No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

—Nada que tengamos que resolver hoy.

—¿Qué pasa con la segunda fase?

La frase abrió una grieta que yo todavía no sabía leer. Él apartó la vista hacia la ventana. Barcelona estaba al otro lado, húmeda, amarilla, llena de gente viviendo cosas que no dependían de una licitación ni de un hombre sentado en mi alfombra.

—Por la segunda fase.

—¿Entonces?

Lo miré.

—No por la propuesta.

—Lo imaginaba.

—He discutido con Marc —dijo al fin.

Quim se quedó callado. Ese silencio no fue cómodo. En mi piso, con la humedad del techo justo encima de nosotros y las cajas de comida oliendo a soja, todo era muy cerca.

—Nombrarme como si fuera un problema técnico que has detectado.

—¿Qué?

—No hagas eso.

Solté el bolígrafo.

—Y tú suenas a miedo con tabla.

—Eso suena a entrevista.

—No vendo emoción. Vendo sentido.

—No puedes vender emoción en una reunión donde Marc está esperando margen.

—Sandra.

—Quim.

—No sobra.

—Esta diapositiva sobra —dije.

Comimos en la mesa baja, con los planos en el suelo y los palillos mal usados. Él sabía usarlos. Yo fingí que no me molestaba. A las diez, la propuesta empezó a tomar forma. A las once, la tensión también.

Dejó la bolsa en la cocina. Mi piso no estaba preparado para él.

Había ropa tendida en una silla, una factura de la luz abierta sobre la mesa y una taza en el fregadero con una bolsita de té pegada al borde como un cadáver pequeño.

Quim miró alrededor sin comentar nada. Esa fue una forma inesperada de intimidad: no arreglarme el escenario.

—No he venido a responder bien.

—Eso no responde.

—Ya.

—No tenías que traer cena.

Quim apareció a las nueve y veinte con una bolsa de comida japonesa, una carpeta y la cara de haber discutido con alguien antes de subir.

Trabajamos en mi piso porque Casa Batller tenía una revisión eléctrica y porque Clara había dicho, con una naturalidad ofensiva, que quizá necesitábamos una noche sin polvo real. No pregunté si lo de real llevaba segunda intención. Clara era capaz de clavar un cuchillo con una servilleta de lino.

El cuerpo no entendió nada.

La tercera fue creer que, si mantenía el portátil entre los dos, el cuerpo entendería el mensaje.

La segunda fue decirme que podía revisar con él la propuesta final sin recordar la mesa de la oficina, su boca en mi cuello y la manera en que me había mirado después, con la cara de quien no supiera si acababa de ganar algo o de quedarse sin salida.

Quim llegó tarde y yo ya había decidido no preguntarle nada. Esa fue mi primera mentira de la noche.

Al salir, no pensé nada digno. Pensé que el olor a serrín húmedo seguía en mi mano, que tenía el labio mordido de no contestar a Marc y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo. Eso me fastidió más que una frase bonita. La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.

Cerré la carpeta y él recogió sus notas. Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo. La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que la cornisa rota no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.

Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.

Apartó la cinta roja de Patrimonio, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.

Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la memoria de materiales quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. La manga manchada quedó entre los dos, absurdo y útil.

Quim no discutió. Miró la linterna de Jordi un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea. El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

—Lo sé.

—Esa frase ya la usaste antes de callarte media verdad. —murmuré, con me dolía una uña rota.

—No voy a decidir por ti.

Cuando volvimos a quedarnos solos, me temblaba la paciencia, no las manos.

Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.

Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la funda del portátil en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre.

Habló de plazos, relato y confianza inversora.

Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.

En ese momento la cinta de carrocero me pareció una prueba ridícula de que seguíamos en una obra.

Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca.

También me atraía cuando trabajaba bien.

Cuando veía la junta del pavimento sin convertirlo en espectáculo.

Cuando me pasaba la funda del casco llena de yeso sin rozarme.

Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.

Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea. Casa Batller no concedía esas comodidades. Seguimos hablando de la puerta condenada, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.

