CAPÍTULO 8. Lo que funciona en una sala
Lo que funciona en una sala
El primer problema de la jornada de Norte Comunicación estaba sentado en recepción y tenía nombre de persona.
—Mónica ha cambiado la lista —dijo Berta, enseñándome la pantalla—. Hay cuarenta y seis confirmados.
—Eran cuarenta.
—Eran cuarenta cuando hicimos el presupuesto. Hoy hay cuarenta y seis.
Miré al fondo del pasillo. La sala seguía siendo la misma: ventanales grandes, pantalla en una pared y una distribución de sillas diseñada para cuarenta personas.
Habíamos llegado a las ocho y media para comprobar el sonido y montar tres estaciones con ejemplos del trabajo de Norte.
A las diez entrarían los primeros invitados.
Seis personas de más no parecían un desastre. Lo peligroso era mi primera reacción: creer que, porque el número era pequeño, resolverlo no debía costarle nada a nadie.
—¿Cuántas caben legalmente en la sala? —pregunté.
Berta alzó la cabeza.
—Cuarenta y ocho, según los datos que nos facilitó mantenimiento, si no obstruimos la circulación. No me preocupa solo la capacidad. Me preocupa que hayamos preparado café para cuarenta.
Leo apareció con Yago al otro lado de la puerta. Estaban comprobando que la pantalla no proyectara directamente sobre el sol de la mañana. Leo nos vio las caras.
—¿Qué ha pasado?
—Han invitado a seis personas más —respondí—. La sala permite cuarenta y ocho, pero hay que comprobar la distribución.
Su mirada pasó de la lista a las sillas. No soltó un «ya lo decía yo». Eso habría sido más sencillo de soportar.
—Vamos a hablar con Mónica antes de mover nada —dijo.
Mónica llegó corriendo, con el bolso abierto y el teléfono pegado a la oreja. Terminó una llamada y nos sonrió con la expresión culpable de quien ya conoce la conversación que viene.
—Los responsables de dos cuentas han decidido incorporarse. Lo siento. Me enteré anoche.
—Podemos acomodarlos —dije—, pero hay que ajustar sillas y el servicio de café. Confirmaremos antes la distribución con mantenimiento.
—De acuerdo. Decidme qué necesitáis.
Leo le explicó que el aforo autorizado era de cuarenta y ocho personas, no de cuarenta y ocho sillas colocadas de cualquier manera.
El responsable del edificio tenía que confirmar qué mobiliario podíamos utilizar sin bloquear la zona de paso.
Berta podía reorganizar la recepción y revisar la cantidad de comida, pero necesitaba saber si aquello implicaría un suplemento.
Mónica hizo un gesto de resignación.
—Decidme cuánto y lo autorizo. Por escrito, si queréis. Os he cambiado las condiciones yo.
No me lo podía creer. Durante años había confundido pedir una autorización con poner en peligro la relación con el cliente. Mónica parecía agradecer que supiéramos qué estábamos haciendo.
Quince minutos después, mantenimiento nos facilitó seis sillas de una sala contigua y confirmó la colocación.
La empresa encargada del café pudo añadir bandejas y vasos antes del inicio.
Mónica aprobó el coste incremental por correo, y nadie tuvo que salir corriendo a comprar bollos al precio de una estación de servicio.
—¿Ya está? —preguntó ella.
—Falta que se sienten todos y no decidan traer primos —respondí.
Mónica se echó a reír.
—Los primos no tienen invitación.
—Conozco a unos cuantos que entrarían igual.
Leo desplegó el plano corregido. Había dejado un espacio despejado junto a la entrada y movido una estación al otro extremo de la sala. Yo necesitaba que los invitados vieran los tres ejemplos al circular; él había conseguido que pudieran hacerlo sin crear un atasco.
—El tercero queda demasiado escondido —le dije.
Lo observó unos segundos.
—Si ponemos el panel en diagonal desde esta mesa se ve desde el centro. Pero no podemos acercarlo a la salida.
Probamos. Funcionó.
—No ha dolido —comenté.
—No suelo sufrir cuando movemos muebles.
—Me refería a que hemos llegado a un acuerdo en menos de un minuto.
—La mañana es joven.
✦
A las diez y cuarto la sala estaba llena de conversaciones.
