CAPÍTULO 6. La tarifa de decir que sí
La tarifa de decir que sí
El cliente escribió a las ocho y doce.
«Hola, Nora. Se nos ha ocurrido un detallito para el desayuno del viernes. Nada complicado. ¿Podemos aprovechar que estáis allí para grabar unas declaraciones breves de los socios y montar un vídeo para redes? Con el móvil valdría. ¡Gracias!».
El mensaje procedía de Cauce Estudio, un despacho de arquitectura que había contratado a Fuera de Guion para coordinar una presentación interna de su nueva sede.
Era un encargo pequeño y bien definido: treinta asistentes, una hora de presentación, café, montaje de sonido y supervisión logística.
Berta tenía el programa cerrado desde hacía cinco días.
El viernes llevaríamos lo necesario y terminaríamos antes de comer.
Hasta aquella mañana.
Me quedé mirando «detallito» como si fuera el nombre de un animal venenoso.
Un vídeo de testimonios no era imposible.
Lo habíamos hecho antes. Pero alguien tenía que planificar las preguntas, elegir un lugar sin ruido, conseguir autorizaciones para utilizar la imagen y la voz, grabar, revisar el sonido, seleccionar material y editarlo.
Con un móvil se podían obtener imágenes estupendas; el móvil no hacía por sí solo el trabajo de cinco personas, por mucho que los anuncios se empeñaran.
Abrí la respuesta:
«Claro, nos adaptamos sin problema».
La había escrito casi sin darme cuenta.
Detuve el dedo justo antes de enviar.
En la otra pantalla tenía el calendario de Berta.
El jueves prepararía el material de Cauce por la mañana y por la tarde revisaría, con Yago, lo que necesitábamos para la demostración de Tándem.
El viernes estaría en el montaje desde primera hora.
Después tenía una cita que había marcado como «PERSONAL» en mayúsculas.
Yo no sabía de qué se trataba y no tenía ninguna necesidad de saberlo.
Borré el correo.
Escribí otro:
«Buenos días, Irene. Me parece una idea interesante.
La grabación y edición de vídeo no estaban incluidas en el alcance contratado.
Voy a comprobar qué implicaría añadirlas sin afectar a la presentación y te enviaré una opción con coste y condiciones antes de mediodía.
Si no encaja, mantenemos el programa previsto para el viernes. Un abrazo, Nora».
Me quedé mirando el texto. No era ofensivo. No era brusco. No amenazaba a nadie con denunciarle por abuso de la palabra «detallito».
Lo envié.
El mundo siguió girando.
Berta apareció con una caja de cables y una mirada de cansancio que ya empezaba a preocuparme.
—Cauce ha pedido un vídeo —dije.
—Lo he visto en copia.
—He contestado que lo valoramos aparte.
Dejó la caja en el suelo.
—¿Aparte de verdad?
—Aparte de verdad.
—Voy a necesitar que me lo repitas cuando lleve dos horas de montaje y la clienta aparezca con ideas nuevas.
—Puedes imprimírtelo en una camiseta.
—La camiseta también sería un extra.
Leo llegó mientras nos reíamos. Le enseñé el correo sin esperar a que me lo pidiera.
—Está bien planteado —dijo.
—Gracias por tu exhaustiva evaluación.
—¿Quieres que le ponga una nota?
—Nueve y medio. Me esfuerzo mucho.
Miró la fecha de Cauce.
—No queda margen para contratar una grabación externa sin consultar disponibilidad. Y si no podemos hacerlo bien, hay que decirlo.
—No hace falta que me lo recuerdes.
Lo dije demasiado deprisa.
Berta fingió revisar el contenido de la caja. Leo dejó el móvil sobre la mesa.
—No pretendía corregirte. Estaba pensando en el proveedor.
—Ya lo sé.
Era cierto solo a medias. Durante un instante había escuchado la voz de hace catorce meses, aquella que había interrumpido mi propuesta ante un cliente. No estaba en aquella sala. Ni siquiera estábamos discutiendo lo mismo. Aun así, la memoria tenía sus propios horarios.