La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.

Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.

El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.

Nadie dijo nada de la muestra de nogal; yo lo agradecí.

—Eso lo dices porque si hablamos de planos no tienes que admitir dónde estás mirando. —murmuré, con me dolía una uña rota.

—Eso dices cuando estás fabricando una defensa. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.

—Estoy trabajando.

—Estás buscando dónde esconder la respuesta. —murmuré, con me pesaba el cuello.

Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara el zumbido del fluorescente entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la reunión con Marc. Fracasé de una manera bastante silenciosa.

Volvimos al asunto técnico. Revisamos la barandilla protegida, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo. Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco. Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.

Me habría gustado ofenderme de forma limpia.

No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y noté el polvo bajo la lengua.

Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.

Lo dejé ahí, junto a la puerta sin rematar, donde las cosas todavía tenían nombre.

—Una cata de yeso es más directa que tú. —murmuré, con me dolía una uña rota.

—No psicoanalices una baldosa, por favor. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.

—No quieres discutir porque esto ya venía de antes. —murmuré, con me latía el cansancio en las sienes.

—No tengo energía para pelear por una muestra —dije, aunque por dentro ya llevaba diez minutos haciéndolo. —murmuré, con me pesaba el cuello.

Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: un lápiz mordido, el metro abierto sobre la mesa, una esquina de plano levantada por la humedad.

Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.

Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que me dolía el cuello por una razón que no se reducía a laboral.

El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.

—En una obra mirar ya es empezar a tocar. —dije, mirando la manga de mi camisa.

—No he tocado nada. Todavía.

—No toques eso.

Lo que podía explicar en una reunión era la escalera de servicio. Lo que no podía explicar era esa manía nueva de preguntarme qué habría visto Quim antes de que yo terminara de mirar.

La escena no tuvo nada de cinematográfica. Había el metro abierto sobre la mesa, polvo en el borde de la mesa y me dolía el cuello. Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.

***

Luego abrí el móvil y borré su chat sin leer los últimos tres mensajes. No por fuerza. Por supervivencia.

Fuera, Barcelona seguía funcionando. Gente comprando pan. Una bicicleta casi atropellando a un turista. Un perro meando en la esquina de una finca modernista sin ningún respeto por el patrimonio. Me agarré a eso. A lo feo. A lo vulgar. A lo que no sabía nada de Quim Fusté.

En la puerta, Jordi me preguntó si estaba bien. Dije que sí porque una también puede mentir con casco de obra, carpeta en mano y el corazón haciendo un ruido indecente contra las costillas.

Bajé las escaleras sola. Casa Batller crujió bajo mis pies, vieja, preciosa, llena de reformas mal hechas que alguien había tapado durante años hasta que dejaron de sostener nada. Me pareció una metáfora tan evidente. La odié igual.

Ahí estuvo la respuesta.

No respondió.

—Pero querías ganar.

—Sandra, yo no quería ganarte así.

Me miró igual que si pudiera aguantar mi enfado, mi decepción y algo más hondo que ninguno de los dos quería nombrar. Yo no quería que aguantara. Quería que hubiera elegido antes. Quería no haberlo querido. Quería volver al primer día, al rotulador rojo, a odiarlo sin ninguna información adicional.

—Qué frase más útil para después.

—Iba a decírtelo.

—No. Era peor. Era una omisión cómoda.

Me detuve.

—No era una estrategia —dijo Quim cuando salimos al pasillo.

Recogí mis cosas. La carpeta negra seguía sobre la mesa. Nadie la tocaba. Era un animal muerto.

Cuando todo terminó, la propiedad aplaudió con esa tibieza de gente que paga para no mancharse las manos. Marc sonrió. Clara no. Quim tampoco.

La presentación duró treinta y siete minutos.

La hice perfecta. Esa fue mi venganza más triste.

Hablé de estructura, de patrimonio, de viabilidad, de luz natural, de una casa que podía respirar sin dejar de ser rentable.

Quim intervino cuando le tocó. Lo hizo bien.

