CAPÍTULO 3. Esto no estaba presupuestado
Esto no estaba presupuestado
A las diez y treinta y cinco de la mañana estaba frente al edificio de Norte Comunicación tratando de decidir si llevaba demasiadas cosas.
Había metido en el bolso el portátil, dos propuestas impresas, una libreta, unas zapatillas para regresar en metro y un cargador que pertenecía a un teléfono que había cambiado hacía tres años.
No sabía por qué conservaba el cargador.
Sospechaba que representaba mi manera de gestionar la incertidumbre: si llevaba suficientes objetos, algo acabaría siendo útil.
Leo llegó con una carpeta delgada.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—Llevo las preguntas.
—Podrías haberme dicho que hoy era una prueba de minimalismo.
—También llevo un metro pequeño, por si el espacio no coincide con las dimensiones que nos han dado.
Rebusqué en el bolso para demostrar que yo había venido preparada. Encontré un paquete de pañuelos y un pintalabios sin tapa.
—Yo llevo tres metros de entusiasmo —dije.
—Esperemos que quepan.
Lo seguí hasta la entrada. Desde el martes habíamos intercambiado bastantes mensajes y ninguno contenía una palabra innecesaria. Era una mejora respecto a nuestra etapa de discusiones por correo, cuando usábamos los signos de puntuación como si fueran armas que se pudieran disparar a distancia.
Mónica Prats nos recibió en la segunda planta con una sonrisa y una agenda en la mano. Trabajaba en Norte Comunicación desde hacía nueve años y tenía la calma de quien sabía exactamente cuánto tiempo le iban a hacer perder las reuniones.
—Gracias por venir los dos. Os adelanto que no quiero un evento espectacular.
—Esa frase suele significar que quieres uno espectacular y barato —dije.
Mónica soltó una carcajada.
—Quiero uno útil. Que es todavía más difícil.
Nos condujo a una sala rectangular con grandes ventanales. Había sitio para unas cuarenta personas sentadas, quizá más de pie, y una pantalla instalada en una pared. En un extremo descansaban unas mesas plegables y un par de cajas de folletos de una campaña anterior.
—Vamos a presentar el nuevo equipo de estrategia a varios clientes y colaboradores —nos explicó—. Unos cuarenta invitados. El diecinueve de abril. Tenemos la sala, pero no quiero que todo consista en escuchar a cuatro directivos contando lo fantásticos que somos.
—Eso descarta un formato muy popular —comenté.
—Y muy fácil de organizar.
Le pregunté qué necesitaba que los asistentes pensaran al salir. Mónica se quedó quieta un momento.
—Que, si tienen un problema, se les ocurra llamar a nosotros antes que a otro. Que entiendan en qué nos podemos meter ahora. Pero no quiero venderles una hora de diapositivas.
Aquello sí era un encargo. No «hacer algo bonito», no «que la gente se divierta». Quería cambiar una percepción.
Saqué la libreta.
—¿Tenéis tres casos de trabajo real que podamos contar con permiso de los clientes? —pregunté—. No casos ideales, sino situaciones en las que hayáis cambiado una decisión por algo que descubristeis durante el proyecto.
Mónica lo pensó.
—Sí. En uno acabamos aconsejando que no hicieran la campaña que nos habían pedido.
—Ese es el primero.
Leo recorrió la sala mientras hablábamos. No interrumpió. Revisó las tomas, la posición de la pantalla y la zona por la que entraría el catering.
—¿Los invitados vendrán todos a la misma hora? —preguntó cuando terminamos de dibujar el formato.
—En teoría.
—Podemos prever una llegada escalonada, pero conviene definir el inicio de la presentación para no retrasarla veinte minutos. ¿Esta sala se utiliza durante la mañana para otras reuniones?
—No ese día.
—Bien. ¿Hay accesibilidad sin escalones desde la entrada?
Mónica le explicó el recorrido. Leo hizo un par de anotaciones.
Yo imaginé tres intervenciones breves, una pregunta al público que nadie estuviera obligado a contestar y unas estaciones donde pudieran ver ejemplos reales mientras tomaban café.
Nada de obligar a cuarenta profesionales a ponerse una pegatina con su «superpoder».
La última vez que presencié una dinámica así, un abogado escribió «Excel» y se pasó toda la mañana sin hablar con nadie.
—La presentación duraría veinticinco minutos —propuse—. Después, conversación libre con los equipos junto a los tres casos. Se puede participar o simplemente mirar. Y entregamos un resumen claro, una página que la gente de verdad quiera guardar.