—Podemos pedir precio a una realizadora con la que trabajamos el año pasado —propuse—. Si está disponible, presentamos alcance y tarifa. Si no, no improvisamos.
—Eso sí —respondió Berta—. Porque yo no voy a grabar testimonios mientras verifico que los micrófonos funcionan.
La miré con una seguridad que me costó más de lo que parecía.
—No te lo pediré.
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A las once teníamos dos respuestas. La realizadora podía acudir el viernes, pero necesitaba conocer el horario, el uso previsto del vídeo y quién daría la aprobación final.
El presupuesto de grabación y una edición sencilla era razonable; había que añadir nuestra coordinación y prever al menos una revisión.
Si Irene quería algo más ambicioso, habría que replantearlo.
Berta calculó el tiempo necesario para coordinar a los socios de Cauce sin retrasar la presentación.
Después preparó un documento con una alternativa muy concreta: grabar tres intervenciones breves tras el desayuno y entregar una pieza editada la semana siguiente, con una única ronda de cambios y las autorizaciones gestionadas por el propio cliente.
—Parece caro cuando lo escribes todo —dije, leyendo la cifra final.
—Porque ahora se ve todo lo que incluye —respondió ella.
Tenía razón. Antes de empezar nuestra peculiar rehabilitación empresarial, yo habría pedido a Yago que sostuviera un teléfono, habría hecho la edición el domingo y habría llamado al resultado «cuidar al cliente». Después me habría quejado de no tener tiempo para vivir.
—Envíalo —le dije.
—Lo envías tú. La relación comercial es tuya.
Sonreí.
—A veces sospecho que disfrutas obligándome a ejercer mis funciones.
—Solo cuando se me permite ejercer las mías.
Llamé a Irene antes de mandar el documento, para explicarle lo que habíamos previsto.
—Uf, Nora, no sabía que hacía falta tanto —contestó, sin enfadarse—. Pensábamos que era un vídeo rápido, cuatro frases y listo.
—Puede ser breve y sencillo, pero tenemos que garantizar que se entienda bien, que quienes aparezcan estén de acuerdo y que alguien tenga tiempo para editarlo. Y estamos a dos días del acto.
—Es que no tenemos presupuesto para eso.
Noté cómo volvía a formarse la vieja respuesta. «Bueno, podemos arreglar algo». La reconocí por el calor que me subió hasta la garganta.
—Entonces mantendría el plan que ya tenemos contratado —dije—. Si después queréis un vídeo, podemos preparar una grabación específica con más tiempo y decidir si os compensa.
Hubo un silencio breve.
—Sí, mejor. No quiero tocar lo del viernes. Ya está todo organizado.
—Perfecto. Seguimos con el programa aprobado.
—Gracias por mirarlo, Nora.
Colgué y permanecí inmóvil un par de segundos. Irene no estaba decepcionada. No había amenazado con contratar a otra empresa. El viernes íbamos a hacer exactamente el trabajo por el que nos pagaban.
—¿Y? —preguntó Berta desde su mesa.
—No quieren el vídeo.
—¿Seguimos con el desayuno?
—Seguimos.
Berta levantó ambos brazos como quien acaba de ganar una final deportiva. Después volvió a su pantalla, porque tenía una final deportiva distinta cada dos horas.
Al mediodía fuimos a comer algo en una cafetería cercana. Leo eligió una mesa junto a la ventana. Yo dejé el móvil boca abajo al lado del plato y lo volví a mirar tres veces antes de que llegaran los bocadillos.
—Si vas a seguir vigilándolo, al menos cobra entrada —dijo.
—Estoy esperando una respuesta de Norte.
—Mónica dijo que necesitaba confirmar la aprobación. No podemos conseguirla mirando más veces el teléfono.
—Es una de tus teorías menos demostradas.
Habíamos hablado poco del viernes de Cauce desde la llamada con Irene. Leo dio un sorbo de agua.
—No has trasladado el problema a Berta —comentó.
—No tendría que ser una noticia.
—No. Pero lo ha sido otras veces.
Apreté la servilleta entre los dedos. Podía replicar que él no había estado allí para saber qué había ocurrido.