Los invitados de Norte se saludaban con esa cordialidad reservada para personas que se conocen por correos pero no sabrían reconocer su abrigo.
Mónica se movía entre ellos con una lista en la mano; Berta coordinaba el acceso y el catering, y Yago esperaba junto a su mesa de sonido con unos auriculares que le daban aspecto de estar escuchando noticias de otro planeta.
Mi trabajo consistía en ayudar a Norte a contar qué hacía sin convertir la mañana en un desfile de diapositivas. Había ensayado con sus tres responsables una intervención de ocho minutos cada uno. Las historias trataban de problemas reales, no de supuestas virtudes abstractas.
La primera ponente explicó que habían rechazado una campaña que el cliente les pedía porque no resolvía el problema.
La segunda enseñó el cambio que habían introducido después de escuchar a un equipo de atención al público.
La tercera mostró un error corregido durante un proyecto y lo que habían aprendido de él.
La gente escuchó.
No todo el mundo, claro. Un hombre de la segunda fila consultó el reloj cuatro veces y alguien dejó vibrar el teléfono sobre una mesa con una perseverancia admirable.
Pero escucharon lo suficiente para que, cuando abrimos la parte de conversación libre, no hiciera falta arrastrarlos hasta las estaciones.
—¿La del segundo caso quién la ha preparado? —preguntó una mujer de pelo corto, señalando el panel.
—El contenido es de Norte —respondí—. Nosotros les hemos ayudado a contarlo en un formato más fácil de conversar.
—Pensaba que iba a ser otra presentación de resultados, pero me interesa eso de explicar lo que no funcionó.
Me pidió que le presentara a la responsable del proyecto.
La acompañé. Cuando regresé, vi a Leo en una esquina, ayudando a una invitada a encontrar una silla desde la que pudiera seguir escuchando sin permanecer de pie.
Apartó un bolso que alguien había dejado en el paso y llamó discretamente a un compañero de Norte para que le facilitara el acceso.
No sabía que lo estaba mirando. Cuando volvió hacia la pantalla, buscó a Berta para preguntarle si necesitaba que se encargara de algo más.
Durante catorce meses había reducido a Leo a un solo momento de nuestra historia: aquel en que me contradijo delante de todos. De pronto lo estaba viendo fuera de ese recuerdo, haciendo bien cosas pequeñas que nadie iba a celebrar.
Me sorprendió una sensación incómoda, no exactamente nueva, pero sí poco bienvenida.
Orgullo.
Orgullo de que aquella mañana fuera socio mío. Al volver la cabeza me descubrió mirándolo desde la otra punta de la sala. Levantó las cejas, preguntándome en silencio si necesitaba algo; negué despacio. Me habría gustado que tardara un poco más en apartar los ojos.
—Nora.
Mónica se había acercado sin que la oyera.
—Esto está funcionando mucho mejor de lo que esperaba —dijo—. No se han ido directamente al café.
Miré las estaciones. Dos personas discutían un problema del que acababan de hablar los ponentes. Una tercera tomaba notas en su teléfono.
—Es mérito de vuestro equipo —contesté—. Se han atrevido a explicar decisiones de verdad.
—También necesitaban que alguien les obligara a quitar las cuarenta diapositivas sobrantes.
—Fueron cincuenta y cuatro.
—No hace falta que me humilles con precisión.
Sonreí.
—Esa parte es cosa de mi socio.
Mónica siguió mi mirada.
—Trabajáis bien juntos.
Mi reacción inmediata fue buscar una explicación técnica, como si acabara de hacerme una pregunta indiscreta.
—Cuando no intentamos dirigir el mismo centímetro cuadrado, sí.
—Pues hoy se nota.
Se marchó a hablar con los invitados y me dejó con una frase que habría preferido no escuchar.
✦
El acto terminó a la hora prevista. Mientras los asistentes se despedían, un hombre se acercó a una de las estaciones y quiso saber si podíamos organizar algo parecido con clientes que trabajaban desde varias ciudades.
Me entregó una tarjeta de una asociación profesional y explicó que estaban preparando una reunión para junio.
—No sé si tendremos presupuesto —advirtió.
