CAPÍTULO 22
La victoria duró hasta el lunes.
Tres días.
Debería haberlo imaginado. Las victorias limpias no duraban en proyectos con Marc Batller, patrimonio oculto y demasiadas carpetas sin leer.
El lunes por la mañana, Clara me citó en el estudio.
Sala pequeña otra vez.
Café intacto otra vez.
Me senté sin hacer bromas.
—Dime.
Clara dejó una carpeta sobre la mesa.
La carpeta no era azul, ni gris, ni negra.
Era blanca.
Nueva.
No ayudaba.
—Hay algo que debes saber antes de firmar el acuerdo interno de la segunda fase.
Noté que se le secaba la boca.
—¿Qué acuerdo interno?
Clara no respondió a eso.
Abrí la carpeta.
Dentro había un correo impreso. Fecha de hacía casi tres meses. Remitente: Marc. Destinatario: Quim Fusté. Copia oculta a Albert.
Leí la primera línea.
Luego dejé de leer.
No por falta de comprensión.
Lo entendí antes de poder fingir sorpresa.
Marc había informado a Quim, antes de incorporarlo a Casa Batller, de que la propiedad valoraba una segunda fase y de que su trabajo serviría para evaluar una posible dirección futura. No mencionaba a mí con claridad, pero sí hablaba de “comparar capacidad de liderazgo interno y externo”.
Comparar.
La palabra quedó encima de la mesa.
—¿Lo sabías? —pregunté.
Clara tardó.
—No con este correo.
—Clara.
—Sabía que había conversaciones. No sabía que Marc lo había puesto por escrito así.
Me levanté.
—¿Y Quim?
Clara sostuvo la mirada.
No hizo falta.
Sí.
Quim lo sabía.
Quizá no todo. Quizá no como yo lo sentía ahora. Quizá había matices, contexto, excusas, frases razonables.
Daba igual.
El cuerpo no tenía paciencia para matices cuando había un documento encima de la mesa.
—Me lo tenías que haber dicho antes de la presentación.
—Me llegó el viernes por la noche.
—Hoy es lunes.
—Quería hablar primero con Marc.
Solté una risa breve.
Fea.
—Todo el mundo siempre quiere hablar primero con otra persona.
Salí del estudio con la carpeta blanca en la mano. Clara me llamó una vez. No me detuve.
Fui a Casa Batller.
No sabía si por necesidad profesional o por falta de imaginación. Allí estaban todos sus problemas. Tenía sentido ir al almacén.
Quim estaba en la biblioteca, revisando muestras con Jordi.
Levantó la vista al verla.
Mi cara cambió.
Eso confirmó lo que faltaba.
—Sandra.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
El sonido fue pequeño.
Suficiente.
Jordi miró a uno, luego a otro.
—Voy a necesitar... Estar en otro sitio.
Nadie contestó.
Cuando se quedaron solos, señalé la carpeta.
—Dime que no es lo que parece.
Quim no abrió la carpeta.
—¿Qué has leído?
—No empieces así.
Él cerró los ojos un segundo.
Respuesta mala.
De las que no se arreglan hablando mejor.
—Marc me escribió antes de entrar en el proyecto.
—Sí.
—Me dijo que podía haber una segunda fase.
—Sí.
—Y que querían valorar perfiles.
—Comparar —dije.
La palabra salió cortante.
Quim la aceptó.
—Sí.
Sentí una calma rara. La calma que venía después del golpe, cuando todavía no dolía del todo porque el cuerpo estaba ocupado recogiendo piezas.
—¿Desde el principio?
—Sabía que mi entrada podía tener consecuencias. No sabía cómo iban a gestionarlo contigo.
—Pero sabías que había una carrera.
—Sí.
—Mientras yo pensaba que estabas invadiendo mi proyecto por capricho profesional, tú sabías que estabas entrando en una evaluación.
—Sí.
Las respuestas limpias no ayudaban.
Al contrario.
Habría preferido que mintiera un poco peor. Que diera una excusa torpe. Algo que pudiera romper sin romperme yo también.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Quim se pasó una mano por la cara.
