CAPÍTULO 19
La semana de la propuesta final empezó con una avería del ascensor histórico.
No simbólica.
Real.
El ascensor se quedó parado entre planta baja y primera con Albert dentro.
Jordi me llamó con una alegría mal disimulada.
—No te rías —dije.
—No estoy riendo.
—Te oigo los dientes.
Albert estuvo encerrado veintidós minutos. Salió pálido, sudado y con la dignidad un poco arrugada. Reme, que estaba en Casa Batller para revisar unas fotos antiguas con Laia, lo vio salir y dijo:
—Mire, una experiencia inmersiva.
Tuve que apartarse.
Quim directamente se giró hacia la pared.
Albert no lo llevó bien.
Aquel accidente tonto cambió el tono del día.
No solucionó nada, pero pinchó la solemnidad.
Marc estaba nervioso por la propuesta. Clara revisaba cada apartado igual que si detectara bombas.
La propiedad quería una reunión final el jueves.
La familia Batller pedía garantías sobre la pintura.
Reme pedía que nadie la volviera a llamar “unidad residencial”.
Empecé a sentirse dentro de una máquina que no había diseñado.
Por la tarde, Clara me llamó al estudio.
—Hay una posibilidad —dijo.
Me senté sin esperar permiso.
—No me gustan las posibilidades con esa cara.
Clara no sonrió.
—El estudio podría proponerte como directora técnica de la segunda fase aunque la propiedad eligiera a Quim como director creativo.
Tardé un segundo.
—Eso suena a premio de consolación con organigrama.
—Suena a una forma realista de entrar.
—Por debajo de él.
—Al lado de él, si sabes defenderlo.
Me levanté. Necesitaba moverse. La sala pequeña no tenía suficiente aire.
—Llevo años intentando ser socia para dirigir, no para traducirle el mundo técnico a un hombre que cae bien en reuniones.
—Lo sé.
—Entonces no me vendas esto como oportunidad limpia.
Clara apoyó las manos en la mesa.
—No hay oportunidades limpias. Hay oportunidades que puedes ensuciar tú o dejar que ensucien otros.
Me callé.
No por convencida.
Por agotamiento.
—¿Quim lo sabe?
—No.
—¿Marc?
—Marc lo está valorando.
—Claro.
Al salir del estudio, no fui a Casa Batller.
Caminé sin rumbo por el Eixample hasta que me dolieron los pies.
Pasé frente a tiendas de lámparas, farmacias, panaderías, portales con mármol falso y señoras arrastrando carros.
Barcelona seguía funcionando aunque mi carrera estuviera convertida en una negociación mal iluminada.
Quim me llamó.
No contesté.
Le escribí.
¿Estás en obra?
Tampoco contestó.
A los veinte minutos, otro mensaje.
Jordi dice que has desaparecido. Espero que sea una desaparición voluntaria.
Guardé el móvil.
La tercera vez que vibró, contestó.
—Estoy caminando.
—Vale.
—No preguntes dónde.
—No iba a hacerlo.
Silencio.
—Mentira —añadió él—. Iba a hacerlo, pero he madurado en tiempo real.
Me senté en un banco junto a una parada de bus.
—Clara me ha ofrecido una cosa horrible.
—¿Quieres contarla?
—No.
—Vale.
Otra vez ese vale. Ese espacio.
Le dieron ganas de contarla precisamente por eso.
—Dirección técnica para mí. Dirección creativa para ti.
Quim no respondió.
El ruido de la calle llenó la llamada.
—Di algo.
—Estoy intentando no decir lo primero.
—Dilo.
—Me parece injusto.
Cerré los ojos.
—No seas bueno ahora.
—No lo soy. Me beneficia y aun así me parece injusto. Las dos cosas pueden existir y son bastante incómodas.
Solté una risa rara.
—Qué asco de adultez.
—Mucho.
—¿Tú lo aceptarías?
Quim respiró al otro lado.
—No lo sé.
Esa fue la respuesta que más dolió.
Porque era la honesta.
Habría querido un no rotundo. Un gesto noble. Una frase que pudiera guardar y usar contra el miedo. Pero Quim quería el proyecto. También. Ninguno era tan limpio.
—Gracias por no mentir —dijo.
—De nada, aunque ha sido una mierda.
—Sí.
Quedaron en verse en la obra al día siguiente. No cerraron nada. No resolvieron nada.
Esa noche, cené cereales directamente de un cuenco enorme. Mi madre llamó. No contesté. Nil escribió un mensaje: “Mamá pregunta si sigues viva. Yo he dicho que técnicamente.”
Le mandé una foto del cuenco.
Nil respondió: “Eso es una petición de ayuda, no una cena.”
Por primera vez en días, me reí sola en su cocina.
Luego abrió el documento de la propuesta.
Borré tres frases de más pulidas.
Añadí una tabla fea.
Me sentí mejor.
Al salir, no pensé nada digno. Pensé que la linterna de Jordi seguía en mi mano, que tenía hambre de comida y de otra cosa que no quería nombrar y que Quim caminaba a mi lado sin invadir el pasillo.
Eso me fastidió más que una frase bonita.
La distancia justa siempre es más peligrosa que el descaro.
Cerré la carpeta y él recogió sus notas.
Abajo golpearon una puerta metálica; arriba alguien arrastró un cubo.
La obra siguió con su ruido vulgar, recordándome que el contrato de dirección no iba a resolverse porque a mí me costara respirar normal a medio metro de Quim.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Antes de irse, Quim tuvo la decencia irritante de no convertir el momento en nada.