—Entonces empecemos por saber qué queréis conseguir y cuántas personas participarían —respondí—. Si encaja, os hacemos una propuesta con distintas opciones.
—Me parece razonable.
Le pedí permiso para escribirle durante la semana. Accedió y se marchó sin prometer nada. Era un contacto. No una venta. Me oí pensando en Berta y sus pegatinas.
A la una y cuarto empezamos a desmontar. Yago guardó sus cables, Berta revisó que no faltara material y Leo consultó la hoja de incidencias. No había ninguna grave.
—La próxima vez quiero que la lista de asistentes se cierre con más antelación —dijo Berta.
—Y que exista un procedimiento claro para los cambios de última hora —añadí.
Leo nos miró.
—Podemos ponerlo en el presupuesto. Fecha de confirmación de aforo y coste de modificaciones posteriores.
—No conviertas una mañana agradable en una reunión de empresa —protesté.
—Ahora mismo estoy enrollando cinta. Es una reunión bastante productiva.
Cuando Yago se fue, me fijé en que Leo comprobaba las horas del servicio y la conformidad del cliente antes de autorizar el pago. No había otro favor pendiente que pedirle. Me acordé de la conversación del viernes y me alegré.
Mónica apareció para despedirse.
—Os he escrito un correo con la conformidad del servicio y el importe extra aprobado. Cuando me enviéis la factura final, la tramito.
—Estupendo —dijo Leo.
—Y os voy a pedir otra cosa —añadió ella.
Me tensé por pura costumbre.
—Depende de lo que cueste —dije.
Se rió.
—Que me dejéis recomendaros. Clara, de una asociación con la que colaboramos, quiere organizar una jornada de clientes en junio. Le he dicho que hoy viniera a verlo. Creo que acaba de hablar contigo, Nora.
Miré la tarjeta que guardaba en mi bolso.
—Sí. Hemos quedado en escribirnos.
—Pues os la presento por correo mañana. Y nuestra dirección quiere estudiar otro evento para mayo, más pequeño que este. Me gustaría que habláramos cuando tengamos fechas.
No anuncié una victoria. No levanté los brazos. Mi teléfono seguía lleno de conversaciones que no habían llegado a convertirse en contrato.
Pero aquella vez tenía algo distinto: un trabajo realizado, una clienta satisfecha y una recomendación que no necesitaba inventar.
Al salir, Berta nos dejó las dos cajas que quedaban en el coche de transporte y se despidió. Había cumplido su horario. Leo y yo caminamos hacia el metro con los portátiles colgados al hombro.
—¿Te acuerdas de nuestro primer evento? —pregunté.
—Del que no encontrábamos el alargador o del que parecía que habíamos alquilado un patio dentro de una obra.
—Era un patio con carácter.
—Tenía una gotera.
—Eso también es carácter.
Nos echamos a reír. La imagen regresó con una nitidez inesperada: Leo buscando una toma de corriente y yo defendiendo unos centros de mesa que parecían piezas de maquinaria.
Estábamos agotados, pero después cenamos bocadillos sentados en la acera y hablamos de todo lo que haríamos cuando la empresa fuera grande.
Quise decirle que a veces echaba de menos aquella facilidad. No la confianza ingenua, ni las jornadas interminables. La sensación de poder mirar el mismo problema sin pensar que el otro era parte de él.
En lugar de eso, le pregunté:
—¿Crees que de verdad es posible volver a trabajar así?
Leo tardó en responder. Caminábamos junto a un escaparate lleno de zapatos que nadie parecía necesitar.
—No igual —dijo al fin—. Hacíamos demasiadas cosas mal.
—Qué manera más bonita de evocar nuestra juventud empresarial.
—Podríamos hacerlo mejor. Pero no vamos a conseguirlo fingiendo que no pasó nada.
Habíamos llegado a la entrada del metro. Lo miré esperando otra explicación. No llegó.
—Mónica nos ha pedido otra propuesta —dije, porque era el único terreno que sabía pisar sin miedo.
—Y la haremos bien.
Bajó el primer escalón. Yo me quedé un momento arriba, con la tarjeta de la asociación en el bolso y una pregunta que ya no sabía seguir evitando.
¿Qué había pasado exactamente entre nosotros para que una mañana buena todavía me pareciera una excepción?