Tenía polvo en la muñeca. Siempre polvo. Siempre algo humano en el sitio equivocado.
—Al principio porque no te conocía.
—Claro.
—Después porque no sabía cómo hacerlo sin que sonara a manipulación.
—Y decidiste que la manipulación sin sonido era más cómoda.
Él encajó la frase.
—Sí.
Otra vez sí.
Miré la pintura de la pared. Las flores recuperadas. La memoria que habían defendido juntos. Reme. Laia. La viga. La noche de la ensalada estallada. La pizza horrible. Las escaleras de servicio. Todo empezó a cambiar de color. No a desaparecer. Peor. A ensuciarse.
—Yo te conté lo de mi padre.
Quim bajó la mirada.
Ahí sí dolió más.
—Lo sé.
—Te lo conté cuando tú seguías guardándote esto.
—Sí.
Tragué saliva.
No iba a llorar.
No allí.
No en una biblioteca con casco, polvo y un hombre que había tenido meses para decir una frase y no la dijo.
—¿Lo usaste?
Quim levantó la cabeza.
—No.
—Piénsalo antes de contestar.
—No lo usé.
—Pero te benefició.
—Sí.
La honestidad llegaba tarde.
Llegaba tarde.
La puerta se abrió. Marc entró con el móvil en la mano y se detuvo al ver la carpeta. Durante un segundo, la escena entera quedó clara: Marc sabía. Quim sabía. Clara sabía parte. Yo era la última pieza en enterarse de un tablero que había estado sosteniendo.
—Sandra —empezó Marc.
Levanté la mano.
—No.
Marc cerró la boca.
Milagro.
Recogí la carpeta blanca.
—La segunda fase la habláis con Clara. Yo voy a terminar Casa Batller porque es mi responsabilidad y porque la familia no tiene la culpa de esto. Pero no voy a firmar nada hoy. Ni mañana.
Quim dio un paso.
—Sandra.
Lo miré.
No con rabia.
O no solo.
—No me sigas.
Esta vez él obedeció.
Y a mí también me dolió que obedeciera.
Bajé la escalera principal. Las vidrieras proyectaban manchas de color sobre las protecciones de cartón. La casa seguía siendo hermosa de una manera incómoda. Seguía teniendo grietas. Seguía ocultando cosas. Seguía en pie.
En la entrada, Laia me llamó.
—¿Está todo bien?
Me detuve.
Pensé en mentir.
—No mucho.
Laia asintió igual que si esa respuesta le pareciera más respetuosa que cualquier tranquilidad falsa.
—La pintura ha quedado preciosa —dijo.
Miré hacia arriba.
—Sí.
Y era verdad.
Eso también dolía.
Salí a la calle Còrsega con la carpeta bajo el brazo. Barcelona estaba llena de ruido, motos, repartidores, una señora regañando a un perro pequeño, vida normal sin ninguna consideración.
El móvil vibró.
Quim.
No lo leí.
Vibró otra vez.
Clara.
Tampoco.
Caminé hasta la esquina. Allí me detuve, no por duda, sino porque me faltó aire. Apoyé una mano en la pared de una panadería y noté el calor del horno al otro lado.
Había querido ganar.
Había querido que Quim no fuera solo un rival.
Había querido, durante unos días estúpidos, que ambas cosas pudieran convivir sin cobrarse nada.
Había sido ingenua. Me dio rabia admitirlo.
Cuando llegó el tercer mensaje, sí miró.
Quim: Tenía que habértelo dicho. No hay excusa.
Leí la frase.
La bloqueé con el pulgar.
No respondí.
Volví a guardar el móvil.
Al otro lado de la calle, Casa Batller seguía cubierta de lonas, andamios y polvo. Quedaban permisos sin cerrar, decisiones pendientes y zonas enteras abiertas como heridas.
La obra continuaba.
Guardé el móvil en el bolso.
Por primera vez desde que Quim Fusté había entrado en mi obra, no quise tener razón. Quise no tener que verlo al día siguiente.
FIN DEL LIbrO 1
La historia continúa en DONDE NO DEBÍA TOCARTE.