No eres mi tipo (de contrato) (Amores fuera de horario nº 1) CAPÍTULO 4. La Azotea no es un parque temático
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CAPÍTULO 4. La Azotea no es un parque temático

La Azotea no es un parque temático

Alma había decidido que la jornada de puertas abiertas de La Azotea empezaría a las diez y terminaría a las dos.

—A las dos y cinco —nos dijo— quiero ver a cada visitante en la calle. Incluidos los que estén a punto de cambiar el mundo.

Lo anunció mientras desplegaba sobre el mostrador de recepción una lista de normas.

No había música a todo volumen, ni puestos de comida en los pasillos, ni visitas a los despachos que no se hubieran ofrecido a enseñarse.

La terraza podía mostrarse en grupos pequeños, no utilizarse como un recinto para presentaciones multitudinarias.

—Vais a espantar a los inversores —comenté.

—Si un inversor se espanta porque no puede bloquear una salida de emergencia, no lo quiero de inquilino.

Alma llevaba el pelo recogido con un lápiz y una chaqueta verde con bolsillos. Nadie le había visto perder las llaves del edificio. Ni la paciencia, aunque en una ocasión encontró a un consultor intentando instalar una nevera industrial en la sala de silencio.

Fuera de Guion había aceptado participar con una mesa de proyectos, muestras de formatos y una demostración breve de cómo transformábamos una petición vaga en un evento con sentido.

En mi versión original la demostración incluía una pared móvil de fotografías, varios paneles y una pantalla adicional.

En la versión aprobada por Berta y presupuestada por Leo incluía una mesa, cuatro láminas impresas y una pantalla que ya teníamos.

Seguía pensando que mi versión era más bonita. También costaba trescientos ochenta euros más.

—¿De verdad necesitamos poner el presupuesto en la mesa? —le pregunté a Leo mientras colocaba las láminas.

—No. Necesitamos explicar por qué el resultado se parece poco a la petición original.

—Hablas del presupuesto como si fuera una obra literaria.

—Hay finales bastante sorprendentes.

Puse una lámina junto a otra. En la primera aparecía una frase que nos había dicho un cliente el año anterior: «Queremos que todo el mundo participe».

En la segunda, la pregunta que había cambiado aquel proyecto: «¿En qué queréis que participen y para qué?

». La tercera mostraba un encuentro pequeño con mesas de conversación voluntarias.

La cuarta recogía las conclusiones, redactadas por los propios asistentes.

—No está mal —admití.

—Es tu idea.

—No te acostumbres a que reconozca cosas antes de desayunar.

Leo desplazó la última lámina dos centímetros. La colocó recta y retiró la mano.

El viernes habíamos enviado a Mónica Prats las dos opciones para Norte Comunicación antes de la una. Berta había validado la producción y Mónica nos había respondido con un «lo presento el lunes». Ningún sí definitivo. Ninguna pegatina azul.

La jornada del coworking no iba a suplir ese contrato, pero sí podía recordarle a Madrid que existíamos. Preferiblemente a la parte de Madrid que encargaba eventos y tenía presupuesto para pagarlos.

A las diez y cuarto llegó el primer visitante a nuestra mesa. Era un hombre con una acreditación que decía «innovación» y la expresión satisfecha de quien nunca había tenido que plegar cien sillas.

—¿Organizáis team building? —preguntó.

—Organizamos encuentros de equipos —respondí—. ¿Qué necesitáis conseguir?

—Que la gente salga de su zona de confort.

—¿La gente quiere salir?

El hombre parpadeó.

—Bueno, eso es un decir.

—Entonces empecemos por algo que quieran hacer.

Nos dejó su tarjeta después de explicar que necesitaba un presupuesto para sesenta personas, sin fecha, sin objetivo y «muy rompedor». La coloqué boca abajo.

—Posible cliente —dije.

—Posible conversación —corrigió Leo.

—Estás intentando acabar con mi optimismo por desgaste.

—Hasta ahora solo he conseguido que no reserves un autobús.

