No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 11. Ensayo con personas reales
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CAPÍTULO 11. Ensayo con personas reales

Ensayo con personas reales

Había pasado el sábado escuchando a una escritora explicar por qué sus personajes siempre intentaban hacer lo contrario de lo que les convenía. Salí de la charla convencida de que aquello era una extravagancia propia de la ficción.

El lunes, a las nueve y diez, defendí durante doce minutos una actividad que nadie había entendido.

—No es complicada —insistí—. Solo tenéis que elegir una tarjeta, leer la situación y decidir qué información os falta para resolverla.

Yago levantó una mano.

—¿Puedo hacer una pregunta de alguien que nunca consigue instrucciones a la primera?

—Adelante.

—¿De dónde sale la información? Porque llevo cinco minutos pidiéndosela a Berta y ella dice que no puede dármela hasta que complete otra tarjeta.

Berta mostró su propio papel.

—Aquí pone que debo esperar a que alguien identifique un problema. Pero el problema ya está identificado. Así que no sé qué estoy haciendo.

Leo miró la pared donde yo había colgado tres carteles de colores.

—Creo que estamos mezclando dos cosas. Una es descubrir qué necesita cada equipo. Otra, resolver una situación simulada. Si intentamos ambas a la vez, nadie sabe cuál es su tarea.

—En la versión definitiva habría más personas —argumenté.

—Eso es lo que me preocupa —respondió Berta.

Nos habíamos reunido en una sala de La Azotea para probar el formato completo de Tándem.

El viernes era el piloto con una treintena de empleados y todavía no había ningún contrato firmado.

Marta había aceptado que primero probáramos el programa entre nosotros y que el miércoles le mostrásemos, junto a Tomás, una demostración reducida después de corregir los fallos.

Lo de esa mañana era una inversión comercial que habíamos acotado a dos horas internas y una hora remunerada de Yago para comprobar sonido y tiempos.

Berta había registrado su jornada como cualquier otro lunes; nadie iba a fingir que la preparación carecía de coste.

En mi mesa tenía tarjetas, rotuladores, un reloj y una bolsa de caramelos que había comprado para evitar que el ensayo pareciera un interrogatorio. A las nueve y doce estaba considerando utilizar los caramelos como soborno.

—Venga —dije—. Volvamos al principio. Imaginad que no nos conocemos.

—A estas alturas sería un alivio —murmuró Yago.

Berta soltó una carcajada. Yo también. Después respiré y miré el reloj.

—Tres minutos para escribir un problema de coordinación que hayáis vivido alguna vez, sin nombres. Luego elegiremos qué habría ayudado a solucionarlo.

Esta parte sí funcionó. No todos escribimos lo mismo, que ya era un progreso.

Yago apuntó que a veces le pedían «un equipo de sonido para una sala normal» y descubría que la sala tenía ciento veinte asistentes y cuatro columnas.

Berta escribió que los cambios de hora llegaban a tres personas distintas y cada una creía haber informado a las demás.

Yo escribí que había prometido una modificación sin consultar cuánto trabajo suponía.

Cuando juntamos las tarjetas, Leo se quedó mirando la mía un segundo. No sonrió ni hizo un comentario. La colocó con las otras.

Era extraño agradecer que alguien no aprovechara la oportunidad de tener razón.

En la segunda parte, cada uno tenía que proponer una mejora. Me gustaba tanto aquella fase que había preparado una pared llena de notas adhesivas con el título «Compromisos que nos llevamos».

—Yo no me llevo ningún compromiso —dijo Yago cuando lo leyó.

—No te lo estoy pidiendo a ti de verdad.

—Ya lo sé. Pero si trabajara para una empresa y mi director estuviera delante, intentaría escribir algo que sonara bien para que nadie me preguntara después. No sé si eso ayuda a resolver el problema.

Berta asintió.

—Además, ¿quién hace seguimiento? Si digo que necesito información antes de montar un evento, no depende solo de mí.

Leo apoyó una nota sobre la mesa.

—Quizá no deberíamos cerrar con promesas personales. Podemos cerrar con decisiones que los responsables se comprometan a revisar. Y que cada participante pueda elegir si quiere aportar algo o no.