—Me gusta —dijo Mónica—. ¿Cuánto montaje exige?
Miré a Leo.
Había momentos en que la sincronización antigua regresaba antes de que pudiéramos impedirlo. Yo había preparado la idea; él ya estaba calculando por dónde iba a entrar en la habitación sin estorbar a nadie.
—Si aprovechamos esas mesas y la pantalla —dijo—, poco. Necesitamos confirmar la potencia del sonido, un técnico durante la preparación y una prueba general. Las estaciones pueden ser paneles ligeros, no estructuras. Y el catering tiene que llegar con tiempo para no cruzarse con los asistentes.
—Perfecto. El presupuesto que tengo ronda los cinco mil euros, antes de impuestos. Preferiría no superarlo.
Podía hacerse. Con la sala incluida, una propuesta cuidada y unas cuantas decisiones razonables, podíamos hacerlo sin regalar trabajo. Empecé a escribir el título de la propuesta: «Las buenas preguntas». Lo taché. Parecía un ciclo de conferencias sobre maternidad.
—¿Y un vídeo al final? —preguntó Mónica—. Una pieza de un minuto y medio, con dos o tres testimonios. Algo sencillo que podamos compartir después.
«Claro, sin problema», pensé.
Las tres palabras se colocaron solas detrás de mis dientes. Llevaban meses viviendo ahí, esperando una oportunidad para salir.
Un vídeo no era un detalle decorativo. Había que pedir consentimiento para grabar, coordinar al profesional que lo hiciera, editar, aprobar versiones y acordar el uso de las imágenes. Yo lo sabía. También sabía que Mónica había dicho cinco mil y que necesitábamos aquel proyecto.
Abrí la boca.
—Podemos plantearlo de dos formas —dije.
Leo giró un poco la cabeza hacia mí, pero no habló.
—La primera —continué— es mantener la jornada dentro del presupuesto que has mencionado, con las intervenciones, las estaciones y un resumen escrito al terminar.
La segunda incluye una pieza audiovisual.
En ese caso necesitamos presupuestar grabación, edición y permisos por separado, porque no quiero prometerte un resultado que luego dependa de un técnico trabajando gratis.
Mónica no se ofendió. Asintió.
—De acuerdo. Enviadme las dos opciones. Así podré defenderlo internamente.
La facilidad de aquella respuesta me dejó desconcertada. Yo había construido en mi cabeza un debate largo sobre la importancia de aportar valor y cuidar la relación con el cliente. Resultó que Mónica solo necesitaba saber lo que estaba comprando.
Leo intervino entonces.
—Para las dos opciones necesitamos saber quién tiene la aprobación final y cuántas rondas de cambios contempláis. Eso es lo que suele complicar los plazos, más que la grabación.
—Yo revisaré el contenido. Una ronda de ajustes debería bastar.
—Lo incluiremos así. Si aparecen necesidades nuevas, las valoramos antes de asumirlas.
Miré la libreta. De pronto la propuesta era mejor que el favor que yo había estado a punto de ofrecer: el cliente podía elegir y nosotros podíamos cumplir.
Nos quedaban diez minutos de la reunión. Le pedí a Mónica un ejemplo del tono que utilizaban con sus colaboradores. Sacó una presentación de cincuenta y cuatro diapositivas.
—Esto es lo que tenemos hecho —dijo con resignación—. No quiero que enseñemos esto.
—Es fantástico que hayas llegado a esa conclusión antes de contratar las sillas —comenté.
—Tenemos una relación lo suficientemente antigua como para que te permita decirme que es horroroso.
—No es horroroso. Es un documento que quiere ser una reunión y una enciclopedia al mismo tiempo.
Leo hojeó las primeras páginas.
—Y que necesita un índice para explicar el índice.
Mónica se echó a reír. Yo también. Lo sorprendente fue que la broma no había dejado a nadie en ridículo. A veces bastaba con reconocer el problema que los tres teníamos delante.
Al salir, se detuvo junto al ascensor.
—Quiero una propuesta formal —dijo—. Alcance, precio, fases y personas responsables. Si me la enviáis mañana antes de la una, la moveré para que podamos confirmarlo a principios de la semana que viene. No os prometo la adjudicación, pero me interesa.
—La tendrás —contesté.
Miré a Leo antes de añadir nada más. Él asintió apenas.
—Con las dos opciones diferenciadas —precisé—. Y sin sorpresas en la factura.
Mónica estrechó nuestras manos y regresó al trabajo.
En el ascensor, Leo consultó el móvil.