La siguiente persona quería montar una sesión de networking sin que los asistentes tuvieran que hablar con desconocidos.

Otra preguntó si podíamos hacer un acto íntimo para ciento veinte personas.

Un tercero consideraba que «el espacio y la decoración» debían estar incluidos en nuestros honorarios, porque la visibilidad para nosotros sería estupenda.

Alma pasó por detrás con una bandeja de vasos de agua.

—La visibilidad no paga el agua —dijo sin detenerse.

El hombre entendió que necesitaba consultar algo por teléfono y se marchó.

A mediodía me dolían las mejillas de sonreír.

Leo me entregó un vaso y se quedó atendiendo nuestra mesa para que pudiera estirar las piernas.

No hizo comentarios sobre lo mucho que hablaba ni sobre mis maneras de vender.

Le vi explicar las láminas a una pareja de profesionales que preguntaba por una jornada de clientes.

Lo hizo sin convertir la conversación en una clase. Escuchó más de lo que habló.

Una de aquellas cosas que se le daban bien y que me había esforzado por olvidar.

Volví con un pequeño sándwich envuelto en papel.

—¿Qué tal?

—Han pedido el nombre de la persona que diseñó las preguntas.

—¿Les has dicho que era una artista incomprendida?

—Les he dado tu tarjeta.

Mordí el sándwich para no dar las gracias demasiado deprisa. Mientras Leo volvía a explicar nuestras láminas a una pareja que se había acercado, reconocí la cadencia de su voz cuando algo le interesaba de verdad. Hacía meses que no me quedaba escuchándolo cuando no era mi turno de discutir.

Entonces apareció una mujer de unos cuarenta y tantos, con pantalones oscuros, zapatillas y una libreta doblada por la mitad. No miró las fotografías. Leyó las preguntas.

—¿Hacéis esto con equipos de trabajo o solo con clientes externos?

—Con ambos —respondí—. Depende de lo que se necesite.

—¿Y si lo que necesito es que treinta empleados vengan a una jornada sin querer asesinar al departamento de Recursos Humanos?

—Recomendaría empezar retirando del programa cualquier actividad que obligue a confesar una debilidad delante del jefe.

La mujer soltó una carcajada inesperada.

—Bien. Ya es más de lo que me han propuesto esta semana.

Se presentó como Marta Gálvez, directora de Personas de Tándem, una empresa de servicios profesionales.

Habían crecido incorporando equipos de distintas áreas y querían reunirlos a finales de abril.

El director general había hablado de «hacer piña».

Marta había contestado que, si volvía a ver una dinámica con cuerdas o globos, solicitaría una baja preventiva.

—No es que estén enfrentados —explicó—. Trabajan en proyectos distintos, se conocen por el nombre de usuario y no entienden bien qué hace el resto. Algunos han pasado por tres reorganizaciones en dos años. No van a abrirse emocionalmente ante una cartulina.

—Y no tendrían por qué hacerlo —dije.

—¿Qué les propondrías?

Pensé en enseñarle nuestro catálogo, pero Marta lo había dicho con claridad: no necesitaba una colección de actividades. Necesitaba que su gente dejara de reunirse por obligación para fingir entusiasmo.

—Primero averiguaría qué cosas necesitan resolver juntos —respondí—. Después diseñaría una forma de trabajar sobre eso sin obligar a nadie a exponerse.

—Suena bastante sensato. ¿Y divertido?

—Se puede pasar un buen rato sin organizar unas olimpiadas de adultos.

Marta sonrió. Leo, a mi lado, no dijo nada.

—¿Cuántas personas? —preguntó Leo.

—Entre veintiocho y treinta y dos.

—¿Disponéis de sala o habría que buscarla?

—Tenemos una sala grande en nuestras instalaciones. Pero no está preparada para actividades extrañas.

—Cuanto mejor —intervine—. Las actividades extrañas suelen ser las primeras que hay que cobrar como extras.

Marta cerró la libreta.

—Tengo un presupuesto moderado y una ventana a finales de mes. Necesito una propuesta que se pueda explicar sin palabras como «sinergia» o «viaje transformador». Y necesito que la asistencia no se convierta en una trampa.