Yo miré los carteles. Les había dedicado parte del domingo por la tarde, aunque en la librería de Celia me había prometido que aprendería a distinguir lo imprescindible de lo que solo me entusiasmaba.

—El objetivo de la pared era que salieran con algo concreto —expliqué.

—Y puede seguir siéndolo —dijo Leo—. El problema es que lo concreto no tiene por qué ser una declaración pública.

Yago intervino con una sencillez que me habría gustado haber tenido yo.

—¿Y si en vez de preguntar «qué prometes cambiar», preguntáis «qué debería cambiar para que te resultara más fácil trabajar»?

Berta cogió un rotulador y escribió la pregunta en un papel grande.

Lo leímos los cuatro. Algo encajó.

—Eso sí lo contestaría —dije.

—Yo también —respondió Berta—. Sobre todo si nadie me obliga a poner mi nombre.

Cambiar una actividad entera en mitad del ensayo me produjo un dolor bastante concreto. No por el tiempo que perdíamos, sino porque aquella pared era la pieza que yo imaginaba enseñándole al cliente. Era vistosa. Era fotografiable. Era también lo menos honesto de la propuesta.

—Fuera la pared de compromisos —dije.

—¿La tiramos? —preguntó Yago.

—La conservamos para otro uso. Soy creativa, no rica.

Se rieron y pasamos a la siguiente prueba.

✦

En el descanso bajé a por agua. Alma estaba en recepción señalando a un visitante que la sala de llamadas no era un lugar apropiado para ensayar una clase de batería.

—Sin baquetas —decía—, la reserva sigue siendo válida.

El hombre se marchó con una funda alargada bajo el brazo. Alma me vio junto a la máquina de agua.

—Tenéis cara de haber descubierto que los seres humanos no leen instrucciones.

—Y de que algunos seres humanos cobran por recordárnoslo.

—Eso es progreso. Antes lo descubríais el día del evento.

Le conté lo que había pasado con la pared. Ella me escuchó sin inclinarse a dar consejos.

—Hace años —dijo al final—, organizamos aquí una reunión para decidir las normas de uso de la terraza. Había un cuestionario precioso. Preguntaba qué ambiente querían los miembros, qué emociones asociaban al espacio y no sé cuántas cosas más.

—¿Y?

—La primera persona levantó la mano y preguntó dónde se guardaban las sillas cuando llovía. Nos fuimos a comprobar el armario. Fue lo más útil de la reunión.

Sonreí. Alma bebió un sorbo de agua.

—La estética no está mal. Lo malo es cuando no deja ver lo que hace falta.

Regresé arriba con cuatro vasos y una idea menos de la que había bajado. Resultó liberador.

Al entrar, encontré a Leo y a Yago revisando los tiempos del programa. Leo estaba de pie junto al reloj; Yago simulaba el desplazamiento entre mesas con una silla de oficina.

—No vamos a poner a nadie a dar vueltas —les dije.

—Precisamente —respondió Leo—. Si el grupo tiene que levantarse y cambiar de sitio tres veces, perdemos doce minutos y habrá participantes para quienes resulte incómodo. Podemos mover las preguntas, no las personas.

Le vi retirar del programa una transición complicada y sustituirla por una entrega de tarjetas. No había un gesto triunfal en su cara. Parecía concentrado en que el viernes nadie tuviera que obedecer instrucciones innecesarias.

Cuando terminamos la segunda ronda, el programa era más sencillo y más difícil de vender con adjetivos grandilocuentes.

Había una apertura breve, situaciones de trabajo anónimas, conversaciones optativas en grupos pequeños y un cierre basado en propuestas prácticas.

Podía realizarse sentado. Berta podía calcular los tiempos.

Yago sabía exactamente qué equipo habría que llevar.

Por primera vez conseguí explicarlo sin utilizar la palabra «experiencia».

—Ahora sí tenemos algo —dije.

Leo comprobó el reloj.

—Hemos tardado una hora y cuarenta y cinco minutos en descubrirlo.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es más barato que descubrirlo el viernes.

No respondí con una broma. Tenía ganas de darle la razón sin que pareciera que aquello me costaba una derrota.

