CAPÍTULO 7. Nadie paga por la buena voluntad
Nadie paga por la buena voluntad
A las ocho y veinte, mientras comprobaba que ninguna de las treinta tazas del desayuno de Cauce Estudio había llegado rota, recibí un mensaje de Irene.
«Buenos días, Nora. Al final no haremos el vídeo. Pero mi socio pregunta si podríamos hacerle una foto con todos los asistentes, para tener un recuerdo bonito».
Leí la frase dos veces.
Era una fotografía. Una sola. No hacía falta organizar un rodaje, contratar una editora ni escribir un guion. Podía pedirle a alguien que levantara el teléfono durante quince segundos.
También podía pasar lo que siempre pasaba: que nadie supiera quién salía, que faltaran dos invitados, que alguien quisiera repetirla en otra sala y que termináramos organizando una sesión de retratos bajo el nombre inocente de «un recuerdo bonito».
Miré a Berta. Estaba comprobando el sonido de dos micrófonos y tenía la concentración de una cirujana.
—¿Qué significa esa cara? —preguntó sin apartar la vista de la mesa.
—¿Cuál?
—La de «se me acaba de ocurrir algo que alguien va a tener que hacer».
Se lo conté. Berta me hizo una pregunta tan sencilla que me dieron ganas de esconderme detrás de las tazas.
—¿Necesitan que lo organicemos o quieren que alguien les haga una foto?
Llamé a Irene.
—Claro que podéis haceros una foto —le dije—. Si os viene bien, dejamos dos minutos al final para que la toméis con vuestro móvil. Nuestro equipo no puede encargarse de coordinar una sesión, pero os indicamos dónde habrá mejor luz.
—¡Ah, estupendo! La hace mi compañero Pablo, que siempre saca fotos. Gracias.
Colgué mirando la pantalla como si acabara de realizar una operación especialmente delicada.
—No lo entiendo —dije.
—¿El qué?
—Que cuando explico lo que podemos hacer, nadie llama a la policía.
Berta comprobó el segundo micrófono.
—Dales tiempo. Aún son las ocho y media.
La jornada salió bien. No perfecta: una cafetera se atascó, un arquitecto decidió cambiar dos diapositivas cinco minutos antes de hablar y el aire acondicionado empezó a sonar como una moto antigua.
Nada de aquello requirió ampliar el encargo.
El equipo de Cauce presentó su trabajo, los invitados tomaron café y Pablo hizo su fotografía junto a la ventana, sin necesidad de que interviniéramos más allá de apartar una mesa.
Cuando recogíamos, Irene se acercó a agradecerme que todo hubiera sido tan sencillo.
—Me daba miedo que hubiera mil cosas que coordinar —dijo.
—Había unas cuantas —contesté—. Solo intentamos que no se notara demasiado.
Me entregó una bolsa con dos pequeños dulces de la pastelería que había llevado el desayuno.
—Para vosotras. Ya sé que no habéis tenido tiempo de probarlos.
Había algo conmovedor en que una clienta hubiera advertido eso. Pensé en los favores absurdos que había hecho para que alguien me apreciara y en lo agradable que resultaba que me agradecieran exactamente el trabajo por el que me estaban pagando.
Berta aceptó su dulce y miró el reloj.
—Si salimos ahora, cumplimos el horario.
Salimos.
En el metro, con la caja ligera de cables entre las rodillas, me contó que aquella tarde iba al cumpleaños de su sobrina. No le pregunté si necesitaba irse antes ni le dije que yo también tenía compromisos. Me limité a desearle que lo pasara bien.
—¿No me vas a pedir que revise la presentación de Tándem desde casa? —preguntó.
—No. Haremos la prueba a las cuatro y después te vas.
—¿Y si sale fatal?
—Entonces tendremos una lista de cosas que arreglar el lunes.
Berta peló el envoltorio de su dulce.
—Deberías practicar esa respuesta frente a un espejo.
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A las doce Leo estaba en nuestro despacho, al teléfono con un cliente al que habíamos organizado una jornada comercial en enero.
—Sí, soy Leo Soria, de Fuera de Guion. Llamaba por la factura vencida —decía—. No, no necesitamos una explicación de cómo funciona vuestro circuito de pagos. Necesitamos una fecha concreta y la confirmación por escrito.
Su tono era firme, pero no agresivo. Escuchó durante un rato, apuntó un nombre y una dirección de correo, y terminó la llamada.
