CAPÍTULO 10. Los negocios que cierran a su hora
Los negocios que cierran a su hora
Mi hermana llevaba diecisiete años vendiendo libros y había aprendido a detectar a una persona que no pensaba comprar nada a una distancia de tres estanterías.
—Si vas a utilizar mi librería como sala de espera de una reunión, por lo menos compra una novela —me dijo en cuanto me vio entrar.
—Buenas tardes, Celia. Yo también me alegro de verte.
—¿Vienes a verme o a conectarte al wifi?
Miré el móvil que aún llevaba en la mano.
—A verte.
—Entonces empieza por guardarte eso.
Obedecí. Lo dejé en el bolso, entre un cargador inútil y un paquete de pañuelos que parecía reproducirse por esporas.
La librería de Celia se llamaba Margen y estaba en una calle tranquila de Madrid, cerca de una plaza pequeña.
No era de esas tiendas en las que todo olía siempre a café recién molido y los clientes se enamoraban mientras hojeaban poesía.
Olía a papel, a cartón húmedo los días de lluvia y, aquella tarde, a la pintura de la persiana del local de al lado.
Tenía una mesa central con novedades, dos sillones de segunda mano y un expositor de cuadernos que mi hermana movía cada semana porque nunca acababa de convencerse de dónde quedaba mejor.
Celia cerraba a las ocho. Los lunes no abría. Su horario estaba escrito en la puerta con letras grandes que nadie podía alegar no haber visto.
A mí me parecía un milagro que siguiera teniendo negocio.
—He salido antes —le dije, como si anunciara que acababa de descubrir una cura.
—Son las seis y diez.
—En mis circunstancias cuenta como media jornada libre.
—En tus circunstancias todo cuenta como algo heroico.
Me quitó el abrigo antes de que pudiera replicar.
Era cinco años mayor que yo y tenía esa habilidad irritante de llamar a las cosas por su nombre incluso cuando preferías uno que sonara más elegante.
De pequeñas me había enseñado a negociar con nuestra madre la hora de volver a casa; luego creció y dejó de negociar cualquier cosa que afectara a su propia tranquilidad.
—¿Un té? —preguntó.
—¿Tienes café?
—Té.
—Qué estrategia comercial tan agresiva.
—Hay café en la esquina. Aquí tengo té.
Me quedé con el té.
Mientras calentaba agua en la trastienda, observé a un hombre que buscaba un regalo para su padre.
Celia salió, le preguntó qué le gustaba leer y descartó con absoluta naturalidad tres novedades que habrían dejado mayor margen de venta.
Le recomendó un libro de viajes antiguo, de una edición que llevaba semanas en la estantería.
El hombre lo compró encantado.
—Podrías haberle vendido uno más caro —comenté cuando se marchó.
—También podría haberle vendido una planta. No es lo que vino a buscar.
—Leo diría algo parecido.
Se me escapó antes de pensar.
Mi hermana dejó la tetera sobre el mostrador.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que has encontrado un capítulo perdido de mi vida.
—Has mencionado a Leo sin añadir «insoportable», «pedante» o «ese hombre».
—No siempre utilizo esos términos.
—Los alternas para que no parezca repetitivo.
Nos sentamos al fondo, junto a la estantería de narrativa contemporánea. Por la cristalera se veía pasar a una mujer arrastrando una maleta con una rueda que sonaba como si estuviera a punto de denunciarla.
Le conté lo de Senda, la póliza que vencía en junio y los proyectos que estábamos intentando vender.
No le escondí que podíamos tener que cerrar.
Al decirlo en voz alta fuera de La Azotea, el miedo adquirió una forma distinta: ya no era una columna de cifras, sino imaginarme devolviendo las llaves de un despacho al que había dedicado cinco años.
—¿Y Leo? —preguntó Celia.
—Se ha incorporado al rescate. Hasta principios de junio.
—¿Trabajáis juntos todos los días?
—Los necesarios.
—Eso no responde.
—Sí. Bastantes.
