No eras parte del plano (Todo lo que construimos nº 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El miércoles, Quim llegó tarde.

No diez minutos.

Cuarenta y dos.

Lo sabía porque miró el reloj demasiadas veces y porque odiaba cada mirada.

La reunión con Marc y Clara empezó sin él. Albert aprovechó la ausencia como un perro aprovecha una puerta abierta.

—Esto demuestra precisamente la necesidad de una estructura de liderazgo clara.

Levanté la vista de sus notas.

—También demuestra que hay tráfico en Barcelona.

—No es personal.

—Qué raro, viniendo de ti.

Clara le pisó el pie bajo la mesa.

Me callé. Tarde, pero lo hice.

Quim apareció cuando Marc estaba repasando el calendario. Entró sin su energía habitual. Pelo mojado, ojeras, chaqueta mal cerrada, una carpeta doblada bajo el brazo. No pidió disculpas con encanto. Solo dijo:

—Perdón. He tenido un problema.

Y se sentó.

Lo miré de reojo. Él no me miró.

Aquello era nuevo.

La reunión salió mal.

No fue un desastre completo; fue peor de gestionar. Quim respondía tarde, perdía el hilo y dejó que Albert colara dos expresiones horribles sin corregirlas. Intervine más de lo previsto. Clara observaba. Marc calculaba.

A la tercera vez que Quim buscó un documento que no encontraba, Albert suspiró.

—Quizá conviene separar responsabilidades para evitar dependencias innecesarias.

Quim cerró la carpeta.

—Quizá conviene que dejes de hablar igual que si el proyecto fuera una mudanza de oficina.

No sonó brillante.

Sonó brusco.

Mal medido.

Marc golpeó la mesa con los dedos.

—Basta.

Vi la cara de Clara y se preparó.

La reunión terminó con tareas repartidas y una tensión espesa. Quim salió antes que nadie. Tardé un minuto en seguirlo. Lo encontró en la escalera de servicio, sentado en un escalón, con el móvil en la mano.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—No me uses nada con esa cara.

Quim guardó el móvil.

—Mi hermana ha tenido un accidente pequeño con el coche. Nada grave. Chapa, susto, discusión con el seguro. Me llamó desde la ronda y luego no encontraba la grúa. Ya está.

Bajé un escalón.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque no quería que sonara a excusa.

—Pues has sonado a imbécil sin excusa. No sé si mejora.

Él soltó una risa seca.

—No mucho.

Me quedé con los codos sobre las rodillas. Era más joven así. Y peor. La versión de Quim que no tenía frase ni postura.

—Albert intentará usar esto —dije.

—Ya.

—Marc también.

—Ya.

—Y tú has ayudado bastante.

—Lo sé.

Me senté dos escalones por encima. No tan cerca.

—¿Júlia está bien?

—Sí. Enfadada. Eso en ella es signo vital.

—Bien.

El silencio que siguió no fue cómodo. Tampoco incómodo de la forma excitante y absurda que a veces tenían sus silencios. Fue cansado. Compartido sin permiso.

La escalera era estrecha y olía a pintura fresca, a polvo encerrado y a la colonia barata de alguien que había pasado por allí antes. Quim tenía la rodilla a la altura de mi mano. La vi sin querer y apartó los dedos de la barandilla, igual que si la madera pudiera delatarla.

No estaba pasando nada. Esa era exactamente la parte peligrosa.

—No puedo fallar mañana —dijo Quim.

Un minuto antes, en la reunión, sí había fallado. Y lo peor era que durante un rato había dejado que tapara el agujero. No por estrategia. Por puro cansancio. Por cobardía pequeña. De esas que no salen en las revistas, pero existen.

—No.

—Qué apoyo tan caluroso.

—Mañana no necesitas calor. Necesitas dormir, ordenar archivos y no morder a Albert aunque se lo merezca.

Quim apoyó la cabeza contra la pared.

—Odio cuando tienes razón de forma práctica.

—Es mi versión menos popular.

—No sé si puedo hacerlo.

Lo miré.

—¿El qué?

—La segunda fase. Así. Con todo el mundo mirando. Con Marc midiendo. Con Albert esperando que tropiece. Contigo...

No terminó.

—Conmigo qué.

—Queriendo que ganes también.

La frase me dejó quieta.

No convenía y tampoco servía para arreglar nada.

Quizá por eso le creyó.

—Eso es un problema —dijo.

—Sí.

—Grande.

—Sí.

Debería haberse levantado. En vez de eso, bajó un escalón. Solo uno.

—No lo digas mañana.

—No pensaba.

—No lo demuestres de más tampoco.

Quim me miró.

—Tarde.

Ahí sí pasó algo.

No llegó a ser un beso.

Casi peor.

La posibilidad concreta de uno.

Nos quedamos mirándonos en una escalera de servicio que olía a pintura, polvo y fiambrera olvidada. No había nada bonito. Una tubería hacía ruido detrás de la pared. Alguien gritó desde abajo que faltaban tacos del ocho.

El deseo no llegó como una escena. Llegó como una molestia física, baja y concreta, justo debajo del orgullo. Pensé en la boca de Quim y luego pensé en tablas de riesgo con una concentración desesperada.

Funcionó fatal.

Me levanté.

—Tengo que revisar la tabla de riesgos.

Quim no sonrió.

—Claro.

—Y tú tienes que llamar a tu hermana.

—Sí.

Bajé dos escalones, luego me detuve.

—Quim.

—Qué.

—Mañana no llegues tarde.

—No.

No sonaba a promesa romántica.

Sonaba más serio: trabajo compartido, y a esas alturas eso pesaba más que cualquier frase.