—Dicen que está aprobada —nos informó.
—Llevan diciéndolo tres semanas —respondí.
—Ahora tenemos el nombre de quien la tiene pendiente y la fecha en la que se supone que saldrá. Si no se cumple, volveremos a reclamar.
—¿Y las otras dos?
—Una está en revisión porque enviaron una orden de compra con un concepto distinto al de la factura. La gestoría preparará la documentación correcta. La tercera no la han discutido; simplemente no han pagado.
—Qué encantador resulta tener clientes de todas las variedades.
Leo colocó una nota en la carpeta.
—No voy a contarlas como dinero disponible hasta que estén en la cuenta.
Se oyó una protesta de Berta desde su mesa.
—¿Estáis hablando de cobros? Porque necesito decidir lo de Yago.
Yago Medina apareció diez minutos después. No sabía muy bien cómo lograba llegar siempre a La Azotea cuando se hablaba de dinero o de equipos de sonido, pero parecía tener un sensor.
Llevaba una chaqueta vaquera y una bolsa con un pequeño mezclador que nos había prestado para una prueba anterior. Lo dejó sobre la mesa con cuidado.
—Esto vuelve a ser vuestro. Si alguna vez lo conectáis con las entradas cambiadas, no os conozco.
—Tomo nota de tu confianza —dije.
—Es una confianza formada por la experiencia.
Yago colaboraba con nosotros desde hacía casi tres años. Era bueno resolviendo problemas, no se impresionaba por las prisas ajenas y conocía una cantidad alarmante de historias sobre personas que habían conectado equipos sin saber qué estaban haciendo.
Berta le preguntó por el montaje de Norte Comunicación del lunes. Seguíamos pendientes de la aprobación definitiva de Mónica y no había encargado nada.
—Puedo reservaros una ventana hasta esta tarde —dijo Yago—. Pero el lunes me han ofrecido otro trabajo. Si queréis que les diga que no, necesito un compromiso. No puedo dejar una mañana vacía porque vosotros quizá tengáis un evento.
Sentí el impulso de pedirle que nos hiciera el favor. No sería el primero. En épocas buenas nos había sacado de más de un apuro y yo había confundido su profesionalidad con una disponibilidad infinita.
—¿Hasta qué hora puedes esperar sin perder la otra opción? —preguntó Leo.
—Hasta las cinco. Después les contesto.
—Si Mónica no confirma antes de esa hora, acepta lo que te ofrezcan —dije.
Yago me miró.
—¿De verdad?
—De verdad. Y, si confirma después, encontraremos una solución que podamos pagar.
Se quedó callado un segundo.
—Os pasa algo raro últimamente.
—Estamos experimentando con la idea de no vivir a costa de los favores ajenos —respondí.
—Pues está bien. Avisadme cuando publiquéis el método.
Sacó su agenda y anotó la hora límite. Antes de irse, Berta le pidió que se quedara diez minutos para probar una de las actividades de Tándem.
—Diez minutos puedo —dijo—. Más, no, porque tengo un montaje al otro lado de Madrid. Y no pienso llegar tarde para demostrar que una idea vuestra no funciona.
—No sabemos si no funciona —protesté.
—Esa es precisamente la razón por la que habéis llamado al especialista.
La prueba se hizo en la sala pequeña. Éramos cuatro: Berta, Leo, Yago y yo. Mi idea consistía en entregar a cada participante una situación habitual de trabajo para que eligiera qué información necesitaría de otras áreas.
En el papel parecía sencilla. En la práctica tardamos siete minutos en entender las instrucciones.
—Yo soy del departamento que recibe la petición —dijo Yago, leyendo su tarjeta—, pero ¿se supone que sé lo que hace el departamento que la envía?
—No. Esa es la gracia. Tienes que preguntar.
—¿A quién? ¿A una de estas tarjetas? Porque ninguna contesta.
Leo intentó defender el planteamiento. Descubrió que él tampoco sabía dónde tenía que sentarse.
Berta dejó la suya boca abajo.
—Si a nosotros nos está costando, imagina a treinta personas que no quieren estar aquí.
Noté el calor conocido en la cara. Había dedicado horas a aquel formato. Sabía lo que quería que provocara. Estaba a punto de explicar por qué no lo habían entendido.
Miré a Yago, que había dejado los dedos sobre la mesa y esperaba sin impaciencia. Miré a Berta, que tenía una reunión de cumpleaños al terminar. No habían venido a admirar mi proyecto.