También me dolió eso. Habría sido más fácil que fuera un mediocre con buena mandíbula.

—Tú haces tu parte. Yo la mía.

—Sandra.

Quim dio un paso hacia mí. No me tocó. Bien. Si me tocaba, quizá me rompía delante de todos, y yo todavía tenía el mal gusto de querer conservar algo de orgullo.

—Claro que lo es. La propiedad quiere avance. Vamos a dárselo.

—Creo que ahora no es el momento.

Marc parpadeó.

—Vamos a hacer la presentación —dije.

Cerré la carpeta. La dejé encima de la mesa con cuidado. Un cuidado ridículo, casi maternal, igual que si el papel no acabara de morderme.

—No.

—Sandra, podemos parar la reunión y…

Clara intentó intervenir.

Me acordé de la noche en el apartamento piloto.

De su mano retirándose cuando leí el mensaje de Clara.

De todas las veces que había dicho mi nombre como si fuera una cosa que quería cuidar y no una variable en una tabla.

Me acordé de mí misma diciendo sí. Esa fue la parte que más dolió: no que él hubiera callado, sino que yo hubiera dejado de preguntarme qué podía estar callando.

Ahí sí bajó la mirada. Muy poco. Lo suficiente.

—No me lo contaste.

—No lo usé contra ti.

—Pero competiste.

—Yo no pedí competir contigo.

La sala no cambió. Siguieron los canapés sudando en la bandeja, la pantalla encendida, el olor a café caro. Eso fue lo peor. Una puede estar cayéndose por dentro y el mundo mantiene una logística impecable.

—Desde antes de la presentación de inversores.

—¿Desde cuándo, Quim?

—Sandra…

—¿Desde cuándo?

A veces una relación se rompe por una palabra. Otras por la palabra que alguien no puede usar.

No dijo “no”.

—Sabía que estaban valorando dirección para segunda fase —dijo.

No contestó enseguida. Ese silencio, que otras veces me había parecido deseo, inteligencia o cuidado, ahora fue una puerta cerrándose con llave.

—¿Lo sabías?

Miré a Quim.

Mi voz salió baja. Bien. Las voces bajas asustan más cuando una lleva semanas tragando polvo.

—No termines esa frase.

—Sandra, eso no es…

Quim estaba a mi lado. Lo noté antes de mirarlo. Noté cómo dejaba de moverse, cómo el aire se le iba de la cara. Clara vio la tabla y cerró los ojos un segundo. Marc dijo mi nombre.

Tres.

Leí la fecha. Tres meses antes.

Mi nombre y el suyo no estaban juntos. Estaban enfrentados.

Abrí la carpeta negra. Dentro había un resumen de fases, presupuestos comparados y una tabla que al principio no entendí porque mi cabeza se negó a entenderla. Dos columnas. Dirección arquitectónica. Dirección de interiores. Evaluación de liderazgo segunda fase. Sandra Rubio / Quim Fusté.

La dijo sin pensar. Eso fue lo que lo delató. Marc podía mentir con una naturalidad insultante, pero cuando decía la verdad por accidente se le quedaba una cara breve de niño que ha roto algo caro.

—La negra.

—Hay tres carpetas.

—En la carpeta.

Marc no levantó la vista del móvil.

—¿Dónde está el anexo de dirección? —pregunté.

Estábamos en la biblioteca. Otra vez. A esas alturas la biblioteca había visto más mentiras que muchos matrimonios.

Clara repasaba la presentación en una pantalla portátil.

Quim ajustaba una imagen del apartamento piloto.

Yo revisaba el orden de intervención porque, si alguien iba a vender mi trabajo, al menos iba a hacerlo siguiendo una secuencia decente.

La carpeta negra no apareció con música de thriller. Apareció debajo de una bandeja de canapés fríos, en una reunión donde Marc había decidido que la propiedad necesitaba “sentir avance”. Yo necesitaba sentir una silla contra su cabeza, pero eso no entraba en el acta.

***