado —respondí.

—Eso puede esperar a mañana. Berta ya ha distribuido las tareas.

—¿Y tú?

—Voy a escuchar a un amigo tocar. Lleva meses prometiéndome que su grupo ha aprendido canciones nuevas. Quiero comprobarlo.

No esperaba aquella respuesta. Durante mucho tiempo había imaginado a Leo cenando junto a una hoja de cálculo, con la calculadora como única compañía.

—¿Y si son malas? —pregunté.

—Entonces serán malas en directo. Tiene más mérito.

Nos reímos.

—Que lo pases bien —le dije.

—Tú también.

El semáforo cambió. Cada uno siguió su camino.

A las siete recibí la notificación de que Tándem había tramitado la transferencia del anticipo. El ingreso tendría que comprobarse en la cuenta antes de tratarlo como dinero disponible. Lo apunté mentalmente y, por una vez, no abrí el portátil.

El viernes haríamos un evento real para treinta personas reales. Podía salir bien. Podía salir regular. No teníamos forma de saberlo.

Pero el acuerdo estaba firmado, el equipo tenía un plan y yo acababa de descubrir algo que no aparecía en ninguno de los documentos: me interesaba saber qué música escuchaba Leo cuando no estaba trabajando.

Fue una constatación pequeña, lo bastante pequeña para fingir que no tenía importancia.

No me molesté en discutirla conmigo misma.