—Berta dice que Yago podría reservar la mañana del diecinueve hasta que sepamos el alcance. No le ha pedido que bloquee la fecha sin cobrar.
—Es que Berta tiene más sentido común que nosotros dos juntos.
—Tiene algo que nosotros hemos ido perdiendo: el permiso para decir «esto no llega».
—Eso suena preocupantemente parecido a un elogio.
—Era uno.
Las puertas se abrieron en la planta baja. Fuimos hasta la calle sin hablar. El aire olía a pan caliente de una cafetería cercana y a esa mezcla de asfalto y primavera que Madrid ofrece durante unos diez minutos antes de que alguien vuelva a poner una obra en marcha.
—Antes de que lo digas —empecé—, iba a aclarar lo del vídeo.
—No he dicho nada.
—Tu silencio ha sido bastante expresivo.
—Mi silencio estaba esperando a ver qué decías tú.
Lo miré.
—¿No ibas a corregirme?
—No necesitabas que te corrigiera. Sabías qué preguntar.
La respuesta me dejó sin la satisfacción de una buena pelea.
Desde hacía catorce meses tenía una versión muy sólida de Leo en mi cabeza: el hombre que detectaba el peligro y se olvidaba de quién había delante cuando llegaba el momento de advertirlo.
Esa mañana había permanecido callado porque confiaba en que yo hiciera bien mi trabajo.
No era una disculpa por lo anterior. Ni siquiera era suficiente para volver a confiar en él. Pero resultaba difícil encajarlo en la versión que había construido.
—Mónica quiere la propuesta mañana —dije, cambiando de tema—. Voy a preparar el concepto y tú el presupuesto.
—Berta tiene que validar producción antes de enviarlo.
—Lo sé.
—Bien.
—Podrías decir algo distinto a «bien» de vez en cuando.
Se detuvo delante de un paso de peatones.
—Tu idea de los tres casos era buena. Porque no es una actividad por hacer algo: ayuda a los invitados a entender qué hace Norte. Eso es lo que Mónica quería y no sabía cómo pedir.
El semáforo tardó una eternidad en cambiar. Por una vez no encontré una réplica.
—Gracias —dije.
Leo pareció tan sorprendido como yo.
—De nada.
Cruzamos con un grupo de gente que salía del metro.
Me fijé en que él caminaba despacio para no perder a una mujer mayor que iba delante con un carro de la compra.
No parecía un gesto concebido para impresionar a nadie.
Simplemente ajustó el paso y siguió hablando del proyecto cuando estuvimos al otro lado.
De camino a La Azotea volvimos a discutir, esta vez sobre si las estaciones debían tener nombres ingeniosos o si convenía llamarlas simplemente «caso uno», «caso dos» y «caso tres».
—Tienes alergia a la imaginación —le dije.
—Solo a la que exige imprimir doscientos vinilos.
—Serían seis.
—Evolucionamos.
Cuando entramos en el coworking, Alma nos vio desde recepción.
—¿Habéis sobrevivido a una reunión juntos?
—La clienta también —contesté—. Estamos hablando de un éxito colectivo.
—Anotadlo. No ocurre todos los días.
En nuestro despacho, Berta levantó la vista.
—¿Presupuesto real o «qué ilusión nos hace este proyecto»?
—Presupuesto real —dije—. Dos versiones y revisión tuya antes de enviar. Mañana a la una, como máximo.
Me miró como si quisiera asegurarse de que no era una broma.
—¿Y no le habéis prometido ningún extra?
—Ni uno —contesté—. Incluso nos ha pedido uno y le hemos explicado que cuesta dinero.
Berta se llevó una mano al pecho.
—Voy a guardar este día en el calendario.
Leo colocó su carpeta sobre la mesa y me tendió una hoja. Había organizado lo necesario para el montaje en cinco apartados. Dejaba espacio para proveedores, tiempos y el coste de cada opción.
Al lado, en mi libreta, esperaba el boceto de una jornada que por primera vez en meses me apetecía producir.
No habíamos conseguido el contrato. Ni siquiera había una pegatina azul que pegar.
Pero Mónica nos había pedido una propuesta real, Berta sabía exactamente lo que tenía que revisar y yo había salido de una reunión sin prometer una sola hora de trabajo gratis.
Me pareció un avance tan pequeño que nadie ajeno a Fuera de Guion habría entendido por qué importaba.
Miré a Leo, concentrado en su hoja.
Y me fastidió un poco que aquel avance lo hubiéramos conseguido juntos.