—Tenéis razón —dije—. La instrucción está mal.
Cogí una tarjeta y taché la mitad del texto.
—Probemos otra cosa. Cada uno escribe un problema cotidiano que le haya costado resolver por falta de información. No hace falta contar quién tuvo la culpa. Después vemos qué dato habría facilitado el trabajo y quién puede proporcionarlo.
—Eso sí lo entiendo —respondió Yago.
La segunda prueba tardó cinco minutos. Surgieron dos problemas de traspaso de información y uno de plazos. En el caso de Yago, la persona que contrataba el equipo siempre pedía «sonido suficiente» sin concretar para cuántos asistentes.
—Mira —dijo—, acabamos de descubrir la mitad de mi correspondencia laboral.
Berta se rió. Después señaló una dificultad real: si el responsable de un área estaba presente, quizá los demás evitarían escribir ejemplos incómodos.
—Los recogemos antes y elegimos situaciones anónimas —dije.
Leo anotó que el formato podía hacerse sentado, sin desplazamientos innecesarios. Al acabar, Yago consultó el reloj.
—Me voy. Si lo convertís en una competición con premios, no quiero saberlo.
Le dimos las gracias y se marchó con su agenda y su derecho intacto a aceptar otros trabajos.
A las cuatro y media, mientras Berta terminaba de guardar las tarjetas, recibí un mensaje de Mónica.
«Nora, aprobado el encuentro del lunes en la modalidad base. Te envío la orden firmada y los datos para el anticipo. ¿Podéis confirmarme esta tarde que mantenéis el equipo previsto?».
No grité. Fue una decisión consciente. La cafetería de La Azotea estaba al otro lado de una mampara de cristal.
—Tenemos Norte —dije.
Leo se acercó y leyó el mensaje sin tocar mi teléfono.
—Tenemos una orden —precisó—. Ahora enviamos la factura de anticipo y confirmamos proveedores cuando esté resuelto el pago.
—Estoy a un paso de estamparme una pegatina azul en la frente.
Berta abrió su cajón.
—Las pegatinas son para contratos, no para personas.
Leo llamó a Yago. Todavía no había aceptado el otro trabajo. Le explicó el alcance definitivo, el horario y los honorarios aprobados. Yago confirmó disponibilidad y pidió recibir la orden esa misma tarde.
Después preparamos la factura de anticipo.
El comprobante de transferencia llegó poco antes de las cinco; la conciliación bancaria quedaría para el siguiente día hábil.
No dimos el dinero por cobrado hasta verlo reflejado en la cuenta, pero sí pudimos confirmar los medios bajo las condiciones ya acordadas.
Berta pegó una pequeña etiqueta azul en la carpeta de Norte.
Era ridículo que aquel cuadrado adhesivo me emocionara tanto.
Cuando se fue a celebrar el cumpleaños de su sobrina, Leo y yo nos quedamos revisando el guion del lunes. Ya no teníamos que inventar ingresos; teníamos un encargo que cumplir.
—¿Ves? —dije—. A veces las cosas salen bien.
—Cuando hay una propuesta útil y personas que pueden llevarla a cabo, sí.
—Te cuesta muchísimo reconocer la magia.
—Me parece estupenda, siempre que alguien la haya presupuestado.
Me reí antes de poder evitarlo.
Unos segundos después, al verlo concentrado en la pantalla, recordé que esa misma mañana habría querido pedirle a Yago otro favor. De la clase de favor que te cuesta perder a un profesional que lleva años trabajando contigo.
Nadie nos debía su tiempo por querernos un poco. Habíamos tardado demasiado en aprenderlo.
—Oye, Leo.
Alzó la vista.
—Gracias por hacer las llamadas de cobro.
—Soy socio. No tienes que agradecerme que haga mi parte.
—Ya. Pero antes te habría acusado de pasarte el día revisando cuentas mientras yo conseguía clientes.
Leo dejó el bolígrafo junto al portátil.
—Y yo habría pensado que conseguir clientes justificaba cualquier promesa.
No me dio la razón. Tampoco buscó que se la diera yo. Volvió al guion y preguntó a qué hora quería empezar las pruebas de sonido del lunes.
Fue una conversación pequeña. Sin embargo, durante el camino a casa seguí pensando en ella.
Al fin y al cabo, había cosas que empezaban a cambiar aunque ninguna tuviera todavía una pegatina para demostrarlo.