Que había pasado meses resolviendo imprevistos sin su ayuda.
Que a veces un cliente te pedía una cosa imposible y lo único que se te ocurría era hacerla posible a costa de tus propias horas.
Todo aquello era verdad.
También lo era que Berta llevaba tiempo pagando una parte del precio.
—Cuando empezamos —dije—, hacer un favor era una manera de que volvieran a contratarnos.
—A veces sigue siéndolo.
Le miré, sorprendida.
—¿No vas a decirme que los favores son una ruina?
—Voy a decirte que conviene saber cuándo estás haciendo uno. Y quién lo está pagando.
La camarera dejó los platos delante de nosotros. Leo apartó su vaso para que pudiera poner el mío sin derramar nada. No hizo un discurso sobre la importancia de cuidar los detalles. Simplemente movió el vaso.
—El viernes pasado Berta se quedó una hora más porque yo había prometido revisar una propuesta antes del fin de semana —dije—. Ni siquiera se lo pregunté. Le dije que era importante.
Leo siguió escuchando.
—Me lo había advertido. Yo pensé que terminaríamos antes.
—¿Qué vas a hacer con eso?
Era una pregunta sencilla. No me pidió que me sintiera peor ni que buscara una excusa.
—Voy a hablar con ella.
✦
Regresamos a La Azotea a las tres. Berta estaba preparando una caja con etiquetas de Cauce. Me acerqué sin llevar ningún papel que pudiera utilizar como escudo.
—Oye, necesito decirte algo.
Dejó una etiqueta sobre la mesa.
—Suena grave.
—El viernes pasado te quedaste más de lo previsto por la propuesta que yo quería enviar. No te pregunté si podías hacerlo y actué como si la urgencia fuera de todos. Fue cosa mía. Lo siento.
Berta me observó durante unos segundos.
—Gracias.
—Voy a registrar bien esas horas y revisar contigo cómo compensarlas según corresponda. Y quiero que me avises si vuelvo a pedirte algo así. No para que tengas que convencerme: para que pueda corregirlo a tiempo.
—Te lo he avisado otras veces —dijo con tranquilidad.
Sentí el golpe y procuré no apartarme.
—Lo sé. Por eso no te estoy pidiendo que te fíes de una frase bonita.
Berta apoyó las manos en el borde de la caja.
—Yo quiero que esto funcione, Nora. Llevo aquí cuatro años. Pero necesito saber que mi trabajo tiene un límite, incluso cuando el tuyo parece no tenerlo.
—Estoy empezando a entenderlo.
—Bien. Entonces el viernes salimos a la hora que marca el plan. Y, si cambia algo, lo hablamos antes.
—Trato hecho.
No nos abrazamos. Berta volvió a las etiquetas y yo a mi despacho. Era una conversación laboral, no una escena en la que mi arrepentimiento debiera ocupar más espacio que lo que ella necesitaba.
A media tarde Leo llamó a la puerta de cristal y señaló una hoja.
—He separado tres facturas pendientes que conviene reclamar esta semana. Una de ellas lleva más de treinta días vencida.
—Mañana las revisamos —respondí—. Hoy tengo que terminar la presentación de Tándem.
—Me parece bien. ¿Necesitas algo para la demostración?
Pensé en responder que no. Era lo que me salía siempre, incluso cuando necesitaba varias cosas.
—Sí. Quiero que me ayudes a probar cuánto tarda cada actividad de verdad, no sobre el papel. Y quiero que seas desagradablemente sincero cuando algo no funcione.
Leo miró el reloj.
—Tengo media hora.
—Yo también.
—Eso es nuevo.
—No te emociones. Estoy aprendiendo a cobrar por los detalles, no a renunciar a ellos.
Se sentó frente a mí. Abrimos el programa de Tándem y empezamos a tachar lo que sobraba.
Por primera vez en mucho tiempo, la tarde no terminó porque ninguno de los dos pudiera más. Terminó cuando habíamos hecho lo acordado.
Y aquella pequeña diferencia me pareció bastante más difícil de conseguir que un vídeo grabado con el móvil.