Era lo que todavía no se atrevía a decir.

Ahí, justo ahí, debería haber entendido que el problema no era lo que Quim quería.

No dijo no lo haré.

—No quiero.

Quim cubrió mi mano con la suya.

—No me hagas arrepentirme de esto.

Me giré hacia él. Apoyé la mano sobre su pecho. El corazón seguía rápido.

Mañana.

La palabra volvió, más pesada.

—Mañana.

—Quim.

—Lo sé.

—Puede ser Marc —dije.

Él no lo cogió.

La alegría duró poco. Bastó que su móvil vibrara en el pantalón del suelo para recordarnos que el mundo no se había ido.

Quim me miró igual que si esa risa hubiera movido algo más serio que el colchón.

Me reí. Sin querer. Sin control.

—Intento aportar valor.

—¿Acabas de ofrecerte a revisar una humedad después de acostarte conmigo?

Giré la cabeza.

—Puedo mirarla mañana.

—Ya lo sé.

—En el techo.

—No empieces.

—Tienes una mancha —dijo él.

Quim se quedó a mi lado, boca arriba, con una mano sobre el pecho y la respiración aún irregular. Yo miré el techo. La humedad seguía allí. Menuda falta de respeto.

Después siempre era el sitio peligroso.

Y hubo después.

Esta vez no hubo mesa, ni fluorescente, ni excusa de agotamiento.

Hubo cama, piel, un preservativo sacado con torpeza de su bolsillo, mi risa breve cuando se le cayó al suelo, su boca bajando por mi abdomen hasta que dejé de reírme.

Hubo placer claro, directo, sin literatura posible.

Hubo mis dedos en su pelo, mi voz diciendo su nombre de más alto, su mano buscando la mía en el momento en que entró en mí.

Lo atraje hacia mí.

Lo miré. Estaba sobre mí, respirando mal, con una mano apoyada junto a mi cabeza y la otra en mi cadera. No era vencedor. Era un hombre a punto de perder algo importante si se movía mal.

Esa palabra hizo más daño que una orden.

—Por favor.

—No mandes.

—Mírame —dijo.

Nos tumbamos sin prisa suficiente y sin calma real.

Quim me tocó igual que si ya supiera algunas cosas y quisiera aprender otras sin presumir de memoria.

Yo le dije que más fuerte cuando fue de más cuidadoso.

Él obedeció. También me dijo espera cuando yo intenté acelerar solo para no sentir.

Aquello me enfadó y me excitó a partes iguales.

Me quitó la camiseta. Yo le desabroché el cinturón con menos habilidad de la que habría deseado para mi autoestima. Él se rió contra mi cuello y luego dejó de reírse cuando le mordí la mandíbula. La noche perdió los bordes.

Ahora sí sonrió. Un poco.

—Si vuelves a preguntarlo con esa voz, voy a decir que sí por motivos poco feministas.

—¿Seguro? —preguntó.

Lo llevé hasta mi dormitorio. No estaba ordenado. Había un sujetador sobre una silla, un libro boca abajo y una manta arrugada. Quim lo vio todo y no sonrió. Cerró la puerta con el pie, muy despacio.

El beso fue distinto al de la oficina. Más lento al principio, más triste quizá, aunque ninguno habría usado esa palabra en voz alta.

Quim me sostuvo la cara con las dos manos y me besó igual que si estuviera pidiendo una cosa que no sabía si merecía.

Yo le abrí la boca con la mía porque no quería piedad.

Quería cuerpo. Quería ruido. Quería dejar de pensar durante diez minutos en Marc, en Clara, en la segunda fase y en todas las formas elegantes de perder.

Se puso de pie.

—Y quiero que me beses ahora, antes de que recupere el sentido común.

—Lo sé.

—Callar también cuenta.

—No voy a mentirte.

—Quiero que no me mientas —dije.

Me levanté y rodeé la mesa baja. Quim siguió sentado hasta que estuve delante de él. No me agarró. Esperó. Esa espera me desarmaba siempre.

Podría haber elegido seguir enfadada. Tenía motivos. También tenía miedo. Pero el deseo, cuando ya conocía el camino, no llegaba a ser una distracción: era otra forma de verdad. Incómoda, física, imposible de archivar.

—Entonces dime qué quieres que haga.

Él cerré los ojos. Cuando los abrió, algo en su cara había cambiado. No se suavizó. Se hizo más serio.

Me salió bajo. Sin defensa.

—Yo también quiero —dije.

Quim no se movió. Yo tampoco. Durante unos segundos fuimos dos personas adultas sentadas en un salón pequeño, rodeadas de planos, comida fría y una verdad incompleta.

La honestidad entró en la habitación sin pedir permiso. Me dejó sin una réplica decente.

—Sí.

—Pero quieres tocarme.

—No he venido a tocarte para callarte.

Él dejó el bolígrafo sobre la mesa con mucho cuidado.

—No quiero que me toques para no decirme algo.

—Sandra.

Quim me miró. No enfadado. Eso habría sido más fácil. Estaba dolido, y yo odié tener ojos para verlo.

—Entonces vete.

La rabia subió rápida, pero debajo venía otra cosa peor. Un cansancio viejo. La sensación de haber llegado tarde a una información sobre mi propia vida.

—No puedo todavía.

—Explícate.

Nos. La palabra se quedó entre los dos como un objeto que nadie quería tocar.

—Esta vez nos incluye.

—Marc siempre mueve piezas.

—Marc está moviendo piezas.

Quim se pasó una mano por la mandíbula.

—Si dices eso en mi piso, después de traer sushi y llamarme miedo con tabla, sí tenemos que resolverlo hoy.