Le conté la jornada de Norte, el cambio de aforo y cómo habíamos resuelto la mañana sin gritarnos.
No mencioné que en el metro había seguido pensando en el modo en que Leo se había movido por la sala, ayudando a una invitada sin esperar que nadie se fijara.
Era un detalle demasiado pequeño para defenderlo ante mi hermana y demasiado grande para querer compartirlo.
—Parece que estáis haciendo algunas cosas mejor —dijo Celia.
—Estamos haciendo lo que deberíamos haber hecho hace años.
—Eso también es hacerlas mejor.
Tomó un sorbo de té. Después me preguntó cuánto tiempo llevaba sin ir al cine.
—No recuerdo que el cine estuviera entre mis gastos fijos.
—No te he preguntado cuánto cuesta. Te he preguntado cuándo fuiste.
Intenté acordarme. Había acompañado a Berta a una sesión al aire libre el verano anterior, pero pasé la mitad de la película respondiendo a un proveedor.
—No cuenta si contestaste correos —dijo mi hermana, leyéndome la expresión.
—Tienes una forma muy molesta de anticiparte a mis argumentos.
—Es que llevas toda la vida usando los mismos.
En la mesa había un libro sobre jardines urbanos. Lo abrí por una página al azar, solo para tener algo que hacer con las manos.
—No todo el mundo puede cerrar a las ocho —dije.
—Es verdad. Los hospitales, por ejemplo.
—No hablo de hospitales.
—Ya. Hablas de una agencia de eventos cuyo teléfono parece conectado al sistema de soporte vital de sus clientes.
Dejé el libro donde estaba.
—Si tú no abres una mañana, quizá dejes de vender cinco libros. Si nosotros no respondemos una llamada importante, perdemos un contrato de diez mil euros.
Celia no se ofendió.
—¿Y cuántos contratos de diez mil euros has ganado contestando a las once y media de la noche?
Pensé en inventarme uno. No se me ocurrió ninguno.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es —dijo—. Yo también tengo facturas, distribuidoras que entregan tarde y clientes que quieren un libro descatalogado para mañana. Hay semanas horribles. Pero cuando todo es urgente, acabas sin saber qué merece realmente abrir la puerta fuera de horario.
Una mujer entró para preguntar por un cuaderno. Celia se levantó y la atendió sin disculparse por interrumpirme. Observé cómo enseñaba dos opciones y explicaba la diferencia de papel. Vendió uno. Anotó una reserva. Volvió con una tranquilidad que me parecía casi ofensiva.
—¿Nunca te da miedo perder una venta por cerrar? —pregunté.
—Claro. También me da miedo ponerme enferma y que esto dependa de que yo esté siempre. Por eso he ajustado los horarios, aprendido a rechazar encargos que no me compensan y contratado ayuda algunos sábados de campaña. No siempre me sale bien.
—Hablas como si fuera fácil.
—No lo es. Pero tu objetivo no puede ser que tu empresa sobreviva a costa de que tú no tengas vida.
Me quedé mirando la taza. Sabía que no estaba intentando convertirme a una religión nueva cuyo único mandamiento fuera echar la persiana. Me estaba señalando algo que yo llevaba meses evitando: había confundido mi capacidad para aguantar con una estrategia empresarial.
—Berta me ha dicho algo parecido —admití.
—Entonces escucha a Berta.
—También me lo ha dicho Leo.
Celia sonrió despacio.
—Mira qué interesante. Dos personas distintas y tú aquí, buscando una tercera opinión.
Le habría lanzado un cojín, pero sus sillones no tenían.
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A las siete y veinticinco una clienta pidió que le envolvieran un regalo. Celia me puso a doblar papel mientras ella buscaba el libro reservado.
El primer paquete me salió con una esquina que parecía haber sufrido un pequeño accidente de tráfico.
—Tú organizas eventos para cien personas —observó— y no sabes envolver una novela.
—No cobro por envolver novelas.
—Se nota.
