CAPÍTULO 21
La presentación final empezó a las cinco de la tarde.
A las cuatro y media, estaba encerrada en el baño de la planta noble intentando quitarme una mancha de bolígrafo de la mano.
No salía.
Normal.
Nada salía cuando tenía que salir.
Me miré en el espejo. Camisa blanca, pantalón negro, pelo recogido de cualquier manera aceptable, ojeras moderadas. Tenía aspecto de arquitecta capaz de sostener una propuesta de varios millones de euros. También de alguien que había dormido cuatro horas y había discutido con una impresora.
Ambas cosas eran verdad.
Cuando salió, Quim me esperaba en el pasillo con dos carpetas.
Llegaba puntual.
Demasiado puntual.
—No digas nada —dijo él.
—No iba.
—Tu cara sí.
Cogí una carpeta.
—Mi cara está orgullosa de ti y no sabe gestionarlo.
Quim parpadeó.
Me arrepintí al instante.
—Profesionalmente.
—Qué alivio.
No sonrió mucho. Bien.
La biblioteca estaba llena. Marc, Clara, Albert, dos inversores, Laia, la mujer del bolso, el hombre mayor y tres personas más que clasificé mentalmente como dinero silencioso.
En la pared, la pintura recuperada estaba protegida por un velo translúcido.
No se veía completa, solo lo suficiente para recordar que el edificio tenía una voz anterior a todos ellos.
Empecé.
No con promesa.
Con límites.
Habló de fases, riesgos, vecinos, patrimonio, estructuras, plazos realistas y procedimientos de acceso. No intentó sonar inspiradora. En un momento perdió el hilo porque una hoja estaba desordenada. Se detuvo. La buscó. Tardó diez segundos incómodos.
Antes habría rellenado el hueco con una frase.
No lo hizo.
—Perdón. La tengo aquí.
Me encontró.
Siguió.
Nadie murió.
Quim habló después. Tampoco hizo el Quim de las entrevistas. Se equivocó en un dato menor, corrigió sin drama y continuó. Cuando llegó a la parte de Còrsega, mencionó a Reme por su nombre. Vi a Marc tensarse. Bien.
—No podemos diseñar continuidad patrimonial borrando continuidad humana —dijo Quim.
La frase era buena.
Mal medido.
Lo miré.
Él hizo una mueca mínima, como si también lo supiera. Luego añadió:
—Perdón. Dicho menos bonito: si molestamos a la gente que vive allí, el proyecto nace mal.
Eso sí funcionó.
Clara bajó la vista para esconder algo parecido a una sonrisa.
Albert intentó recuperar terreno en la parte de comunicación. Usó tres veces la palabra experiencia. La tercera, Reme, que estaba conectada por videollamada porque Laia había insistido, dijo desde la pantalla:
—Experiencia será cuando arreglen la humedad del baño.
La sala se quedó callada.
Tosí.
Quim miró al techo.
Marc hizo una nota.
Fue, probablemente, el mejor momento de la presentación.
Al final, Clara cerró con una propuesta de liderazgo compartido y responsabilidades diferenciadas. No cumplía mi sueño limpio, pero tampoco me relegaba. Me colocaba en el centro técnico y estratégico. Quim quedaba en diseño interior y relato espacial, no por encima. Conmigo.
Conmigo.
La preposición era pequeña. Pesaba muchísimo.
La propiedad pidió deliberar.
Eso significaba esperar en el patio con café, agua, cruasanes intactos y la sensación de estar en una sala de hospital.
Salí a la galería. Necesitaba aire. Quim la siguió después de dos minutos.
—Ha ido bien —dijo.
—No lo sabemos.
—Ha ido decentemente.
—Eso sí.
—Reme ha estado espectacular.
—Deberíamos contratarla para todas las presentaciones.
—Albert pediría tres reuniones más.
—No me vendas tan fuerte la idea.
Se quedaron mirando el patio. Había una red de protección, un cubo, dos cables, una planta que alguien había olvidado regar y seguía viva por pura mala educación.
—Antes —dijo Quim—. Lo de profesionalmente.
Cerré los ojos.
—No.
—Vale.
—No, no vale. Es que si hablamos ahora, voy a decir algo mal.
—Podemos hablar mal.
—No antes de que decidan nuestra vida laboral.
—Justo.
Él apoyó las manos en la barandilla. No la miró.
—Sandra.
—Qué.
—Pase lo que pase ahí dentro, no quiero competir contigo igual que si esto fuera una guerra.
—Eso no depende solo de nosotros.
—Lo sé.
—Y aunque lo quieras, quizá no puedas sostenerlo.
—También lo sé.
La honestidad empezaba a cansarla.
—Entonces no me lo pongas bonito.
Quim asintió.
—Vale. Versión fea: quiero ganar. Quiero el proyecto. Quiero que mi estudio salga de donde está. Quiero no volver a sentir que perdí Madrid porque no supe jugar. Y también quiero que tú estés en esa mesa porque si no estás, el proyecto será peor y yo... No sé. Yo también.
No terminó bien.
No le hizo falta.
Sentí la frase como una mano en el centro del pecho.
Dentro, Clara los llamó.
La deliberación había terminado.
No hubo tiempo para responder.
Quizá fue mejor.
Entraron juntos, sin tocarse.
Marc estaba de pie. Clara sentada. Albert tenía mala cara. Eso animó a mí de forma poco noble.
—La propiedad quiere seguir adelante con la segunda fase —dijo Marc—. Con una dirección compartida.
No respiré del todo.
—Sandra liderará coordinación técnica, patrimonio y viabilidad. Quim liderará interiores, uso y lectura espacial. Clara supervisará desde el estudio. Albert...
Marc hizo una pausa mínima.
—Albert apoyará comunicación externa.
Apoyará.
No dirigirá.
Reme, desde la pantalla, dijo:
—Pues menos mal.
Esta vez nadie pudo fingir que no había sido divertido.
Miré a Quim.
Él me miró.
Ganaban, más o menos.
Miré la puerta que acababan de abrir y supe que ninguno tenía claro cómo cerrarla.