Apartó la linterna de Jordi, me dejó espacio para pasar y no hizo comentario sobre mi cara.
Los gestos pequeños son una forma muy sucia de quedarse en una cabeza ajena.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
No le di la razón en voz alta. Tampoco hacía falta regalarle tanto. Pero la muestra de lino quedaba delante de nosotros, tozudo, y algo cedió por dentro. Muy poco. Lo suficiente para que me enfadara conmigo. Respiré mirando la sombra del patio, que era más seguro que mirarle la boca.
Quim no discutió. Miró el presupuesto arrugado un segundo, porque también era necesitar darle trabajo a las manos. Dejó que la frase quedara ahí, sin remate. A veces aceptar una parte de culpa golpea más que ganar otra pelea.
—Lo sé.
—También dijiste eso cuando elegiste no contarme lo otro. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No voy a decidir por ti.
Cuando volvimos a quedarnos solos, me escocían los ojos de mirar planos.
Quim apoyó las manos en la mesa. No me tocó.
Ni siquiera se acercó. A veces la tensión no necesita piel; le basta con una persona que baja la voz cuando todo alrededor sigue haciendo ruido.
El falso techo volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
Marc apareció con su sonrisa de administrador de incendios y dejó la caja de tiradores en mitad de la mesa, con la fe absurda de que el orden exterior pudiera tapar el desastre. Habló de plazos, relato y confianza inversora. Yo contesté con números. Quim corrigió un dato técnico sin mirarme.
Lo molesto era eso: Quim no solo me atraía cuando estaba cerca. También me atraía cuando trabajaba bien. Cuando veía la escalera de servicio sin convertirlo en espectáculo. Cuando me pasaba una silla coja sin rozarme. Yo estaba preparada para resistirme a un hombre guapo; no a un hombre útil.
Una parte de mí esperaba una salida fácil: beso o pelea.
Casa Batller no concedía esas comodidades.
Seguimos hablando de la visita de Patrimonio, de costes y de permisos, usando palabras normales para tapar una conversación que ya no era normal desde hacía rato.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
La frase se me escapó sin pasar por ningún filtro profesional.
Quim se quedó quieto. Yo también. En otra planta sonó una radial, tarde, fuera de ritmo.
El edificio tuvo la mala educación de seguir funcionando mientras yo calculaba cómo no acercarme.
Respiré mirando la cata abierta, que era más seguro que mirarle la boca.
—Y tú subes la voz cuando quieres que no se note que me estás mirando la boca. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—Eso dices cuando necesitas treinta segundos más. —murmuré, con me escocían los ojos.
—Estoy trabajando.
—Estás calculando una salida —dijo.
Quim se movió apenas. No lo bastante para justificar que yo retrocediera, sí lo suficiente para que notara mi uña rota contra el papel entre los dos y una zona exacta de mi cuerpo que decidió no comportarse. Me concentré en la entrega de renders. Fracasé de una manera bastante silenciosa.
Volvimos al asunto técnico. Calculamos la viga escondida bajo el falso techo, contrastamos medidas y dejamos que el edificio nos contradijera en directo.
Quim no ganó todas las frases. Yo tampoco.
Eso era lo peor: juntos veíamos mejor, y esa clase de evidencia no se podía archivar en una carpeta cómoda.
Me habría gustado ofenderme de forma limpia.
No pude. Quim me miraba sin hacerme pequeña y noté el polvo bajo la lengua.
Me obligaba a admitir que no todo lo que protegía era proyecto; una parte era miedo viejo y otra, cansancio acumulado.
Nadie dijo nada de la llave del cuarto técnico; yo lo agradecí.
—Hay pavimentos históricos con menos capas que tú. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—No conviertas cada decisión técnica en un informe sobre mi carácter. —murmuré, con me escocían los ojos.
—No quieres pelear porque sabes que la muestra es la excusa. —murmuré, con me dolía una uña rota.
—No quiero convertir esto en otra guerra —dije, y la mentira casi se oyó caer. —murmuré, con se me pegaba la camisa a la piel.
Recuerdo mejor los objetos que mi propia cara: la funda del casco llena de yeso, un post-it que nadie reconocía, una esquina de plano levantada por la humedad.
Nada de aquello era romántico. Precisamente por eso lo creyó mi cuerpo antes que mi cabeza.
El edificio crujió justo entonces, oportuno como una vieja cotilla.
Quim tardó en responder. Tenía esa manía peligrosa de no rellenar los huecos.
Yo prefería las respuestas rápidas porque no dejaban sitio para arrepentirse, ni para mirar, ni para notar que tenía polvo en la comisura de la boca por una razón que no se reducía a laboral.
El contrato de dirección volvió a meterse en la conversación sin pedir permiso.
—No lo preguntaría si no pudieras decirme que pare. —murmuré, con me ardía una respuesta detrás de los dientes.
—Si lo preguntas así, me desmontas media defensa. —murmuré, con me pesaba el cuello.
—¿Puedo?
Sobre el papel, el problema era el cuadro de cargas. Lo demás no cabía en ningún acta: Quim empezaba a contaminar mis decisiones incluso cuando yo seguía escribiéndolo mentalmente en la columna de obstáculos.
La escena no tuvo nada de cinematográfica.
Había la muestra de latón envejecido, polvo en el borde de la mesa y me temblaba la paciencia, no las manos.
Quizá por eso quedó. Las cosas importantes rara vez empiezan con música; empiezan con alguien llegando tarde, una luz horrible y una frase que ya no puedes retirar.
***