El segundo quedó mejor. Nos reímos de algo que dijo la clienta sobre la persona que recibiría el regalo, y durante unos minutos me olvidé de comprobar el móvil.
Cuando la puerta quedó otra vez tranquila, Celia sacó dos entradas de un cajón.
—Tengo esto para mañana. Una lectura y conversación con una autora que conocí en una feria. Una amiga no puede venir. Si te apetece, vienes conmigo.
—Mañana tenemos que terminar unas cosas de Tándem.
—Me estás contando que hay trabajo que hacer el lunes y que por eso no puedes venir el sábado.
—Tenemos un piloto el viernes que viene.
—Lo sé, Nora. Me lo has explicado.
Las entradas eran para las siete. Me imaginé sentada en una sala escuchando hablar a alguien de libros sin preguntarme por la potencia de los micrófonos ni por el coste de las sillas.
—Déjame verlo.
Celia recogió las entradas.
—Eso es un no con ropa elegante. Si quieres venir, dímelo mañana antes de comer. Y si no, invito a otra persona. Ningún drama.
Me gustó que no intentara hacerme sentir culpable. Me gustó menos descubrir que yo había estado a punto de pedirle que me reservara su tiempo sin comprometer el mío.
A las ocho menos cinco bajó la persiana hasta la mitad. Una pareja llegó justo cuando iba a cerrar.
—Solo queríamos mirar —dijo el hombre.
Celia les explicó el horario y les recomendó volver el sábado por la mañana. No fingió que iba a abrir toda la noche porque quizá compraran algo.
Cuando se fueron, terminó de cerrar.
—¿Ves? —me dijo—. Mañana seguirán existiendo libros.
Salimos juntas a la calle. La plaza estaba llena de gente que comenzaba el fin de semana. Un niño intentaba convencer a su padre de que le comprara un helado del tamaño de una maceta. Las terrazas empezaban a llenarse y Madrid parecía tener otros planes que no dependían de mi hoja de cálculo.
Nos despedimos en la esquina. Celia me besó en la mejilla.
—Ven a la lectura. Aunque sea para recordarte que hay personas que hablan sin intentar venderte un servicio.
—Conozco a algunas.
—Pues hace mucho que no quedas con ellas.
Caminé hacia el metro con la incómoda sensación de que me habían dicho demasiadas verdades en una sola tarde. Saqué el móvil. Tenía tres mensajes. Uno del grupo familiar, otro publicitario y uno de Leo.
«He dejado en la carpeta compartida las cifras actualizadas y las facturas pendientes. No hace falta que lo mires esta noche. Lo vemos el lunes a primera hora. Buen fin de semana».
Leí la frase dos veces.
No era una invitación a seguir trabajando. Ni una orden disimulada. Había hecho su parte y daba por supuesto que yo podía dedicar la noche a otra cosa.
Escribí: «Gracias. Buen fin de semana».
Antes de enviar, añadí: «Y no te acostumbres a que te dé las gracias».
Lo borré. Había días en que mi ingenio era una forma bastante torpe de esconder lo que quería decir.
Mandé el primer mensaje, sin adornos.
Después escribí a Celia: «Mañana voy contigo. Reservo las siete».
Respondió con una fotografía de las dos entradas sobre el mostrador. Debajo puso: «El mundo editorial se prepara para recibir a una empresaria sin portátil».
El móvil vibró otra vez. Esta vez era un correo de una persona que apenas conocía, preguntando si podía adelantar una conversación comercial prevista para el lunes.
Abrí la bandeja. Mi dedo encontró el teclado por costumbre. Podría responder en treinta segundos. Podría dejarlo hecho. Podría aprovechar que estaba esperando el tren y convertir aquel rato en otra pequeña prolongación de la jornada.
Bloqueé la pantalla.
El tren llegó mientras todavía me estaba convenciendo de que no había cometido una irresponsabilidad.
No respondí aquella noche. Y, cuando volví a mirar el correo el lunes, la conversación seguía exactamente donde la había dejado.