La petición me encendió la cabeza. Vi a personas eligiendo preguntas útiles, grupos que pudieran mezclarse sin presentaciones teatrales y un resultado tangible al terminar la mañana. Quise explicárselo todo allí mismo, desplegar media mesa y dibujar el programa sobre una servilleta.

Leo apoyó el índice sobre la esquina de nuestra lámina, casi sin tocarla.

—Podemos enviarte un concepto inicial —dijo—, pero sería útil hablar antes de las limitaciones de la sala, el horario y qué participación consideráis verdaderamente voluntaria. De eso dependerá que la experiencia sea respetuosa y viable.

Marta lo miró con interés.

—Eso es precisamente lo que nadie me ha preguntado.

Me tragé mi discurso de veinte minutos. En su lugar, le propuse una reunión breve para el lunes.

—Os mando información esta tarde —dijo ella—. No quiero un presupuesto cerrado sin haber visto un formato, así que empecemos por ahí.

Nos dejó su tarjeta. Esta vez sí leí el apellido dos veces antes de guardarla.

Cuando Marta se alejó, Leo esperó a que atendiera a otra persona para decirme:

—Creo que esta sí sabe qué problema quiere resolver.

—Y yo sé cómo resolverlo.

—Tienes una dirección. Ahora falta averiguar si funciona con personas de verdad.

—Podrías darme cinco minutos antes de quitarme la ilusión.

—Llevas diez minutos sonriendo.

La acusación era falsa, o al menos imposible de demostrar.

A la una y cincuenta y ocho Alma empezó a recoger las acreditaciones de los rezagados. Un visitante insistía en conocer la terraza y ella le explicó, con una amabilidad demoledora, que ya podría volver otro día en el horario establecido.

Berta llegó para ayudarnos a guardar el material.

—¿Cuántos contratos? —preguntó.

—Ninguno —respondí.

—¿Conversaciones interesantes?

—Una muy interesante. Y un hombre que quiere romper la zona de confort de sus compañeros sin preguntarles.

—A ese último no le des nuestro teléfono.

Le conté lo de Tándem mientras devolvíamos las cuatro láminas a su funda. Berta quiso saber si Marta había mencionado presupuesto, plazo de decisión y número de asistentes. A cada pregunta que yo había olvidado hacer, Leo tenía una anotación.

—Odio que hayas tomado tantas notas —le dije.

—Yo odio no haber oído qué esperan conseguir al cabo de un mes —respondió—. Se nos ha escapado a los dos.

La frase me sorprendió. No porque admitiera un fallo; porque lo había repartido sin protegerse de él.

Antes de salir, Alma comprobó que nuestra mesa quedaba como la habíamos encontrado. Me devolvió un rotulador que había quedado debajo de una carpeta.

—Que no se diga que mi coworking acaba con un conflicto entre socios y un robo de material.

—El conflicto es anterior al rotulador —repuse.

—Ya lo sé. Os conozco desde que empezasteis. El rotulador, al menos, tiene fácil arreglo.

En la calle, Leo me preguntó si necesitaba ayuda con las cajas hasta el metro. Eran dos fundas y una bolsa; podía llevarlas perfectamente.

—No hace falta.

—Vale.

No insistió. Nos despedimos allí, sin planes para el domingo.

Mientras caminaba hacia la estación miré la tarjeta de Marta. No habíamos salvado Fuera de Guion. Ni siquiera habíamos vendido una mañana de trabajo.

Pero por primera vez desde el lunes alguien nos había planteado un problema que yo tenía ganas de resolver por algo más que la necesidad de facturar.

Le escribí a Berta para pedirle que reservara el lunes media hora para Tándem. Después envié otro mensaje, esta vez a Leo.

«Tengo una idea para que treinta personas se conozcan sin tener que abrazarse».

Su respuesta llegó cuando ya bajaba las escaleras del metro.

«Prométeme que no incluye globos».

Sonreí delante del torno.

Y esta vez no tenía ninguna intención de negarlo.