✦

A las dos recibimos una llamada de Marta. Berta y yo seguimos en la sala para tomar notas; Leo se conectó desde la mesa de al lado.

—He visto el esquema que me habéis enviado —dijo Marta—. Me gusta que hayáis quitado lo de los compromisos grabados. Necesito, eso sí, pediros un ajuste.

Me acerqué a la pantalla.

—Dinos.

—Hay una persona del equipo que sigue mejor las reuniones cuando tiene las instrucciones por escrito.

No quiero que tenga que dar explicaciones delante de todos ni que descubra el viernes que solo puede participar si oye cada indicación.

Y en la sala tenemos una pantalla pequeña que no se ve bien desde el fondo.

Asentí. Marta no nos estaba hablando de una cortesía especial, sino de cómo diseñar una jornada que no excluyera a nadie.

—Las instrucciones pueden entregarse por escrito a todos —propuse—, con tipografía legible y buen contraste. También las proyectaremos sin depender de la pantalla como único soporte. Y las intervenciones tendrán un resumen breve disponible para quien lo necesite.

—¿Podéis mandarme el material antes para comprobarlo?

—Sí, con margen suficiente para revisarlo.

Leo intervino.

—No añadiremos una actividad nueva por esto; adaptamos la presentación y los soportes de las que ya tenemos. Confirmaremos contigo si hacen falta más ajustes. ¿Hay algún requisito relacionado con el sonido que debamos conocer antes de cerrar el presupuesto?

—No me han trasladado ninguno. Preguntaré sin pedirle a nadie que justifique detalles personales.

Berta anotó que había que preparar copias impresas y un archivo digital accesible, además de probar los tamaños en la sala real. Todo parecía asumible con los medios que estábamos considerando, pero no lo dimos por resuelto sin revisar el coste.

Marta nos pidió una propuesta final para el miércoles.

—Mi director quiere saber cuánto tiempo tiene que hablar —añadió—. Le he dicho que poco.

—La cantidad exacta dependerá de cuánto quiera decir —respondí.

—Él siempre quiere decir mucho.

—Entonces quizá necesitemos una reunión muy breve con él para elegir qué es imprescindible.

Marta se rio.

—Me temo que hoy te has ganado ese honor.

Al terminar, Berta empezó a ordenar los papeles.

—Voy a actualizar el material y el cálculo. Esta vez me gustaría verlo antes de que se lo mandemos.

—Lo verás —respondí—. Y tienes derecho a decir que no cabe en el tiempo previsto.

Me miró por encima de las gafas.

—Lo voy a ejercer sin ningún pudor.

Yago nos había dejado una factura por la hora de asistencia técnica acordada y se había ido al siguiente montaje. No había tenido que quedarse por amistad ni porque nuestro ensayo fuese un caso especial. Berta pudo cerrar la sala a la hora programada.

Leo se quedó junto a la puerta mientras yo recogía la última tarjeta. En ella estaba la pregunta que había salvado la mañana: «¿Qué debería cambiar para que te resultara más fácil trabajar?».

—Has sabido soltar una idea que te gustaba —dijo.

—Estoy pensando en enmarcar la tarjeta como prueba de que alguna vez he hecho algo sensato.

—No hace falta. Berta se acordará de recordártelo cuando no lo hagas.

Me reí. Al hacerlo, levanté la vista y me encontré con su sonrisa.

No era una sonrisa de cortesía; estaba cansado y divertido de verdad.

Se me ocurrió preguntarle qué había hecho el sábado, fuera de las cifras que había actualizado el viernes.

La pregunta me sorprendió tanto que terminé haciendo otra.

—¿Has comido?

—Un bocadillo mientras comprobábamos el sonido.

—Eso no cuenta como comida.

—Es una postura interesante viniendo de ti.

—Mi hermana me ha dado una charla sobre tener vida propia. Estoy intentando aplicársela a los demás.

—Qué afortunados somos.

Salimos al pasillo todavía riéndonos. No fuimos a comer juntos. Leo tenía una llamada y yo había quedado con Berta para revisar el documento del miércoles. Pero durante unos segundos no me molestó pensar que aquella conversación podría haber continuado fuera del trabajo.

La idea apareció sola.

No hice nada con ella.